Para los desenamorados: porque un día el amor llame a vuestras vidas y sea imparable.
Prólogo
Mi mirada se detuvo en aquellas piezas doradas. Brillaban bajo la luz ensambladas en un reloj antiguo de pared. Vi el minutero moverse y, finalmente, la esfera de cristal que lo cubría brilló con un reflejo que me dejó sin aliento.
Pocos segundos después, acompasando esa melodía de los últimos momentos con el ritmo de mi corazón, supe cuál era la respuesta.
—Son las 00.00 de la noche —anunció mi acompañante.
Seguía mirando el reloj, mientras Mia me explicaba que el sonido del reloj anunciaba la medianoche, haciendo honor al nombre del bar donde nos encontrábamos: «Midnight Bar».
Fue entonces, cuando su rostro se cruzó en mi visión. Lo vi con la misma claridad con la que había observado los engranajes de aquel reloj colgado en la pared.
La misma sonrisa del día que nos conocimos. Esos ojos negros abiertos porque algo lo había sorprendido. Ese atractivo y esa elegancia innata que desplegaba con cada paso. Sus zapatos, en los que podrías verte reflejada, combinaban a la perfección con sus pantalones negros y su camisa blanca, esta vez sin chaqueta.
Lo que sentí en ese momento me defraudó a mí misma. No creo en el amor. Dudo de que esa palabra exista en mi vocabulario.
—¡No! ¡Ni de coña! —acompañé la frase con un pequeño movimiento de hombros que llamó la atención de Mia.
—¿A qué ha venido? —se quejó Mia, siguiendo la dirección de mi mirada —¿Es él?
Asentí decepcionada. Mi corazón palpitaba demasiado rápido y eso no me gustaba nada.
—¡Es guapísimo!
Me hice la tonta, a ver si así se daba cuenta de que no era un tema del que me apeteciera hablar ahora.
—¡Pero guapo, guapo, guapo! Vamos, guapo de primera.
—Mia, esas frasecitas te las puedes ahorrar, como yo hago con muchas cosas que pienso.
—¿Por qué? Es la verdad. Tampoco engañarte va a servir de nada.
—¡Engañarme no va a servir de nada, no, Mia! —«O sí», pensé—. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es que hay que enfatizar en otros temas para que tu amiga se sienta bien.
—¿No quieres ir a saludarlo? Se ve que te mueres por hacerlo. Si no vas tú, lo haré yo. Me parece de mala…
—¡Espera! —dije agarrando su mano—. Parece que lo acompaña alguien.
Cuando la vi… ajjj. Nada que pudiera decir iba a ser bonito. Además, era preciosa: esa sonrisa de dientes blancos y ese cuerpo perfectamente esculpido, imposible de igualar ni aunque viviera mil vidas. Los vi saludar a otro hombre que los esperaba en una de las mesas.
—¿¡Qué hace ella aquí…!?
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TRES MESES ANTES
Capítulo 1
El sonido no daba tregua, y nosotras tampoco. Bailábamos sin parar, como si el tiempo no existiera y la música fuera lo único real. Nos movíamos sincronizadas por la energía del momento, riendo entre giros y pasos improvisados.
El roce de la bebida de Monica en mi brazo se sintió como la luz entre tanta oscuridad. Fue como esa última gota en el desierto. Inmediatamente me fui hacia su mano y agarré la copa sin que ella opusiera resistencia.
—Sírvete —dijo tan cerca de mi oído como pudo.
Pegué un trago más largo de lo que imaginaba.
—No importa que te la acabes, porque esta noche invitáis vosotras —dijo mirando su copa vacía—. Hoy es… ¡mi fiesta de despedida! —gritó Monica alzando su copa al aire.
—¡Síiiii! —gritamos todas.
Estábamos juntas, las cuatro. Felices por la despedida, por estar pasándolo bien y, porque no decirlo, por estas copas de más que nos habían desinhibido bastante a estas alturas de la noche. Hasta Mia, que no era muy fiestera, estaba en su salsa.
—¡Otra!, ¡otra!, ¡otra! —repetía sin parar.
Fue Mia quien se ofreció a ir a por otra copa a la barra.
—¡Que nada ni nadie arruine una despedida de soltera! —dijo Monica, refiriéndose a Mia, que animada se alejaba de nosotras moviendo rítmicamente las caderas hasta perderse entre la marea de cuerpos apretujados.
Llegamos al reservado que Nadia, Mia y yo habíamos conseguido para pasar la despedida de soltera. Antes, cenamos en un restaurante donde le entregamos a Monica todo tipo de accesorios sexuales. Había desde penes con muelles, formato diadema, hasta bandas rosas y azules para la novia y las damas de honor. Ponían frases tales como: «¡Sujétameeee, me caso!» o «Ahí va la novia, abran paso». Y mi favorita: «Tenemos una urgencia, novia a la fuga».
Esta última era bastante descriptiva de mi concepción del amor. La quería y era mi mejor amiga, pero no podía decirse que hubiera decidido dar ese paso gracias a mi influencia. Yo era la amiga que decía:
—Monica, ¿qué estás diciendo? Hoy en día el matrimonio está pasado de moda. Si lo que te hace ilusión es una celebración, pues celebramos. Pero no te metas en ese lío.
De hecho, esas palabras salieron de mi boca exactamente así. Porque mis amigas pedían mi opinión para todo. Yo era la amiga que siempre tenía el consejo o la solución para tu problema. Ellas lo anunciaban de maneras tan distintas que, con el tiempo, acabó convirtiéndose en una tradición. Podían entrar en mi zona de trabajo, haciendo que mi corazón y también mis nalgas se despegaran del asiento por el susto.
Y es que era tremendamente asustadiza. Un fuerte golpe, una palabra a destiempo e inesperada y, lo peor: recoger algo del suelo y al volver la mirada al frente encontrarte con dos ojos clavados en ti.
Pero no tenía solución para ese problema: era uno muy gordo, el estar enamorada. Ahora, con todas estas peliculitas románticas, uno piensa que va a encontrar a su Noah o su Julieta. Pero no, eso no existe. A lo sumo diez años de matrimonio que acaban en divorcio con tres churumbeles lloriqueando por todas partes y un exmarido que ya se las ha apañado para encontrar a una mejor que tú. Porque sí, ellos lo tienen mucho más fácil. Debe estar en el cromosoma Y o algo.
Mia llora y llora. Nadia necesita hablar, hablar y hablar. Una relación detrás de otra y cada cual peor, y siempre acababa volviendo con su ex. Pero no aprenden. ¿Mis consejos no funcionan en el amor o qué? No, no debían hacerlo si era mi mejor amiga, con quien había compartido hasta el cepillo de dientes, quien estaba decidida a contravenir nuestra promesa.
Siete años, vestidas con la ropa de nuestros padres que arrastrábamos de mala manera y unos labios rojos que cubrían parte del mentón, juramos:
—Amar, ¿qué es eso? —dijimos a la vez.
—Monica —dije yo.
—Emma —dijo ella.
—Que esta amistad sea a prueba de amores.
Habíamos sellado nuestra promesa con la unión de nuestras manos, donde nos habíamos hecho dos pequeñas heridas para hacerlo todo más melodramático. La idea había sido de Monica después de ver la película «Prácticamente magia». Esa escena entre Sally y Gillian nos recordaba nuestra amistad. Aunque era más que eso: éramos como hermanas.
—¡Emma, escucha! Hemos pensado en jugar a «Preferirías».
Mia ya había llegado con todas las copas. La que sujetaba entre sus pechos había llegado sana y salva. Nadia la cogió antes de que fuera demasiado tarde.
—Ya lo conocéis, lo hemos jugado mil veces —dijo Nadia—. Si mientes, bebemos. Es nuestra vuelta de tuerca para que no nos quedemos ninguna atrás esta noche.
—Mia, empiezas tú —dijo Nadia.
Esta bebió un pequeño sorbo de su copa, se aclaró la voz y, tras unos segundos, dijo:
—Preferiría lamer el suelo antes que acostarme con ese tío de ahí.
Nadia, Monica y yo nos quedamos mirando al tío que señalaba Mia con el dedo. Soltamos una carcajada y las tres bebimos un trago de la copa.
—¡Joder, es feísimo, chicas…! ¿No me creeríais capaz de hacer semejante estupidez?
—Pero Mia, si tú siempre dices que la belleza está en el interior —dijo Monica, todavía riéndose—. Además, estás muy pedo. Esta noche hasta yo me acostaría con él.
Las tres nos giramos y la miramos sorprendidas.
—¡Es broma, chicas…! Estoy a punto de casarme —dijo señalando su anillo de compromiso.
Mia se llevó la copa a la boca y pegó un buen trago.
—Contentas. ¿A quién le toca ahora?
—A mí —dijo Nadia.
—Prefiero un orgasmo sin amor que ninguno con amor.
—Joder, si no tienes orgasmos con amor, no hay amor —dijo Mia.
—Pues díselo a Monica —respondió Nadia.
—¡Nadiaaaa…! —se quejó Monica—. Solo me pasó una vez y no es para que lo vayas gritando el día de mi despedida. Que me caso en una semana.
—Vale, ya sabemos la respuesta de Monica: sin orgasmo, pero con amor —dijo Nadia.
—Y el tuyo también está claro, Nadia: orgasmo con amor, pero esa opción se te ha olvidado puntualizarla. Eres tan romántica que a veces entran ganas de vomitar. ¿Cuántas veces te has presentado llorando por Albert en mi oficina? —solté de repente.
Monica me miraba alegre porque hubiera sacado la artillería para defenderla, aunque en realidad estaba defendiendo lo que pensaba. Y es que Nadia, aunque se hiciera la dura, aunque dijera que «follaba sin ataduras», en realidad era la peor de las cuatro.
—Es lo malo de contártelo todo. Siempre estoy en desventaja.
—¡Bebe!, ¡bebe!, ¡bebe…! —dijimos todas a la vez.
—Vale, ahora tu turno, Emma —dijo Nadia mirándome sibilinamente—. Y para hacerlo más entretenido la haré yo.
La miré segura de que no podía decir nada que me hiciera perder este juego. Yo siempre ganaba este juego porque nunca mentía.
—Y bien, Emma, tú preferirías enamorarte profundamente hasta perder el norte a… —Monica y Mia empezaron a golpear la mesa para crear emoción — no follar el resto de tu vida.
Se hizo el silencio entre nosotras. Escuchaba con total claridad los latidos de mi corazón. Sus miradas fijas en la mía, los cuerpos sudados y apretujados de la gente moviéndose al ritmo de la música.
—No irás a… —gritó Nadia mientras veía cómo mi mirada y mi mano se movían hacia la copa.
—¡Ni se te ocurra! ¿No te atreverás?
Cogí la copa decidida de la mesa y me tragué todo su contenido de una vez sin pensarlo.
—Nuestra amiga ha perdido la cabeza. Debe ser el alcohol y sus amigas traumatizadas por el amor lo que le ha llevado a hacer esta locura. ¿Tú sabes lo que acabas de hacer? Es un sacrilegio. Un atentado contra la naturaleza y las necesidades humanas. Follar es como comer y respirar. Es el elixir de la vida. Es…
«Mia, ¿qué has puesto en su bebida? ¿Le has metido algo? ¿Algún estupidizante o atontante?»
Mia la miró y negó con la cabeza. Monica se reía a mi lado. Yo miraba a Nadia y Mia, que parecía que iban a sufrir un paro cardiaco en cualquier momento.
—Es solo un juego —dijo Monica para relajar el ambiente. Pero yo estaba demasiado contenta y era demasiado yo, así que fuera secretos.
—Si no puedes creértelo… digamos que evito todo lo que tenga que ver con el amor. Y en cuanto al sexo aún estoy completando el currículum —dije, levantando mi copa con una sonrisa traviesa.
Nadia se llevó la mano a la frente y fingió un desmayo demasiado teatral. Al mismo tiempo, Mia la sujetaba y me miraba con la boca abierta. Monica estaba serena, aunque en su mirada se distinguía algo que no podía descifrar del todo.
—Y ahora, disculpadme, porque tengo que ir a vomitar.
Era en serio. Todo me daba demasiadas vueltas y empezaba a notar el alcohol en mi garganta más de la cuenta.
—¡Emma, espera…! —gritó Monica.
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Capítulo 2
—¡Emma, despierta! —escuché de fondo, hasta que sentí un tirón en mi moflete.
—Llegarás tarde al trabajo —dijo una voz diferente a la primera.
Abrí los ojos lentamente.
Nadia estaba de pie en el umbral de la puerta riéndose y Monica sentada en mi cama con cara preocupada.
—¿Qué hora es? ¿Dónde estoy?
—Estos jóvenes de hoy en día no saben beber.
No tenía ánimos de discutir.
—Estás en casa, son las nueve de la mañana. Te he dejado ibuprofeno en la mesita —dijo Monica.
Al levantarme, tropecé con los tacones y di varios saltitos para no caerme.
—Resaca, ok —dijo Nadia levantando su dedo pulgar—. Nariz rota not ok —dijo bajando el pulgar hacia abajo.
—Gracias por todo y todo, pero ahora por favor dejarme a solas con mi malestar que tengo que prepararme corriendo para ir al trabajo.
«¿He dicho «todo» dos veces…?», pensé mientras me deshacía del pijama por el camino y me dirigía al baño para ducharme.
—Menudas gracias. Sin nosotras todavía estarías potando el desayuno, la comida y la cena de hace dos días.
—Vamos, Nadia, tenemos cosas que hacer. Además, deberías pasar por casa a cambiarte antes de ir al trabajo —dijo Monica.
—¡Joder!, es verdad. No me había dado cuenta de las horas que son.
Nadia salió pitando de mi habitación y por fin me libré de sus sermones.
—Estaré en la cocina preparando el desayuno. Si necesitas algo, avísame.
Monica y yo vivíamos en un pisito alquilado en Manhattan. Nos mudamos al terminar la universidad, cuando por fin nuestros sueldos nos permitían darnos un respiro. Nadia, hasta hace unos meses, vivía con su novio, que ahora era tres veces exnovio, Albert. Mía vivía con dos gatos bajo el paso superior del puente de Brooklyn. No estaba mal, pero el espacio era tan reducido que, las pocas veces que fuimos a su piso —una para estrenarlo y otra para sorprenderla en su cumpleaños—, acabamos marchándonos enseguida. Casi siempre quedábamos en nuestro piso, que al entrar tenía un salón amplio y luminoso, donde era fácil charlar con quien cocinara, ya que la cocina y el salón estaban conectados.
El agua de la ducha me sentó mejor de lo que imaginaba. Y el ibuprofeno en diez minutos había hecho un milagro en mi cabeza.
—No pareces la misma —dijo Monica mientras removía los huevos revueltos en la sartén.
Me había vestido con una falda ajustada de tono veis, una blusa negra que llevaba por dentro, tacones negros y unas pulseras doradas que caían graciosamente por mi muñeca.
El pelo todavía me caía mojado por los hombros. Largo y negro.
—Enseguida se secará —dije intuyendo por su mirada sus palabras.
—Es octubre. Te vas a congelar de frío si sales así.
—No voy a salir así. Pediré un taxi que me recoja. Está todo pensando —dije tocándome la frente.
Cogí el bolso y comprobé que estaba todo lo que necesitaba. Era una lista mental que empezaba siempre por el móvil, aunque a veces lo habría tirado por la ventana para no tener que contestar alguna que otra llamada.
Móvil, llaves, agenda, corrector labial y un pequeño frasco de colonia que siempre llevaba para usarlo en las ocasiones especiales.
Abrí la agenda para recordar las citas de hoy. Pero citas de verdad, porque mi trabajo era de organización y gestión de citas para el portal web YouLoveMe. Haber estudiado periodismo me había traído hasta aquí. ¡El mejor trabajo de mi vida! Ironía on. Ni siquiera fui la artífice. Todo fue idea de Nadia que siempre se metía en todo, aunque Monica y Mía no se quedaban atrás.
—¿Un portal de citas online? ¿Estáis de broma?
—Serán solo unos meses. Seguro que después encuentras algo mejor —dijo Monica después de que le contara la última ocurrencia de Nadia.
Había ganado experiencia en asuntos amorosos y de eso se aprovechaban Nadia y Mía constantemente. Venían a cotillear a ver si había registrado algún tío buenorro que cumpliera con sus requisitos. Incluso se crearon un perfil en la web. Se pusieron hasta sobrenombres: «Mía, la gata del placer». Decía que había juntado su nombre y su pasión por los gatos con un toque sugerente por lo de gata, acompañándolo de un gesto imitando a un gato.
Pero el de Nadia, el de Nadia no sabía ni cómo describirlo. Yo misma había gestionado su perfil y no podía creerlo cuando vi aquel nombre y menos que se tratara de unas de mis mejores amigas. ¿Pero qué tipo de amigas tengo?
«Call me your bitch» (Llámame tú perra).
—¿Tú quién crees que va a querer tener una relación con alguien con un nombre así?
—¿Y quién te ha dicho a ti que yo quiero una relación? Solo quiero conocer gente y…
—¿Es por Albert? ¿Quieres ponerle celoso? —preguntó Mía interrumpiéndola.
—Pero qué dices. Albert está más que olvidado. Ya he pasado página.
Ninguna de las tres la creyó. Porque a Nadia le encantaba el tira y afloja, sobre todo con Albert. Con el que la imaginábamos teniendo dos niñas y un niño y todavía discutiendo. Porque Nadia y Albert eran así.
—¿No vas a desayunar nada?
Miré hacia la cocina de donde salía un olor riquísimo a huevos y beicon.
—Llegaré tarde.
—No, llegarás bastante tarde —precisó Monica—. Pero tú eres siempre la primera en llegar a esa oficina, por una vez no pasará nada. Además, no creo que te echen de menos tus citas online.
Le hice caso, aunque no muy convencida.
Monica se sentó justo al lado en la isla y nos pusimos a desayunar el huevo revuelto con beicon que había preparado.
—¿Te has cortado el pelo?
—Ya sabes que sí, te lo dije ayer.
—¿En qué parte de la noche? ¿En la que estaba borracha como una cuba diciendo tonterías… o en la que me tuve que ir corriendo al baño a vomitar la carísima cena que pagamos?
—En la que estábamos en la pista de baile y me dijiste «¡Monica, tienes el pelo más corto!» —dijo imitándome.
—Yo no hablo así —dije enfurruñada.
El pelo castaño le caía en pequeñas ondas por debajo de las orejas. Era guapa, aunque lo que más me llamaba la atención era su mirada que parecía conocerme mejor que yo misma. Era igual de alta que yo, alrededor de uno setenta. Y, aunque no estábamos tan en forma como nos gustaría, las clases de spinning tres veces por semana y el yoga para recolocar los chakras —que, según ella, ayudaban de verdad a equilibrar nuestras energías— no nos estaban yendo nada mal.
—¿Qué tienes planeado hacer esta mañana? —dije cambiado de tema.
—Lo de siempre. Iré a hablar con los organizadores de la boda para terminar de ultimar todos los detalles y las pruebas del vestido. Por cierto, que no se te olvide que mañana Nadia, Mía y tú tenéis vuestra última prueba con los vestidos de damas de honor.
—No tranquila, estaremos allí con la precisión de un reloj suizo —dije soltando una risilla.
—Tú ríete, pero mañana puntuales. Pretendo casarme solo una vez en mi vida, así que tiene que salir mejor que perfecto.
—Tú sabes que Jack murió en el Titanic, ¿verdad? Y que al final no se reencontraron en un barco, porque estaba hundido y era un sueño. Un sueño, Monica.
—Pues para mí era un sueño bastante bonito y con eso me quedo, aguafiestas. Además, dentro de una semana me caso y eso sí que es bastante real para mí. Y quiero que funcione. Y quiero que mi mejor amiga esté a mi lado ese día y todos los que vengan después. Porque nada de lo que pase cambiará que tú eres mi mejor amiga y nunca dejarás de serlo.
Monica se levantó de la silla y me soltó un beso en la frente.
Quería creerla, pero la realidad era que en una semana ella se iría de este piso. Seguro que empezaría a estar ocupadísima con su recién estrenado maridito y yo sería solo la amiga a la que invitas a tu casa para pasar un rato.
—Llego tarde —dije levantándome del taburete.
—Eso ya lo dijiste hace diez minutos. Lo que estás haciendo es huir, Emma. Pero seguiré sacando este tema aunque te hartes de escucharme.
—Sí, sí, Monica, lo que tú digas.
—Si ni siquiera me has escuchado.
Llevaba razón.
Cogí mi abrigo y mi bolso que estaban sobre el sofá y salí pitando de allí.
—Suerte con tus citas —dijo Monica cuando ya cerraba la puerta.
Sí, hoy iba a necesitar mucha suerte. Y toda la semana por la sorpresa que me esperaba al llegar al trabajo.
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Capítulo 3
—Jenna y Drake han estado aquí —dijo mi compañera de trabajo en cuanto llegué a mi mesa algo agitada.
No había podido esperar como una persona normal a que llegara el ascensor. Acabé subiendo las escaleras hasta el séptimo piso del edificio situado en la Sexta Avenida.
El portal YouLoveMe —cuyas letras se leían en un gran letrero nada más salir del ascensor— había sido fundado por Jenna y Drake hace tres años. Cuando hice la entrevista percibí el entusiasmo de ambos por sacar adelante el proyecto. Había algo en ese entusiasmo que me convenció para aceptar el empleo.
—¿Te han dicho qué querían?
—No, por supuesto que no. A mí ni me miran cuando pasan por aquí. Siempre van gritando tu nombre. Si no es uno, es otro. Parece que al final te has vuelto imprescindible. Lo que toda una primeriza recién salida de la universidad desea. Salvo, claro, nuestra Emma —dijo llevándose la mano a la boca para tapar esa sonrisilla maliciosa que se le escapaba a propósito.
«Sabes cuál es tu problema, Lilian. Que eres una revenida envidiosa. Si tanto te gusta este trabajo, a ver si se empieza a notar».
Todo eso, por supuesto, solo pasó por mi mente. Apenas unos segundos para desear que su estúpida sonrisilla se la tragara un agujero negro. Y a ella, si era posible, también.
Dejé mi abrigo y mi bolso en la silla y fui directa al despacho de Jenna y Drake. Su mirada de soslayo no me perdió de vista ni un segundo.
Recorrí el pasillo, más tranquilo que a primera hora, cuando todos parecían competir por llegar primeros.
Por eso me gustaba llegar antes: odiaba ese caos. Y también lo odiaba porque conocía la intención detrás de esa «casualidad».
¿Por qué no se les ocurre, por ejemplo, llegar a la misma hora que yo? —me pregunté—. A las siete y media clavadas.
Porque todo aquello lo hacían para destacar entre los nuevos empleados y así ganar continuidad en la empresa.
A mí me daba igual. Primero, no me salía. Segundo, mi plan era marcharme en cuanto encontrara algo en un periódico donde pudiera realmente desarrollar lo que me apasionaba: el periodismo de investigación. Eso sí que era emocionante. No estar organizando citas.
Era aburrido y, sobre todo, ¿pensaba toda esa gente realmente que iba a encontrar al amor de su vida en una web de citas? ¿Pero en qué mundo vivimos? ¿En Narnia?
Tenía claro que la puerta que había cruzado el día que acepté este trabajo se parecía bastante a Narnia. Si quería aprovecharlo al máximo tenía que acostumbrarme.
¡Toc, toc! Esperé unos segundos y escuché sus voces detrás de la puerta.
—¿Eres tú, Emma? —preguntó Jenna.
Su timbre de voz era desagradable. El típico de «haz esto, haz lo otro», pero en agudo. Ese que chirría y te estalla en la cabeza, y solo quieres taparte los oídos y huir lo más rápido posible. Ahora, imaginaos cuando elevaba el tono.
—Sí —respondí.
—Entra, entra, ¿a qué esperas?
Ambos me recibieron sentados en el sofá. Parecían estar discutiendo su siguiente jugada maestra.
En cuanto crucé la puerta, ese era el paraíso de un auténtico narniano del amor. Letreritos por aquí y por allá. Todo rosa y dorado. Mensajes de película romántica:
«TÚ ME LLENAS».
¿El qué? ¿La nevera?
«DIME QUE QUIERES Y LO SERÉ POR TI».
Un mono. Quiero que seas un mono, que saltes y ruedes por ahí, y pases de mí. Pesao, que eres un pesao.
«PARA MÍ, TÚ ERES PERFECTA».
Si es la mujer de tu mejor amigo al que, por cierto, estás dispuesto a traicionar dada la oportunidad.
«LA MUERTE NO DETIENE AL AMOR».
Pues si no la detiene, cuéntame tu secreto. Porque yo quiero la vida eterna para mí también, peazo egoísta. ¡Es que vamos!
Respiré hondo para salir del trance que suponía entrar en ese despacho. Los miré. Su mirada, conjugada con su sonrisilla de «aquí pasa algo y estás a punto de enterarte. Algo gordo que tiene que ver contigo», me lo decía todo.
Me lo voy a comer yo solita. Porque son mis jefes y cumplo órdenes. ¿Por qué decidiría llegar antes durante todo este tiempo? Estoy segura de que esa ha sido mi condena.
—Siéntate, Emma —dijo Drake, señalando el sillón dorado que tenía a su izquierda.
Mi corazón estaba sobresaltado por toda la información que había entrado por mis ojos desde el minuto uno. Pero ahora, estaba acojonado por lo que este par de enamorados… Miento. Enamorados del amor estaban a segundos de…
—Hemos decidido que te encargues de una nueva sección del portal de citas. Se llamará RealDates.
—¿Qué te parece? ¿A que es genial?
¡Buff! Ellos no lo están viendo, pero en mi estómago hay montada una fiesta sorpresa. De esas que anuncian tormenta. No solo era responsable de ella la reciente noticia, sino también mi borrachera del sábado.
—En la nueva sección, RealDates, queremos mostrar historias reales de citas. Inmiscuirnos en los entresijos de las citas y descubrir esas historias de amor apasionantes.
—¡Ayyyy, qué emoción! —dijo Jenna, mirando a Drake y luego a mí—. Es que no entiendo cómo no se nos había ocurrido antes, ¿verdad, amor?
Es verdad, no sé cómo, con lo enamorados que estáis, no os ha hecho implosión el cerebro y os habéis vuelto uno, haciendo honor a la cita: «LA MUERTE NO DETIENE AL AMOR».
Pero no. Mis mayores pesadillas seguían siendo realidad.
—¿Estarás deseando saber cuándo empiezas, ¿a que sí? —dijo Jenna con una sonrisa de lado a lado.
—Deseando, deseando —repetí como un ser inanimado.
—¡Mujer!, un poco más de alegría, que parece que estás muerta. Solo te lo perdono porque Nadia me ha contado que el sábado estuvisteis de despedida, que si no…
«Nadia, cuando te vea, te matooo».
—Queremos un artículo por semana con historias de amor reales para no olvidar. De esas que encandilan y atrapan al lector —dijo Drake, moviendo las manos como si fuera capaz de imaginarlo mientras lo decía.
—¿Queréis que sea realista? —pregunté ingenua.
—Por supuesto. No queremos engañar a nuestros lectores.
Pues la lleváis clara, porque esas historias no existen. Voy a tener que escarbar y escarbar…
—Esta sección estará a prueba tres meses. Si consigues atraer a nuevos suscriptores, nos plantearemos convertirlo en una serie. Entraremos más en profundidad en cada historia. Pero eso solo depende de ti —siguió Jenna.
Los dos me miraron con ojos suplicantes. Yo, la persona menos preparada para hacer este trabajo debía hacer que todo saliera bien.
—Estoy deseando empezar —dije fingiendo una sonrisa que cruzaba mis mejillas de lado a lado.
«¡Dios, qué falsa que soy!»
—¡Qué emoción, qué emoción! —gritaron los dos al unísono.
Los dos a la vez… no, por favor. Ya es suficiente con Jenna.
—Y ahora, sal ahí y ve a hacer lo que mejor sabes hacer: escribir sobre el amor —dijo Jenna, dándome una palmada en la nalga.
—¡Síiiii! —dije, mientras me giraba y me enfilaba hacia la puerta.
¡Qué horror, qué maldición! ¿Por qué yo? ¿Por qué precisamente la persona que menos cree en el amor tenía que acabar haciendo esto?
Si existe el infierno, esto debe parecérsele muchísimo.
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Capítulo 4
Al salir del despacho, lo primero que noté fueron cientos de ojos fijos en mí. Era como estar en la sala de interrogatorios de una comisaría para declarar que sí, por supuesto, no creo en el amor. Y menos entiendo cómo es posible que los creadores de YouLoveMe me acaben de poner en semejante situación.
¡Chicos!, ¡chicos!, tranquilos. Si fuera por mí saldría corriendo ahora mismo y os dejaría en bandeja de plata esta nueva sección. Si pudiera, claro. Pero no puedo. Porque este es el mundo real y me tengo que ganar la vida de alguna forma.
Llegué a mi escritorio y, como no, Lilian me miró esperando que le contara cómo había ido la reunión.
—Lilian, un consejillo, solo uno muy pequeñillo: métete en tus asuntos.
Con esa frase me senté y, por alguna extraña razón, Lilian decidió no darme la brasa.
El resto de la mañana estuve dándole vueltas a cómo iba a enfocar el primer artículo que debía estar listo antes del próximo lunes.
Entrevistas, perfiles, vídeos de presentación fueron el inicio de mi búsqueda por la historia perfecta de amor. Encontré algunas interesantes y, decidida, llamé directamente a la persona en cuestión. Por un segundo sentí que esto iba a ser más fácil de lo que parecía. Solo necesitaba tener una historia interesante y sacar el lado más cursi de su relación y, por supuesto, destacar que gracias a YouLoveMe habían encontrado el amor. «¿Es la primera vez que conoces a alguien a través de un portal de citas?» «¿Cómo te sentiste el día que lo conociste?» «¿Crees que pasarás el resto de tu vida con él?»
Sería sencillo y me serviría para rellenar unos cuantos artículos para ir tirando.
—Buenos días, Rebecca. Mi nombre es Emma. La llamo del portal de citas YouLoveMe. ¿Quería preguntarle acerca de su experiencia utilizando…?
……………
—¿Me ha colgado?
Me quedé mirando el teléfono como si, por alguna mágica y extraña razón, me fuera a hablar y a decirme:
—Sí, Emma, llevas razón, todo esto es una estupidez.
No me hacían falta más pruebas para saber que, en esto del amor, llevaba más razón que un santo. La búsqueda de «la historia perfecta de amor» se iba a convertir en misión imposible.
Ocho horas después, llegué a casa con los pies destrozados de tanto andar de un lado a otro, teléfono en mano, buscando alguna pareja que me sirviera sin éxito. Eso solo hacía que el dolor se intensificara. No había podido evitar la necesidad de salir de esas cuatro paredes cuando, después de la octava pareja a la que llamaba, volvía a recibir un corte por respuesta.
—¿Sabes qué, Mónica…? Renuncio —dije nada más cruzar la puerta de casa y verla metiendo cosas en cajas.
—¿Otra vez Lilian?
—No es solo eso, es que también… ¿Qué estás haciendo?
—Ya lo sabes. En seis días me caso y tendré que mudarme, así que cuanto antes empiece a hacer lo más difícil, mejor —dijo levantando la caja algo cansada.
Después de tantos años viviendo juntas era complicado decirle adiós a mi mejor amiga. Ella insistía en que viviríamos al lado la una de la otra y que su matrimonio no cambiaría nuestra amistad. Me obligaba a mantenerme positiva, como ella. Debía ser resultado de tanta clase de yoga que había recolocado a la perfección todos sus chakras. El problema es que yo seguía sin recolocar los míos y, hasta que no lo hiciera, no conseguiría poner en orden esta sensación que me decía que la perdería.
Había tratado de verlo todo desde su lado y le hice caso cuando me dijo que tenía que proponerle a Mia vivir juntas. Pero había algo que insistía en que esa combinación, Mia & Emma, era imposible. Y eran esas ronchas rojas y horribles que salieron por todo mi cuerpo el día que fui a proponérselo a su casa . Gracias a ello descubrí que era alérgica a los gatos. Así que, con ellas y con el picor que ahora tenía en los brazos, volví a casa.
—A ver, cuéntame, ¿qué ha pasado en el trabajo? —dijo mientras agarraba mi mano y me llevaba hasta el sofá.
—Lo de siempre, Jenna y Drake, que están demasiado, demasiado…
—Enamorados.
—Sí. He vuelto a ver ese despacho. Ya sé que tú siempre dices que soy una exagerada, pero cada vez que entro ahí mis neuronas pierden vida. Estallan ante tanta cursilería barata y amor peliculero. Es simplemente horrible.
Mónica me miraba frunciendo los labios, incrédula por mis descripciones de aquel despacho.
—Y aparte del despacho, que ya sé que lo odias, ¿ha pasado algo más?
—Ha pasado y bien gordo, Mónica. A ver qué hago yo ahora con este marrón.
»Pues no van y me dicen el par de atontados, en palabras textuales: «historias de amor reales para no olvidar. De esas que encandilan y que atrapan al lector». Pero tú te crees lo que me quieren obligar a hacer. Quieren que mienta y, no contentos con un artículo, quieren hacer de esto una serie, Mónica. ¡Una puñetera serie de artículos durante tres meses! Si algún día no llego a casa tienes que saber que habrá sido porque mi cabeza ha explotado tras entrar por cuadragésima vez a ese despacho.
—Tranquila, ¿has hablado con Nadia? Seguro que ella puede conseguir que pongan a otra persona.
—Nadia…, a esa, cuando la pille, la mato.
—A ver, ¿qué ha hecho ahora?
—Le ha dicho a Jenna lo de mi borrachera de la despedida. Siempre me está poniendo en evidencia.
—Seguro que lo ha hecho para cubrirte esta mañana.
—Sí, seguro —dije levantándome del sofá, dejando el abrigo en el perchero de la entrada.
—¿Así que utilizar a Nadia para tratar de quitarte este marrón olvidado?
—Requeteolvidado.
—¿Has tenido alguna idea para hacer los artículos?
—Solo una y por ahora no está funcionando. He llamado a ocho parejas que se suponía habían encontrado el amor en YouLoveMe. ¿Sabes lo que me he encontrado?
—¿Qué?
—Con un portazo en los morros.
—Seguro que se nos ocurre algo antes de que publiques el primer artículo. Ya verás.
Si, ya veré. Yo lo único que veo es negro, oscuridad y me estoy cayendo y no hay nada debajo. Pero vamos, que «seguro que se nos ocurre algo».
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Capítulo 5
A la mañana siguiente salí de casa café en mano y con las últimas palabras de Monica, antes de ir rumbo a mi maravilloso y encantador trabajo del amor, la purpurina y los ositos de peluche:
—No olvides que esta tarde tenemos la prueba de vestidos de damas de honor.
—Cómo olvidarlo… me lo has recordado al menos cinco veces esta mañana.
Como siempre, era temprano cuando llegué a mi mesa. La mayoría de los trabajadores todavía no habían llegado, por lo que aproveché la tranquilidad de la mañana para responder algunos emails y organizar perfiles para emparejamientos. La parte de llamar a los siguientes de la lista de posibles parejas que había elaborado la dejé para luego. Un «luego» que se convirtió en bastante tarde, y que me avergonzó al encontrarme con Jenna en el ascensor, camino a la prueba de vestidos.
—¿Cómo va la nueva sección? —Su sonrisa era tan amplia como mi deseo de que aquellas puertas se abrieran para poder salir corriendo de allí.
A ver, Emma: respira hondo y miente. Es lo que todo el mundo hace; no es tan difícil. Añade ese tonito cursi que ella tiene, seguro que le encanta.
—¡Ohh, Jenna! Va todo muy bien.
—Cuánto me alegra escucharte decir eso. Drake y yo estamos para lo que necesites. Pero no creo que tengas ningún problema. Seguro que te las apañas a las mil maravillas.
¡Uff! Sí, a las mil maravillas, maravillosas.
—Bueno, yo me quedo en esta planta. Ya sabes, lo que necesites, aquí estamos.
Levanté la mano como una tonta para despedirla, y se quedó allí más tiempo del esperado, junto con mi cara de imbécil. «El teatro de la vida», pensé.
¡Ohh! Esta vida no está hecha para ti, pequeña descreída.
El ascensor se paró de nuevo. Esta vez en la cuarta planta y no me podía creer a quién tenía delante.
—Emma.
—Nadia —respondí seria.
Pasaron unos segundos mientras el ascensor se cerraba sin que ninguna de las dos dijera nada.
—¿Qué haces aquí? —me atreví a decir después de un rato.
—Trabajo.
Otra vez el silencio.
—¿Trabajas tú aquí… en este edificio?
Me puse a repasar mentalmente todas las empresas y era imposible que trabajara para ninguna de ellas.
—Pero si tú eres veterinaria. Que yo no es que lo niegue, aquí hay mucha gente que parece más animal que algunos animales, pero de ahí a que necesiten que los atiendan, no sé yo. Estás un poco perdida.
—La que está perdida eres tú. Venía a buscarte a ti, tonta. Mónica me ha contado que estabas enfadada porque le contara a Jenna que te habías emborrachado.
—Si te parece, te aplaudo.
—Déjame terminar. Solo le dije que estuvimos de despedida, la cosa se alargó y que tuviera en cuenta que solo sería un día.
—¿Solo eso?
—Pues claro. Jenna es mi amiga, pero tú eres mi mejor amiga. ¿Cómo puedes pensar que yo diría nada que pudiera perjudicarte?
Empujó su cadera hacia la derecha.
—¿Amigas?
Moví la mía hasta hacer contacto con la suya en un simple gesto que ya era habitual entre nosotras cuatro.
—Ahora, hablemos de cosas importantes: la nueva sección.
—¿Te lo ha contado Mónica?
—No, Jenna. He hablado con ella hace un par de horas y está entusiasmada y, lo mejor, estoy segura de que si lo haces bien podrías ganarte un ascenso y alejarte por fin de esa amargada de Lilian.
Lilian, Jenna, Drake, YouLoveMe… la verdad es que me daban igual. Y también el ascenso. No quería quedarme para siempre trabajando en un portal de citas que llevaba por bandera el amor, prometiendo imposibles a todos los que querían algo de emoción en su vida.
Pero si quería alcanzar el sueño de mi vida y ser periodista de investigación iba a tener que tragar con esto y hacerlo lo mejor posible. No era una buena carta de presentación un despido o una mala recomendación de tu primer puesto de trabajo importante.
Llegamos a nuestro destino después de un buen rato en el taxi y un tráfico impresionante.
Las dependientas nos recibieron amablemente y nos ofrecieron café inmediatamente. Ambas dijimos que sí. Serían al menos dos horas de cambios y últimos retoques por aquí y por allá. Así que íbamos a necesitar un extra de energía para superarlo.
Mónica y Mia ya nos esperaban sentadas en uno de los amplios sofás que había en la sala.
Mia sostenía un café en la mano. Mónica no lo necesitaba. Con el entusiasmo por su boda ya tenía suficiente energía para toda la semana.
—¿Todo bien? —preguntó Monica al verme llegar junto a Nadia.
—Perfecto —respondí.
—Buenas tardes, señoritas. ¿A cuál de ustedes le gustaría empezar primero?
Nadia y Mia se levantaron para llegar primero al vestidor. Y como si del juego de la silla se tratara, Nadia consiguió entrar antes.
Mia se giró, esbozó una media sonrisa tímida, lanzó una mirada a la modista y luego se acercó hacia nosotras.
—¿Cómo lo consigue?
—Porque se ha levantado antes. Tienes que estar más rápida la próxima vez —le respondí sincera.
Pero adelantarse a esa mente veloz y capaz de todo de Nadia era cosa complicada. Porque una persona normal piensa dos veces antes de actuar y, en la segunda, se arrepiente de lo que pensó la primera vez. En Nadia ese sistema no funciona. Ella lo hace y ya, si eso, luego piensa.
Estábamos charlando cuando el ruido de la puerta del probador nos anunció que Nadia ya estaba lista. Y más que lista, estaba preciosa. El vestido de un tono dorado, palabra de honor, caía precioso hasta rozar mínimamente el suelo. Su vuelo al caminar le daba un toque de movimiento precioso. Ajustado hasta las caderas, con encaje que cubría buena parte del pecho.
Nadia aprovechó para recogerse el pelo rápidamente en un recogido sencillo que dejaba al descubierto su cuello y clavículas, dando una mejor vista al conjunto del vestido.
—Estás preciosa —dijimos todas a la vez.
Pero el rostro de Mónica era el más emocionado de todos.
—No llores que la que se casa eres tú —dijo Nadia tratando de ocultar que ella también se había emocionado.
Después de Nadia llegó el turno de Mia, a quien también le quedaba impresionante el vestido. De todas nosotras, a ella es a quien había sido necesario hacer algunas modificaciones en la parte baja del vestido para que se ajustara a su altura, ya que ella era algo más bajita que nosotras tres.
Se dejó el pelo suelto, que caía en ondas rubias por sus hombros y clavículas, combinando a la perfección con el tono del vestido.
—Te toca —dijo Mónica animándome para que fuera al probador.
Me toca. Claro que me toca.
Me gusta la ropa y me gusta salir con mis amigas, aunque solo sea para enterarme de las nuevas tendencias. Es entretenido y siempre cae alguna cosa. Pueden ser unos pantalones de talle alto y de algodón hasta los tobillos, combinados con unos zapatos Oxford negros y una blusa o un top ajustado que cubriera el ombligo. De esas aventuras salían miles de ideas para llenar el tiempo y mi vestidor de conjuntos que merecían la pena.
Cuando terminé de ajustarme el vestido y de subirme en los tacones, cerré los ojos. Me recoloqué por última vez el vestido y los abrí.
Exhalé profundamente liberando mis hombros, que habían estado algo tensos hasta entonces. Tenía mucha competencia con Nadia y Mia. No es que fuera envidiosa y estuviera todo el día comparándome. Pero no quería ser la excepción a la regla.
El bronceado natural de mi piel y las pecas que asomaban entre mis mofletes y pecho le daban un aire diferente. Además, la melena negra que caía sobrepasando mis pechos realzaba el vestido.
Decidí dejarlo así y salí del probador.
Bocas abiertas, alguna lágrima de Mónica y un «¡oh!» que surgió de inmediato.
—Es que no lo entiendo, Emma. Con lo buena que estás y todavía no has…
—¡Chssss! —dijo Mónica antes de que Nadia terminara de pronunciar la última palabra.
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Capítulo 6
Mónica y Nadia seguían discutiendo cuando salimos de la tienda.
—Yo solo digo lo evidente, tampoco es que sea para tanto.
—Mónica, no me importa que lo diga en público —dije para tratar de acabar con aquella discusión.
—Chicas, cambiando de tema. Tengo una idea para la nueva sección de Emma.
—¿Ya se lo has contado? —dije mirando a Mónica disgustada.
—He sido yo —dijo Nadia levantando la mano—. ¿Qué problema hay? Somos todas amigas y no nos guardamos secretos entre nosotras.
En eso llevaba razón, así que no me quedó más remedio que callarme.
—Bueno, mi idea es que sea Emma la que vaya a las citas —dijo Mia.
Las tres se miraron. Se habían parado en mitad de la acera haciendo un corrillo entre ellas y empezaron a discutir el plan de Mia sin que yo pudiera enterarme de nada.
—¡Ey!, ¡estoy aquí! Os recuerdo que es de mí de quien estáis hablando.
Me miraron de golpe con los ojos entornados y una sonrisilla que daba miedo.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué les habéis hecho a mis amigas?
Sus miradas daban miedo.
—Chicas, podemos hablar mañana. Vosotras seguid ahí discutiendo lo que sea sobre mí. Ya me lo contaréis si eso…, nunca. Sí, nunca es lo mejor.
Al cruzar la calle, las tres dijeron al unísono:
—Emma, te vas a crear un perfil en YouLoveMe.
Me quedé parada en medio de la carretera mirando en su dirección sin poder creer lo que acababan de decir.
—¡Y una leche! El café, yo creo que ha sido culpa del café. Voy a ir ahora mismo a la tienda a decirles cuatro cosas por haber trastornado a mis amigas. Eso no se hace. Yo os quiero y no os puedo ver en este estado.
—¡Piiii, piii, piii!
El claxon del coche acompañado por insultos del conductor me sobresaltaron.
Me asusté tanto que me quedé quieta con las manos en los oídos intentando sofocar el ruido del claxon.
—¡A mi amiga no le pites!, ¡te has enterado gilipollas! —gritó Nadia. Un segundo después me cogió la mano y me llevó hasta la acera.
—¿Estás bien? —preguntó Nadia sosteniéndome la cara.
—Está blanca. Parece un muerto viviente —escuché decir a Mia.
—Toma, bebe agua —dijo Mónica ofreciéndome la botella de agua que acababa de sacar de su bolso.
Monica, siempre tan preparada para todo.
—Inspira, espira —dijeron las tres a la vez después de que bebiera agua.
Era ya una rutina en mi vida y ellas ya sabían cómo devolverme a un estado normal. Necesitaba unos minutos, tranquilizar mi corazón y después todo volvía a la calma de nuevo.
Pero hasta ese momento, en mi mente solo escuchaba el ruido del claxon y los gritos de ese hombre. Me bloqueaba, sintiéndome completamente paralizada.
Al llegar a casa ya estaba mucho mejor.
Mia fue a la cocina y enseguida se presentó en el salón con la barra entera de chocolate. Partió un trozo y me dijo:
—El chocolate hace que nuestro cerebro produzca endorfinas que dan sensación de bienestar al cuerpo, estimulan la alegría y la felicidad. Lo leí en un artículo la semana pasada.
Si ella lo decía, que se leía artículos de todo tipo al día, debía hacerle caso.
Al meterme el chocolate en la boca y humedecerlo con la lengua, sentí ese primer latigazo intenso del azúcar que me hizo sentir mucho mejor al instante.
—Gracias, Mia. Llevabas razón, ya me siento mucho mejor.
—Lo sabía. Y no tienes por qué darme las gracias. ¿Para qué están las amigas si no?
Escuché en ese momento el tono del móvil de Nadia. Era una canción de una banda sonora de película romántica.
Every night in my dreams… Ya os podéis imaginar cuál.
Cuando lo descolgó, su cara cambió de expresión enseguida. Las tres nos quedamos mirándola.
—¿Qué pasa? —dijimos las tres a la vez.
—Voy enseguida. Espérame en la puerta de la clínica.
En cuanto colgó el teléfono, fue a coger el abrigo que había dejado en la percha.
—Albert ha tenido un accidente.
—¿Está bien? —preguntó Mónica con cara de preocupación.
—Él sí, solo ha sufrido unas cuantas magulladuras en los brazos cuando paró la caída, pero su perro se ha llevado la peor parte.
—Kafka…, no me lo puedo creer —dije levantándome al segundo del sofá.
—Me tengo que ir ya. Lo ha llevado corriendo a la clínica donde trabajo y le he dicho que iría enseguida para allá.
—Sí, vete, corre, no te preocupes, yo estoy bien.
—¿De verdad?
—Sí, en serio, vete ya para la clínica.
Me dio un beso rápido en la mejilla.
—Mantennos informadas y si surge cualquier contratiempo ya sabes que puedes contar con nosotras —dijo Mia, que ya abría la puerta para que Nadia saliera.
—Gracias, chicas.
Nos quedamos las tres plantadas cerca de la puerta que hace pocos segundos acababa de cruzar Nadia.
—Todo irá bien, estoy segura —dijo Mónica, saliendo la primera de ese trance que nos mantenía atadas como imanes a esa posición
—Mia, ¿te apetece cenar esta noche con nosotras? Tengo pensado preparar mi plato estrella: tagliatelle a la carbonara.
—Me encantaría, pero tengo a Ralph y Lauren en casa solos desde las nueve de la mañana.
»Sabéis, una vez leí en un periódico que los gatos duermen una media de dieciséis horas al día. Con suerte estarán en los mundos de Morfeo para cuando llegue, pero no quiero arriesgarme.
—Avísanos cuando estés en casa, ¿de acuerdo? —dijo Mónica, que ya se había puesto manos a la obra con la cena.
—Claro. Por cierto Emma, tenemos una conversación pendiente. El perfil en YouLoveMe es la solución a todos tus problemas.
—Yo no tengo ningún problema. Además, ni borracha me voy a meter yo en ese lío. ¿Te imaginas a los atontados detrás de mí todo el día? ¡Que no, ni hablar!
—Ya te gustaría a ti estar atontada —soltó Mónica.
—No me conocéis. Es imposible que me enamore. ¿Sabéis por qué? Porque el amor no existe.
Mónica y Mia se miraron cómplices.
—Pues si eso crees, ¿por qué tienes tanto miedo de ir a las citas? Sería tan sencillo como demostrar que el amor no existe. Abrir los ojos al mundo entero —apuntó Mia.
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Capítulo 7
Leí el último mensaje que Nadia había enviado al grupo. Kafka se había roto la pata trasera derecha, pero con reposo podría recuperar la movilidad en unos meses.
Mientras lo leía me cepillaba los dientes (zzzzz-zzzzz) con la banda sonora de Monica de fondo, rodeada de docenas de cajas en el salón (crash, bump, thump, clack) mientras terminaba de guardar las cosas que le faltaban.
Quedaban muy pocos días para que se casara y empezara una nueva vida lejos de esta casa y todo lo que ello significaba.
No quería pensarlo, porque sabía que solo serviría para añadir más estrés a lo que era mi vida en estos momentos.
Pijama puesto y a la cama, y eso fue lo que hice. No me detuve a mirar más los mensajes ni las noticias. Estaba cansada, realmente cansada. Bostecé y me vino a la mente el trabajo. Mañana vuelta a empezar otra vez. A llamar a todos y cada una de las parejas de la lista que había elaborado. Tenía que encontrar a alguien, solo una pareja, solo eso. Y asunto resuelto.
«¿Y si no la encuentro?»
Fue entonces cuando aquella conversación vino como si de un relámpago se tratara y cayó implacable sobre mi situación actual. Podía esconderme y negarme a escuchar a mis amigas, pero lo último que había dicho Mia antes de marcharse cobraba cada vez más sentido:
«—Pues si eso crees, ¿por qué tienes tanto miedo de ir a las citas? Sería tan sencillo como demostrar que el amor no existe. Abrir los ojos al mundo entero».
He trabajado durante un año en un portal de citas. He visto el amor desplegarse delante de mis narices y marchitarse antes de que hubiese tenido tiempo de florecer. Pero si demostraba que el amor no existía y lo publicaba durante tres meses en mis artículos, Jenna y Drake acabarían despidiéndome, y con toda la razón.
«¡Claro, tonta! Entonces tendríamos tiempo para dedicarnos a lo que realmente queremos hacer».
No consistía en hacer mal mi trabajo, sino en hacerlo tan bien que rompiera el molde de la sociedad actual, en la que el amor peliculero se percibe como una realidad tangible, y añadirle una capa más: la de la duda. La que empiezas a tener cuando algo no funciona. Cuando una relación se rompe o una de las partes traiciona a la otra. Solo en ese momento te das cuenta de que el amor, ese que te ha alimentado desde bien joven el corazón, es en realidad una farsa bien montada.
Y si Jenna y Drake se enfadaban, estaban en su derecho, pero yo habría hecho un trabajo honesto y sincero conmigo misma y con mis lectores, y esa sería la mejor carta de presentación para mi nuevo trabajo.
Me incorporé de la cama apoyando mi espalda contra el cabecero, cogí mi móvil, que estaba sobre mi mesita, y escribí un mensaje en el grupo de amigas:
Emma: Está decidido, mañana crearé mi perfil en YouLoveMe. Prepararos porque pienso demostrar la farsa en la que vive todo el mundo. Así que decidle goodbye al amor y hola a la realidad.
Con esas últimas palabras y una sonrisa que me cruzaba la cara, me volví a tumbar en la cama y me quedé dormida antes de leer la reacción de mis amigas.
La luz ya entraba por uno de los grandes ventanales del edificio en el que trabajaba. Había llegado la primera. Temprano, como siempre. O quizás mucho más temprano que de costumbre. Estaba entusiasmada con mi nueva misión.
Debería haberme puesto a trabajar inmediatamente, pero los nervios por saber qué habrían dicho mis amigas me tenían en un sinvivir a esas alturas. Quizás por ese motivo todavía no me había atrevido a leer todos los mensajes, que ya superaban la treintena.
Sentada en mi sitio, con el café junto al teclado desprendiendo un aroma riquísimo, desbloqueé el móvil y abrí la aplicación de mensajería:
Nadia: No me lo puedo creer. Monica, ¿¿has cogido su teléfono y has escrito en su nombre??
Monica: ¿Cómo se te ocurre? Yo nunca haría algo así, salvo que tuviera vuestro permiso.
Mia: A ver…, si no has sido tú, entonces Emma, di que eres tú.
Nadia: No va a responder. La maldita nos va a dejar a la espera toda la noche. Monica, ve ahora mismo a su cuarto y verifica que todo esto es verdad. A lo mejor le han robado el móvil esta mañana o un fantasma está ocupando su cuerpo.
Con ese mensaje de Nadia se me escapó una carcajada tan sonora que yo misma, a los pocos segundos, me di la vuelta para comprobar que todavía estaba sola en la oficina.
Monica: Estará dormida y por eso no contesta.
Nadia: Da igual, la despiertas y se lo preguntas.
Monica: No voy a despertarla por tu impaciencia.
Mia: Ha sido gracias a mí. Deberíais estar todas haciéndome la ola. Debió ser lo que le dije antes de irme.
Nadia: No podéis esperar a que esté para que pasen las cosas interesantes.
Monica: Tampoco fue para tanto. Fue un simple comentario.
Mia: Sí, tan simple, pero seguro que gracias a eso se ha convencido.
Nadia: ¡¡Qué emoción!! Emma, cuando leas los mensajes no se te ocurra ignorarnos y llámame. Necesito saber cómo, cuándo y dónde se va a producir el momento.
Mia: ¿El momento de qué?
Nadia: Mia, de verdad…, el momento para crearse el perfil.
Mia: Sí, no se te ocurra hacerlo sin nosotras.
1 hora más tarde…
Mia: Sabéis que he leído que si te golpeas repetidas veces la cabeza contra la pared pierdes ciento cincuenta kilocalorías.
Nadia: ¿En qué sitio has leído eso? Porque no parece muy creíble.
Mia: En el Tribune, en la sección de Hechos divertidos.
Monica: Para demostrar eso alguien ha tenido que estamparse contra una pared una y otra vez… Y si lo han hecho… yo me preocuparía por su salud mental.
Mia: Es verdad… Cuántas tonterías se escriben hoy en día.
Nadia: Tú, Monica, ¿qué haces despierta todavía? Son las dos de la mañana… Venga, a dormir, que te casas esta semana y tienes que estar bien descansada.
Monica: Liada entre cajas. Si vienes y me ayudas a lo mejor me puedo ir a la cama antes (emoticono guiñando el ojo).
Nadia: Estoy ocupada en la clínica con Kafka.
Monica: ¿Todavía a estas horas?
Mia: Es que la pobre está perdidamente enamorada de Albert, qué se le va a hacer.
Nadia: ¿Así que vosotras dejaríais tirado a vuestro ex si le pasa algo a su mascota?
Monica: El perro está bien, quien no está bien eres tú. Vete a casa y descansa.
Para entonces, su cambio de conversación hacia los golpes, las calorías y Kafka me tenían partiéndome de la risa, que pronto se vio interrumpida por mi querida y majísima compañera, Lilian.
—¿Acaso te has tragado un payaso esta mañana y por eso estás tan feliz?
—Para tu información, estoy feliz porque he encontrado la solución. La solución, Lilian.
Me levanté de la mesa y empecé a andar sin saber muy bien a dónde iba.
—¿Qué solución? No puedes soltar eso y dejarme con la duda.
—Tendrás que vivir con ella durante un tiempo, lo siento.
Se quedó parada en seco a la mitad del camino y dejó de seguirme a donde quiera que fuera.
«¿Dónde voy?»
No lo sabía, pero cuando decidí volver a mi mesa, una marabunta sedienta por destacar empezaba a abrirse camino en aquel estrecho pasillo. Miré mi reloj: las ocho de la mañana, hora punta.
Emma, puedes conseguirlo, pensé. Visualicé a mis presas de todos los tamaños y estaturas y, cuando vi a dos sílfides, me abrí paso andando cada vez más rápido, luego a trote, y justo cuando estaba a su lado me puse de perfil y las esquivé como si de una película de acción se tratara. Ni Tom Cruise en Misión Imposible.
Me aparté enseguida del trasiego de viandantes del pasillo y sonreí. Nada más girarme, me encontré con Cathy mirándome anonadada.
—Es que hay mucha gente y he conseguido…
Me daba igual explicarme que no. Entré con ella en el ascensor.
—¿Un café en mi planta?
—Perfecto.
Antes de guardar el teléfono móvil en mi bolsillo, escribí un mensaje en el grupo de amigas:
Emma: A las 12 p. m. en casa.
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Capítulo 8
Las horas parecían arrastrarse más que nunca. Mis piernas temblaban debajo del escritorio. Ignoraba los correos que seguían llegando; apenas había completado ningún registro nuevo, y pensar que en unas pocas horas sería mi propio registro el que aparecería en esa pantalla me ponía aún más nerviosa. ¿Estaba realmente segura de lo que iba a hacer?
La respuesta se volvió más clara cuando, tras terminar de llamar a las parejas de la lista, solo obtuve negativas para participar en la sección o rupturas dramáticas en directo. El hombre de la ruptura dramática era Uriel y, nada más mencionarle la idea de hacer una serie con su pareja y él, se puso a llorar. Y ahí estaba yo, con un no por respuesta y aguantando a este hombre totalmente destruido.
—Uriel, esto solo te demuestra que Anne no era la persona para ti. ¿Te hubiese gustado vivir engañado?
—No.
—Pues entonces, piénsalo así: Anne te ha hecho un favor diciéndote lo que sentía. Ahora tendrás la oportunidad de encontrar a alguien que realmente merezca la pena.
—¿Tú trabajas para el portal de citas?
—Sí, claro. «Emma, del portal de citas YouLoveMe» —repetí con el mismo tono que al inicio de mi llamada.
—Qué tonto, discúlpame, es que últimamente no estoy en lo que tengo que estar. Sé que suena un poco loco y algo precipitado, pero me gustaría volver a salir ahí fuera y disfrutar de la vida y, con tu llamada, me he dado cuenta de que me merezco otra oportunidad en el amor.
—Puedo gestionártelo yo encantada, no habría ningún problema. Nos pondremos en contacto contigo en cuanto completes tu ficha. ¿Te parece bien?
—Sí, claro.
Con esa conversación todavía rondándome en la cabeza tuve una idea, pero me pareció una locura y la descarté de inmediato.
En cuanto se hicieron las doce de la mañana y con la excusa de irme a comer, abandoné mi puesto de trabajo, cogí un taxi y fui hasta casa.
Antes de entrar ya podía escuchar las voces de Nadia y Mia entusiasmadas. Estaba alimentando a dos monstruos y, en ese momento, sentí que todo acabaría muy mal.
—Bueno, bueno, bueno, pero si ha llegado la lover profesional: «Si tienes apuros amorosos llame al 6543764….».
Mia empezó a reírse de la broma de Nadia.
—Sí, vosotras reíros, pero la última carcajada va a ser mía.
—Eso ya lo veremos —dijo Monica.
—¡Ahh! ¿Qué tú también estás metida en todo esto?
—Tú nos has involucrado a las tres, así que ¿cómo no iba a estarlo? Además, me caso en tres días. Es imposible que apoye tu postura. Es simple supervivencia.
—Es coherencia, punto —dijo Nadia—. Y ahora al tema, que tengo que volver enseguida a la clínica.
—El perro ya sabemos que está mejor, pero ¿y Albert? ¿Lo cuidaste bien anoche? —pregunté sarcástica.
—Seguro que pasaron toda la noche juntos con la excusa del perro —dijo Mia apoyando mi postura.
—Pues para que lo sepáis, no pasó nada de eso. Estuvimos juntos el tiempo necesario. Aunque es verdad que luego insistió en acercarme a casa y me dijo…
—¿Qué te dijo? —preguntó Mia impaciente.
—«Muchas gracias por venir enseguida y preocuparte tanto por Kafka. Sé que tú siempre me has dicho que podía contar contigo, pero después de nuestra ruptura hace unos meses creía que sería imposible. Me alegro de haberme equivocado».
—¡Ohhh, qué bonito! Los animales unen mucho a las personas. Hace un tiempo leí un artículo que decía que la presencia de animales de compañía en nuestro entorno había demostrado mantener unidas a comunidades de forma beneficiosa y positiva.
—Todas nos quedamos absortas ante la explicación de Mia, aunque también algo disgustadas porque hubiera cortado a Nadia.
—Vamos, que, con la tontería del perro, quiere volver contigo, ¿es eso, no? —dije retomando el tema de Nadia y Albert.
—«Ahora sé que podemos ser amigos de verdad. Que cuando nos necesitemos estaremos el uno para el otro sin contemplaciones». Si a ti te parece que quiere volver conmigo con esa frase…
—Amigos…venga hombre, no me fastidies —dije sorprendida.
—Así como lo oyes.
—Puede ser una estrategia para acercarse a ti poco a poco.
—Monica, por favor, que me miró a los ojos, me cogió de las manos y me dijo: «Gracias por estar ahí por mí y por Kafka. Nunca lo olvidaremos». No, Albert quiere ser mi amigo, mi puñetero amigo.
El resto nos quedamos calladas. Estaba todo dicho.
—Te apuntas a la web de citas ahora mismo con Emma y matamos dos pájaros de un tiro —dijo Monica yendo para la cocina, donde ya estaba el portátil encendido.
Fui hasta allí y, como si de una clase de yoga se tratase, destensé primero mis hombros y entrelacé mis dedos, liberando la tensión de mis brazos.
—Ahora, tres respiraciones profundas, sostenemos el aire un poquito adentro y exhalamos —dijo Monica mientras todas nosotras seguíamos sus indicaciones al pie de la letra.
—Está decidido. Yo quiero amor del bueno. De ese que va a encontrar Emma, aunque todavía no lo sepa. Yo quiero uno de esos para mí.
Madre mía, hablaba como si estuviéramos en una subasta y en lugar de cuadros hubiera tíos buenorros con el letrero «Amor garantizado» colgando de su cuello.
—¿Quién empieza? —pregunté con los nervios a flor de piel.
—Empieza tú que eres la novata. Yo ya tengo perfil, solo me estaba haciendo la interesante. Con un simple clic, luego en mi casa lo reactivo y chimpún.
—Vale…, estoy preparada…, esto es pan comido para mí.
—Claro que lo es, tú tranquila. Ya sabes, teclea primero www.youloveme.com y después le das a enter y ahí…
—Monica, por Dios, que no soy estúpida. Lo he hecho mil veces.
—¡Ahí!, ahí está la tecla de registro —dijo Mia restregando la yema de su dedo índice contra la pantalla de mi ordenador, dejando su huella.
—Mia, lo he visto. Tranquilas de verdad, que tengo todo bajo control.
Pero cuando moví el ratón hacia el botón de registrar y lo coloqué encima…
—Yo creo que es mejor dejarlo para otro día. Que ya se ha hecho muy tarde y me están esperando en el trabajo.
—Ya estamos dentro —dijo Nadia, adelantándose y tomando el control del ratón—. ¿Quieres seguir tú o lo hago yo?
Toda la valentía que había tenido para escribir el mensaje a las tantas de la noche me estaba faltando hoy. Me estaban ganando la batalla y todavía ni me había registrado.
No lo iba a permitir.
Puse la mano sobre el ratón y Nadia la apartó inmediatamente.
Monica se puso a masajearme los hombros para darme ánimos. Esto estaba empezando a parecer la reunión de Alcohólicos Anónimos, pero en versión citas, surrealista y para chicas.
Tras un par de minutos metiendo datos, por fin accedí a mi página del perfil del usuario.
—Lo más importante es una buena foto. Ya me he encargado de pasarte una selección de las que más me gustan de ti. Están en tu privado —dijo Nadia señalando mi móvil.
Lo cogí y empezamos a ver juntas las fotos que me había pasado.
—Está de la feria de Montana de hace tres años. Fue antes de que nos pusiéramos como vacas de tanto comer. Y esta de las últimas navidades que pasamos juntas en la cabaña perdida en la montaña, con ese toque a naturaleza y vida salvaje. La foto con tu padre me encanta. Se te ve muy feliz y sonriente.
—¿Has incluido una de mi primer día de universidad?
—¿Por qué no? Estás preciosa —dijo Nadia convencida.
—Nadia, tenía seis años menos. Parezco una niña. Esa descartada.
—Sí, yo estoy de acuerdo con ella. Tiene que parecer adulta y que sabe lo que quiere —dijo Mia.
—Pero es que Emma no sabe lo que quiere. Por ejemplo, en apartado de sexualidad, ¿qué ponemos? Hombre, mujer…
—Hombre.
—¿Estás segura? Porque las dos relaciones que has tenido en el pasado no es que te hayan aportado mucho que digamos. A lo mejor es porque no tenías claros tus gustos o…
—Dejémoslo en hombres. Ya suficiente tengo con hacerlo como para andar ahora cuestionando otras cosas.
—Aficiones —dije cambiando de tema.
—Comer, ver el programa de las Dashian y ser una experta en el amor —dijo Mia de repente.
—Si pongo eso no me va a querer nadie.
—Yo te quiero así como eres —respondió Mia.
—Lleva razón, no puedes mentir. Mejor decir la verdad. Si quieres encontrar el amor tienes que hacerlo con una persona que sepa quién eres de verdad. Le gusta hacer juramentos con sangre, tiene ropa antigua y de vez en cuando se la prueba porque le gusta sentir que vive en otras épocas…
—Recorta esa última parte y escribe «enamorada de la ropa vintage», así no queda tan largo —continuó Monica.
—También escribe que te gustan los deportes de riesgo, aunque siempre verlos desde la tele. Le gustan los animales, aunque los gatos le provocan sarpullido por todo el cuerpo… —añadió Mia.
—Pon que no aguantas a los que les gusta destacar pisando a los demás —dijo Monica.
—Vale, eso en personalidad —apuntó Mia.
—Que odias que la gente vaya descalza, sobre todo cuando van a abrir la nevera, y que eres muy asustadiza —dijo Nadia.
Ellas seguían hablando y hablando y yo me quedé mirándolas emocionada. Al principio me molestó que tomaran el control de esa manera, pero conforme continuaban hablando descubrí que aquellas tres personas me conocían en un grado que yo ni siquiera imaginaba. Así que las seguí observando maravillada con este momento. Tenía unas amigas que no quería perder por nada del mundo.
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Capítulo 9
—Terminado —dijo Nadia después de hacer clic en publicar.
Ahora tocaba buscar parejas compatibles lo cual no era complicado. Sobre todo, si ya lo había hecho durante un año entero con cientos de perfiles. Después venía lo peor: la farsa de las citas.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Monica girándose hacia mí.
Me siento extraña…, expuesta. Quien soy está ahí, en internet, ante cualquiera con curiosidad que decida entrar en mi perfil.
—Esa soy yo —dije mirando mi foto de perfil.
—¿Quién iba a ser si no? —dijo Nadia.
—No, me refiero a que…, no sé…, me cuesta verme ahí donde he visto a tantos otros. Es como si parte de mí ya no me perteneciera solo a mí.
—Lo que sientes ahora mismo se llama miedo. Miedo a ser juzgada. Miedo a ser rechazada. Pero tienes que estar tranquila porque nosotras no dejaremos que nadie te haga daño, ¿lo has entendido?
Asentí.
—Si en algún momento se vuelve difícil solo tienes que decirlo y cortar de raíz. No hace falta que demuestres nada. Nosotras te queremos porque sabemos quién eres.
—Joder, que bonito Monica —dijo Nadia.
—¿Mia, estás llorando? —pregunté sorprendida.
—Es que os quiero tanto y vernos aquí juntas y pensar que dentro de tres días Monica se casa… El tiempo pasa volando. Hace casi un año estábamos pasando frío en Alaska, buscándonos la vida en un pueblo remoto, aprendiendo a hacer fuego, cortando leña, riendo como nunca lo habíamos hecho antes. Y ahora todo va a cambiar.
—No va a cambiar nada chicas. El sábado me caso no me voy a Tombuctú. Seguiremos haciendo las mismas cosas de siempre. Os lo prometo.
—Ya sé que va a sonar a locura, pero será un recuerdo imborrable de este día.
—¿A qué te refieres Nadia? —pregunté temerosa por la ocurrencia que acababa de tener.
—Hagamos una promesa, como la tuya y la de Monica, pero nosotras cuatro.
—Chicas yo os quiero mucho y eso…, pero es que…, cabe la posibilidad de que en cuanto vea una gota de sangre me desmaye…
—Te recogeremos y Nadia te hará el boca a boca.
—Hoy he besado ya a tres chihuahuas y un labrador. Esto hace magia —dijo Nadia señalándose la boca.
—Vale, pero Nadia no me resucita.
—¿No quieres un besito de esta boquita tan bonita…? —dijo Nadia acercándole los morros a la cara.
—Vale, hacer un círculo —dijo Monica —. Ahora nos daremos la mano y haremos una promesa. Cada una de nosotras dirá una palabra y esa será nuestra promesa. Y ahora respirar hondo. Tenemos que poner nuestras mentes en sincronía.
—A veces dices unas cosas Monica que das miedo.
—Nadia, las sincronías existen.
—Lo dice la que no cree en el amor.
—Silencio. Ahora cerrar los ojos y respirar hondo.
Tras unos minutos en completo silencio, fue la primera palabra la que nos metió por completo dentro de ese juego.
— Mia: Porque.
—Nadia: Siempre.
—Monica: Permanezcamos.
—Emma: Unidas.
Volví al trabajo y pasé un buen rato viendo destacado mi email de registro en la bandeja de entrada, recordándome que aún no había hecho nada. Así que, sin darle más vueltas, lo abrí, active mi perfil, busque al tal Uriel con el que había hablado esta mañana e hice el emparejamiento. Tuve la curiosidad cuando encontré su perfil de mirar su foto y conocerlo un poco más. Era sensible, eso estaba claro por la conversación que habíamos mantenido por la mañana. ¿Era cariñoso?, ¿le gustaban los deportes?, ¿qué sería lo que más odiaría de la gente?, ¿le gusta mucho la fiesta o es de quedarse en casa viendo una peli o leyendo un buen libro?, ¿tiene un grupo grande de amigos o es más bien solitario?
—¡Emma, Emma…!
En cuanto Lilian tuvo mi atención se limitó a decir:
—Me marcho ya.
«Pues muy bien, hasta luego», pensé.
Porque tenía esta necesidad de molestarme. No nos llevábamos bien. Era tan sencillo como ir cada una por nuestro lado y ya está.
—¿Tienes novio? —solté sin venir a cuento. Se quedó parada nada más escuchar mi pregunta.
—Imagino que sí. Lo digo porque pareces muy irritada últimamente. Deberías dejarlo si te hace sentir así de mal.
No había esperado a que se girara ni me hablara. Directamente había sido tan desagradable como ella solía ser conmigo. Sorprendemente no me dijo nada. Simplemente retomó el paso en dirección a la salida.
Al mirar por encima de mi cubículo vi que la mayoría de las mesas estaban vacías. Miré el reloj para comprobar que era tarde para la hora en la que solía marcharme.
Apagué la pantalla después de comprobar que todo estaba correcto y me enfilé hasta la salida. Pasé por el estrecho pasillo que ahora estaba vacío y al llegar al fondo, donde la oscuridad cercana a los ascensores se hacía más palpable, escuché un ruido detrás de mí. No le hice caso al principio, pero cuando después de unos segundos volví a escucharlo más fuerte y más cerca de mí, me giré para comprobar de que se trataba. No había nadie, solo la luz parpadeante de la zona del ascensor, que iba y venía haciendo un pequeño ruido bastante molesto.
Entré en el ascensor. Cuando las puertas estaban a punto de cerrarse unas manos se colaron en medio y ejerciendo una pequeña presión consiguieron evitar que se cerrara.
Para cuando las puertas se abrieron estaba completamente paralizada. Escuchaba a mis amigas en mi mente susúrrame al odio, «respira tranquila, pronto pasará».
—¿Estás bien?
Fui capaz de mirarlo por primera vez tras superar el susto inicial.
—Me llamó Ray —dijo enseñándome todos sus dientes blancos y perfectos. Iba trajeado y he de decir que tenía buen gusto para lo que solía ver en mi planta. Hasta la corbata, que siempre me parecía demasiado para cualquier estilo, a él le quedaba bien. Tenía un mentón bastante marcado. Su pelo estaba perfectamente peinado hacia atrás y tenía los lados más recortados. Era más alto que yo, uno ochenta o por ahí y tenía ese gesto de seductor innegociable.
—Me lla-m-o Emma —conseguí decir al final.
Ese temblequeo de voz era por el susto, no porque su presencia me intimidara.
—Encantado, Emma. —Me ofreció su mano y por unos segundos no supe qué hacer. Vamos a ver Emma, levanta el brazo hasta la altura de tu cadera y estrecha su mano. No es tan difícil.
—Encantada —dije por fin estrechando su mano.
Me llegó en ese momento su aroma.
«¡Que bien huele, joder!»
No dije nada más porque no quería darle pábulo a que siguiera hablándome y sobre todo no quería dar pábulo a esta tonta del bote de Emma que iba por libre.
—¿Trabajas en YouLoveMe?
Asentí.
—Ah, que bien. Mi hermano también trabaja aquí. Seguro que lo conoces, se llama Drake, Drake Donovan.
—¿Tu hermano es Drake Donovan?
Asintió.
—He quedado con él, pero no lo veo por ninguna parte y, al entrar en su despacho no he podido soportar estar allí ni un segundo. ¿Cómo puede alguien trabajar en un sitio así?
—Pues imagínate yo, que tengo que entrar a ese templo del horror cada dos por tres.
«No debería haber dicho eso».
—Odias el amor y trabajas en un portal de citas. Curiosa combinación.
—No odio el amor, odio la falsa idea que la gente tiene de él.
—¿Así que tú no eres romántica?
Los ojos le brillaban de curiosidad como si acabara de encontrar un espécimen raro.
—Soy realista.
El ascensor marcó el segundo piso y los dos fijamos nuestra vista en el botón iluminado.
—Y si yo ahora mismo hiciera una locura… Seguidamente, paró el ascensor y me arrinconó contra la pared. Analizando todas mis opciones, estaba en desventaja, y el hecho de estar completamente paralizada no ayudaba en absoluto a idear un plan de escape.
—Tranquila —dijo susurrando en mi oído.
Su aliento rozó la piel de mi oreja haciendo que ese simple gesto inundara con un escalofrío todo mi cuerpo.
—Yo tampoco creo en el amor.
—Inhala, exhala, empujón y alarma —dije en voz alta mientras hacia una detrás de otra las cosas que había dicho.
—No, no, no, señorita, eso no se hace —dijo haciendo un chasquido.
Apartó mi mano del botón de alarma al de bloqueo del ascensor y lo pulsó junto al mío, retomando su movimiento. Cuando llegamos y se abrieron las puertas salí a paso ligero sin mirar atrás.
—He sentido tu excitación, chica que no ama —dijo mientras me alejaba.
—La próxima vez lo que vas a sentir es la patada en la entrepierna que te voy a pegar.¡Gilipollas!
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Capítulo 10
Me di una vuelta para despejarme antes de ir a casa de mi padre. Supongo que fue lo inesperado de la situación lo que me dejó así. No creía en el amor, pero tampoco era ingenua. Había tenido dos relaciones en el pasado; ninguna duró demasiado, quizá porque entonces era una cría. A esa edad no sabía nada del amor.
Lo único que conocía era lo que veía en las películas que mi padre repetía una y otra vez en la televisión. Nunca entendí del todo por qué lo hacía. Su vida había sido una sucesión de rupturas. Él decía que, cada vez que una mujer lo dejaba, sentía que su tren de la vida avanzaba sin rumbo. El tren que alguna vez creyó definitivo tenía un nombre: Lysa.
Mi padre hablaba de ese tren constantemente. Decía que en ese tren estaba todo lo importante: el amor —aunque hacía años que mi madre nos había abandonado— y una niña preciosa llamada Emma, que había venido a completar su felicidad. ¿En qué mundo vivía para no darse cuenta de que mi madre no volvería?
En el mundo del amor de película. Ese que te inoculan desde pequeño en todo tipo de historias y que, a medida que creces, se vuelve una droga difícil de abandonar. Mi padre no estaba enamorado de una persona, sino de la idea de ese amor.
Mi madre se bajó de nuestro tren hace muchos años, pero eso no impedía a mi padre mantener todas sus cosas en casa. Su ropa, sus libros favoritos. A veces lo espiaba escondida detrás de la puerta, y lo descubría revisando una vez más el álbum de fotos donde guarda todos sus recuerdos con ella. Pasaba las páginas con una delicadeza casi reverencial, como si cuidar ese libro fuese la única forma de seguir cuidando ese amor que terminó hace casi veinte años.
Mi padre vivía en un barrio residencial humilde de Harlem. Cuando empecé a ganar dinero, le hablé de vender la casa y, con ese dinero y mi ayuda, mudarse a otro lugar. Un lugar donde pudiese tener más espacio e intimidad.
—¡Robert, saca tu maldita bicicleta del salón!
—¡Mamá, déjame en paz!
Ese fue mi recibimiento en el rellano de la segunda planta.
—¡Si no la sacas de aquí, la tiraré esta noche a la basura! ¿¡Lo has entendido!?
Era el pan de cada jueves, cuando venía a cenar con mi padre. Yo deseaba otra cosa para él, no estos muros de papel amarillentos y desgastados por el tiempo ni estos vecinos. Pero él había elegido esta vida.
Toqué tres veces a la puerta para que supiera que era yo.
Mi padre era un hombre alto. Su barriga ya sobrepasaba lo que yo consideraba una vida saludable. No es que fuera experta en alimentación; tampoco me consideraba una persona que estuviera midiendo las calorías. Mi dieta era variada y cuando visitaba a mi padre me gustaba que se alimentase bien.
—¿Qué has estado comiendo esta última semana?
—Hija, lo que me trajiste la semana pasada. Ni más ni menos.
—Papá, tratas mejor a tus libros que a ti mismo.
—Ya sabes que no me gusta cocinar… y la comida que me trajiste está muy sosa. No pienso pasarme el día comiendo lechuga como una vaca. Además, con mi trabajo de cartero voy de aquí para allá; seguro que eso ya me ayuda a bajar de peso.
Me acerqué hasta él y le di un beso en la mejilla.
—Sabes que te digo todo esto porque te quiero, ¿verdad?
Le peiné el pelo canoso que se le había quedado levantado en la coronilla.
—Yo también te quiero mucho, Emma.
—Como me imaginaba que tu dieta seguiría siendo horrible, he comprado merluza con revuelto de verduras para los dos —dije dejando las bolsas sobre la isla de la cocina.
—¿Y de beber?
—Agua.
—¡Agua! ¿Quieres dejar seco a tu padre?
—El resto de la semana harás lo que quieras, pero al menos los jueves no quiero seguir alimentando tus malos hábitos.
Dejé mi abrigo y mi bolso sobre el sofá y me puse a preparar en dos platos la comida que había comprado. El aroma aún caliente llenó la cocina y, por un momento, todo pareció quedarse en pausa, como si aquel pequeño ritual marcara el verdadero inicio de la noche.
—¿Qué tal tu día en el trabajo?
Mi padre se quedó en shock cuando, hace un año, le conté que trabajaría en una web de citas.
—¿Tú trabajando para ayudar a otros a encontrar el amor? ¿Eres tú mi Emma? ¿Es que acaso has cambiado de idea sobre el amor?
—Sí, papá, soy tu hija. Y no, no he cambiado de idea sobre el amor. Solo es un trabajo, nada más.
—Jenna y Drake me han pedido que me encargue de una nueva sección. Quieren que escriba una serie de artículos sobre historias de amor surgidas en citas.
—¿Estarás contenta? Esto es una oportunidad para sobresalir entre todos tus compañeros y demostrar lo que vales.
No dudaba de mi valía; dudaba de mi capacidad para no fastidiarlo todo cuando mis artículos no estuvieran a la altura de lo que esperaban mis jefes. ¿Qué podía decirles? ¿Que el amor no existía, que no sabía fingir, que no podía escribir sobre algo que no me nacía de dentro?
—Sí —respondí sin dar más explicaciones.
—Mientras terminas de prepararlo todo voy a ir eligiendo una película.
—¿Qué película será esta semana? —pregunté sin mucho entusiasmo.
—Esta semana lo tengo más claro que la pasada: Lo que el viento se llevó. Llevo mucho tiempo sin verla.
Para mi padre, mucho tiempo podían ser como mucho dos semanas o un mes.
Coloqué los platos de comida sobre la mesa, delante del sofá, y empezamos a comer con la música que iniciaba la película.
—Ponte cómoda, será una noche larga.
En tres bocados acabó con todo lo que había en su plato. Se echó hacia atrás en su sillón y puso toda su atención en la película como si fuera la primera vez que la veía.
¿Cómo sería ver la vida con sus ojos?
Él seguía siendo el mismo hombre: humilde, cariñoso, algo descuidado y, sobre todo, firme creyente de la existencia del amor de película.
Éramos muy diferentes y, sin embargo, con él sentía que nada malo pasaría porque él siempre estaría ahí para cuidarme, como lo había estado desde que era pequeña.
Solo en estos momentos que compartía con él cada jueves sentía, por un instante, que el amor existía de verdad. Por un instante, el amor padre e hija se hacía tan real como el de las películas. Porque tenía todo lo que yo creía que debía tener el amor para ser real: era incondicional, generoso y sincero.
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Capítulo 11
Cuando llegué a casa eran ya pasadas las doce de la noche. Monica me había escrito un mensaje para decirme que pasaría la noche con Louis. No era la primera vez que volvía a casa y la encontraba vacía, pero sí que era la primera vez que sentía que todo estaba a punto de cambiar. Tras la boda ya no viviríamos juntas.
Saqué mi móvil del bolso y vi la pantalla iluminada mostrando un mensaje:
Papá: ¿Has llegado a casa?
Enseguida se me dibujó una sonrisa en la cara. Todavía recordaba la última escena de la película que acabábamos de ver y ese brillo en sus ojos que solo ocurría cuando una película realmente le emocionaba, aunque no fuera la primera vez que la veía.
Emma: Sí, ya estoy en casa. Te quiero, papá. Buenas noches.
Papá: Yo también te quiero. Buenas noches.
Hice todos mis rituales antes de acostarme. Eran sencillos porque eran automáticos: ponerme el pijama, lavarme la cara para retirarme el maquillaje, echarme las cremas que me había regalado Mia. Decía que eran lo último en tratamientos de piel para mantenerla joven y cuidada: una crema hidratante y una crema para las ojeras. Al final me ponía una crema específica para las espinillas que me salían en algunas partes de la frente.
Me soltaba el pelo, que hasta entonces llevaba recogido, y lo peinaba con cuidado después de cepillarme los dientes.
Esos minutos eran solo para mí. No pensaba en nada, ni en nadie. Era agradable ser el centro de todo por un momento.
Tumbada en la cama la historia cambiaba.
Ese tal Ray, ¿de verdad es hermano de Drake? Y si era así, ¿lo vería más veces por allí? Deseaba que esta tarde fuera la primera y la última.
Y esa idea… La idea de volver a verlo no fue tan negativa como me hubiese gustado cuando recordé, ya con los ojos cerrados tratando de dormir, su boca susurrándome al oído y la sensación que aquello me provocó. Me di cuenta de que no se me iría de la mente tan fácilmente. No podía cerrar los ojos sin verlo a él, a sus labios carnosos, arrogantes, pero totalmente tentadores, a solo dos centímetros de los míos. Así empecé un soliloquio:
«Duérmete, Emma».
«No puedo».
«Sí que puedes. Piensa en la boda».
«¿La boda? ¿Qué, quieres que tenga insomnio?»
«Piensa entonces en… uhm… vale, lo tengo».
«¿En qué?»
«Es guapo ese tal Ray. Y vaya labios que tiene».
«¡Ehhhh…! Eres la voz de mi conciencia. Has venido a ayudarme, no a crearme más problemas».
«Ya, ya… piensa en… la montaña. En el último viaje que hicimos con las chicas».
«Estuvo muy bien… Nos reímos mucho. Todas juntas alrededor del fuego…Estábamos perdidas. A veces no sabíamos si encontraríamos el camino de regreso, pero no nos preocupaba, porque estábamos ju…ntas (zzzzz)».
El día siguiente lo viví con calma, en todos los sentidos. Sí, llegué a mi trabajo como siempre, temprano. Sí, miré por todos lados, temiendo que me encontraría a ese tal Ray en cualquier esquina. Y no sabía qué idea me reconfortaba más: si la de no verlo o la de verlo.
Pasé la mañana tranquila. Parte de mi preocupación al inicio de la semana ya estaba más o menos solucionada. Y, aunque la idea del momento en que llegara mi primera cita no me emocionaba, tenía otras preocupaciones a corto plazo.
Mi teléfono empezó a sonar. Lo cogí inmediatamente temiendo que si no lo hacía, Lilian me saltaría a la yugular.
Hoy no me había saludado y apenas me había mirado cuando tenía que preguntarme algo por trabajo. Siempre ponía su mirada en el suelo o en los papeles que llevaba en la mano.
Quizás fui demasiado dura con ella ayer. ¿Habría dado en el clavo con mi apreciación sobre su relación?
—Emma, he comprado todas las cosas que me dijiste para decorar la casa, pero me falta… me dijiste algo de una palomitera, ¿era eso?
—Sí, ya sabes lo mucho que le gustan y he pensado que podríamos estrenarla mañana en casa. Pero hay que comprar la grande, la que viene con carrito.
—A ver… a ver, Emma. Eso pesa que no veas. Yo con eso no voy a poder sola. Además, no conduzco. Con Albert, estas cosas las tenía solucionadas, pero ahora…
—Dile al vendedor que la traiga a casa esta tarde, ya me las apañaré para distraer a Monica de alguna forma.
—Cambiando de tema. ¿Cómo va la búsqueda de un buen maromo?
—Esto lo hago solo por la sección, que no se te olvide.
—No, si a mí no se me olvida, pero ¿cómo va?
—Uriel, se llama Uriel, y ha aceptado la cita.
—¿Cómooo? ¿Y no me has llamado para contármelo?
—Nadia, me ha aceptado esta mañana. Eres la primera en saberlo.
—Quiero saber todos los detalles. Cómo es, qué le gusta, a qué se dedica… vamos, quiero saberlo todooo. ¡Ahhh, qué alegría…! Mi mejor amiga abandona la soltería…
—No quiero saber nada acerca de él hasta el día de la cita.
—¿Cita a ciegas? Emma, ¿cómo narices has hecho el emparejamiento si no sabes quién es?
—Al azar.
—¿Cómo que al azar? Eso no cuenta. Claro, así no vas a encontrar novio. Estás autosaboteándote. Buena jugada. Pero que sepas que no va a funcionar.
—Eso ya lo veremos.
—¿Qué estás tramando?
—Yooo… nada.
El resto del día pasó como la mañana: correos, llamadas por problemas en el registro de perfiles y, cuando llegó mi hora de marcharme, sin esperar a que toda la planta se vaciara, me fui de allí. Aunque esta vez, cada paso que daba hacia la salida era un pensamiento dedicado a ese momento en el ascensor.
En el ascensor, por fin noté cómo la tensión se reducía.
Conforme bajábamos, se iba llenando cada vez más hasta quedar arrinconada:
—Emma, ¿verdad?
—Otra vez tú… no me lo puedo creer.
Estábamos tan pegados el uno al otro que, por mucho que lo intentara, no podía apartarme más.
—Ya sé que te quedaste impactada conmigo por lo que pasó la otra noche y eso, pero…
—¿Impactada…? ¿Y me podrías contar exactamente qué pasó la otra noche?
—Sé que odias el amor, pero en realidad lo que estás deseando es enamorarte. Eres como todas las demás. Te haces la dura para atraer a los hombres, pero luego, ¡zasca!, te enamoras perdidamente. Es la historia de siempre.
—Eso es lo que tú crees. Yo soy diferente.
—Eso dicen todas.
—Ah sí… ¿con cuántas mujeres de verdad has estado tú como para estar tan seguro?
—No las cuento, porque para mí no son trofeos.
—Y parece verdad y todo.
El ascensor dio un pequeño salto que provocó que entre nuestros cuerpos no existiera ya ninguna separación. Apoyé mis manos en su pecho para no perder el equilibrio, y al levantar mi mirada encontré la suya fija en la mía. Me sentí desnuda de repente. Aquella mirada estaba buceando en mi interior. En sus ojos descubrí a otro Ray, más profundo de lo que había conocido a simple vista.
El ascensor se abrió en ese momento y su tono de voz cambió al de siempre.
—Me ha encantado verte, Emma —me dedicó una sonrisa y salió del ascensor.
—Igualmente —acerté a decir.
«¿Igualmente, Emma!? ¿Pero qué estás diciendo? Este es el típico hombre por el que sabemos que el amor hoy en día se ha vuelto banal y superficial. La típica cara bonita y ojos atrayentes. Solo eso», pensé.
No estaba encantada de verlo. Quizás un poco sí, pero lo negaría hasta el infinito si alguien me preguntaba.
Pero a ver, Emma, me repetí, el amor no es atracción. Y esto es eso: simple atracción. Una cara bonita, una boca atrayente y nada más.
Para ser un «nada más», estuvo en mi mente la mayor parte de la tarde. Y tuve la brillante idea de sacar el tema cuando Monica y yo estábamos cenando.
—He conocido al hermano de Drake.
—Drake, ¿qué Drake, tu jefe?
—Es un poco… un poco…
—¿Guapo, atractivo?
—Eso…
—¡Jajajaja! Tienes unas formas de expresar tus pensamientos de lo más… curiosas. ¿Te gusta?
—Yo no he dicho eso.
—Pero te parece guapo y atractivo. Puedes tener una relación con alguien y no enamorarte.
—Pero si no lo conozco de nada. Solo era un simple comentario.
—Ya, un simple comentario. —A Monica se le escapó una pequeña sonrisilla y volvió a su plato de pollo con verduras.
—Monica, era un simple comentario. Además, yo ya tengo planeada mi cita para la semana que viene. Se llama Uriel.
—Ya me ha dicho Nadia que lo has escogido al azar. Por dios, Emma, eso no es justo. Ni siquiera sabes si tiene tu misma edad o sus gustos. ¿No te parece una locura ir a la cita sin saber absolutamente nada de esa persona? ¿Cómo vas a reconocerlo si ni siquiera has visto su cara?
—¿No decís que el amor está en el interior y todas esas cosas? Pues a mí su cara no me importa. Si realmente me voy a enamorar quiero que sea espontáneo y nada premeditado. Quiero que sea lo más natural posible.
—Ya, ¿por qué esto no tiene nada que ver con la apuesta para demostrar que el amor no existe?
—Nada que ver —respondí.
—Pues si no tiene nada que ver deberías pedirle una cita a ese tal Ray.
—Lo haré.
El trozo de pollo se escapó de su tenedor cuando estaba a punto de metérselo en la boca.
—¿Lo harás?
Asentí segura.
—Voy a demostrar que es solo simple atracción. Algo que te puede despertar la mitad de la población y que no hay nada más.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez

