El origen

StoryX · Archivo Narrativo 001
Cuántos quisieron acompañarme quedaron atrás.
No por falta de insistencia, miedo o timidez, sino porque este camino debía recorrerlo sola
Tardé años en encontrar este lugar. Cuando lo hice, contemplé incrédula el inmenso paraje con sus colinas blanqueadas por la nieve.
A lo lejos, divisé una estructura antigua, pero no por ello menos intrigante. Su historia hablaba de las personas que habían vivido en el interior de su muralla: de las pasiones, las traiciones, la esperanza y el anhelo de un mundo mejor.
❄ 🏰 ❄
Llegué a la puerta principal.
El corazón me latía con fuerza.
Abrí la puerta.
Su interior me recibió de forma intensa e incluso amenazadora.
¿Estaba infringiendo alguna regla no escrita?
Los lugares no solo guardan historias,
sino también a quienes las vivieron y quizás por ello no estaban muy contentos con mi presencia.

Mientras caminaba, mi linterna apenas iluminaba el camino empedrado.

La época del año y esas piedras antiguas llenas de musgo no ayudaban a mitigar el frío. De mi boca salía un fino hilo de vaho blanco cada cierto tiempo. Mis manos, abrigadas por unos guantes azules, rozaban la pared para evitar dar un traspiés.

Caminé por salones enormes, donde imaginé cómo habría sido una noche de celebración.

Lo imaginé lleno de vida:

  • Antorchas encendidas iluminando las columnas.
  • Mesas de madera repletas de invitados.
  • Bancos ocupados por nobles y viajeros.
  • Bandejas rebosantes de comida.
  • Vasos llenos de cerveza levantándose en brindis.

La mujer que se sentaba al lado del noble del lugar, joven y sencilla, se levantó de la mesa sin recibir atención alguna de sus acompañantes.

Cuando la mujer se hallaba fuera de la vista de los invitados, aceleró su paso. Como si conociera el camino de memoria, recorrió los pasillos sin luz alguna. Mi aliento se volvió más agitado si cabía. Sentía su nervio como si fuera el mío: el nervio por ser descubierta y por el castigo que ello supondría. En la última parte del recorrido, los pasillos se volvieron más estrechos hasta llegar a un lugar sin salida.

Sorprendida, la miré.
¿Podía verme? Ella vivía solo en mi imaginación.
Fue entonces cuando me miró a los ojos y me dijo:
Agarró mi mano y cerró los ojos. Sentí miedo, pero también una gran libertad cuando los cerré, y al abrirlos, el lugar a nuestro alrededor había cambiado.
No estábamos solas. Éramos al menos cincuenta personas, entre hombres y mujeres.
El espacio estaba lleno de lugares olvidados, de tesoros por encontrar, de historias y personajes por descubrir.
De tantos mundos por explorar que sentí, a la vez, liberación y responsabilidad.
Había encontrado el lugar del que todo el mundo hablaba, pero que nadie nunca había podido alcanzar: un lugar alejado de la realidad, pero tan real que daba miedo.
El origen de todo.
Donde tú y yo nacemos.
En la mente de alguien que nos piensa.
Solo entonces te conviertes en creador.
Ana Isabel Castelo
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