El Nombre del Amor

Para los desenamorados: porque un día el amor llame a vuestras vidas y sea imparable.

Prólogo

Mi mirada se detuvo en aquellas piezas doradas. Brillaban bajo la luz ensambladas en un reloj antiguo de pared. Vi el minutero moverse y, finalmente, la esfera de cristal que lo cubría brilló con un reflejo que me dejó sin aliento.

Pocos segundos después, acompasando esa melodía de los últimos momentos con el ritmo de mi corazón, supe cuál era la respuesta.

—Son las 00.00 de la noche —anunció mi acompañante.

Seguía mirando el reloj, mientras Mia me explicaba que el sonido del reloj anunciaba la medianoche, haciendo honor al nombre del bar donde nos encontrábamos: «Midnight Bar».

Fue entonces, cuando su rostro se cruzó en mi visión. Lo vi con la misma claridad con la que había observado los engranajes de aquel reloj colgado en la pared.

La misma sonrisa del día que nos conocimos. Esos ojos negros abiertos porque algo lo había sorprendido. Ese atractivo y esa elegancia innata que desplegaba con cada paso. Sus zapatos, en los que podrías verte reflejada, combinaban a la perfección con sus pantalones negros y su camisa blanca, esta vez sin chaqueta.

Lo que sentí en ese momento me defraudó a mí misma. No creo en el amor. Dudo de que esa palabra exista en mi vocabulario.

—¡No! ¡Ni de coña! —acompañé la frase con un pequeño movimiento de hombros que llamó la atención de Mia.

—¿A qué ha venido? —se quejó Mia, siguiendo la dirección de mi mirada —¿Es él?

Asentí decepcionada. Mi corazón palpitaba demasiado rápido y eso no me gustaba nada.

—¡Es guapísimo!

Me hice la tonta, a ver si así se daba cuenta de que no era un tema del que me apeteciera hablar ahora.

—¡Pero guapo, guapo, guapo! Vamos, guapo de primera.

—Mia, esas frasecitas te las puedes ahorrar, como yo hago con muchas cosas que pienso.

—¿Por qué? Es la verdad. Tampoco engañarte va a servir de nada.

—¡Engañarme no va a servir de nada, no, Mia! —«O sí», pensé—. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es que hay que enfatizar en otros temas para que tu amiga se sienta bien.

—¿No quieres ir a saludarlo? Se ve que te mueres por hacerlo. Si no vas tú, lo haré yo. Me parece de mala…

—¡Espera! —dije agarrando su mano—. Parece que lo acompaña alguien.

Cuando la vi… ajjj. Nada que pudiera decir iba a ser bonito. Además, era preciosa: esa sonrisa de dientes blancos y ese cuerpo perfectamente esculpido, imposible de igualar ni aunque viviera mil vidas. Los vi saludar a otro hombre que los esperaba en una de las mesas.

—¿¡Qué hace ella aquí…!?

© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez

Ana Isabel Castelo
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