Para los desenamorados: porque un día el amor llame a vuestras vidas y sea imparable.
Prólogo
Mi mirada se detuvo en aquellas piezas doradas. Brillaban bajo la luz ensambladas en un reloj antiguo de pared. Vi el minutero moverse y, finalmente, la esfera de cristal que lo cubría brilló con un reflejo que me dejó sin aliento.
Seguía mirando el reloj, mientras Mia me explicaba que el sonido del reloj anunciaba la medianoche, haciendo honor al nombre del bar donde nos encontrábamos: «Midnight Bar».
Fue entonces, cuando su rostro se cruzó en mi visión. Lo vi con la misma claridad con la que había observado los engranajes de aquel reloj colgado en la pared.
La misma sonrisa del día que nos conocimos. Esos ojos negros abiertos porque algo lo había sorprendido. Ese atractivo y esa elegancia innata que desplegaba con cada paso. Sus zapatos, en los que podrías verte reflejada, combinaban a la perfección con sus pantalones negros y su camisa blanca, esta vez sin chaqueta.
Lo que sentí en ese momento me defraudó a mí misma. No creo en el amor. Dudo de que esa palabra exista en mi vocabulario.
—¡No! ¡Ni de coña! —acompañé la frase con un pequeño movimiento de hombros que llamó la atención de Mia.
—¿A qué ha venido? —se quejó Mia, siguiendo la dirección de mi mirada —¿Es él?
Asentí decepcionada. Mi corazón palpitaba demasiado rápido y eso no me gustaba nada.
—¡Es guapísimo!
Me hice la tonta, a ver si así se daba cuenta de que no era un tema del que me apeteciera hablar ahora.
—¡Pero guapo, guapo, guapo! Vamos, guapo de primera.
—Mia, esas frasecitas te las puedes ahorrar, como yo hago con muchas cosas que pienso.
—¿Por qué? Es la verdad. Tampoco engañarte va a servir de nada.
—¡Engañarme no va a servir de nada, no, Mia! —«O sí», pensé—. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es que hay que enfatizar en otros temas para que tu amiga se sienta bien.
—¿No quieres ir a saludarlo? Se ve que te mueres por hacerlo. Si no vas tú, lo haré yo. Me parece de mala…
—¡Espera! —dije agarrando su mano—. Parece que lo acompaña alguien.
Cuando la vi… ¡aj!. Nada que pudiera decir iba a ser bonito. Además, era preciosa: esa sonrisa de dientes blancos y ese cuerpo perfectamente esculpido, imposible de igualar ni aunque viviera mil vidas. Los vi saludar a otro hombre que los esperaba en una de las mesas.
—¿¡Qué hace ella aquí…!?
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TRES MESES ANTES
Capítulo 1
El sonido no daba tregua, y nosotras tampoco. Bailábamos sin parar, como si el tiempo no existiera y la música fuera lo único real. Nos movíamos sincronizadas por la energía del momento, riendo entre giros y pasos improvisados.
El roce de la bebida de Monica en mi brazo se sintió como la luz entre tanta oscuridad. Fue como esa última gota en el desierto. Inmediatamente me fui hacia su mano y agarré la copa sin que ella opusiera resistencia.
—Sírvete —dijo tan cerca de mi oído como pudo.
Pegué un trago más largo de lo que imaginaba.
—No importa que te la acabes, porque esta noche invitáis vosotras. Hoy es… ¡mi fiesta de despedida! —gritó Monica alzando su copa al aire.
—¡Síiiii! —gritamos todas.
Estábamos juntas, las cuatro. Felices por la despedida, por estar pasándolo bien y, porque no decirlo, por estas copas de más que nos habían desinhibido bastante a estas alturas de la noche. Hasta Mia, que no era muy fiestera, estaba en su salsa.
—¡Otra!, ¡otra!, ¡otra! —repetía sin parar.
Fue Mia quien se ofreció a ir a por otra copa a la barra.
—¡Que nada ni nadie arruine una despedida de soltera! —dijo Monica, refiriéndose a Mia, que animada se alejaba de nosotras moviendo rítmicamente las caderas hasta perderse entre la marea de cuerpos apretujados.
Llegamos al reservado que Nadia, Mia y yo habíamos conseguido para pasar la despedida de soltera. Antes, cenamos en un restaurante donde le entregamos a Monica todo tipo de accesorios sexuales. Había desde penes con muelles, formato diadema, hasta bandas rosas y azules para la novia y las damas de honor. Ponían frases tales como: «¡Sujétameeee, me caso!» o «Ahí va la novia, abran paso». Y mi favorita: «Tenemos una urgencia, novia a la fuga».
Esta última era bastante descriptiva de mi concepción del amor. La quería y era mi mejor amiga, pero no podía decirse que hubiera decidido dar ese paso gracias a mi influencia. Yo era la amiga que decía:
—Monica, ¿qué estás diciendo? Hoy en día el matrimonio está pasado de moda. Si lo que te hace ilusión es una celebración, pues celebramos. Pero no te metas en ese lío.
De hecho, esas palabras salieron de mi boca exactamente así. Porque mis amigas pedían mi opinión para todo. Yo era la amiga que siempre tenía el consejo o la solución para sus problemas. Ellas lo anunciaban de maneras tan distintas que, con el tiempo, acabó convirtiéndose en una tradición. Podían entrar en mi zona de trabajo, haciendo que mi corazón y también mis nalgas se despegaran del asiento por el susto.
Y es que era tremendamente asustadiza. Un fuerte golpe, una palabra a destiempo e inesperada y, lo peor: recoger algo del suelo y al volver la mirada al frente encontrarme con dos ojos clavados en ti.
Pero no tenía solución para ese problema: era uno muy gordo el estar enamorada. Ahora, con todas estas peliculitas románticas, uno piensa que va a encontrar a su Noah o su Julieta. Pero no, eso no existe. A lo sumo diez años de matrimonio que acaban en divorcio con tres churumbeles lloriqueando por todas partes y un exmarido que ya se las ha apañado para encontrar a una mejor que tú. Porque sí, ellos lo tienen mucho más fácil. Debe estar en el cromosoma Y o algo.
Mia, llora y llora. Nadia necesita hablar, hablar y hablar. Una relación detrás de otra y cada cual peor, y siempre acababa volviendo con su ex. Pero no aprenden. ¿Mis consejos no funcionan en el amor o qué? No, no debían hacerlo si era mi mejor amiga, con quien había compartido hasta el cepillo de dientes, quien estaba decidida a contravenir nuestra promesa.
Siete años, vestidas con la ropa de nuestros padres que arrastrábamos de mala manera y unos labios rojos que cubrían parte del mentón, juramos:
—Amar, ¿qué es eso? —dijimos a la vez.
—Monica —dije yo.
—Emma —dijo ella.
—Que esta amistad sea a prueba de amores.
Habíamos sellado nuestra promesa con la unión de nuestras manos, donde nos habíamos hecho dos pequeñas heridas para hacerlo todo más melodramático. La idea había sido de Monica después de ver la película «Prácticamente magia». Esa escena entre Sally y Gillian nos recordaba nuestra amistad. Aunque era más que eso: éramos como hermanas.
—¡Emma, escucha! Hemos pensado en jugar a «Preferirías».
Mia ya había llegado con todas las copas. La que sujetaba entre sus pechos había llegado sana y salva. Nadia la cogió antes de que fuera demasiado tarde.
—Ya lo conocéis, lo hemos jugado mil veces —dijo Nadia—. Si mientes, bebemos. Es nuestra vuelta de tuerca para que no nos quedemos ninguna atrás esta noche.
—Mia, empiezas tú —dijo Nadia.
Esta bebió un pequeño sorbo de su copa, se aclaró la voz y, tras unos segundos, dijo:
—Preferiría lamer el suelo antes que acostarme con ese tío de ahí.
Nadia, Monica y yo nos quedamos mirando al tío que señalaba Mia con el dedo. Soltamos una carcajada y las tres bebimos un trago de la copa.
—¡Joder, es feísimo, chicas…! ¿No me creeríais capaz de hacer semejante estupidez?
—Pero Mia, si tú siempre dices que la belleza está en el interior —dijo Monica, todavía riéndose—. Además, estás muy pedo. Esta noche hasta yo me acostaría con él.
Las tres nos giramos y la miramos sorprendidas.
—¡Es broma, chicas…! Estoy a punto de casarme —dijo señalando su anillo de compromiso.
Mia se llevó la copa a la boca y pegó un buen trago.
—Contentas. ¿A quién le toca ahora?
—A mí —dijo Nadia.
—Prefiero un orgasmo sin amor que ninguno con amor.
—Joder, si no tienes orgasmos con amor, no hay amor —dijo Mia.
—Pues díselo a Monica —respondió Nadia.
—¡Nadiaaaa! —se quejó Monica—. Solo me pasó una vez y no es para que lo vayas gritando el día de mi despedida. Que me caso en una semana.
—Vale, ya sabemos la respuesta de Monica: sin orgasmo, pero con amor —dijo Nadia.
—Y el tuyo también está claro, Nadia: orgasmo con amor, pero esa opción se te ha olvidado puntualizarla. Eres tan romántica que a veces entran ganas de vomitar. ¿Cuántas veces te has presentado llorando por Albert en mi oficina? —solté de repente.
Monica me miraba alegre porque hubiera sacado la artillería para defenderla, aunque en realidad estaba defendiendo lo que pensaba. Y es que Nadia, aunque se hiciera la dura, aunque dijera que «follaba sin ataduras», en realidad era la peor de las cuatro.
—Es lo malo de contártelo todo. Siempre estoy en desventaja.
—¡Bebe!, ¡bebe!, ¡bebe…! —dijimos todas a la vez.
—Vale, ahora tu turno, Emma —dijo Nadia mirándome sibilinamente—. Y para hacerlo más entretenido la haré yo.
La miré segura de que no podía decir nada que me hiciera perder este juego. Yo siempre ganaba este juego porque nunca mentía.
—Y bien, Emma, tú preferirías no follar el resto de tu enamorarte profundamente hasta perder el norte a… —Monica y Mia empezaron a golpear la mesa para crear emoción — no follar el resto de tu vida.
Se hizo el silencio entre nosotras. Escuchaba con total claridad los latidos de mi corazón. Sus miradas fijas en la mía, los cuerpos sudados y apretujados de la gente moviéndose al ritmo de la música.
—No irás a… —gritó Nadia mientras veía cómo mi mirada y mi mano se movían hacia la copa.
—¡Ni se te ocurra! ¿No te atreverás?
Cogí la copa decidida de la mesa y me tragué todo su contenido de una vez sin pensarlo.
—Nuestra amiga ha perdido la cabeza. Debe ser el alcohol y sus amigas traumatizadas por el amor lo que le ha llevado a hacer esta locura. ¿Tú sabes lo que acabas de hacer? Es un sacrilegio. Un atentado contra la naturaleza y las necesidades humanas. Tener sexo es como comer y respirar. Es el elixir de la vida. Es…
»Mia, ¿le has puesto algo en la bebida?
Mia la miró y negó con la cabeza. Monica se reía a mi lado. Yo miraba a Nadia y Mia, que parecía que iban a sufrir un paro cardiaco en cualquier momento.
—Es solo un juego —dijo Monica para relajar el ambiente. Pero yo estaba demasiado contenta y era demasiado yo, así que fuera secretos.
—Si no puedes creértelo… digamos que evito todo lo que tenga que ver con el amor. Y en cuanto al sexo aún estoy completando el currículum —dije, levantando mi copa con una sonrisa traviesa.
Nadia se llevó la mano a la frente y fingió un desmayo demasiado teatral. Al mismo tiempo, Mia la sujetaba y me miraba con la boca abierta. Monica estaba serena, aunque en su mirada se distinguía algo que no podía descifrar del todo.
—Y ahora, disculpadme, porque tengo que ir a vomitar.
Era en serio. Todo me daba demasiadas vueltas y empezaba a notar el alcohol en mi garganta más de la cuenta.
—¡Emma, espera…! —gritó Monica.
🎶 Playlist 1
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Capítulo 2
—¡Emma, despierta! —escuché de fondo, hasta que sentí un tirón en mi moflete.
—Llegarás tarde al trabajo —dijo una voz diferente a la primera.
Abrí los ojos lentamente.
Nadia estaba de pie en el umbral de la puerta riéndose y Monica sentada en mi cama con cara preocupada.
—¿Qué hora es? ¿Dónde estoy?
—Estos jóvenes de hoy en día no saben beber.
No tenía ánimos de discutir.
—Estás en casa, son las nueve de la mañana. Te he dejado ibuprofeno en la mesita —dijo Monica.
Al levantarme, tropecé con los tacones y di varios saltitos para no caerme.
—Resaca, ok —dijo Nadia levantando su dedo pulgar—. Nariz rota not ok —dijo bajando el pulgar hacia abajo.
—Gracias por todo y todo, pero ahora por favor dejarme a solas con mi malestar que tengo que prepararme corriendo para ir al trabajo.
«¿He dicho «todo» dos veces…?», pensé mientras me deshacía del pijama por el camino y me dirigía al baño para ducharme.
—Menudas gracias. Sin nosotras todavía estarías potando el desayuno, la comida y la cena de hace dos días.
—Vamos, Nadia, tenemos cosas que hacer. Además, deberías pasar por casa a cambiarte antes de ir al trabajo —dijo Monica.
—¡Joder!, es verdad. No me había dado cuenta de las horas que son.
Nadia salió pitando de mi habitación y por fin me libré de sus sermones.
—Estaré en la cocina preparando el desayuno. Si necesitas algo, avísame.
Monica y yo vivíamos en un pisito alquilado en Manhattan. Nos mudamos al terminar la universidad, cuando por fin nuestros sueldos nos permitían darnos un respiro. Nadia, hasta hace unos meses, vivía con su novio, que ahora era tres veces exnovio, Albert. Mía vivía con dos gatos bajo el paso superior del puente de Brooklyn. No estaba mal, pero el espacio era tan reducido que, las pocas veces que fuimos a su piso —una para estrenarlo y otra para sorprenderla en su cumpleaños—, acabamos marchándonos enseguida. Casi siempre quedábamos en nuestro piso, que al entrar tenía un salón amplio y luminoso, donde era fácil charlar con quien cocinara, ya que la cocina y el salón estaban conectados.
El agua de la ducha me sentó mejor de lo que imaginaba. Y el ibuprofeno en diez minutos había hecho un milagro en mi cabeza.
—No pareces la misma —dijo Monica mientras removía los huevos revueltos en la sartén.
Me había vestido con una falda ajustada de tono veis, una blusa negra que llevaba por dentro, tacones negros y unas pulseras doradas que caían graciosamente por mi muñeca.
El pelo todavía me caía mojado por los hombros. Largo y negro.
—Enseguida se secará —dije intuyendo por su mirada sus palabras.
—Es octubre. Te vas a congelar de frío si sales así.
—No voy a salir así. Pediré un taxi que me recoja. Está todo pensando —dije tocándome la frente.
Cogí el bolso y comprobé que estaba todo lo que necesitaba. Era una lista mental que empezaba siempre por el móvil, aunque a veces lo habría tirado por la ventana para no tener que contestar alguna que otra llamada.
Móvil, llaves, agenda, corrector labial y un pequeño frasco de colonia que siempre llevaba para usarlo en las ocasiones especiales.
Abrí la agenda para recordar las citas de hoy. Pero citas de verdad, porque mi trabajo era de organización y gestión de citas para el portal web YouLoveMe. Haber estudiado periodismo me había traído hasta aquí. ¡El mejor trabajo de mi vida! Ironía on. Ni siquiera fui la artífice. Todo fue idea de Nadia que siempre se metía en todo, aunque Monica y Mía no se quedaban atrás.
—¿Un portal de citas online? ¿Estáis de broma?
—Serán solo unos meses. Seguro que después encuentras algo mejor —dijo Monica después de que le contara la última ocurrencia de Nadia.
Había ganado experiencia en asuntos amorosos y de eso se aprovechaban Nadia y Mía constantemente. Venían a cotillear a ver si había registrado algún tío buenorro que cumpliera con sus requisitos. Incluso se crearon un perfil en la web. Se pusieron hasta sobrenombres: «Mía, la gata del placer». Decía que había juntado su nombre y su pasión por los gatos con un toque sugerente por lo de gata, acompañándolo de un gesto imitando a un gato.
Pero el de Nadia, el de Nadia no sabía ni cómo describirlo. Yo misma había gestionado su perfil y no podía creerlo cuando vi aquel nombre y menos que se tratara de unas de mis mejores amigas. ¿Pero qué tipo de amigas tengo?
«Call me your bitch» (Llámame tú perra).
—¿Tú quién crees que va a querer tener una relación con alguien con un nombre así?
—¿Y quién te ha dicho a ti que yo quiero una relación? Solo quiero conocer gente y…
—¿Es por Albert? ¿Quieres ponerle celoso? —preguntó Mía interrumpiéndola.
—Pero qué dices. Albert está más que olvidado. Ya he pasado página.
Ninguna de las tres la creyó. Porque a Nadia le encantaba el tira y afloja, sobre todo con Albert. Con el que la imaginábamos teniendo dos niñas y un niño y todavía discutiendo. Porque Nadia y Albert eran así.
—¿No vas a desayunar nada?
Miré hacia la cocina de donde salía un olor riquísimo a huevos y beicon.
—Llegaré tarde.
—No, llegarás bastante tarde —precisó Monica—. Pero tú eres siempre la primera en llegar a esa oficina, por una vez no pasará nada. Además, no creo que te echen de menos tus citas online.
Le hice caso, aunque no muy convencida.
Monica se sentó justo al lado en la isla y nos pusimos a desayunar el huevo revuelto con beicon que había preparado.
—¿Te has cortado el pelo?
—Ya sabes que sí, te lo dije ayer.
—¿En qué parte de la noche? ¿En la que estaba borracha como una cuba diciendo tonterías… o en la que me tuve que ir corriendo al baño a vomitar la carísima cena que pagamos?
—En la que estábamos en la pista de baile y me dijiste «¡Monica, tienes el pelo más corto!» —dijo imitándome.
—Yo no hablo así —dije enfurruñada.
El pelo castaño le caía en pequeñas ondas por debajo de las orejas. Era guapa, aunque lo que más me llamaba la atención era su mirada que parecía conocerme mejor que yo misma. Era igual de alta que yo, alrededor de uno setenta. Y, aunque no estábamos tan en forma como nos gustaría, las clases de spinning tres veces por semana y el yoga para recolocar los chakras —que, según ella, ayudaban de verdad a equilibrar nuestras energías— no nos estaban yendo nada mal.
—¿Qué tienes planeado hacer esta mañana? —dije cambiado de tema.
—Lo de siempre. Iré a hablar con los organizadores de la boda para terminar de ultimar todos los detalles y las pruebas del vestido. Por cierto, que no se te olvide que mañana Nadia, Mía y tú tenéis vuestra última prueba con los vestidos de damas de honor.
—No tranquila, estaremos allí con la precisión de un reloj suizo —dije soltando una risilla.
—Tú ríete, pero mañana puntuales. Pretendo casarme solo una vez en mi vida, así que tiene que salir mejor que perfecto.
—Tú sabes que Jack murió en el Titanic, ¿verdad? Y que al final no se reencontraron en un barco, porque estaba hundido y era un sueño. Un sueño, Monica.
—Pues para mí era un sueño bastante bonito y con eso me quedo, aguafiestas. Además, dentro de una semana me caso y eso sí que es bastante real para mí. Y quiero que funcione. Y quiero que mi mejor amiga esté a mi lado ese día y todos los que vengan después. Porque nada de lo que pase cambiará que tú eres mi mejor amiga y nunca dejarás de serlo.
Monica se levantó de la silla y me soltó un beso en la frente.
Quería creerla, pero la realidad era que en una semana ella se iría de este piso. Seguro que empezaría a estar ocupadísima con su recién estrenado maridito y yo sería solo la amiga a la que invitas a tu casa para pasar un rato.
—Llego tarde —dije levantándome del taburete.
—Eso ya lo dijiste hace diez minutos. Lo que estás haciendo es huir, Emma. Pero seguiré sacando este tema aunque te hartes de escucharme.
—Sí, sí, Monica, lo que tú digas.
—Si ni siquiera me has escuchado.
Llevaba razón.
Cogí mi abrigo y mi bolso que estaban sobre el sofá y salí pitando de allí.
—Suerte con tus citas —dijo Monica cuando ya cerraba la puerta.
Sí, hoy iba a necesitar mucha suerte. Y toda la semana por la sorpresa que me esperaba al llegar al trabajo.
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Capítulo 3
—Jenna y Drake han estado aquí —dijo mi compañera de trabajo en cuanto llegué a mi mesa algo agitada.
No había podido esperar como una persona normal a que llegara el ascensor. Acabé subiendo las escaleras hasta el séptimo piso del edificio situado en la Sexta Avenida.
El portal YouLoveMe —cuyas letras se leían en un letrero enorme nada más salir del ascensor— había sido fundado por Jenna y Drake hace tres años. Cuando hice la entrevista percibí el entusiasmo de ambos por sacar adelante el proyecto. Había algo en ese entusiasmo que me convenció para aceptar el empleo.
—¿Te han dicho que querían?
—No, por supuesto que no. A mí ni me miran cuando pasan por aquí. Siempre van gritando tu nombre. Si no es uno, es otro. Parece que al final te has vuelto imprescindible. Lo que toda una primeriza recién salida de la universidad desea. Salvo, claro, nuestra Emma —dijo llevándose la mano a la boca para tapar esa sonrisilla maliciosa que se le escapaba a propósito.
«Sabes cuál es tu problema, Lilian. Que eres una revenida envidiosa. Si tanto te gusta este trabajo, a ver si se empieza a notar».
Todo eso, por supuesto, solo pasó por mi mente. Apenas unos segundos para desear que su estúpida sonrisilla se la tragara un agujero negro. Y a ella, si era posible, también.
Dejé mi abrigo y mi bolso en la silla y fui directa al despacho de Jenna y Drake. Su mirada de soslayo no me perdió de vista ni un segundo.
Recorrí el pasillo, más tranquilo que a primera hora, cuando todos parecían competir por llegar primeros.
Por eso me gustaba llegar antes: odiaba ese caos. Y también lo odiaba porque conocía la intención detrás de esa «casualidad».
¿Por qué no se les ocurre, por ejemplo, llegar a la misma hora que yo? —me pregunté—. A las siete y media clavadas.
Porque todo aquello lo hacían para destacar entre los nuevos empleados y así ganar continuidad en la empresa.
A mí me daba igual. Primero, no me salía. Segundo, mi plan era marcharme en cuanto encontrara algo en un periódico donde pudiera realmente desarrollar lo que me apasionaba: el periodismo de investigación. Eso sí que era emocionante. No estar organizando citas.
Era aburrido y, sobre todo, ¿pensaba toda esa gente realmente que iba a encontrar al amor de su vida en una web de citas? ¿Pero en qué mundo vivimos? ¿En Narnia?
Tenía claro que la puerta que había cruzado el día que acepté este trabajo se parecía bastante a Narnia. Si quería aprovecharlo al máximo tenía que acostumbrarme.
¡Toc, toc! Esperé unos segundos y escuché sus voces detrás de la puerta.
—¿Eres tú, Emma? —preguntó Jenna.
Su timbre de voz era desagradable. El típico de «haz esto, haz lo otro», pero en agudo. Ese que chirría y te estalla en la cabeza, y solo quieres taparte los oídos y huir lo más rápido posible. Ahora, imaginaos cuando elevaba el tono.
—Sí —respondí.
—Entra, entra, ¿a qué esperas?
Ambos me recibieron sentados en el sofá. Parecían estar discutiendo su siguiente jugada maestra.
En cuanto crucé la puerta, ese era el paraíso de un auténtico narniano del amor. Letreritos por aquí y por allá. Todo rosa y dorado. Mensajes de película romántica:
«Tú me llenas».
¿El qué? ¿La nevera?
«Dime que quieres y lo seré por ti».
Un mono. Quiero que seas un mono, que saltes y ruedes por ahí, y pases de mí. Pesao, que eres un pesado.
«Para mí, tú eres perfecta».
Si es la mujer de tu mejor amigo al que, por cierto, estás dispuesto a traicionar dada la oportunidad.
«La muerte no detiene el amor».
Pues si no la detiene, cuéntame tu secreto. Porque yo quiero la vida eterna para mí también, pedazo egoísta. ¡Es que vamos!
Respiré hondo para salir del trance que suponía entrar en ese despacho. Los miré. Su mirada, conjugada con su sonrisilla de «aquí pasa algo y estás a punto de enterarte. Algo gordo que tiene que ver contigo», me lo decía todo.
Me lo voy a comer yo solita. Porque son mis jefes y cumplo órdenes. ¿Por qué decidiría llegar antes durante todo este tiempo? Estoy segura de que esa ha sido mi condena.
—Siéntate, Emma —dijo Drake, señalando el sillón dorado que tenía a su izquierda.
Mi corazón estaba sobresaltado por toda la información que había entrado por mis ojos desde el minuto uno. Pero ahora, estaba acojonado por lo que este par de enamorados… Miento. Enamorados del amor estaban a segundos de…
—Hemos decidido que te encargues de una nueva sección del portal de citas. Se llamará Citas Reales.
—¿Qué te parece? ¿A que es genial?
¡Buff! Ellos no lo están viendo, pero en mi estómago hay montada una fiesta sorpresa. De esas que anuncian tormenta. No solo era responsable de ella la reciente noticia, sino también mi borrachera del sábado.
—En la nueva sección, Citas Reales, queremos mostrar historias reales de citas. Inmiscuirnos en los entresijos de las citas y descubrir esas historias de amor apasionantes.
—¡Ayyyy, qué emoción! —dijo Jenna, mirando a Drake y luego a mí—. Es que no entiendo cómo no se nos había ocurrido antes, ¿verdad, amor?
Es verdad, no sé cómo, con lo enamorados que estáis, no os ha hecho implosión el cerebro y os habéis vuelto uno, haciendo honor a la cita: «La muerte no detiene el amor».
Pero no. Mis mayores pesadillas seguían siendo realidad.
—¿Estarás deseando saber cuándo empiezas, ¿a que sí? —dijo Jenna con una sonrisa de lado a lado.
—Deseando, deseando —repetí como un ser inanimado.
—¡Mujer!, un poco más de alegría, que parece que estás muerta. Solo te lo perdono porque Nadia me ha contado que el sábado estuvisteis de despedida, que si no…
«Nadia, cuando te vea, te mato».
—Queremos un artículo por semana con historias de amor reales para no olvidar. De esas que encandilan y atrapan al lector —dijo Drake, moviendo las manos como si fuera capaz de imaginarlo mientras lo decía.
—¿Queréis que sea realista? —pregunté ingenua.
—Por supuesto. No queremos engañar a nuestros lectores.
Pues la lleváis clara, porque esas historias no existen. Voy a tener que escarbar y escarbar…
—Esta sección estará a prueba tres meses. Si consigues atraer a nuevos suscriptores, nos plantearemos convertirlo en una serie. Entraremos más en profundidad en cada historia. Pero eso solo depende de ti —siguió Jenna.
Los dos me miraron con ojos suplicantes. Yo, la persona menos preparada para hacer este trabajo debía hacer que todo saliera bien.
—Estoy deseando empezar —dije fingiendo una sonrisa que cruzaba mis mejillas de lado a lado.
«¡Dios, qué falsa que soy!»
—¡Qué emoción, qué emoción! —gritaron los dos al unísono.
Los dos a la vez… no, por favor. Ya es suficiente con Jenna.
—Y ahora, sal ahí y ve a hacer lo que mejor sabes hacer: escribir sobre el amor —dijo Jenna, dándome una palmada en la nalga.
—¡Síiiii! —dije, mientras me giraba y me enfilaba hacia la puerta.
¡Qué horror, qué maldición! ¿Por qué yo? ¿Por qué precisamente la persona que menos cree en el amor tenía que acabar haciendo esto?
Si existe el infierno, esto debe parecérsele muchísimo.
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Capítulo 4
Al salir del despacho, lo primero que noté fueron cientos de ojos fijos en mí. Era como estar en la sala de interrogatorios de una comisaría para declarar que sí, por supuesto, no creo en el amor. Y menos entiendo cómo es posible que los creadores de YouLoveMe me acaben de poner en semejante situación.
¡Chicos!, ¡chicos!, tranquilos. Si fuera por mí saldría corriendo ahora mismo y os dejaría en bandeja de plata esta nueva sección. Si pudiera, claro. Pero no puedo. Porque este es el mundo real y me tengo que ganar la vida de alguna forma.
Llegué a mi escritorio y, como no, Lilian me miró esperando que le contara cómo había ido la reunión.
—Lilian, un consejillo, solo uno muy pequeñillo: métete en tus asuntos.
Con esa frase me senté y, por alguna extraña razón, Lilian decidió no darme la brasa.
El resto de la mañana estuve dándole vueltas a cómo iba a enfocar el primer artículo que debía estar listo antes del próximo lunes.
Entrevistas, perfiles, vídeos de presentación fueron el inicio de mi búsqueda por la historia perfecta de amor. Encontré algunas interesantes y, decidida, llamé directamente a la persona en cuestión. Por un segundo sentí que esto iba a ser más fácil de lo que parecía. Solo necesitaba tener una historia interesante y sacar el lado más cursi de su relación y, por supuesto, destacar que gracias a YouLoveMe habían encontrado el amor. «¿Es la primera vez que conoces a alguien a través de un portal de citas?» «¿Cómo te sentiste el día que lo conociste?» «¿Crees que pasarás el resto de tu vida con él?»
Sería sencillo y me serviría para rellenar unos cuantos artículos para ir tirando.
—Buenos días, Rebecca. Mi nombre es Emma. La llamo del portal de citas YouLoveMe. ¿Quería preguntarle acerca de su experiencia utilizando…?
……………
—¿Me ha colgado?
Me quedé mirando el teléfono como si, por alguna mágica y extraña razón, me fuera a hablar y a decirme:
—Sí, Emma, llevas razón, todo esto es una estupidez.
No me hacían falta más pruebas para saber que, en esto del amor, llevaba más razón que un santo. La búsqueda de «la historia perfecta de amor» se iba a convertir en misión imposible.
Ocho horas después, llegué a casa con los pies destrozados de tanto andar de un lado a otro, teléfono en mano, buscando alguna pareja que me sirviera sin éxito. Eso solo hacía que el dolor se intensificara. No había podido evitar la necesidad de salir de esas cuatro paredes cuando, después de la octava pareja a la que llamaba, volvía a recibir un corte por respuesta.
—¿Sabes qué, Mónica…? Renuncio —dije nada más cruzar la puerta de casa y verla metiendo cosas en cajas.
—¿Otra vez Lilian?
—No es solo eso, es que también… ¿Qué estás haciendo?
—Ya lo sabes. En seis días me caso y tendré que mudarme, así que cuanto antes empiece a hacer lo más difícil, mejor —dijo levantando la caja algo cansada.
Después de tantos años viviendo juntas era complicado decirle adiós a mi mejor amiga. Ella insistía en que viviríamos al lado la una de la otra y que su matrimonio no cambiaría nuestra amistad. Me obligaba a mantenerme positiva, como ella. Debía ser resultado de tanta clase de yoga que había recolocado a la perfección todos sus chakras. El problema es que yo seguía sin recolocar los míos y, hasta que no lo hiciera, no conseguiría poner en orden esta sensación que me decía que la perdería.
Había tratado de verlo todo desde su lado y le hice caso cuando me dijo que tenía que proponerle a Mia vivir juntas. Pero había algo que insistía en que esa combinación, Mia & Emma, era imposible. Y eran esas ronchas rojas y horribles que salieron por todo mi cuerpo el día que fui a proponérselo a su casa. Gracias a ello descubrí que era alérgica a los gatos. Así que, con ellas y con el picor que ahora tenía en los brazos, volví a casa.
—A ver, cuéntame, ¿qué ha pasado en el trabajo? —dijo mientras agarraba mi mano y me llevaba hasta el sofá.
—Lo de siempre, Jenna y Drake, que están demasiado, demasiado…
—Enamorados.
—Sí. He vuelto a ver ese despacho. Ya sé que tú siempre dices que soy una exagerada, pero cada vez que entro ahí mis neuronas pierden vida. Estallan ante tanta cursilería barata y amor peliculero. Es simplemente horrible.
Mónica me miraba frunciendo los labios, incrédula por mis descripciones de aquel despacho.
—Y aparte del despacho, que ya sé que lo odias, ¿ha pasado algo más?
—Ha pasado y bien gordo, Mónica. A ver qué hago yo ahora con este marrón.
»Pues no van y me dicen el par de atontados, en palabras textuales: «historias de amor reales para no olvidar. De esas que encandilan y que atrapan al lector». Pero tú te crees lo que me quieren obligar a hacer. Quieren que mienta y, no contentos con un artículo, quieren hacer de esto una serie, Mónica. ¡Una puñetera serie de artículos durante tres meses! Si algún día no llego a casa tienes que saber que habrá sido porque mi cabeza ha explotado tras entrar por cuadragésima vez a ese despacho.
—Tranquila, ¿has hablado con Nadia? Seguro que ella puede conseguir que pongan a otra persona.
—Nadia…, a esa, cuando la pille, la mato.
—A ver, ¿qué ha hecho ahora?
—Le ha dicho a Jenna lo de mi borrachera de la despedida. Siempre me está poniendo en evidencia.
—Seguro que lo ha hecho para cubrirte esta mañana.
—Sí, seguro —dije levantándome del sofá, dejando el abrigo en el perchero de la entrada.
—¿Así que utilizar a Nadia para tratar de quitarte este marrón olvidado?
—Requeteolvidado.
—¿Has tenido alguna idea para hacer los artículos?
—Solo una y por ahora no está funcionando. He llamado a ocho parejas que se suponía habían encontrado el amor en YouLoveMe. ¿Sabes lo que me he encontrado?
—¿Qué?
—Con un portazo en los morros.
—Seguro que se nos ocurre algo antes de que publiques el primer artículo. Ya verás.
Si, ya veré. Yo lo único que veo es negro, oscuridad y me estoy cayendo y no hay nada debajo. Pero vamos, que «seguro que se nos ocurre algo».
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Capítulo 5
A la mañana siguiente salí de casa café en mano y con las últimas palabras de Monica, antes de ir rumbo a mi maravilloso y encantador trabajo del amor, la purpurina y los ositos de peluche:
—No olvides que esta tarde tenemos la prueba de vestidos de damas de honor.
—Cómo olvidarlo… me lo has recordado al menos cinco veces esta mañana.
Como siempre, era temprano cuando llegué a mi mesa. La mayoría de los trabajadores todavía no habían llegado, por lo que aproveché la tranquilidad de la mañana para responder algunos emails y organizar perfiles para emparejamientos. La parte de llamar a los siguientes de la lista de posibles parejas que había elaborado la dejé para luego. Un «luego» que se convirtió en bastante tarde, y que me avergonzó al encontrarme con Jenna en el ascensor, camino a la prueba de vestidos.
—¿Cómo va la nueva sección? —Su sonrisa era tan amplia como mi deseo de que aquellas puertas se abrieran para poder salir corriendo de allí.
A ver, Emma: respira hondo y miente. Es lo que todo el mundo hace; no es tan difícil. Añade ese tonito cursi que ella tiene, seguro que le encanta.
—¡Ohh, Jenna! Va todo muy bien.
—Cuánto me alegra escucharte decir eso. Drake y yo estamos para lo que necesites. Pero no creo que tengas ningún problema. Seguro que te las apañas a las mil maravillas.
¡Uf! Sí, a las mil maravillas, maravillosas.
—Bueno, yo me quedo en esta planta. Ya sabes, lo que necesites, aquí estamos.
Levanté la mano como una tonta para despedirla, y se quedó allí más tiempo del esperado, junto con mi cara de imbécil. «El teatro de la vida», pensé.
¡Ohh! Esta vida no está hecha para ti, pequeña descreída.
El ascensor se paró de nuevo. Esta vez en la cuarta planta y no me podía creer a quién tenía delante.
—Emma.
—Nadia —respondí seria.
Pasaron unos segundos mientras el ascensor se cerraba sin que ninguna de las dos dijera nada.
—¿Qué haces aquí? —me atreví a decir después de un rato.
—Trabajo.
Otra vez el silencio.
—¿Trabajas tú aquí… en este edificio?
Me puse a repasar mentalmente todas las empresas y era imposible que trabajara para ninguna de ellas.
—Pero si tú eres veterinaria. Que yo no es que lo niegue, aquí hay mucha gente que parece más animal que algunos animales, pero de ahí a que necesiten que los atiendan, no sé yo. Estás un poco perdida.
—La que está perdida eres tú. Venía a buscarte a ti, tonta. Mónica me ha contado que estabas enfadada porque le contara a Jenna que te habías emborrachado.
—Si te parece, te aplaudo.
—Déjame terminar. Solo le dije que estuvimos de despedida, la cosa se alargó y que tuviera en cuenta que solo sería un día.
—¿Solo eso?
—Pues claro. Jenna es mi amiga, pero tú eres mi mejor amiga. ¿Cómo puedes pensar que yo diría nada que pudiera perjudicarte?
Empujó su cadera hacia la derecha.
—¿Amigas?
Moví la mía hasta hacer contacto con la suya en un simple gesto que ya era habitual entre nosotras cuatro.
—Ahora, hablemos de cosas importantes: la nueva sección.
—¿Te lo ha contado Mónica?
—No, Jenna. He hablado con ella hace un par de horas y está entusiasmada y, lo mejor, estoy segura de que si lo haces bien podrías ganarte un ascenso y alejarte por fin de esa amargada de Lilian.
Lilian, Jenna, Drake, YouLoveMe… la verdad es que me daban igual. Y también el ascenso. No quería quedarme para siempre trabajando en un portal de citas que llevaba por bandera el amor, prometiendo imposibles a todos los que querían algo de emoción en su vida.
Pero si quería alcanzar el sueño de mi vida y ser periodista de investigación iba a tener que tragar con esto y hacerlo lo mejor posible. No era una buena carta de presentación un despido o una mala recomendación de tu primer puesto de trabajo importante.
Llegamos a nuestro destino después de un buen rato en el taxi y un tráfico impresionante.
Las dependientas nos recibieron amablemente y nos ofrecieron café inmediatamente. Ambas dijimos que sí. Serían al menos dos horas de cambios y últimos retoques por aquí y por allá. Así que íbamos a necesitar un extra de energía para superarlo.
Mónica y Mia ya nos esperaban sentadas en uno de los amplios sofás que había en la sala.
Mia sostenía un café en la mano. Mónica no lo necesitaba. Con el entusiasmo por su boda ya tenía suficiente energía para toda la semana.
—¿Todo bien? —preguntó Monica al verme llegar junto a Nadia.
—Perfecto —respondí.
—Buenas tardes, señoritas. ¿A cuál de ustedes le gustaría empezar primero?
Nadia y Mia se levantaron para llegar primero al vestidor. Y como si del juego de la silla se tratara, Nadia consiguió entrar antes.
Mia se giró, esbozó una media sonrisa tímida, lanzó una mirada a la modista y luego se acercó hacia nosotras.
—¿Cómo lo consigue?
—Porque se ha levantado antes. Tienes que estar más rápida la próxima vez —le respondí sincera.
Pero adelantarse a esa mente veloz y capaz de todo de Nadia era cosa complicada. Porque una persona normal piensa dos veces antes de actuar y, en la segunda, se arrepiente de lo que pensó la primera vez. En Nadia ese sistema no funciona. Ella lo hace y ya, si eso, luego piensa.
Estábamos charlando cuando el ruido de la puerta del probador nos anunció que Nadia ya estaba lista. Y más que lista, estaba preciosa. El vestido de un tono dorado, palabra de honor, caía precioso hasta rozar mínimamente el suelo. Su vuelo al caminar le daba un toque de movimiento precioso. Ajustado hasta las caderas, con encaje que cubría buena parte del pecho.
Nadia aprovechó para recogerse el pelo rápidamente en un recogido sencillo que dejaba al descubierto su cuello y clavículas, dando una mejor vista al conjunto del vestido.
—Estás preciosa —dijimos todas a la vez.
Pero el rostro de Mónica era el más emocionado de todos.
—No llores que la que se casa eres tú —dijo Nadia tratando de ocultar que ella también se había emocionado.
Después de Nadia llegó el turno de Mia, a quien también le quedaba impresionante el vestido. De todas nosotras, a ella es a quien había sido necesario hacer algunas modificaciones en la parte baja del vestido para que se ajustara a su altura, ya que ella era algo más bajita que nosotras tres.
Se dejó el pelo suelto, que caía en ondas rubias por sus hombros y clavículas, combinando a la perfección con el tono del vestido.
—Te toca —dijo Mónica animándome para que fuera al probador.
Me toca. Claro que me toca.
Me gusta la ropa y me gusta salir con mis amigas, aunque solo sea para enterarme de las nuevas tendencias. Es entretenido y siempre cae alguna cosa. Pueden ser unos pantalones de talle alto y de algodón hasta los tobillos, combinados con unos zapatos Oxford negros y una blusa o un top ajustado que cubriera el ombligo. De esas aventuras salían miles de ideas para llenar el tiempo y mi vestidor de conjuntos que merecían la pena.
Cuando terminé de ajustarme el vestido y de subirme en los tacones, cerré los ojos. Me recoloqué por última vez el vestido y los abrí.
Exhalé profundamente liberando mis hombros, que habían estado algo tensos hasta entonces. Tenía mucha competencia con Nadia y Mia. No es que fuera envidiosa y estuviera todo el día comparándome. Pero no quería ser la excepción a la regla.
El bronceado natural de mi piel y las pecas que asomaban entre mis mofletes y pecho le daban un aire diferente. Además, la melena negra que caía sobrepasando mis pechos realzaba el vestido.
Decidí dejarlo así y salí del probador.
Bocas abiertas, alguna lágrima de Mónica y un «¡oh!» que surgió de inmediato.
—Es que no lo entiendo, Emma. Con lo buena que estás y todavía no has…
—¡Chssss! —dijo Mónica antes de que Nadia terminara de pronunciar la última palabra.
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Capítulo 6
Mónica y Nadia seguían discutiendo cuando salimos de la tienda.
—Yo solo digo lo evidente, tampoco es que sea para tanto.
—Mónica, no me importa que lo diga en público —dije para tratar de acabar con aquella discusión.
—Chicas, cambiando de tema. Tengo una idea para la nueva sección de Emma.
—¿Ya se lo has contado? —dije mirando a Mónica disgustada.
—He sido yo —dijo Nadia levantando la mano—. ¿Qué problema hay? Somos todas amigas y no nos guardamos secretos entre nosotras.
En eso llevaba razón, así que no me quedó más remedio que callarme.
—Bueno, mi idea es que sea Emma la que vaya a las citas —dijo Mia.
Las tres se miraron. Se habían parado en mitad de la acera haciendo un corrillo entre ellas y empezaron a discutir el plan de Mia sin que yo pudiera enterarme de nada.
—¡Ey!, ¡estoy aquí! Os recuerdo que es de mí de quien estáis hablando.
Me miraron de golpe con los ojos entornados y una sonrisilla que daba miedo.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué les habéis hecho a mis amigas?
Sus miradas daban miedo.
—Chicas, podemos hablar mañana. Vosotras seguid ahí discutiendo lo que sea sobre mí. Ya me lo contaréis si eso…, nunca. Sí, nunca es lo mejor.
Al cruzar la calle, las tres dijeron al unísono:
—Emma, te vas a crear un perfil en YouLoveMe.
Me quedé parada en medio de la carretera mirando en su dirección sin poder creer lo que acababan de decir.
—¡Y una leche! El café, yo creo que ha sido culpa del café. Voy a ir ahora mismo a la tienda a decirles cuatro cosas por haber trastornado a mis amigas. Eso no se hace. Yo os quiero y no os puedo ver en este estado.
—¡Piiii, piii, piii!
El claxon del coche acompañado por insultos del conductor me sobresaltó.
Me asusté tanto que me quedé quieta con las manos en los oídos intentando sofocar el ruido del claxon.
—¡A mi amiga no le pites!, ¡te has enterado gilipollas! —gritó Nadia. Un segundo después me cogió la mano y me llevó hasta la acera.
—¿Estás bien? —preguntó Nadia sosteniéndome la cara.
—Está blanca. Parece un muerto viviente —escuché decir a Mia.
—Toma, bebe agua —dijo Mónica ofreciéndome la botella de agua que acababa de sacar de su bolso.
Monica, siempre tan preparada para todo.
—Inspira, espira —dijeron las tres a la vez después de que bebiera agua.
Era ya una rutina en mi vida y ellas ya sabían cómo devolverme a un estado normal. Necesitaba unos minutos, tranquilizar mi corazón y después todo volvía a la calma de nuevo.
Pero hasta ese momento, en mi mente solo escuchaba el ruido del claxon y los gritos de ese hombre. Me bloqueaba, sintiéndome completamente paralizada.
Al llegar a casa ya estaba mucho mejor.
Mia fue a la cocina y enseguida se presentó en el salón con la barra entera de chocolate. Partió un trozo y me dijo:
—El chocolate hace que nuestro cerebro produzca endorfinas que dan sensación de bienestar al cuerpo, estimulan la alegría y la felicidad. Lo leí en un artículo la semana pasada.
Si ella lo decía, que se leía artículos de todo tipo al día, debía hacerle caso.
Al meterme el chocolate en la boca y humedecerlo con la lengua, sentí ese primer latigazo intenso del azúcar que me hizo sentir mucho mejor al instante.
—Gracias, Mia. Llevabas razón, ya me siento mucho mejor.
—Lo sabía. Y no tienes por qué darme las gracias. ¿Para qué están las amigas si no?
Escuché en ese momento el tono del móvil de Nadia. Era una canción de una banda sonora de película romántica.
Every night in my dreams… Ya os podéis imaginar cuál.
Cuando lo descolgó, su cara cambió de expresión enseguida. Las tres nos quedamos mirándola.
—¿Qué pasa? —dijimos las tres a la vez.
—Voy enseguida. Espérame en la puerta de la clínica.
En cuanto colgó el teléfono, fue a coger el abrigo que había dejado en la percha.
—Albert ha tenido un accidente.
—¿Está bien? —preguntó Mónica con cara de preocupación.
—Él sí, solo ha sufrido unas cuantas magulladuras en los brazos cuando paró la caída, pero su perro se ha llevado la peor parte.
—Kafka…, no me lo puedo creer —dije levantándome al segundo del sofá.
—Me tengo que ir ya. Lo ha llevado corriendo a la clínica donde trabajo y le he dicho que iría enseguida para allá.
—Sí, vete, corre, no te preocupes, yo estoy bien.
—¿De verdad?
—Sí, en serio, vete ya para la clínica.
Me dio un beso rápido en la mejilla.
—Mantennos informadas y si surge cualquier contratiempo ya sabes que puedes contar con nosotras —dijo Mia, que ya abría la puerta para que Nadia saliera.
—Gracias, chicas.
Nos quedamos las tres plantadas cerca de la puerta que hace pocos segundos acababa de cruzar Nadia.
—Todo irá bien, estoy segura —dijo Mónica, saliendo la primera de ese trance que nos mantenía atadas como imanes a esa posición
—Mia, ¿te apetece cenar esta noche con nosotras? Tengo pensado preparar mi plato estrella: tagliatelle a la carbonara.
—Me encantaría, pero tengo a Ralph y Lauren en casa solos desde las nueve de la mañana.
»Sabéis, una vez leí en un periódico que los gatos duermen una media de dieciséis horas al día. Con suerte estarán en los mundos de Morfeo para cuando llegue, pero no quiero arriesgarme.
—Avísanos cuando estés en casa, ¿de acuerdo? —dijo Mónica, que ya se había puesto manos a la obra con la cena.
—Claro. Por cierto, Emma, tenemos una conversación pendiente. El perfil en YouLoveMe es la solución a todos tus problemas.
—Yo no tengo ningún problema. Además, ni borracha me voy a meter yo en ese lío. ¿Te imaginas a los atontados detrás de mí todo el día? ¡Que no, ni hablar!
—Ya te gustaría a ti estar atontada —soltó Mónica.
—No me conocéis. Es imposible que me enamore. ¿Sabéis por qué? Porque el amor no existe.
Mónica y Mia se miraron cómplices.
—Pues si eso crees, ¿por qué tienes tanto miedo de ir a las citas? Sería tan sencillo como demostrar que el amor no existe. Abrir los ojos al mundo entero —apuntó Mia.
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Capítulo 7
Leí el último mensaje que Nadia había enviado al grupo. Kafka se había roto la pata trasera derecha, pero con reposo podría recuperar la movilidad en unos meses.
Mientras lo leía me cepillaba los dientes (zzzzz-zzzzz) con la banda sonora de Monica de fondo, rodeada de docenas de cajas en el salón (crash, bump, thump, clack) mientras terminaba de guardar las cosas que le faltaban.
Quedaban muy pocos días para que se casara y empezara una nueva vida lejos de esta casa y todo lo que ello significaba.
No quería pensarlo, porque sabía que solo serviría para añadir más estrés a lo que era mi vida en estos momentos.
Pijama puesto y a la cama, y eso fue lo que hice. No me detuve a mirar más los mensajes ni las noticias. Estaba cansada. Bostecé y me vino a la mente el trabajo. Mañana vuelta a empezar otra vez. A llamar a todos y cada una de las parejas de la lista que había elaborado. Tenía que encontrar a alguien, solo una pareja, y asunto resuelto.
«¿Y si no la encuentro?»
Fue entonces cuando aquella conversación vino como si de un relámpago se tratara y cayó implacable sobre mi situación actual. Podía esconderme y negarme a escuchar a mis amigas, pero lo último que había dicho Mia antes de marcharse cobraba cada vez más sentido:
«—Pues si eso crees, ¿por qué tienes tanto miedo de ir a las citas? Sería tan sencillo como demostrar que el amor no existe. Abrir los ojos al mundo entero».
He trabajado durante un año en un portal de citas. He visto el amor desplegarse delante de mis narices y marchitarse antes de que hubiese tenido tiempo de florecer. Pero si demostraba que el amor no existía y lo publicaba durante tres meses en mis artículos, Jenna y Drake acabarían despidiéndome, y con toda la razón.
«¡Claro, tonta! Entonces tendría tiempo para dedicarme a lo que realmente quería hacer», pensé.
No consistía en hacer mal mi trabajo, sino en hacerlo tan bien que rompiera el molde de la sociedad actual, en la que el amor peliculero se percibe como una realidad tangible, y añadirle una capa más: la de la duda. La que empiezas a tener cuando algo no funciona. Cuando una relación se rompe o una de las partes traiciona a la otra. Solo en ese momento te das cuenta de que el amor, ese que te ha alimentado desde bien joven el corazón, es en realidad una farsa bien montada.
Y si Jenna y Drake se enfadaban, estaban en su derecho, pero yo habría hecho un trabajo honesto y sincero conmigo misma y con mis lectores, y esa sería la mejor carta de presentación para mi nuevo trabajo.
Me incorporé de la cama apoyando mi espalda contra el cabecero, cogí mi móvil, que estaba sobre mi mesita, y escribí un mensaje en el grupo de amigas:
Emma: Está decidido, mañana crearé mi perfil en YouLoveMe. Prepararos porque pienso demostrar la farsa en la que vive todo el mundo. Así que decidle adiós al amor y hola a la realidad.
Con esas últimas palabras y una sonrisa que me cruzaba la cara, me volví a tumbar en la cama y me quedé dormida antes de leer la reacción de mis amigas.
La luz ya entraba por uno de los grandes ventanales del edificio en el que trabajaba. Había llegado la primera. Temprano, como siempre. O quizás mucho más temprano que de costumbre. Estaba entusiasmada con mi nueva misión.
Debería haberme puesto a trabajar inmediatamente, pero los nervios por saber qué habrían dicho mis amigas me tenían en un sinvivir a esas alturas. Quizás por ese motivo todavía no me había atrevido a leer todos los mensajes, que ya superaban la treintena.
Sentada en mi sitio, con el café junto al teclado desprendiendo un aroma riquísimo, desbloqueé el móvil y abrí la aplicación de mensajería:
Nadia: No me lo puedo creer. Monica, ¿¿has cogido su teléfono y has escrito en su nombre??
Monica: ¿Cómo se te ocurre? Yo nunca haría algo así, salvo que tuviera vuestro permiso.
Mia: A ver…, si no has sido tú, entonces Emma, di que eres tú.
Nadia: No va a responder. La maldita nos va a dejar a la espera toda la noche. Monica, ve ahora mismo a su cuarto y verifica que todo esto es verdad. A lo mejor le han robado el móvil esta mañana o un fantasma está ocupando su cuerpo.
Con ese mensaje de Nadia se me escapó una carcajada tan sonora que yo misma, a los pocos segundos, me di la vuelta para comprobar que todavía estaba sola en la oficina.
Monica: Estará dormida y por eso no contesta.
Nadia: Da igual, la despiertas y se lo preguntas.
Monica: No voy a despertarla por tu impaciencia.
Mia: Ha sido gracias a mí. Deberíais estar todas haciéndome la ola. Debió ser lo que le dije antes de irme.
Nadia: No podéis esperar a que esté para que pasen las cosas interesantes.
Monica: Tampoco fue para tanto. Fue un simple comentario.
Mia: Sí, tan simple, pero seguro que gracias a eso se ha convencido.
Nadia: ¡¡Qué emoción!! Emma, cuando leas los mensajes no se te ocurra ignorarnos y llámame. Necesito saber cómo, cuándo y dónde se va a producir el momento.
Mia: ¿El momento de qué?
Nadia: Mia, de verdad…, el momento para crearse el perfil.
Mia: Sí, no se te ocurra hacerlo sin nosotras.
1 hora más tarde…
Mia: Sabéis que he leído que si te golpeas repetidas veces la cabeza contra la pared pierdes ciento cincuenta kilocalorías.
Nadia: ¿En qué sitio has leído eso? Porque no parece muy creíble.
Mia: En el Tribune, en la sección de Hechos divertidos.
Monica: Para demostrar eso alguien ha tenido que estamparse contra una pared una y otra vez… Y si lo han hecho… yo me preocuparía por su salud mental.
Mia: Es verdad… Cuántas tonterías se escriben hoy en día.
Nadia: Tú, Monica, ¿qué haces despierta todavía? Son las dos de la mañana… Venga, a dormir, que te casas esta semana y tienes que estar bien descansada.
Monica: Liada entre cajas. Si vienes y me ayudas a lo mejor me puedo ir a la cama antes (emoticono guiñando el ojo).
Nadia: Estoy ocupada en la clínica con Kafka.
Monica: ¿Todavía a estas horas?
Mia: Es que la pobre está perdidamente enamorada de Albert, qué se le va a hacer.
Nadia: ¿Así que vosotras dejaríais tirado a vuestro ex si le pasa algo a su mascota?
Monica: El perro está bien, quien no está bien eres tú. Vete a casa y descansa.
Para entonces, su cambio de conversación hacia los golpes, las calorías y Kafka me tenían partiéndome de la risa, que pronto se vio interrumpida por mi querida y majísima compañera, Lilian.
—¿Acaso te has tragado un payaso esta mañana y por eso estás tan feliz?
—Para tu información, estoy feliz porque he encontrado la solución. La solución, Lilian.
Me levanté de la mesa y empecé a andar sin saber muy bien a dónde iba.
—¿Qué solución? No puedes soltar eso y dejarme con la duda.
—Tendrás que vivir con ella durante un tiempo, lo siento.
Se quedó parada en seco a la mitad del camino y dejó de seguirme a donde quiera que fuera.
«¿Dónde voy?»
No lo sabía, pero cuando decidí volver a mi mesa, una marabunta sedienta por destacar empezaba a abrirse camino en aquel estrecho pasillo. Miré mi reloj: las ocho de la mañana, hora punta.
Emma, puedes conseguirlo, pensé. Visualicé a mis presas de todos los tamaños y estaturas y, cuando vi a dos sílfides, me abrí paso andando cada vez más rápido, luego a trote, y justo cuando estaba a su lado me puse de perfil y las esquivé como si de una película de acción se tratara. Ni Tom Cruise en Misión Imposible.
Me aparté enseguida del trasiego de viandantes del pasillo y sonreí. Nada más girarme, me encontré con Cathy mirándome anonadada.
—Es que hay mucha gente y he conseguido…
Me daba igual explicarme que no. Entré con ella en el ascensor.
—¿Un café en mi planta?
—Perfecto.
Antes de guardar el teléfono móvil en mi bolsillo, escribí un mensaje en el grupo de amigas:
Emma: A las 12 p. m. en casa.
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Capítulo 8
Las horas parecían arrastrarse más que nunca. Mis piernas temblaban debajo del escritorio. Ignoraba los correos que seguían llegando; apenas había completado ningún registro nuevo, y pensar que en unas pocas horas sería mi propio registro el que aparecería en esa pantalla me ponía aún más nerviosa. ¿Estaba realmente segura de lo que iba a hacer?
La respuesta se volvió más clara cuando, tras terminar de llamar a las parejas de la lista, solo obtuve negativas para participar en la sección o rupturas dramáticas en directo. El hombre de la ruptura dramática era Uriel y, nada más mencionarle la idea de hacer una serie con su pareja y él, se puso a llorar. Y ahí estaba yo, con un no por respuesta y aguantando a este hombre totalmente destruido.
—Uriel, esto solo te demuestra que Anne no era la persona para ti. ¿Te hubiese gustado vivir engañado?
—No.
—Pues entonces, piénsalo así: Anne te ha hecho un favor diciéndote lo que sentía. Ahora tendrás la oportunidad de encontrar a alguien que realmente merezca la pena.
—¿Tú trabajas para el portal de citas?
—Sí, claro. «Emma, del portal de citas YouLoveMe» —repetí con el mismo tono que al inicio de mi llamada.
—Qué tonto, discúlpame, es que últimamente no estoy en lo que tengo que estar. Sé que suena un poco loco y algo precipitado, pero me gustaría volver a salir ahí fuera y disfrutar de la vida y, con tu llamada, me he dado cuenta de que me merezco otra oportunidad en el amor.
—Puedo gestionártelo yo encantada. Nos pondremos en contacto contigo en cuanto completes tu ficha. ¿Te parece bien?
—Sí, claro.
Con esa conversación todavía rondándome en la cabeza tuve una idea, pero me pareció una locura y la descarté de inmediato.
En cuanto se hicieron las doce de la mañana y con la excusa de irme a comer, abandoné mi puesto de trabajo, cogí un taxi y fui hasta casa.
Antes de entrar ya podía escuchar las voces de Nadia y Mia entusiasmadas. Estaba alimentando a dos monstruos y, en ese momento, sentí que todo acabaría muy mal.
—Bueno, bueno, bueno, pero si ha llegado la lover profesional: «Si tienes apuros amorosos llame al 6543764….».
Mia empezó a reírse de la broma de Nadia.
—Sí, vosotras reíros, pero la última carcajada va a ser mía.
—Eso ya lo veremos —dijo Monica.
—¡Ahh! ¿Qué tú también estás metida en todo esto?
—Nos has involucrado a las tres. Además, me caso en tres días. Es imposible que apoye tu postura. Es simple supervivencia.
—Es coherencia, punto —dijo Nadia—. Y ahora al tema, que tengo que volver enseguida a la clínica.
—El perro ya sabemos que está mejor, pero ¿y Albert? ¿Lo cuidaste bien anoche? —pregunté sarcástica.
—Seguro que pasaron toda la noche juntos con la excusa del perro —dijo Mia apoyando mi postura.
—Pues para que lo sepáis, no pasó nada de eso. Estuvimos juntos el tiempo necesario. Aunque es verdad que luego insistió en acercarme a casa y me dijo…
—¿Qué te dijo? —preguntó Mia impaciente.
—«Muchas gracias por venir enseguida y preocuparte tanto por Kafka. Sé que tú siempre me has dicho que podía contar contigo, pero después de nuestra ruptura hace unos meses creía que sería imposible. Me alegro de haberme equivocado».
—¡Ohhh, qué bonito! Los animales unen mucho a las personas. Hace un tiempo leí un artículo que decía que la presencia de animales de compañía en nuestro entorno había demostrado mantener unidas a comunidades de forma beneficiosa y positiva.
—Todas nos quedamos absortas ante la explicación de Mia, aunque también algo disgustadas porque hubiera cortado a Nadia.
—Vamos, que, con la tontería del perro, quiere volver contigo, ¿es eso, no? —dije retomando el tema de Nadia y Albert.
—«Ahora sé que podemos ser amigos de verdad. Que cuando nos necesitemos estaremos el uno para el otro sin contemplaciones». Si a ti te parece que quiere volver conmigo con esa frase…
—Amigos…venga hombre, no me fastidies —dije sorprendida.
—Así como lo oyes.
—Puede ser una estrategia para acercarse a ti poco a poco.
—Monica, por favor, que me miró a los ojos, me cogió de las manos y me dijo: «Gracias por estar ahí por mí y por Kafka. Nunca lo olvidaremos». No, Albert quiere ser mi amigo, mi puñetero amigo.
El resto nos quedamos calladas. Estaba todo dicho.
—Te apuntas a la web de citas ahora mismo con Emma y matamos dos pájaros de un tiro —dijo Monica yendo para la cocina, donde ya estaba el portátil encendido.
Fui hasta allí y, como si de una clase de yoga se tratase, destensé primero mis hombros y entrelacé mis dedos, liberando la tensión de mis brazos.
—Ahora, tres respiraciones profundas, sostenemos el aire un poquito adentro y exhalamos —dijo Monica mientras todas nosotras seguíamos sus indicaciones al pie de la letra.
—Está decidido. Yo quiero amor del bueno. De ese que va a encontrar Emma, aunque todavía no lo sepa. Yo quiero uno de esos para mí.
Madre mía, hablaba como si estuviéramos en una subasta y en lugar de cuadros hubiera tíos buenorros con el letrero «Amor garantizado» colgando de su cuello.
—¿Quién empieza? —pregunté con los nervios a flor de piel.
—Empieza tú que eres la novata. Yo ya tengo perfil, solo me estaba haciendo la interesante. Con un simple clic, luego en mi casa lo reactivo y chimpún.
—Vale, estoy preparada. Esto es pan comido para mí.
—Claro que lo es, tú tranquila. Ya sabes, teclea primero www.youloveme.com y después le das a Intro y ahí…
—Monica, por Dios, que no soy estúpida. Lo he hecho mil veces.
—¡Ahí!, ahí está la tecla de registro —dijo Mia restregando la yema de su dedo índice contra la pantalla de mi ordenador, dejando su huella.
—Mia, lo he visto. Tranquilas de verdad, que tengo todo bajo control.
Pero cuando moví el ratón hacia el botón de registrar y lo coloqué encima…
—Yo creo que es mejor dejarlo para otro día. Que ya se ha hecho muy tarde y me están esperando en el trabajo.
—Ya estamos dentro —dijo Nadia, adelantándose y tomando el control del ratón—. ¿Quieres seguir tú o lo hago yo?
Toda la valentía que había tenido para escribir el mensaje a las tantas de la noche me estaba faltando hoy. Me estaban ganando la batalla y todavía ni me había registrado.
No lo iba a permitir.
Puse la mano sobre el ratón y Nadia la apartó inmediatamente.
Monica se puso a masajearme los hombros para darme ánimos. Esto estaba empezando a parecer una reunión de Alcohólicos Anónimos, pero en versión citas, surrealista y para chicas.
Tras un par de minutos metiendo datos, por fin accedí a mi página del perfil del usuario.
—Lo más importante es una buena foto. Ya me he encargado de pasarte una selección de las que más me gustan de ti. Están en tu privado —dijo Nadia señalando mi móvil.
Lo cogí y empezamos a ver juntas las fotos que me había pasado.
—Está es de la feria de Montana de hace tres años. Fue antes de que nos pusiéramos como vacas de tanto comer. Y esta de las últimas navidades que pasamos juntas en la cabaña perdida en la montaña, con ese toque a naturaleza y vida salvaje. También te he mandado una con tu padre. Se te ve muy feliz y sonriente.
—¿Has incluido una de mi primer día de universidad?
—¿Por qué no? Estás preciosa —dijo Nadia convencida.
—Parezco una cría. Esa descartada.
—Sí, yo estoy de acuerdo con ella. Tiene que parecer adulta y que sabe lo que quiere —dijo Mia.
—Pero es que Emma no sabe lo que quiere. Por ejemplo, en apartado de sexualidad, ¿qué ponemos? Hombre, mujer…
—Hombre.
—¿Estás segura? Porque las dos relaciones que has tenido en el pasado no es que te hayan aportado mucho que digamos. A lo mejor es porque no tenías claros tus gustos o…
—Dejémoslo en hombres. Ya suficiente tengo con hacerlo como para andar ahora cuestionando otras cosas.
—Aficiones —dije cambiando de tema.
—Comer, ver el programa de las Dashian y ser una experta en el amor —dijo Mia de repente.
—Si pongo eso no me va a querer nadie.
—Yo te quiero así como eres —respondió Mia.
—Lleva razón, no puedes mentir. Mejor decir la verdad. Si quieres encontrar el amor tienes que hacerlo con una persona que sepa quién eres de verdad. Le gusta hacer juramentos con sangre, tiene ropa antigua y de vez en cuando se la prueba porque le gusta sentir que vive en otras épocas…
—Recorta esa última parte y escribe «enamorada de la ropa vintage», así no queda tan largo —continuó Monica.
—También escribe que te gustan los deportes de riesgo, aunque siempre verlos desde la tele. Le gustan los animales, aunque los gatos le provocan sarpullido por todo el cuerpo… —añadió Mia.
—Pon que no aguantas a los que les gusta destacar pisando a los demás —dijo Monica.
—Vale, eso en personalidad —apuntó Mia.
—Que odias que la gente vaya descalza, sobre todo cuando van a abrir la nevera, y que eres muy asustadiza —dijo Nadia.
Ellas seguían hablando y hablando y yo me quedé mirándolas emocionada. Al principio me molestó que tomaran el control de esa manera, pero conforme continuaban hablando descubrí que aquellas tres personas me conocían en un grado que yo ni siquiera imaginaba. Así que las seguí observando maravillada con este momento. Tenía unas amigas que no quería perder por nada del mundo.
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Capítulo 9
—Terminado —dijo Nadia después de hacer clic en publicar.
Ahora tocaba buscar parejas compatibles lo cual no era complicado. Sobre todo, si ya lo había hecho durante un año entero con cientos de perfiles. Después venía lo peor: la farsa de las citas.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Monica girándose hacia mí.
—Esa soy yo —dije mirando mi foto de perfil.
—¿Quién iba a ser si no? —dijo Nadia.
—No, me refiero a que…, no sé…, me cuesta verme ahí donde he visto a tantos otros. Es como si parte de mí ya no me perteneciera por completo.
—Lo que sientes ahora mismo se llama miedo. Miedo a ser juzgada. Miedo a ser rechazada. Pero tienes que estar tranquila porque nosotras no dejaremos que nadie te haga daño, ¿lo has entendido?
Asentí.
—Si en algún momento se vuelve difícil solo tienes que decirlo y cortar de raíz. No hace falta que demuestres nada. Nosotras te queremos porque sabemos quién eres.
—Joder, que bonito Monica —dijo Nadia.
—¿Mia, estás llorando? —pregunté sorprendida.
—Es que os quiero tanto y vernos aquí juntas y pensar que dentro de tres días Monica se casa… El tiempo pasa volando. Hace casi un año estábamos pasando frío en Alaska, buscándonos la vida en un pueblo remoto, aprendiendo a hacer fuego, cortando leña, riendo como nunca lo habíamos hecho antes. Y ahora todo va a cambiar.
—No va a cambiar nada chicas. El sábado me caso no me voy a Tombuctú. Seguiremos haciendo las mismas cosas de siempre. Os lo prometo.
—Ya sé que va a sonar a locura, pero será un recuerdo imborrable de este día.
—¿A qué te refieres Nadia? —pregunté temerosa por la ocurrencia que acababa de tener.
—Hagamos una promesa, como la tuya y la de Monica, pero nosotras cuatro.
—Chicas, yo os quiero mucho y eso…, pero es que…, cabe la posibilidad de que en cuanto vea una gota de sangre me desmaye…
—Te recogeremos y Nadia te hará el boca a boca.
—Hoy he besado ya a tres chihuahuas y un labrador. Esto hace magia —dijo Nadia señalándose la boca.
—Vale, pero Nadia no me resucita.
—¿No quieres un besito de esta boquita tan bonita…? —dijo Nadia acercándole los morros a la cara.
—Vale, hacer un círculo —dijo Monica —. Ahora nos daremos la mano y haremos una promesa. Cada una de nosotras dirá una palabra y esa será nuestra promesa. Y ahora respirar hondo. Tenemos que poner nuestras mentes en sincronía.
—A veces dices unas cosas Monica que das miedo.
—Nadia, las sincronías existen.
—Lo dice la que no cree en el amor.
—Silencio. Ahora cerrar los ojos y respirar hondo.
Tras unos minutos en completo silencio, fue la primera palabra la que nos metió por completo dentro de ese juego.
— Mia: Porque.
—Nadia: Siempre.
—Monica: Permanezcamos.
—Emma: Unidas.
Volví al trabajo y pasé un buen rato viendo destacado mi email de registro en la bandeja de entrada, recordándome que aún no había hecho nada. Así que, sin darle más vueltas, lo abrí, active mi perfil, busque al tal Uriel con el que había hablado esta mañana e hice el emparejamiento. Tuve la curiosidad cuando encontré su perfil de mirar su foto y conocerlo un poco más. Era sensible, eso estaba claro por la conversación que habíamos mantenido por la mañana. ¿Era cariñoso?, ¿le gustaban los deportes?, ¿qué sería lo que más odiaría de la gente?, ¿le gusta mucho la fiesta o es de quedarse en casa viendo una peli o leyendo un buen libro?, ¿tiene un grupo grande de amigos o es más bien solitario?
—¡Emma, Emma…!
En cuanto Lilian tuvo mi atención se limitó a decir:
—Me marcho ya.
«Pues muy bien, hasta luego», pensé.
Porque tenía esta necesidad de molestarme. No nos llevábamos bien. Era tan sencillo como ir cada una por nuestro lado y ya está.
—¿Tienes novio? —solté sin venir a cuento. Se quedó parada nada más escuchar mi pregunta.
—Imagino que sí. Lo digo porque pareces muy irritada últimamente. Deberías dejarlo si te hace sentir así de mal.
No había esperado a que se girara ni me hablara. Directamente había sido tan desagradable como ella solía ser conmigo. Sorprendentemente no me dijo nada. Simplemente retomó el paso en dirección a la salida.
Al mirar por encima de mi cubículo vi que la mayoría de las mesas estaban vacías. Miré el reloj para comprobar que era tarde para la hora en la que solía marcharme.
Apagué la pantalla después de comprobar que todo estaba correcto y me enfilé hasta la salida. Pasé por el estrecho pasillo que ahora estaba vacío y al llegar al fondo, donde la oscuridad cercana a los ascensores se hacía más palpable, escuché un ruido detrás de mí. No le hice caso al principio, pero cuando después de unos segundos volví a escucharlo más fuerte y más cerca de mí, me giré para comprobar de que se trataba. No había nadie, solo la luz parpadeante de la zona del ascensor, que iba y venía haciendo un pequeño ruido bastante molesto.
Entré en el ascensor. Cuando las puertas estaban a punto de cerrarse unas manos se colaron en medio y ejerciendo una pequeña presión consiguieron evitar que se cerrara.
Para cuando las puertas se abrieron estaba completamente paralizada. Escuchaba a mis amigas en mi mente susúrrame al odio, «respira tranquila, pronto pasará».
—¿Estás bien?
Fui capaz de mirarlo por primera vez tras superar el susto inicial.
—Me llamó Ray —dijo enseñándome todos sus dientes blancos y perfectos. Iba trajeado y he de decir que tenía buen gusto para lo que solía ver en mi planta. Hasta la corbata, que siempre me parecía demasiado para cualquier estilo, a él le quedaba bien. Tenía un mentón bastante marcado. Su pelo estaba perfectamente peinado hacia atrás y tenía los lados más recortados. Era más alto que yo, uno ochenta o por ahí y tenía ese gesto de seductor innegociable.
—Me lla-m-o Emma —conseguí decir al final.
Ese temblequeo de voz era por el susto, no porque su presencia me intimidara.
—Encantado, Emma. —Me ofreció su mano y por unos segundos no supe qué hacer. Vamos a ver Emma, levanta el brazo hasta la altura de tu cadera y estrecha su mano. No es tan difícil.
—Encantada —dije por fin estrechando su mano.
Me llegó en ese momento su aroma.
«¡Que bien huele, joder!»
No dije nada más porque no quería darle pábulo a que siguiera hablándome y sobre todo no quería dar pábulo a esta tonta del bote de Emma que iba por libre.
—¿Trabajas en YouLoveMe?
Asentí.
—Ah, que bien. Mi hermano también trabaja aquí. Seguro que lo conoces, se llama Drake, Drake Donovan.
—¿Tu hermano es Drake Donovan?
Asintió.
—He quedado con él, pero no lo veo por ninguna parte y, al entrar en su despacho no he podido soportar estar allí ni un segundo. ¿Cómo puede alguien trabajar en un sitio así?
—Pues imagínate yo, que tengo que entrar a ese templo del horror cada dos por tres.
«No debería haber dicho eso».
—Odias el amor y trabajas en un portal de citas. Curiosa combinación.
—No odio el amor, odio la falsa idea que la gente tiene de él.
—¿Así que tú no eres romántica?
Los ojos le brillaban de curiosidad como si acabara de encontrar un espécimen raro.
—Soy realista.
El ascensor marcó el segundo piso y los dos fijamos nuestra vista en el botón iluminado.
—Y si yo ahora mismo hiciera una locura… Seguidamente, paró el ascensor y me arrinconó contra la pared. Analizando todas mis opciones, estaba en desventaja, y el hecho de estar completamente paralizada no ayudaba en absoluto a idear un plan de escape.
—Tranquila —dijo susurrando en mi oído.
Su aliento rozó la piel de mi oreja haciendo que ese simple gesto inundara con un escalofrío todo mi cuerpo.
—Yo tampoco creo en el amor.
—Inhala, exhala, empujón y alarma —dije en voz alta mientras hacia una detrás de otra las cosas que había dicho.
—No, no, no, señorita, eso no se hace —dijo haciendo un chasquido.
Apartó mi mano del botón de alarma al de bloqueo del ascensor y lo pulsó junto al mío, retomando su movimiento. Cuando llegamos y se abrieron las puertas salí a paso ligero sin mirar atrás.
—He sentido tu excitación, chica que no ama —dijo mientras me alejaba.
—La próxima vez lo que vas a sentir es la patada en la entrepierna que te voy a pegar. ¡Gilipollas!
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Capítulo 10
Me di una vuelta para despejarme antes de ir a casa de mi padre. Supongo que fue lo inesperado de la situación lo que me dejó así. No creía en el amor, pero tampoco era ingenua. Había tenido dos relaciones en el pasado; ninguna duró demasiado, quizá porque entonces era una cría. A esa edad no sabía nada del amor.
Lo único que conocía era lo que veía en las películas que mi padre repetía una y otra vez en la televisión. Nunca entendí del todo por qué lo hacía. Su vida había sido una sucesión de rupturas. Él decía que, cada vez que una mujer lo dejaba, sentía que su tren de la vida avanzaba sin rumbo. El tren que alguna vez creyó definitivo tenía un nombre: Lysa.
Mi padre hablaba de ese tren constantemente. Decía que en ese tren estaba todo lo importante: el amor —aunque hacía años que mi madre nos había abandonado— y una niña preciosa llamada Emma, que había venido a completar su felicidad. ¿En qué mundo vivía para no darse cuenta de que mi madre no volvería?
En el mundo del amor de película. Ese que te inoculan desde pequeño en todo tipo de historias y que, a medida que creces, se vuelve una droga difícil de abandonar. Mi padre no estaba enamorado de una persona, sino de la idea de ese amor.
Mi madre se bajó de nuestro tren hace muchos años, pero eso no impedía a mi padre mantener todas sus cosas en casa. Su ropa, sus libros favoritos. A veces lo espiaba escondida detrás de la puerta, y lo descubría revisando una vez más el álbum de fotos donde guarda todos sus recuerdos con ella. Pasaba las páginas con una delicadeza casi reverencial, como si cuidar ese libro fuese la única forma de seguir cuidando ese amor que terminó hace casi veinte años.
Mi padre vivía en un barrio residencial humilde de Harlem. Cuando empecé a ganar dinero, le hablé de vender la casa y, con ese dinero y mi ayuda, mudarse a un lugar tranquilo.
—¡Robert, saca tu maldita bicicleta del salón!
—¡Mamá, déjame en paz!
Ese fue mi recibimiento en el rellano de la segunda planta.
—¡Si no la sacas de aquí, la tiraré esta noche a la basura! ¿¡Lo has entendido!?
Era el pan de cada jueves, cuando venía a cenar con mi padre. Yo deseaba otra cosa para él, no estos muros de papel amarillentos y desgastados por el tiempo ni estos vecinos. Pero él había elegido esta vida.
Toqué tres veces a la puerta para que supiera que era yo.
Mi padre era un hombre alto. Su barriga ya sobrepasaba lo que yo consideraba una vida saludable. No es que fuera experta en alimentación; tampoco me consideraba una persona que estuviera midiendo las calorías. Mi dieta era variada y cuando visitaba a mi padre me gustaba que se alimentase bien.
—¿Qué has estado comiendo esta última semana?
—Hija, lo que me trajiste la semana pasada. Ni más ni menos.
—Papá, tratas mejor a tus libros que a ti mismo.
—Ya sabes que no me gusta cocinar y la comida que me trajiste está muy sosa. No pienso pasarme el día comiendo lechuga como una vaca. Además, con mi trabajo de cartero voy de aquí para allá; seguro que eso ya me ayuda a bajar de peso.
Me acerqué hasta él y le di un beso en la mejilla.
—Sabes que te digo todo esto porque te quiero, ¿verdad?
Le peiné el pelo canoso que se le había quedado levantado en la coronilla.
—Yo también te quiero mucho, Emma.
—Como me imaginaba que tu dieta seguiría siendo horrible, he comprado merluza con revuelto de verduras para los dos —dije dejando las bolsas sobre la isla de la cocina.
—¿Y de beber?
—Agua.
—¡Agua! ¿Quieres dejar seco a tu padre?
—El resto de la semana harás lo que quieras, pero al menos los jueves no quiero seguir alimentando tus malos hábitos.
Dejé mi abrigo y mi bolso sobre el sofá y me puse a preparar en dos platos la comida que había comprado. El aroma aún caliente llenó la cocina y, por un momento, todo pareció quedarse en pausa, como si aquel pequeño ritual marcara el verdadero inicio de la noche.
—¿Qué tal tu día en el trabajo?
Mi padre se quedó en shock cuando, hace un año, le conté que trabajaría en una web de citas.
—¿Tú trabajando para ayudar a otros a encontrar el amor? ¿Eres tú mi Emma? ¿Es que acaso has cambiado de idea sobre el amor?
—Sí, papá, soy tu hija. Y no, no he cambiado de idea sobre el amor. Solo es un trabajo, nada más.
—Jenna y Drake me han pedido que me encargue de una nueva sección. Quieren que escriba una serie de artículos sobre historias de amor surgidas en citas.
—¿Estarás contenta? Esto es una oportunidad para sobresalir entre todos tus compañeros y demostrar lo que vales.
No dudaba de mi valía; dudaba de mi capacidad para no fastidiarlo todo cuando mis artículos no estuvieran a la altura de lo que esperaban mis jefes. ¿Qué podía decirles? ¿Que el amor no existía, que no sabía fingir, que no podía escribir sobre algo que no me nacía de dentro?
—Sí —respondí sin dar más explicaciones.
—Mientras terminas de prepararlo todo voy a ir eligiendo una película.
—¿Qué película será esta semana? —pregunté sin mucho entusiasmo.
—Esta semana lo tengo más claro que la pasada: Lo que el viento se llevó. Llevo mucho tiempo sin verla.
Para mi padre, mucho tiempo podían ser como mucho dos semanas o un mes.
Coloqué los platos de comida sobre la mesa, delante del sofá, y empezamos a comer con la música que iniciaba la película.
—Ponte cómoda, será una noche larga.
En tres bocados acabó con todo lo que había en su plato. Se echó hacia atrás en su sillón y puso toda su atención en la película como si fuera la primera vez que la veía.
¿Cómo sería ver la vida con sus ojos?
Él seguía siendo el mismo hombre: humilde, cariñoso, algo descuidado y, sobre todo, firme creyente de la existencia del amor de película.
Éramos muy diferentes y, sin embargo, con él sentía que nada malo pasaría porque él siempre estaría ahí para cuidarme, como lo había estado desde que era pequeña.
Solo en estos momentos que compartía con él cada jueves sentía, por un instante, que el amor existía de verdad. Por un instante, el amor padre e hija se hacía tan real como el de las películas. Porque tenía todo lo que yo creía que debía tener el amor para ser real: era incondicional, generoso y sincero.
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Capítulo 11
Cuando llegué a casa eran ya pasadas las doce de la noche. Monica me acababa de escribir para decirme que pasaría la noche con Louis. Justo en ese momento entró un nuevo mensaje:
Papá: ¿Has llegado a casa?
Enseguida se me dibujó una sonrisa en la cara. Todavía recordaba la última escena de la película que acabábamos de ver y ese brillo en sus ojos que solo ocurría cuando una película realmente le emocionaba, aunque no fuera la primera vez que la veía.
Emma: Sí, ya estoy en casa. Te quiero, papá. Buenas noches.
Papá: Yo también te quiero. Buenas noches.
Hice todos mis rituales antes de acostarme. Eran sencillos porque eran automáticos: ponerme el pijama, lavarme la cara para retirarme el maquillaje, echarme las cremas que me había regalado Mia. Decía que eran lo último en tratamientos de piel para mantenerla joven y cuidada: una crema hidratante y una crema para las ojeras. Al final me ponía una crema específica para las espinillas que me salían en algunas partes de la frente.
Me soltaba el pelo, que hasta entonces llevaba recogido, y lo peinaba con cuidado después de cepillarme los dientes.
Esos minutos eran solo para mí. No pensaba en nada, ni en nadie. Era agradable ser el centro de todo por un momento.
Tumbada en la cama la historia cambiaba.
Ese tal Ray, ¿de verdad es hermano de Drake? Y si era así, ¿lo vería más veces por allí? Deseaba que esta tarde fuera la primera y la última.
Y esa idea… La idea de volver a verlo no fue tan negativa como me hubiese gustado cuando recordé, ya con los ojos cerrados tratando de dormir, su boca susurrándome al oído y la sensación que aquello me provocó. Me di cuenta de que no se me iría de la mente tan fácilmente. No podía cerrar los ojos sin verlo a él, a sus labios carnosos, arrogantes, pero totalmente tentadores, a solo dos centímetros de los míos. Así empecé un soliloquio:
«Duérmete, Emma».
«No puedo».
«Sí que puedes. Piensa en la boda».
«¿La boda? ¿Qué, quieres que tenga insomnio?»
«Piensa entonces en… uhm… vale, lo tengo».
«¿En qué?»
«Es guapo ese tal Ray. Y vaya labios que tiene».
«¡Ehhhh! Eres la voz de mi conciencia. Has venido a ayudarme, no a crearme más problemas».
«Ya, ya. Piensa en la montaña. En el último viaje que hicimos con las chicas».
«Estuvo muy bien. Nos reímos mucho. Todas juntas alrededor del fuego. Estábamos perdidas. A veces no sabíamos si encontraríamos el camino de regreso, pero no nos preocupaba, porque estábamos jun…tas (zzzzz)».
El día siguiente lo viví con calma, en todos los sentidos. Sí, llegué a mi trabajo como siempre, temprano. Sí, miré por todos lados, temiendo que me encontraría a ese tal Ray en cualquier esquina. Y no sabía qué idea me reconfortaba más: si la de no verlo o la de verlo.
Pasé la mañana tranquila. Parte de mi preocupación al inicio de la semana ya estaba más o menos solucionada. Y, aunque la idea del momento en que llegara mi primera cita no me emocionaba, tenía otras preocupaciones a corto plazo.
Mi teléfono empezó a sonar. Lo cogí inmediatamente temiendo que si no lo hacía, Lilian me saltaría a la yugular.
Hoy no me había saludado y apenas me había mirado cuando tenía que preguntarme algo por trabajo. Siempre ponía su mirada en el suelo o en los papeles que llevaba en la mano.
Quizás fui demasiado dura con ella ayer. ¿Habría dado en el clavo con mi apreciación sobre su relación?
—Emma, he comprado todas las cosas que me dijiste para decorar la casa, pero me falta… me dijiste algo de una palomitera, ¿era eso?
—Sí, ya sabes lo mucho que le gustan y he pensado que podríamos estrenarla mañana en casa. Pero hay que comprar la grande, la que viene con carrito.
—A ver, Emma. Yo con eso no voy a poder sola. Además, no conduzco. Con Albert, estas cosas las tenía solucionadas, pero ahora…
—Dile al vendedor que la traiga a casa esta tarde, ya me las apañaré para distraer a Monica de alguna forma.
—Cambiando de tema. ¿Cómo va la búsqueda de un buen maromo?
—Esto lo hago solo por la sección, que no se te olvide.
—No, si a mí no se me olvida, pero ¿cómo va?
—Se llama Uriel y ha aceptado la cita.
—¿Cómooo? ¿Y no me has llamado para contármelo?
—Nadia, me ha aceptado esta mañana. Eres la primera en saberlo.
—Quiero saber todos los detalles. Cómo es, qué le gusta, a qué se dedica…¡Ahhh, qué alegría! Mi mejor amiga abandona la soltería.
—No quiero saber nada acerca de él hasta el día de la cita.
—¿Cita a ciegas? Emma, ¿cómo narices has hecho el emparejamiento si no sabes quién es?
—Al azar.
—¿Cómo que al azar? Eso no cuenta. Claro, así no vas a encontrar novio. Estás autosaboteándote. Buena jugada. Pero que sepas que no va a funcionar.
—Eso ya lo veremos.
—¿Qué estás tramando?
—Yooo… nada.
El resto del día pasó como la mañana: correos, llamadas por problemas en el registro de perfiles y, cuando llegó mi hora de marcharme, sin esperar a que toda la planta se vaciara, me fui de allí. Aunque esta vez, cada paso que daba hacia la salida era un pensamiento dedicado a ese momento en el ascensor.
En el ascensor, por fin noté cómo la tensión se reducía.
Conforme bajábamos, se llenó hasta que quedé arrinconada:
—Emma, ¿verdad?
—Otra vez tú. No me lo puedo creer.
Estábamos tan pegados el uno al otro que, por mucho que lo intentara, no podía apartarme más.
—Ya sé que te quedaste impactada conmigo por lo que pasó la otra noche y eso, pero…
—¿Impactada…? ¿Y me podrías contar exactamente qué pasó la otra noche?
—Sé que odias el amor, pero en realidad lo que estás deseando es enamorarte. Eres como todas las demás. Te haces la dura para atraer a los hombres, pero luego, ¡zasca!, te enamoras perdidamente. Es la historia de siempre.
—Eso es lo que tú crees. Yo soy diferente.
—Eso dicen todas.
—Ah sí, ¿con cuántas mujeres de verdad has estado tú como para estar tan seguro?
—No las cuento, porque para mí no son trofeos.
—Y parece verdad y todo.
El ascensor dio un pequeño salto que provocó que entre nuestros cuerpos no existiera ya ninguna separación. Apoyé mis manos en su pecho para no perder el equilibrio, y al levantar mi mirada encontré la suya fija en la mía. Me sentí desnuda de repente. Aquella mirada estaba buceando en mi interior. En sus ojos descubrí a otro Ray, más profundo de lo que había conocido a simple vista.
El ascensor se abrió en ese momento y su tono de voz cambió al de siempre.
—Me ha encantado verte, Emma —me dedicó una sonrisa y salió del ascensor.
—Igualmente —acerté a decir.
«¿Igualmente, Emma!? ¿Pero qué estás diciendo? Este es el típico hombre por el que sabemos que el amor hoy en día se ha vuelto banal y superficial. La típica cara bonita y ojos atrayentes. Solo eso», pensé.
No estaba encantada de verlo. Quizás un poco sí, pero lo negaría hasta el infinito si alguien me preguntaba.
Pero a ver, Emma, me repetí, el amor no es atracción. Y esto es eso: simple atracción. Una cara bonita, una boca atrayente y nada más.
Para ser un «nada más», estuvo en mi mente la mayor parte de la tarde. Y tuve la brillante idea de sacar el tema cuando Monica y yo estábamos cenando.
—He conocido al hermano de Drake.
—Drake, ¿qué Drake, tu jefe?
—Es un poco… un poco…
—¿Guapo, atractivo?
—Eso…
—¡Jajajaja! Tienes unas formas de expresar tus pensamientos de lo más… curiosas. ¿Te gusta?
—Yo no he dicho eso.
—Pero te parece guapo y atractivo. Puedes tener una relación con alguien y no enamorarte.
—Pero si no lo conozco de nada. Solo era un simple comentario.
—Ya, un simple comentario. —A Monica se le escapó una pequeña sonrisilla y volvió a su plato de pollo con verduras.
—Monica, era un simple comentario. Además, yo ya tengo planeada mi cita para la semana que viene. Se llama Uriel.
—Ya me ha dicho Nadia que lo has escogido al azar. Por dios, Emma, eso no es justo. Ni siquiera sabes si tiene tu misma edad o sus gustos. ¿No te parece una locura ir a la cita sin saber absolutamente nada de esa persona? ¿Cómo vas a reconocerlo si ni siquiera has visto su cara?
—¿No decís que el amor está en el interior y todas esas cosas? Pues a mí su cara no me importa. Si realmente me voy a enamorar quiero que sea espontáneo y nada premeditado. Quiero que sea lo más natural posible.
—Ya, ¿por qué esto no tiene nada que ver con la apuesta para demostrar que el amor no existe?
—Nada que ver —respondí.
—Pues si no tiene nada que ver deberías pedirle una cita a ese tal Ray.
—Lo haré.
El trozo de pollo se escapó de su tenedor cuando estaba a punto de metérselo en la boca.
—¿Lo harás?
Asentí segura.
—Voy a demostrar que es solo simple atracción. Algo que te puede despertar la mitad de la población y que no hay nada más.
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Capítulo 12
Pasé la noche dándole vueltas a mi conversación con Monica. Era fácil salir con gente desconocida que no me despertaba nada, pero con Ray era distinto.
Mis amigas creían en el amor. Cada una lo definía de una forma. Mia decía que era el deseo de estar con esa persona. Nadia, lo definía como algo que va contigo. Cuando te enamoras no te puedes quitar a esa persona de la cabeza. Y para Monica era la esencia de todo. Decía que eran los actos de amor lo que llevaba al ser humano a superar todo tipo de obstáculos, fueran los que fueran.
No podía negar sus sentimientos al igual que no podía negar los míos. Pero si podía ponerles delante la realidad de los hechos. ¿Cómo se determina el amor? ¿Es más que un sentimiento? ¿Es acaso una necesidad? ¿Puedes vivir sin amor?
Las aturullaba a preguntas. Preguntas difíciles de responder, salvo con tu propia experiencia.
Había otra pregunta que nunca había llegado a formular en voz alta: ¿Existe el amor no correspondido? Y si es así ¿Qué ha llevado a la persona que ama a hacerlo si la otra persona no lo hace?
Mi respuesta más simple era, que hoy en día a casi todo lo envolvemos con la cinta del amor. Todo sentimiento que involucra a otra persona es amor.
Pero esto llevaba a otra pregunta: ¿Es el amor unidireccional o bidireccional?
Y si el amor unidireccional existe, no estamos hablando en este caso de un estado generado y mantenido intencionadamente. ¿Quién ama si no es amado?
Un loco. O quizás personas como mi padre, enamorados del amor. De esa sensación alimentada y basada en la mentira que no te permite vivir. Eres preso de ella, como eres preso de la droga y de esa descarga momentánea de felicidad.
Después de plantearme todas estas cuestiones a la única verdad que me acercaba era una y bastante simple. El amor es una palabra, ya está, solo eso, sin una definición clara. Es la emoción que generas la que confundes con esa palabra tan mágica, tan repetida en las pantallas a lo largo de tu vida, la que te hace pensar de forma instantánea que esa emoción es amor.
Es una de las emociones más positivas. Son los grandes actos los que son movidos por grandes emociones. Pero las emociones al fin y al cabo son temporales, no duran para siempre.
La emoción nace primero y después, ¿qué? Si esa emoción se vuelve duradera, deja de ser una emoción y se convierte en un sentimiento. Pero un sentimiento ya depende absolutamente de cada uno. Porque el sentimiento es la interpretación sobre esa emoción. Estamos ante una reacción controlada y juzgada por nuestras propias experiencias y creencias. Por eso mi padre ama el desamor o el amor no correspondido. Mia ama la posibilidad de imaginar lo que podría ser. Nadia el pasar del yo al nosotros. Y para Monica, era el resultado de la capacidad humana para dar lo mejor de sí mismos a los demás.
¿Entonces por qué llamarlo amor? ¿Por qué rodearlo de esta aura de perdurable existencia? ¿De irrompible conexión? ¿Por qué rodearlo de magia? ¿No es acaso eso una mentira y fuente de frustración?
Y si no lo llamamos amor, ¿qué nombre sería justo para definirlo?
Para cada uno debería tener un nombre, uno muy específico. Se llama caricia o abrigo cuando tienes frio. Un gesto solo para ti cuando estáis rodeados de gente o un brindis a la luz de la luna. Una escapada al paraíso. Un apodo cariñoso o una caída aparatosa. Un «no te puedo olvidar». Un sacrificio. Una entrega total.
¿Pero, y para mí? ¿Qué nombre tiene para mí el amor?
—¿Qué nombre tiene para ti? Te lo digo yo. Se llama Ray y va a ser tu próxima cita.
—No, mi próxima cita va a ser Uriel.
—Uriel, dice. Pero vamos a ver —dijo Nadia—. Ray te gusta, Uriel no sabes ni qué le gusta. Ray es el hermano de Drake, Uriel solo rima con Ariel. Que por si no lo sabes es un personaje de una película Disney de esas que tanto odias. Está decidido.
—Nadia lleva razón. Además, tienes que tratar de encontrar el amor no huir de él —dijo Mia mientras sostenía con nuestra ayuda la palomitera para llevarla al salón.
Le dije a Monica que lo haría, que le pediría una cita, pero se me olvidó decirle…
—Él no se enamora.
Las dos soltaron de repente la palomitera y cargué yo con todo el peso durante unos segundos.
—¡Chicass! —dije con la voz rota por sostener todo el peso yo sola.
—Lo siento…, lo siento —dijo Mia, y sin perder tiempo me ayudaron a sostener su peso.
—Vale, dejémosla aquí antes de que os dé por soltarla otra vez y acabe rompiéndose.
Me eché para atrás para poder verla mejor.
—Perfecta. ¿No os lo parece?
—Sí, sí, muy bonita, pero vamos a ver. Qué es eso de que no se enamora. Te lo ha confesado, ¿cuándo…?, si no os conocéis de nada.
—Pues es que resulta que…, no hemos hablado apenas pero el día que nos conocimos salió el tema.
—¿Cómo sale un tema así? Hola desconocida, mi nombre es Ray y no me enamoro.
—Ja, ja, muy graciosa, Nadia. Venía buscando a su hermano y quedó horrorizado cuando entró en su despacho. Lo compartió conmigo cuando por casualidad nos encontramos en el ascensor. Yo le dije que también lo odiaba.
—¿Algo tan horrible como el templo del amor ha unido a dos desenamorados? Curiosa paradoja.
Oímos el cerrojo de la puerta y nos giramos las tres en dirección a la puerta.
—No quiero hablar más de este tema. Esta noche es la última que pasaremos juntas de esta forma.
—Quieres decir antes de que se case Monica.
—Sí, a eso me refiero Mia, gracias por la puntualización.
—¡Monica, ya estás aquí! —dijimos las tres a la vez sonrientes.
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Capítulo 13
Estábamos tiradas en medio del salón. Apartamos la mesa y el sofá y lo ocupamos todo con pufs. En el centro teníamos todo tipo de potingues para la cara, entre cremas, limpiadores, mascarillas. Ahora estábamos en la fase en que unas a otras nos pintábamos las uñas. Nadia se lo hacía a Mia y Mónica a mí.
Teníamos diferentes tonos de lilas, rojos y verdes. Nadia había optado por hacerle a Mia unas uñas multicolor y, después de la insistencia de Nadia, no tuvo más remedio que ceder.
—Mia, te pintaré las uñas de los pies… ¿Quién te va a ver las uñas de los pies en invierno?
—Gracias por recordarme lo sola que estoy.
—No estás sola, Mia, tienes a tus gatos.
El nombre de sus gatos se debía a su total idolatría por Ralph Lauren. Tenía todo lo que se podía tener de esa marca.
Yo, por mi parte, había elegido el morado. Nadia el rojo y Mónica un rosa claro.
—Me traerá mucha suerte —dijo mientras miraba el resultado de la obra de Mia.
Estábamos bastante tranquilas para lo que solían ser nuestras reuniones. Aunque sentí en el ambiente sobrevolar constantemente el maldito tema de mis citas. O quizás era mi culpa por no dejar de pensar en determinada persona.
Y, como si mis pensamientos hubieran dado una reacción en cadena, las cuatro hablamos de golpe.
—Había pensado que…
Las tres saltamos en una carcajada.
—¿Sabéis lo que creo que nos sentaría muy bien ahora? —dijo Mónica.
—¿No será yoga? Porque yo haría cualquier cosa porque mañana es tu boda y se hace lo que pida la novia…, pero es que ponernos ahora a respirar… Nos va a entrar sueño y son solo las diez de la noche —dijo Mia consultando su móvil.
—¿Cómo se te ocurre?
Mónica fue hasta la cocina y sacó una botella de vino.
—Es un vino que me regaló Louis hace tiempo.
—¿Cómo no se te había ocurrido antes? —dijo Nadia levantándose inmediatamente del puf para coger las copas.
—Por Mónica y por Louis —dijimos Mia, Nadia y yo a la vez mientras chocábamos nuestras copas.
Me acerqué hasta el tocadiscos que mi padre me había regalado cuando me mudé a esta casa. Era tan antiguo que había que tener mucho cuidado. Cogí uno de los últimos vinilos que me había autorregalado y coloqué con sumo cuidado la aguja sobre él.
La música empezó a sonar y las tres nos pusimos a bailar siguiendo el ritmo de la música.
—¡No, no estoy borracha, estoy feliz porque mi amiga se casa! —gritó Nadia.
—¡Así sí, quiero un día sin fin. Bailar, reír y llorar, pero todo en un ca-di-llac! —dije yo.
—Venid para acá —dijo Mónica reuniéndonos a las cuatro—. Tengo una confesión que haceros.
—¿No será que te arrepientes y quieres cancelar tu boda?
—Nadia, siempre estás pensando lo peor.
»Una de las cosas de las que me siento más orgullosa es de haberos conocido. Sé que mi vida sería completamente diferente si no lo hubiese hecho. No puedo estar más contenta de que me acompañéis mañana como mis damas de honor.
Las lágrimas ya pujaban por salir de mis ojos.
En ese momento sonó el móvil de Mónica interrumpiendo ese momento.
Las tres vimos cómo su mirada cambiaba enseguida al ver de quién se trataba.
—Es Louis —dijo Mónica en un susurro, como si fuera un secreto.
Los ojos se le llenaron de luz mientras hablaba con él.
—Qué bonito es el amor.
—Es bonito hasta que llega la ruptura, Mia, después desearías no haber conocido a esa persona en tu vida.
—Qué exagerada, Nadia.
Mónica ya había terminado su conversación con Louis y estaba de vuelta con nosotras, copa en mano.
—A ver, para Mónica es todo muy sencillo porque ella se relaja con sus técnicas y aquí paz y después gloria. Pero ¿y a mí quién me entiende? Mi exnovio quiere que seamos amigos… Llevó tres días fingiendo que no me interesa cuando en realidad lo que quiero es que nos demos otra oportunidad. Y él todo el día con Kafka para arriba, Kafka para abajo o «¿Quieres que te lleve a casa?». No, Albert, lo que quiero es otra cosa, otra cosa.
—A lo mejor no pilla las señales. Tienes que ser más clara.
—Mia, lo intento, pero no hay manera. No sé si se está haciendo el tonto, pero ¿a ti no te parece que «te apetece tomar algo en casa» no es una señal clara?
—Podrías apuntarte a las citas de YouLoveMe y ver qué ocurre. Quizás se dé cuenta de que no puede perderte cuando te vea con otro tío.
—O a lo mejor es tu oportunidad para darte cuenta de que tienes que olvidarte definitivamente de él.
—Síii, qué buena idea, Mónica, y lo mejor, ya sé con quién vas a salir… con Uriel.
—¿Ariel?
—Uriel, Nadia, Uriel —dije pronunciando más claramente cada una de las letras mientras se me escapaba la risa.
—Tu princesa Disney. No, ni de coña.
—Ahora que Emma se ha decidido a salir con Ray tienes vía libre con Uriel —dijo Mónica.
Nadia y Mia me miraron, pero yo no dije nada.
—No pierdes nada —dijo Mia mirándome.
—Es una locura.
—Sí, lo es —respondieron las tres.
—Pero podría funcionar —dijo Mónica.
—¡Deja de hablar y ponte a bailar porque esta noche la vamos a liar! —dije levantando mi copa y sacándolas de ese rifirrafe.
—¡Esto no se puede terminar! ¡Tenemos que celebrar, que mañana Mónica se va a casar! —dijimos todas cantando.
El sabor de mi boca se sentía algo amargo por el alcohol de anoche. La luz del salón entraba directa hacia nosotras. Cuatro cuerpos esparcidos en diferentes pufs o en el sofá, con mantas que no ocupaban ni medio cuerpo. Me incorporé y me di cuenta del desastre del salón y la cocina con restos de la fiesta de anoche por todas partes.
—Hoy me caso —dijo una voz detrás de mí.
—Ajá —dijo bostezando Nadia—. Porfi, déjame dormir una hora más.
Me giré y Mónica y yo nos miramos. Tenía una sonrisa dibujada en la cara y los ojos le brillaban, aunque también podía entrever algo de nervios.
🎶 Playlist 2
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 14
Un pequeño ruido. Una puerta abriéndose al fondo. Todos se giraron a mirarla. El momento más esperado había llegado. Movidos por la expectación, todos se levantaron de sus asientos y, tenuemente, empezó a sonar la canción que Mónica y Louis habían elegido para este momento.
Mia me agarró la mano y, por un instante, todo se volvió más emocionante.
Las tres nos quedamos mirándola, asombradas por lo preciosa que estaba. Su vestido ajustado en la cadera caía arrastrando una pequeña cola que movía con gracia al caminar. Su pelo castaño, recogido en un sencillo pero elegante moño adornado con una diadema de plata, le daba un toque especial. Un collar discreto destacaba el precioso escote del vestido.
Todas las miradas estaban puestas en ella, también las del novio, que la observaba sonriente, pero lleno de nervios.
Su padre la llevaba de la mano; sus miradas de soslayo delataban su gran complicidad. Su madre la observaba con orgullo, al igual que sus hermanos mayores.
Cuando Mónica llegó junto al novio, ambos se sonrieron y se dieron un tímido beso lleno de nervios, de inquietud, de un «¿qué estamos haciendo?», aderezado con un «no podría hacerlo con nadie más».
Entonces, Mónica se giró y posó su mirada en cada una de nosotras, comprobando con una sonrisa que todo estaba bien.
Hemos pasado dos décadas juntas que ahora parecen lejanas, pero llenas de recuerdos. Recuerdos que, entre Mia, Nadia y yo, decidimos utilizar para hacer un montaje con todas las fotos de nuestros últimos viajes. Durante la comida, hubo risas y lágrimas de felicidad que Mónica compartió con nosotras mientras las imágenes se sucedían al ritmo de una música de fondo que significa mucho para las cuatro. Girls Just Want to Have Fun suena y las tres la cantamos juntas mientras seguimos viendo el montaje.
—Ha sido precioso, chicas —dijo Mónica sin poder contener la emoción.
—Todavía queda algo más. Hemos preparado unas palabras para ti y Louis —. Ufff, ok, empiezo. —Nadia tomó una gran bocanada de aire para templar sus nervios antes de empezar a hablar: —. Pensaréis: «que tres amigas se pongan de acuerdo para un discurso puede ser algo complicado». Pero lo complicado no fue eso, sino acercarnos a mostrar en unas cuantas líneas nuestra relación con Mónica. Así que finalmente decidimos contar nuestro momento más importante vivido con ella. Para mí no ha sido nada complicado, porque Mónica ha estado en casi todos mis recuerdos felices, pero hay uno que destaca sobre todos los demás. Seguro que la mayoría de vosotros ya sabréis que a Mónica le encanta el yoga. Ella cree que las energías son parte de nosotros. Debo decir que yo no era muy creyente hasta que un día ella lo puso en práctica. Solo necesitas a una amiga destrozada por su segunda ruptura para darte cuenta de que una frase como «cierra los ojos, inspira y espira» pueda llegar a significar tanto en tu vida.
»En aquel momento, no os lo voy a negar, fueron más las risas que el ejercicio en sí lo que me ayudó a tranquilizarme. Pero daba igual, porque de una u otra forma me olvidé de lo mal que me sentía y eso fue gracias a ella. Aunque, ahora que no nos escucha nadie, tengo una confesión que hacerte. Cada vez que me siento mal, cierro los ojos, inspiro y espiro. Y cada una de esas veces me acuerdo de ti.
Los invitados no paraban de reír y con sus últimas palabras se había hecho el silencio por el emocionante mensaje. Mónica la abrazó y le dio las gracias.
Después de unos momentos en que todas las voces y los aplausos terminaron, fue Mia quien tomó la palabra.
—Ahora me toca a mí. No sé si voy a poder. Mírame, Mónica, estoy hecha un mar de lágrimas. —Mónica le agarró la mano a Mia—. Momentos, momentos… Para mí hay uno. Uno que tengo grabado y que no olvidaré nunca. Tengo dos gatos que se llaman Ralph y Lauren.
—Para que todos lo sepáis, Mia es una gran aficionada a ese diseñador —apuntó Nadia y todos los comensales se echaron a reír.
Mia se dejó llevar por las risas de los invitados y gracias a eso se la veía menos tensa que antes.
—Ya sabéis cómo son los gatos, pueden sobrevivir a una caída de diecisiete pisos, pueden dormir hasta una media de dieciséis horas y su independencia vale por docenas. Y esto lo digo muy en serio. ¿Y qué hacer cuando tu gato ha decidido independizarse de tu casa?
—Os anuncio que lo que hizo Mia fue llamarnos corriendo e iniciar una búsqueda exhaustiva por todo el vecindario.
Todos empezaron otra vez a reír por el comentario de Nadia.
—Las cuatro nos pusimos a buscar a Lauren por todos lados. Después de horas sin resultado, decidimos volver a casa. Emma había resistido hasta entonces unas ronchas gigantes por todo el cuerpo debido a su alergia a los gatos. Y al final Nadia, Mónica y yo la obligamos a irse a casa. Nadia tenía turno de noche en su clínica, por lo que acabamos quedándonos Mónica y yo solas en casa. Y fue entonces cuando Mónica sacó a relucir su sexto sentido. Resultó que Lauren no se había escapado como creíamos y había estado todo ese tiempo en casa. Recuerdo que desperté con los lametazos en la cara de Lauren que maullaba feliz. Mónica la sostenía entre sus brazos. Fue el despertar más feliz que he tenido en mi vida y eso fue gracias a mis amigas y en especial a Mónica.
»Gracias por recorrer cada rincón de Brooklyn en la búsqueda de Lauren y por todo lo que eso significa para mí.
Mónica se deshizo de la mano de Mia y la abrazó bien fuerte.
¿Por qué tenía que ser siempre la última? No me disgustaba la atención de la gente, sino no estar a la altura de lo que el momento pedía. Y claro, cuando cientos de ojos se posan en ti esperando a que seas graciosa como Nadia o tierna como Mia, no sabes si te queda alguna bala en la recámara o acabará siendo desastroso.
Con la mirada fija en mi papel, atrapada en todos los sentimientos que tenía en ese momento, me quedé paralizada. Había leído en mi mente el inicio cuarenta veces, pero era incapaz de pronunciar en voz alta ninguna de esas palabras.
Inspiré y espiré y eso me ayudó a tranquilizarme.
Sabía lo que quería decirle porque llevaba mucho tiempo con ello en la cabeza. Solo tenía que decirlo y ya está.
—Nuestra amistad comenzó en un parque de juegos. Dos niñas y una única muñeca auguraban grandes problemas. Pero ninguna de las dos estábamos interesadas en muñecas, sino más bien en hacernos mayores. Teníamos siete años y ya nos creíamos con dieciocho. Arrastrábamos la ropa de nuestros padres por todos lados, el perfume acabamos gastándolo en un solo día. Yo había conseguido robarle dos cigarrillos a mi padre, por lo que para ese momento parecíamos realmente adultas.
»Hacíamos promesas, corríamos y tropezábamos subidas en los tacones gigantes de la madre de Mónica. Fingíamos que fumábamos y, mientras todo eso pasaba, seguían pasando los años y nuestra amistad seguía ahí. Adolescencia e inseguridades, exámenes y la universidad. Nuestro nuevo piso, uno de mala muerte en uno de los peores barrios de Nueva York, pero estábamos orgullosas porque lo podíamos costear nosotras mismas con el dinero que sacábamos en nuestro trabajo. Fiestas, palomitas, yoga, respiraciones, estudios, un trabajo nuevo, un piso nuevo. Y hoy es la despedida de todo eso para dar lugar a algo que espero que sea mucho mejor.
»Louis, con Mónica has ganado un tesoro. De esos tan difíciles de encontrar que, cuando lo haces, ni tú mismo te puedes creer que no sea un sueño.
»Brindo por Mónica y por Louis, porque su matrimonio esté lleno de luz y de momentos inolvidables. ¡Vivan los novios! —dije alzando la copa.
—¡Vivan los novios! —gritaron todos.
Regresé a casa cuando la luz del amanecer ya asomaba entre los altos edificios.
Cuando bajé del taxi, mis pies descalzos ya no entendían de cristales ni de ningún otro objeto punzante; para entonces, el dolor de aquellos tacones infernales era infinitamente mayor.
Cuando entré en casa, lo primero que hice fue lanzar los tacones mientras me desabrochaba el vestido sin cuidado. Avancé con pasos renqueantes, tan inestables como la certeza de no acabar cayendo al suelo en cualquier descuido, dada la forma poco decorosa en que me lo estaba quitando.
Conseguí por fin bajar la cremallera y librarme del vestido. Me quedé en bragas y sujetador y me dejé caer como un peso muerto sobre la cama. Daba igual el maquillaje y mi pelo sujeto por cientos de horquillas que a esas alturas ya no sostenían más que unos pocos mechones.
No llevaba ni dos segundos tumbada cuando el timbre de la puerta me sobresaltó.
Me levanté como si alguien hubiese colocado un muelle en mi culo. Parecía más despierta y lista para la siguiente ronda de tequilas. Pero no estaba en la boda y tampoco sabía muy bien qué hacía de pie hasta que escuché el timbre de nuevo.
—Bata, bata, bata… ¿Dónde estás, maldita sea?… Aquí…, te pillé.
Salí a la puerta y observé por la mirilla, donde solo podía distinguir un gigantesco ramo de flores.
—¿Quién es? —pregunté para salir de dudas.
—Tengo una entrega para la señorita Emma Revol.
Abrí la puerta.
—¿Es usted la señorita Emma Revol?
—Sí, soy yo.
—¿Quién las envía? —pregunté apartando hacia un lado aquel gigantesco ramo para poder ver la cara del repartidor.
—No nos ha dado su nombre. ¿Puede, por favor, echarme una firma aquí?
Cogí el boli y puse mi nombre sin mucho cuidado.
—Que pase un buen día.
—Igualmente.
Cerré la puerta e inhalé aquella mezcla de flores que despertó todos mis sentidos.
Me giré para buscar un jarrón donde ponerlas en agua, pero no había nada que pudiera servirme en ese momento.
Sobresaliendo entre las flores había un pequeño sobre blanco atado con una cinta roja en forma de lazo al tallo de una de ellas.
Lo abrí impaciente por saber de quién se trataba y leí:
Para no creer mucho en el amor tienes una tarea tremendamente complicada que empieza mañana. Te desearía suerte, aunque no la necesitas.
Ray Donovan.
Se me dibujó una sonrisa tonta que pronto se difuminó al recordar a qué se refería Ray. El artículo. Tenía que publicar mi primer artículo y no tenía ni idea de lo que escribiría todavía.
—¡Jenna y Drake me van a matar!
— 1er artículo—
YOULOVEME
El Nombre del Amor
Por Emma Revol 18 de octubre
Me llamo Emma Revol y hoy estoy aquí para presentaros la nueva sección del portal de citas más aclamado, YouLoveMe: El Nombre del Amor.
Para quienes dudan del amor, como yo, y creen que solo existe en las películas o que no puede surgir con un desconocido en una cita organizada, os invito a seguir esta aventura. Durante tres meses comprobaré si estamos en lo cierto o si vivimos engañados..
Viviréis conmigo tres meses en los que se sucederá una cita por semana con un desconocido elegido por el sistema de emparejamiento de nuestro portal. Pondremos a prueba su fiabilidad y lo haremos con vosotros como testigos en primera persona.
Cada cita que acontezca será narrada para que, junto a mí, entréis de lleno en esta serie de historias y podáis sentirlas de la forma más real y cercana posible. La información de mi acompañante se hará pública la misma semana de la cita, junto con una foto de ambos al finalizar el encuentro y una frase que resuma nuestras sensaciones
En diciembre, coincidiendo con la llegada de la Navidad, publicaré el último artículo. En él desvelaré la gran incógnita: ¿es posible encontrar el amor en un portal de citas?
Y ahora imagino que estaréis deseando conocer a mi primera cita. No tuve que pensarlo mucho, pues su nota, en un gigantesco ramo de flores, me lo dejó bastante claro:
Su nombre es:
Ray Donovan.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 15
Me aparté el pelo de la cara y lo llevé detrás de mi oreja. Volví a coger aire para rebajar el latido de mi corazón. Esto era una locura y acabaría arrepintiéndome. Estaba segura.
Debía ser el cansancio. No había dormido nada cuando me senté en mi escritorio frente al ordenador. Al terminar de poner su nombre supe que no había vuelta atrás.
Coloqué el ratón sobre el botón publicar y lo pulsé sin pensarlo más.
Me quedé mirando la pantalla con un mensaje que anunciaba:
Su artículo se ha publicado correctamente
Me levanté de la silla con el corazón a mil.
—¡Ahh! ¡He puesto su maldito nombre y le he dado a publicar!
¿Qué acababa de hacer? ¿Qué dirían Jenna y Drake cuando lo vieran? ¿Sería este el fin de mi carrera?
«Joven de 25 años pierde su trabajo en un portal de citas por no creer en el amor». — The Daily Chronicle[
«Emma Revol no ha podido ni siquiera escribir un artículo positivo acerca del amor. ¿Quién no puede escribir sobre el amor hoy en día?» — New York Post
«El paro aumenta, Emma Revol del portal YouLoveMe, no sabe escribir su apellido al revés y eso la ha condenado en el amor». — The Herald
Estaba acabada. Mi descrédito sería público y nadie me querría para publicar artículos en su periódico. Y además Ray Donovan no tenía perfil en YouLoveMe. Primera mentira y acababa de empezar.
Empecé a reírme sin poder parar. Cualquiera que me viera ahora pensaría que había perdido la cabeza. ¿Yo? Es imposible que yo me enamore. Y Ray Donovan, Don, «Yo no me enamoro». Teníamos a dos imposibles. Una cita que ni él sabía que existía y un ramo de flores que me miraba provocándome como había hecho él en el ascensor.
La nota estaba escrita de su puño y letra. Eso era mucha molestia para una persona que solo pretendía… ¿Qué pretendía?
Había tenido la curiosidad suficiente después de nuestro último encuentro de preguntarle a su hermano Drake dónde vivía. ¿Quería provocarme?
Pasé las hojas del calendario de mi agenda. Si empezaba a tener citas a partir de la semana que viene tendría un total de seis citas. Y sería en la última semana de diciembre en la que publicaría el artículo final.
Él era mi primera cita, pero eso no significaba nada, tenía otras cinco oportunidades.
Pero, ¿qué estoy diciendo? Si yo no creo en el amor. No creo en el amor y menos en que se pueda conseguir en una cita a través de un portal online. Esto iba a salir fatal.
Me dejé caer sobre la cama y suspiré.
Mañana sería un día muy largo, pero ni la emoción que sentía ahora mismo por todo lo que estaba en juego pudo vencer a mis párpados que pronto se cerraron y todo se volvió un sueño.
Primero fueron risitas y miradas de soslayo. Pero conforme me acercaba a mi sitio, las miradas no disimulaban que algo estaba pasando. Y en el estrecho pasillo tan ajetreado como siempre, empecé a escuchar:
—¿Has leído el artículo? Emma va a tener una cita con el hermano del jefe.
—Yo siempre lo he sabido. ¿Cómo, si no, iba a conseguir esta nueva sección toda para ella?
—El otro día vi a Ray en la cafetería del tercer piso. Es tan guapo. No entiendo como pudo aceptar salir con Emma.
No se escondían y menos lo hizo mi compañera, Lilian.
—Ya sé lo que me vas a decir así que ahórratelo.
—Ray Donovan te espera en el despacho de los jefes —dijo cruzándose de piernas y volviendo a lo que estaba haciendo.
—Emma, no te hagas la mosquita muerta. Todo el mundo sabe que es tu cita.
Pues no, no era lo que me esperaba. Y de nuevo diez puntos para Lilian por ser una borde.
—Lilian, serás…
—¿Decías algo?
—Que se te han caído los cascos. —«Gilipollas».
—¡Ups! —sonrió socarronamente y volvió de nuevo a lo que estaba haciendo.
Me puse firme. Estiré mi falda negra, arreglé mi blusa. Me recoloqué el recogido con un simple gesto que me reconfortó al instante.
Puse mi mirada en el final del pasillo, donde podía distinguir a través de las sombras del cristal, gente en su interior.
Las miradas se hicieron infinitamente más notables ahora que caminaba por el pasillo.
«Hienas ¿Podríais por favor dedicaros a vuestros asuntos?»
Cogí aire.
«Dios, no quiero entrar. ¿Por qué lo hice? Tendría que haberme negado a hacer esto desde el principio».
Iba a tocar cuando la puerta se abrió y vi a Ray.
—No lo voy a hacer Drake. No insistas más.
—Pero Ray, no puedes hacernos esto.
Jenna apareció en mi círculo de visión.
—¡Ah, que bien Emma, ya estás aquí! Tengo que decirte que nos ha encantado a Drake y a mí tu idea. Es innovadora. La gente está entusiasmada. El artículo ya tiene más de veinte mil visitas.
—Me marcho.
—¡Ray, espera! No puedes irte así —dijo Drake, mientras lo seguía.
—Entra, entra Emma, tenemos muchas cosas de las que hablar. No te preocupes por Ray. Seguro que Drake lo convence enseguida.
No entré por mí misma. Fui conducida hasta el interior del despacho por la mano en mi espalda de Jenna, que hoy no me parecía tan horrible como otros días. Debía ser porque estaba todavía en estado de shock por todo lo que estaba pasando.
—Me encanta la idea que has tenido. Tres meses, seis citas y el amor verdadero. Y la frase final «¿es posible encontrar el amor en un portal de citas?». Estoy realmente impresionada, Emma. Drake y yo teníamos dudas contigo. Ya sabes por lo de tu….
—¿Mi… qué? —alcancé a decir por fin saliendo de mi bloqueo.
—Nadia me ha contado que no crees en el amor. Y creíamos que eso podía ser un impedimento a la hora de implicarte. Pero sabía que tenía razón contigo. Siempre la tengo, ¿no es así amorcito?
Drake entraba por la puerta con cara de disgusto y a Ray no se le veía por ningún sitio.
—Jenna, tenemos un problema —Drake llegó hasta su lado y le agarró las manos—. Ray se ha marchado. No ha querido escuchar nada de lo que le he dicho. No entiende como hemos podido hacer esto a sus espaldas.
—¿El qué? —preguntó Jenna agarrando las manos de Drake.
—Implicarlo de esta forma en una cita sin que él supiera nada.
—Emma, ¿sabes algo de esto que dice Drake?
Algo sé.
—¿Y…? No tenemos todo el día.
—Puede ser que un ramo de flores que me envió ayer haya tenido algo que ver en que haya decidido por mi cuenta que sea mi primera cita. Pero es solo una cita de seis. No tiene por qué pasar nada.
—Esto consiste en encontrar el amor. No es un juego. Si al final de estos tres meses no has encontrado el amor tendremos un problema.
Ja ja ja ja…, no me digas. Yo estaré en la cola del paro.
—¿Y por qué te envió un ramo de flores?
—Para desearme suerte en la nueva sección.
—¿Y entonces por qué ha reaccionado así? Si os lleváis bien.
—Le mandó un ramo de flores amor, eso es más que llevarse bien —apuntó Jenna.
—No os preocupéis, yo conseguiré que Ray diga que sí. Lo haré por este portal de citas y por todas las historias de amor que han nacido de él. Mira a tu alrededor, Emma. Dentro de poco vivirás una historia como las que están entre estas cuatro paredes.
Drake salió del despacho a paso ligero con una sonrisa en la cara decidido a convencer a Ray.
—No tiene por qué ser Ray, podríamos escoger a otra persona y hacer una pequeña modificación en el artículo.
—Eso no lo podemos hacer ahora, después de que más de veinte mil personas sepan ya el nombre de la persona con quien vas a tener la cita. Perderíamos credibilidad nada más empezar. Drake tiene que conseguir como sea que Ray vaya a tu primera cita.
¿Y si no lo consigue?
Ya podía vislumbrar al final del pasillo la cola del paro con toda claridad.
Mi bolígrafo rebotaba una y otra vez contra la mesa, creando un incesante sonido al que ni yo atendía por estar demasiado preocupada por tener noticias de Drake.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? He visto que Ray ha salido corriendo. No ha empezado tu sección y ya ha huido tu primera cita.
Paré de rebotar el bolígrafo contra mi agenda. Cuando Lilian terminó de decir la tontería del día volví de nuevo a mi tarea que consistía en hacer que hacía algo, mientras seguía dudando de la palabra de Drake.
Sabía que no lo conseguiría. Algo dentro de mí lo supo desde el principio. Ray esconde demasiado como para dejarme asomarme a su interior.
En mi bandeja de entrada se acumulaban un total de cuarenta mensajes sin leer.
Fijé mi vista sobre algunos de ellos para comprobar que en su mayoría eran comentarios sobre el artículo. Podía ver en el asunto:
El nombre del amor: comentario añadido a las 12.40
Por esa parte Jenna y Drake estarían encantados. Mi artículo estaba cobrando la atención del público, pero dejarían de estarlo en el momento en que se dieran cuenta que Ray Donovan no iba a aceptar tener esa cita conmigo. Yo misma llevaba tres horas haciéndome a la idea.
El repiqueteo de mi boli seguía incansable contra mi mesa y cesó cuando una idea cruzó por mi mente.
La cita de Nadia. Podía proponerle a Jenna acompañar en su primera cita a una pareja que hizo match en YouLoveMe y contar su experiencia. Sería una buena forma de evitar todo este lío en el que yo misma me había metido. Pero seguía estando el problema de su nombre en el artículo. Había prometido a los lectores una cita con Ray Donovan. Y no solo era eso, yo misma me había prometido que contaría la verdad.
Mi móvil empezó a sonar sobre la mesa. Eché un vistazo y vi el nombre de Monica en la pantalla.
Lo descolgué mientras salía de allí. No quería que Lilian me escuchase.
—Me acabo de meter en tu artículo. Lleva ya más de veinte mil visitas. Es increíble. Estoy orgullosísima de ti.
Orgullosísima de mí dejaría de estarlo en dos segundos cuando supiera que mi cita me había rechazado en todas mis narices, literalmente. No me había dado con la puerta en todas las narices porque abría para dentro.
—¿Sabe ya que va a ser tu cita?
—Lo sabe, lo sabe. Esta mañana Jenna y Drake me esperaban con Ray en su despacho.
—Me imagino que para felicitarte por lo que has conseguido con un solo artículo. —Monica seguía emocionada y todavía no había pillado la ironía de mi voz.
—No, me han llamado porque…— Me costaba decir en voz alta que me había rechazado —. Porque Ray no quiere ir a la cita conmigo. —Ya está, ya lo había dicho y la verdad es que me sentía un poco mejor.
Sin darme cuenta había andado hasta los ascensores que a estas horas de la mañana no tenían mucho tráfico.
—¿Cómo? No me lo puedo creer. Ese tío quién se cree que es para rechazar a mi amiga.
—Tu amiga no le avisó de que le iba a meter en este lío.
—Pero ¿cómo se te ocurre?
—Influyó el hecho de que justo llegó un gigantesco ramo de flores. Y puede ser, solo puede ser, que su nota provocara en mí esa reacción.
—¿Qué decía la nota?
—Sabía que iba a empezar esta nueva sección sobre el amor y me deseaba suerte. Terminaba diciendo, «aunque no la necesitas».
—Piensa que crees en el amor. Y tú quieres demostrarle que se equivoca, ¿es así?
—Sí.
—Y ahora estás metida en un lío porque tienes algo gordo entre manos y no sabes cómo resolver que quien iba a ser tu cita se haya echado para atrás.
—Podría decirse, sí.
Iba mirando el suelo concentrada en mi conversación con Monica cuando me choqué con algo que tenía piernas, de eso estaba segura. Y unos zapatos negros que me reflejaban mejor que los espejos de mi casa.
—Qué zapatos tan bonitos —dije antes de levantar la mirada para comprobar de quién se trataba.
—Emma ¿de qué estás hablando? ¿Qué zapatos?
Se me cayó el móvil y la mano se quedó en la posición en la que había sostenido a Monica (me refiero al móvil).
—Ray… ¿qué haces aquí?
Era realmente guapo. Y esa mirada, de nuevo esa mirada que me espiaba. Y su boca, esos labios…
«Deja de pensar en eso. No es guapo. No tiene unos labios bonitos y sugerentes. Ni tampoco viste como un modelo sacado de revista».
«Piensa, en el despacho de Jenna y Drake (eso es). El color rosa, los carteles… vaya carteles. Si es que no puede existir el amor. Solo piensa en eso».
—Vayamos al despacho a ultimar los detalles de vuestra cita.
¡No podía creérmelo! ¿Ray había aceptado tener una cita conmigo?
Seguimos a Drake hasta el despacho con las miradas de todo el personal puestas en nosotros.
—Te tengo que dejar, Monica. Luego hablamos— colgué mientras cerraba la puerta del despacho.
Creo que su expresión empeoró al contemplar todo lo que nos rodeaba.
—Todavía no entiendo como podéis trabajar aquí, rodeados de todo este…, como decirlo suavemente…, montaje del amor.
Por fin alguien que decía en alto lo que yo pensaba.
—Ayyyy Ray, qué alegría volver a verte por aquí tan pronto. —El timbre de voz de Jenna volvió a ese agudo insoportable.
—Sí, sí, terminemos con esto cuanto antes. Tengo cosas que hacer.
—Siguiendo con el artículo de Emma hemos decidido que os haremos una pequeña entrevista previa a la cita para que los lectores os conozcan. Será sencillo —continuó Drake—. Unas cuantas preguntas acerca de vuestras aficiones y vuestros gustos de pareja.
Ray no me había mirado desde que habíamos entrado en el despacho.
—Hemos pensado que si las citas funcionan podrían repetirse si ambas partes están de acuerdo —dijo Drake.
—¿Estáis de acuerdo? —preguntó Jenna sonriente.
—Drake ¿se te ha olvidado contarme algo más o esto era lo último?
—Tenía que convencerte para que vinieras no para que decidieras no hacerlo.
—La verdad está sobrevalorada hoy en día ¿verdad, hermanito?
—No es para tanto. Es solo una cita.
—Bueno, ¿y tú qué piensas Emma?
—Me parece bien.
—Qué alegría… —dijo Jenna —. ¿No vais a deciros nada? Esto es un momento único. Al menos querréis compartir algo con el otro. Adelante, no tengáis vergüenza.
Jenna, por una vez en su vida, podía haberse quedado callada.
¿Por qué narices se estaban girando hacia mí en ese momento? ¿Y por qué me volvía a mirar así de nuevo?/p>
—Seguro que lo pasaremos bien en la cita. —Su mano se elevó hasta el nivel de su cintura—. Te llamabas Emma Lover ¿no?
Había vuelto el Ray que conocí el primer día.
Mi risa fingida esperaba que se hubiese sentido más natural.
—Qué gracioso. Aunque tendrás que mejorar en la cita o me aburriré en dos segundos con tanta broma de mal gusto.
—Lo haré todo por ti. Por Emma Lover y su nueva sección, «El Nombre del Amor».
Vaya foto. El par de atontados del amor detrás haciéndonos ojitos y él y yo deseando que todo esto acabara de una vez.
—Ya verás como lo pasaremos de miedo —dijo Ray en un susurro cerca de mi oreja cuando ya se iba.
Y como la primera vez, no pude evitar ese escalofrío que me recorrió todo el cuerpo en un segundo.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 16
— Entrevista Cita Emma Revol y Ray Donovan—
Periodista (YouLoveMe): ¿Estás lista/o?
Emma: Claro, cuando quieras.
Ray: Adelante.
Periodista (YouLoveMe): Me gustaría que me hablaras un poco de ti, lo que has estudiado y que sueles hacer en tu tiempo libre.
Ray: Mi nombre es Ray Donovan. Tengo veintiocho años. Crecí en la isla de Nantucket que está a unos cincuenta kilómetros al sur de Massachusetts. Me mudé a Nueva York con dieciocho años con mi hermano para estudiar en la Universidad.
Emma: Soy Emma Revol, tengo veinticinco años. Viví hasta los dieciocho años en casa de mi padre, en el pequeño barrio de Harlem. Me fui de casa solo con unos cuantos dólares que mi padre me había dado para el primer mes de alquiler.
Ray: Considero que mi trabajo no me define, pero sí que creo que es importante el trabajo duro y el estatus. No se puede conseguir nada importante en la vida si no piensas así.
Emma: Necesitas un trabajo que pague las facturas, no puedes ser quisquilloso. Así que he trabajado de todo lo imaginable. Camarera, recepcionista, pizzera a medio turno y mal vendiendo mis artículos a periódicos locales.
Ray: Me gusta la pesca. Me recuerda a mi padre y a mí cuando salíamos juntos en su barco.
Emma: Disfruto mucho escribiendo sobre cualquier cosa que me venga a la cabeza. Puede ser incluso sobre una discusión que deje a medias, hasta proyectos de investigación que me gustaría desarrollar más a fondo en el futuro.
Periodista (YouLoveMe): ¿Habéis estado en muchas relaciones de pareja?
Ray: No tengo relaciones estables.
Emma: Las relaciones son algo distintas para mí. Tengo otro concepto del amor. No las veo como la mayoría de la gente las ve. Soy más realista.
Periodista (YouLoveMe): ¿Crees que haríais buena pareja?
Ray: Podríamos ser «buenos amigos».
Emma: Ni en un millón de años. Es todo lo opuesto a lo que para mí podría ser el amor.
Periodista (YouLoveMe): Para terminar, me gustaría saber si creen que es posible encontrar el amor a través de un portal de citas.
Ray: Cuando mi hermano Drake me dijo que iba a crear este portal de citas creí que se estaba volviendo loco. Ya se imaginará cuanto creo yo en toda esta parafernalia.
Emma: Por mi experiencia, no creo que se pueda encontrar el amor en un portal de citas o a través de las redes sociales. Es imposible.
»Mejor borra lo de «imposible», suena demasiado tajante. Deja solo lo primero… o, mejor aún, escribe: «Lo averiguaremos pronto».
—La dirección que me ha mandado Jenna debe de ser una broma. Esto está demasiado alejado de la civilización.
—(Guau-guau) Tranquilos, tranquilos, será solo un segundo —dijo Nadia al otro lado del teléfono, intentando hacerse oír entre los ladridos de sus perros—. Odio estos turnos de veinticuatro horas.
—No entiendo por qué me he dejado arrastrar hasta aquí. Cuando miré Google ya sabía que esto no pintaba bien.
—Emma, solo tienes que entrar ahí y afrontarlo. Tampoco será para tanto. Disfruta de la noche, salga lo que salga, y déjate llevar. No pienses tanto. Las preguntas ya las haremos nosotras mañana para saber todos los detalles.
—Vale, parece que he encontrado el sitio. Dare & Enjoy —leí en voz alta mientras las lucecitas rojas resaltaban cada una de las letras del cartel de neón—. Yo creo que debería irme, esto no tiene buena…
—(Guau-guau) No te escucho, Emma —añadió Nadia, mientras uno de sus perros volvía a ladrar con fuerza al fondo—. Estoy muy liada ahora en la clínica. Seguro que sale todo bien. Mañana hablamos. Un beso, te quiero.
Me aparté el teléfono de la oreja y lo miré incrédula al ver que Nadia me había colgado.
El chirrido de la puerta al abrirla no auguraba nada bueno. Suelos negros y un pasillo estrecho lleno de espejos. Aproveché para echar un último vistazo a mi estilo. No estaba nada mal. Mi pelo negro caía en hondas sobrepasando mis hombros. El vestido había sido idea de Mia.
—Ralph Lauren nunca debe faltar para una buena cita.
—Pero Mia, si me dijiste que la última vez que te lo pusiste tu cita ni siquiera se presentó.
—Hoy va a ser diferente, lo presiento. Todos los entendidos dicen que las segundas oportunidades son buenas para afianzar la confianza en uno mismo.
—Esto te lo acabas de inventar, ¿a que sí?
—Puede ser… ¿Pero a que suena bien?
El vestido de silueta sin mangas se ajustaba en la cadera y el vuelo sobrepasaba mis rodillas. Las sandalias eran de Gwen con tacón de color negro. El cuello en pico y un toque dorado con el cinturón metalizado resaltaban sobre el tono de dalia del vestido.
Después de echar un último vistazo a mi vestuario, caminé por el pasillo iluminado tenuemente de color rojo que me condujo hasta el interior de un inmenso local de…
«Baile erótico. ¡Naaa!, si piensa que voy a compartir sus guarradas nocturnas de hombre de negocios con dinero lo lleva claro».
—Eyyy, Carlo traiga a mi amiga hasta aquí.
¿Carlo…? ¿Amiga…?
—Signorina acompáñeme, il signor Ray sta in reservado.
«Emma, deberías irte. Esto se está poniendo turbio. Lo vimos en su mirada y esta es otra prueba más de que detrás de esa fachada de gracioso y provocador se esconde otra mucho más oscura, que ya no queremos conocer. Antes nos podía llamar algo la atención, pero esto. ¿Qué es esto?»
«¿Pero qué haces? ¿Estás siguiendo a Carlo?»
«¿Qué voy a hacer si no? Necesito el maldito artículo. Si esto se pone demasiado extraño me marcho y punto».
«Sí, eso has dicho antes al entrar y el día que lo conociste en el ascensor y cuando te negaste a salir con él y ahora mírate».
«¡Chssss!, no me dejas pensar con tanto sermoneo».
—¿Te gusta? —preguntó Ray abriendo los brazos para que me fijara en aquel lugar.
—¿Es tuyo el local? —dije sin poder creer que estuviera metido en este tipo de negocios.
—Carlo…
—Ajá —dijo Carlo sonriendo.
Miré a Carlo y cuando giré mi mirada a Ray me dio la impresión de que le había hecho alguna señal.
—Carlo, cuénteme ¿Cómo es Ray de jefe? ¿Trata bien a sus empleados?
—Il signor nos tratta molto bene.
—Claro…, claro… Muitísimo bene.
—¿Y de sueldo y eso pagará bien, seguro?
Carlo miró primero a Ray y luego volvió la mirada a mí.
—Sí, paga molto dollari e molto bene.
—Ayy qué bien. Qué jefazo estás hecho Ray.
—¿Y a su hermano lo conoce? Ayy, ahora no me acuerdo de su nombre era… ¿Podrías recordármelo Carlo?
Carlo suspiró y miró a Ray que le dijo con un gesto que continuara.
—Si signorina era…, era…
—Bueno dejemos ya tranquilo al pobre Carlo. Ven Emma, siéntate a mi lado.
—Disculpe Carlo por tanta pregunta, es mi vena de periodista que la llevo conmigo a todos lados.
—No pasa niente signorina. Sono al bar.
Cuando nos sentamos fue Ray el primero en hablar.
—Que me hayas pillado tan pronto no significa nada. He visto tu cara al entrar: estabas aterrorizada… y eso que aquí no soy yo el que manda.
—Has tenido suerte porque si no hubiese sido una broma probablemente ya me hubiese largado de aquí.
—¿Te repites eso mentalmente para sentirte mejor? Deberías aprender como engañar a la gente.
—¿De quién? ¿De ti? Aprende a disimular mejor tus gestos —dije mientras imitaba la mirada que le había echado a Carlo antes de iniciar toda la farsa.
—No, a mí no me has pillado. Carlo es italiano, y como buen italiano tiene debilidad por las mujeres bellas.
Nada más pronunciar la última palabra se dio cuenta de su error y tosió para disimular.
—¿Qué quieres de beber? —Ray levantó la mano para llamar la atención de Carlo que llegó enseguida a nuestra mesa.
—Vino rosado.
Me quedé mirando como ordenaba a Carlo lo que tomaríamos para beber. Vestía incluso mejor que en las otras ocasiones en que lo había visto. El traje era completamente oscuro salvo por la camisa de franela en un tono lavanda. Al estirar su brazo podía distinguir un Rolex. Sus manos eran fuertes y parecían tener todo bajo control. Las movía con dominio mientras hablaba con Carlo. Su pelo castaño estaba engominado hacia atrás como siempre. ¿Alguna vez perdería la compostura? Parecía que todo a su alrededor estaba justo donde él lo quería.
—He ordenado por ti, espero que no te moleste. He venido otras veces a este local y conozco sus mejores platos.
Era de manual. El hombre que quiere tenerlo todo bajo control y en el momento en que se le escapa sale corriendo del despacho de Jenna y Drake. Y no, yo no iba a ser otra de sus chicas que se deja llevar tan fácilmente. Quería disfrutar viendo como las cosas no salían como él había planeado.
—Carlo, ven ahora mismo. Lo que ha pedido Ray de mi parte, anúlalo. Tráeme en su lugar, a ver… —Empecé a remolonear con la carta que tenía delante haciendo esperar el desenlace —. Omelette de caviar sevruga. —Lo había leído dos veces solo para asegurarme que lo pronunciaba correctamente. Y no quería mirar más veces el precio porque si no me desmayaría. La empresa lo pagara, pensé para tranquilizarme.
—Perfecto signorina.
Cuando levanté la vista de la carta y me fijé en su expresión sabia que había vuelto el Ray misterioso, aquel que nadie conocía. Y era a ese Ray al único que tenía interés en descubrir.
—¿Por qué este lugar? Dije mientras me llevaba un bocado de cientos de dólares a la boca.
—¿Y por qué no?
—¿Normalmente traes a tus citas a cenar aquí? Y cuando termináis, ¿qué hacéis? Disfrutáis un rato de las vistas de la bailarina de turno y ella se queda encantada —dije claramente contrariada porque alguna mujer se prestará a algo así.
—Ella disfruta conmigo.
—Qué suerte tienes. ¿Y que buscas tú?
—Ya te lo dije, yo no me enamoro. Disfruto la vida y las mujeres que están conmigo lo saben de antemano. No engaño a nadie.
—Pero no fuiste tú el que me dijiste que la mayoría de las mujeres buscan el amor. ¿Has cambiado acaso de idea, o es que cuando las mujeres están contigo cambian de parecer de repente?
«A ver qué dices ahora, listillo».
Ray respondió inmediatamente con una sonrisa.
—Lover ¿verdad? —dijo para molestarme.
—Emma, si no te importa.
—Mantengo lo que te dije aquella noche que nos conocimos en el ascensor. La mayoría de las mujeres buscáis «la historia». Esa que os saque de una vida aburrida y cotidiana. Queréis emoción, adrenalina y tener el sexo de vuestra vida. Pero sobre todo, queréis encontrar ese hombre de pelicula que os diga cuanto os ama y que nunca os abandonara. Pero como en toda regla, también hay algunas excepciones y a veces tengo la suerte de encontrarme con ellas.
—¿Has tenido parejas que se han enamorado de ti?
—Primero de todo, yo no las llamaría pareja. Somos amigos y segundo, claro, no lo voy a negar.
—Y, si según tú, para las mujeres es irrefrenable generar ese sentimiento de amor hacia otra persona, vosotros los hombres, ¿de que material genético estáis hechos para evitarlo?
—Del mismo que tú seguramente. — Y volvió esa mirada de nuevo. Estaba intentado descubrir si conmigo había encontrado a alguien como él. Y por lo que vi en su expresión tenía dudas.
Era directo y eso estaba bien para una sociedad en la que la mayoría de la gente andaba siempre contando la mitad de la verdad y a veces ni siquiera eso que creías verdad lo era.
—¿Te has enamorado alguna vez, Emma?
—¿Qué es el amor para ti Ray? —repregunté.
—Imagino que cuando lo sienta lo sabré. Hasta entonces permíteme conocerlo de primera mano de una experta en portal de citas del amor.
—Tendrás que esperar sentado. Quizás sean necesarias seis citas o miles de ellas. O quizás nunca lo encuentre.
—¿Vivir una vida sin amor no es de desgraciados?
—Dice alguien que no ama.
«Eso ha tenido que doler», pensé.
Volvió a dibujar esa sonrisita. La misma que le aparecía siempre que lograba sorprenderlo.
Me miró, sonrió, tomo un trozo de su solomillo Wellington, se limpió los labios y entonces dijo:
—Lo será para aquellos que lo anhelan.
Lo imité. Lentamente tomé un trozo de mi plato con un nombre complicadísimo de recordar. Sin que apartara su mirada de mí.
—Para una vez y que no sirva de precedente, estoy de acuerdo contigo.
—Imposible.
—¿Cómo? —dije levantado la vista del plato sin saber muy bien a que se refería.
—Tú lo anhelas, lo sentí el día que te conocí. No estás desesperada por él, pero si por sentir algo, lo que sea. Tienes miedo a no ser capaz de sentir como la mayoría de la gente siente.
Iba a defender mi postura, pero empezó a sonar una música sugerente por todo el local. La luz se había apagado por completo, y apenas quedaban unas cuantas que ascendían desde el suelo. Me fijé en las otras mesas, que como nosotros, habían disfrutado de una noche tranquila y que ahora dirigían su mirada al escenario.
Imaginaba lo que vendría. Estaba a punto de levantarme cuando empecé a distinguir a mujeres y hombres de todas las edades. No podía marcharme de allí sin averiguar qué era lo que atraía a tantas personas, a aquel lugar.
—La muerte de la pasión, es la muerte del amor —dijo una voz que sonó de fondo. En ese momento un hombre con el cuerpo desnudo, fibroso y solo cubierto por unas mallas color carne empezó a moverse con sensualidad por el escenario. —. Robert despliega sus encantos, pero sobre todo hace disfrutar a sus amantes. Ohhh. sus amantes. Sus amantes son fuego hecho obra de arte. — Con las palabras de aquella voz en off y la melodía sugerente, el bailarín parecía fundirse con el escenario en una danza íntima y sensual —. Te acompaña en cada paso, esa pasión se vuelve mujer, y ese fuego se vuelve sensualidad entre los dos.
La gente giró el rostro apartándolo del escenario. Los imité y vi a la bailarina que vestía un ajustado maillot en color carne. Las sombras jugaban dibujando formas sobre su cuerpo mientras se desplazaba con sensualidad hacia el escenario. Me fijé en su mirada, clavada en el hombre que también la observaba, deseando ese encuentro tanto como ella.
Cuando llevé mi mirada de nuevo al escenario, sentí que los ojos de Ray me estaban observando y entonces lo miré. Sabía que todo esto era un juego para él. Me había traído aquí para provocarme y no permitiría que se saliera con la suya, pero cuando lo hice me encontré con una mirada llena de deseo.
—Es el encuentro físico de dos cuerpos separados —dijo la voz en off —. Cuando por fin se encuentran se funden el uno con el otro llamándose entre susurros de placer.
Sentí cómo se me encendían las mejillas. El sofoco había ido creciendo a medida que aquella escenificación cobraba intensidad, hasta que la luz del escenario fue difuminándolos poco a poco haciéndolos desaparecer.
Las voces del resto de las mesas regresaron al ritmo anterior como si nada hubiese ocurrido.
Volví mi mirada a Ray tan pronto le escuché decir:
—Sentir. Eso es lo que quieres.
— 2do artículo—
El Nombre del Amor
Por Emma Revol 25 de octubre
Hoy os traigo la primera entrega de la serie de artículos basados en mi experiencia personal de citas organizadas por el portal YouLoveMe. Mi cita fue Ray Donovan. En el apartado de entrevistas podréis encontrar más información sobre los dos para que podáis conocernos un poco más. A continuación de esta breve introducción, encontraréis todos los detalles de la cita, así como una fotografía de ambos y nuestras impresiones finales. Y ahora sí, que lo disfruten.
La noche fue totalmente inesperada y todo empezó en el momento en que llegué al local donde pasaríamos la velada juntos. Al principio pensé que se trataba de un local de alterne. Estuve a punto de no entrar, pero al final lo hice. Ray me esperaba en un reservado. Ray vestía un traje oscuro. Su pelo castaño estaba engominado hacia atrás. Era elegante en maneras y en estilo y parecía que todo estaba bajo su control. Lugar elegido, reservado e incluso ordenó por mí. ¿Y que pensáis que hice? Tomé el control. En otras circunstancias y con otro hombre todo hubiese sido diferente, pero él me llevaba a querer ir más allá. El plato era carísimo. La pronunciación del plato tuve que repetirla un par de veces en mi mente para no confundirme, pero mereció la pena solo por ver su reacción. Jenna y Drake (mis jefes), ahora me dirijo a vosotros, esto corre por vuestra cuenta. Él no creé en las relaciones estables y yo no tengo un concepto del amor como la mayoría. Es complicado unir a dos personas que no creen en el amor de hoy en día, ese que te prometen todas las películas románticas que vivirás al menos una vez en tu vida. Pero al final de la noche encontramos un punto en común. Cuando las luces se apagaron di por hecho lo que vendría. Pero me equivoqué. Una voz masculina en off abrió el escenario, invocando la pasión y el amor. El fuego y la sensualidad tomaron forma en un hombre y una mujer que aparecieron como si siempre hubieran estado allí, esperando su momento. Lo que empecé a sentir fue completamente inesperado. Ray, a mi lado, parecía complacido, como si disfrutara de comprobar que tenía razón. Durante el espectáculo nuestras miradas se cruzaron, y en sus ojos descubrí otra versión de él: más oscura, más honesta. Los deseos, los suyos y los míos, parecían desplegarse en el aire al ritmo de los bailarines, convertidos en un lenguaje de cuerpos en movimiento. Ellos eran libres. Y, de algún modo, yo también lo era. Debo reconocer que siempre está bien que la realidad de un revés a tus prejuicios. Mis ideas totalmente formadas acerca de lo que aquello iba a resultar se vieron arrastradas por el fango y sustituidas por «sentir» pronunciada por Ray al finalizar el espectáculo y al que no le quitaba la razón. Lo que aquello provocaba era un aluvión de emociones que llevarían al más atrevido a hacer lo que quisiera en ese momento. A liberarse, a no frenarse y dar rienda suelta a sus deseos más ocultos. ¿Era acaso eso lo que Ray pretendía? Si yo fuera otra mujer hubiese aceptado su invitación, pero amigos, en esta sección queremos encontrar el nombre del amor, no reducirnos únicamente a nuestros deseos más inminentes. Al salir del local Ray se ofreció a llevarme a casa y acepté. Durante nuestro camino de vuelta intercambiamos alguna que otra frase suelta como: «Gira a la siguiente calle a la derecha» o «por ahí esta cortado». Nuestro único contacto en toda la noche se redujo a un apretón de manos durante la despedida, breve, casi fugaz, como si incluso ese gesto hubiera sido medido para no durar más de lo necesario. Cuando ya subía las escaleras hasta la puerta del edificio me preguntó si vivía con alguien.
—Vivía con mi amiga, Monica —contesté.
—¿Ya no?
—Se casó hace unos días.
Me giré y estaba sacando las llaves cuando por un impulso del momento pregunté:
—¿Y tú, vives solo?
—Desde los dieciocho años. — Y por unos segundos pude ver en su mirada algo que no había visto hasta ahora.
—Pero siempre duermo acompañado.
Provocador Ray al ataque de nuevo.
Y ahora llega la parte del artículo en que pongo nota a mi cita y decidido si me gustaría repetir: Ray, sé que en algún momento leerás esto. Así que esto va para ti. Eres atractivo, elegante y tienes ese punto de malote y tipo duro que tanto les gusta a las mujeres. Las películas están plagadas de hombres como tú, «los redimibles». Pero no estáis hechos para mi. Sois demasiado complicados. Debo decir que en general la cita fue agradable, pero no, no repetiría. Mi nota final es un seis.Comentarios tras la cita de Emma Revol: ¿Quién es Ray Donovan? Un misterio.
Comentario tras la cita de Ray Donovan: Atrévete a sentir.
Foto archivo.
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Capítulo 17
Mantuve a mis amigas en ascuas durante tres días. Sabía que, en cuanto publicara el artículo, mi móvil ardería sobre el escritorio. Así que me tomé un momento antes de publicarlo.
Fui hasta la cocina y me preparé un café. Su calor al rodear las palmas de mis manos se sintió realmente bien. Pasaban por mi mente algunos momento de mi cita con Ray. Encendí la televisión para silenciarlos. Pasé minutos yendo de un canal a otro sin saber que ver. ¿Qué echaban a las nueve de la mañana un domingo que no fuera una remesa de programas de otros días? Me llamó la atención un programa sobre la búsqueda de oro en sitios inhóspitos. Era bastante más entretenido de lo que esperaba.
El sonido del timbre me sacó del momento más interesante. ¿Habrían encontrado oro por fin, después de tres excavaciones en aquel lugar? Fui hasta la puerta con la vista aún fija en la pantalla de la televisión.
Observé por la mirilla y vi al mismo repartidor que me había traído el ramo de flores la semana pasada.
¿Tendría Ray algo que ver en todo esto?
Abrí la puerta intrigada.
—Buenos días.
—Buenas días. Emma Revol ¿verdad?
—Sí— respondí.
—Tengo un paquete para usted.
—¿Quién lo envía?
—No nos ha dado su nombre.
—Puede firmar aquí, por favor.
Lo hice sosteniendo la caja con la otra mano.
—Muchas gracias, que pase un buen día.
—Igualmente.
Dejé la caja sobre la mesa del salón y la miré tratando de adivinar su contenido.
¿Cabía la posibilidad de que fuese de alguien que no fuera Ray?
Aparté las solapas de la caja con cuidado como si se tratara de una bomba y tuviera que ir con el máximo cuidado para que no me estallará en las manos.
A estas alturas, por mi mente habían pasado todo tipo de objetos que podía contener esa caja: desde un artículo sexual hasta un cactus o incluso un osito de peluche rosita (como los que había en el despacho de Jenna y Drake), todo, claro está, para provocarme.
Miré con los ojos entornados su interior. Solo había una nota en el fondo. Traté de sacarla pero estaba pegada en la base.
—Si te piensas que voy a dedicar tanto esfuerzo en leer una misera nota lo llevas claro.
Fui hasta mi cuarto y me fijé en el artículo que todavía estaba sin publicar. Añadí:
«Ray es un 5. P.D.: La caja no sobrevivió al artículo. Descanse en paz»..
Fui hasta el salón, cogí la caja y, todavía en pijama y con las zapatillas de estar por casa, salí.
—¡Joder, que frío!
Estamos casi en noviembre y en Nueva York ¿Qué esperaba?
Me fui hasta el cubo para cartón, la plegué un par de veces y la tiré.
«Te vas a reír de quien yo te diga, listillo».
Aceleré el paso para llegar a casa cuanto antes y entrar en calor. No podía tomarme un café calentito recién levantada viendo como sacaban oro de los lugares más remotos ¡noooo!
Cuando abrí la puerta como si de una señal del infierno se tratara, empecé a escuchar mi móvil hacer todo tipo de sonidos. Mensajes, llamadas, emails, redes sociales. Lo mejor era las luces. Si era un email se iluminaba el centro de la pantalla, si por el contrario se trataba de un mensaje o una comunicación de Facebook, descendía hacia abajo y hacia otro soniquete. Me quedé parada y lo único que pude hacer en ese momento fue reír.
Nadia y Mia no tardaron en presentarse en mi casa media hora después de que publicará mi artículo.
—¿Qué es eso?
—La caja, ¿qué iba a ser si no? La verdad es que la ha pegado bien en la base. No hay manera de arrancarla.
—A ver, déjame a mí —dijo Mia quitándosela de las manos a Nadia.
Tras varios intentos se rindieron.
—Vale, ¿sabes lo que haremos? Quedarnos con la base y quitar el resto de las partes de la caja.
—No quiero saber qué pone en la nota. Lo digo por si se os ocurre decirme algo en cuanto terminéis vuestras manualidades.
—¿Estás segura? —Nadia lo preguntó mientras hacía fuerza con sus manos para despedazar la caja.
—Segurísima ¿café, té, cerveza, agua?
—Café bien cargado. Tenemos muchas cosas de las que hablar.
—Té, por favor —dijo a continuación Mia—. Es demasiado temprano todavía para la primera cerveza.
—Ya está —dijo Nadia satisfecha consigo misma.
Mia se pegó a su lado y empezaron a leer el contenido de la nota. No podía evitar mirarla de soslayo, para tratar de averiguar lo que había escrito.
—Listo.
—Listo es un rato nuestro querido Ray.
—¿Qué os hace tanta gracia? —pregunté a Nadia y a Mia, algo molesta por sus continuas risitas.
—No, nada. Tranquila, no te contaremos nada. Te hemos prometido que no lo haríamos y no lo haremos ¿verdad Mia?
—Verdad, verdad.
—Me parece perfecto. Eso es lo que hacen las buenas amigas y ahora sentaos conmigo y terminemos de ver el programa. —Miré hacia la pantalla de la televisión y me di cuenta de que hacía tiempo que la búsqueda del oro había acabado—. Hablemos sobre tu cita con Uriel —dije apagando la tele y tratando de cambiar de tema.
—Pero si ayer me dijiste que al final no saldrías con él.
—¡Míaaa! Que no se lo había contado todavía a Emma.
—¡Cómo! ¿No vas a ir a la cita con Uriel? Está planificada para la semana que viene. No puedes hacerme esto. Quiero decir, no puedes hacerle esto a YouLoveMe. El pobre hombre ha tenido muy malas experiencias en el amor y la última servida en bandeja por nuestro portal ¿no querrás que pierda mi trabajo?
—Pero si estás deseando dejarlo. Además, ya está solucionado, Mia irá en mi lugar. Ayer lo hablé con ella y está de acuerdo, así que tema zanjado y ahora volvamos a lo interesante. Tu cita con Ray Casanova.
—Todo lo que pasó lo habéis leído esta mañana en el artículo. No hay nada más que hablar.
—Ya claro, pues esta nota dice lo contrario.
—Esa nota podrá decir lo que quiera, Mia. Ray es un provocador nato.
—Eso no lo negamos —dijo Nadia—. Pero es un provocador al que le gustas, le gustas mucho.
—Eso ya lo sé.
Realmente no estaba al cien por cien segura. Pero por el comentario que se le había escapado en la cita, no tenía muchas dudas.
—Y a ti también te gusta.
—No, Mia. A mí me parece atractivo, elegante y tiene ese toque de provocador que a algunas mujeres encanta. Pero para mí…
—A ti también te gusta, punto —recalcó Nadia—. Estás poniendo tierra de por medio porque no quieres implicarte más. Es que lo sabía. No quieres perder la apuesta.
—Es imposible que la pierda porque ese amor no existe. Por Dios, si vosotras no encadenáis una relación estable desde hace años. Nadia has cortado con Albert tres veces en los últimos cinco años. Y tú, Mia. Bueno, Mia, tú eres demasiado buena, la verdad es que no tienes culpa de haberte encontrado con un tonto tras otro.
—¿Y eso significa que tenemos que dejar de creer en el amor?
—No —respondió Mia a la pregunta de Nadia.
—Y me parece perfecto, vosotras pensad lo que queráis, pero mi posición es distinta y no hay más que hablar.
—¿De verdad no quieres saber lo que hay escrito en la nota?
—Verdadera. Y ahora disfrutemos de nuestros cafés viendo algo entretenido en la tele.
—¿Sabéis de lo que me enteré ayer? Es muy fuerte, no os lo vais a creer.
—¿Qué? —preguntamos Mia y yo a la vez.
—Kylie Dashian se casa.
—Eso es imposible. Se acaba de separar del padre de su hija —dije claramente sorprendida.
—Es otro chico nuevo al que conoció hace poco y parece que ya hay planes de boda. Seguro que lo sacarán en su reality. ¡Qué emoción!
Pasamos las siguientes dos horas hablando de cotilleos de todo tipo. Cuando llegó la hora de comer preparamos una lasaña de verdura con una salsa carbonara que Mónica me había enseñado a preparar.
—Ummm, qué rica. —Mia relamió el plato casi literalmente—. Me tienes que dar la receta.
—Pero si no sabes cocinar. Acabarás quemando la casa y entonces qué ¿dónde vivirán tus pobres gatos? En mi casa no, ya tengo bastante con Luna, Hilary y Emma.
Estaba sorbiendo el espagueti cuando oí mi nombre…
—¿Qué pasa conmigo?
—Emma, eres alérgica. Podrías morir asfixiada. Bueno, entonces tendré que venir más a menudo a comer a tu casa.
—Siempre que quieras, ya lo sabes.
—Por cierto, la cita con Uriel ¿estás segura de que quieres ir tú? Antes he exagerado un poco. Podría intentar apañarle rápido una cita con cualquier perfil del portal. No quiero que te fuerces si no quieres hacerlo.
—Y a mí sí que me forzasteis tú y Mónica. Es que sois de lo que no hay.
—Nadia, contigo íbamos a usar al pobre Uriel para darle celos a tu Albert. Pero Mia no tiene necesidad de hacerlo.
—Fue mi idea. Estoy cansada de estar sola. Quiero compartir mi vida con alguien y no solo con mis dos gatos. Que sí, los quiero mucho y no podría vivir sin ellos. Pero ellos no me responden cuando les hablo.
—Si lo hicieran tendríamos un problema —soltó Nadia de repente y las tres nos echamos a reír.
—Quiero a alguien que esté en casa cuando llegue tarde del trabajo. Quiero conversaciones hasta las tantas de la mañana y quiero esa felicidad que sientes cuando sabes que puedes contar con esa persona para lo que sea.
—Pero sabes que no necesitas a nadie, para eso ya nos tienes a nosotras —dije tratando de sacarle esa idea de la cabeza. Esa idea de que la soledad se resuelve estando con alguien y ya está.
—Ya, pero no es lo mismo. Al final del día llego a casa y bueno…
—Está decidido, Mia irá a la cita de Uriel… Por cierto, ¿has visto ya su perfil?
—Sí. No está nada mal y además pone que le encantan los gatos. Él tiene una tortuga, se llama Lanson. Le gusta hacer senderismo. Y lo más gracioso: se ha atrevido a poner que llora con las películas ¿no me digáis que no es curioso?
A mí no me cabía duda de que si lloraba así con una extraña al teléfono lo haría viendo cualquier película o en cualquier circunstancia difícil en su vida. Es muy sensible.
—Al menos es sincero.
—Sí, eso fue lo que pensé —dijo Mia respondiendo a Nadia.
—Hablando de citas: ¿sabes ya el nombre de tu segunda cita?
—Jenna y Drake han tomado el control de mi vida. Ya ni siquiera puedo decidir yo. Así que mañana serán ellos los que anuncien a bombo y platillo en la web su nombre.
—Al menos es más emocionante de esta forma y sobre todo no vas a evitar hacer tus truquitos, que te conozco —dijo Nadia.
—Seguro que has sido tú la culpable. No puedes mantener tu bocaza cerrada —dije disgustada.
—Estoy defendiendo mi apuesta. No me quedaba más remedio.
—Ya veremos quién gana —dije devolviéndole la pelota.
—Me parece que llevo ventaja —dijo Nadia mientras dirigía su mirada a la nota apoyada encima de la isla.
—Te estás marcando un farol.
—Solo lo sabrás cuando la leas —dijo Mia.
—Vale, lo haré y os dejaré como las embusteras que sois.
Me levanté de la silla y avancé con seguridad hasta allí. Cogí la nota y me giré despacio, asegurándome de que pudieran verme.
—Te recuerdo, Emma, que tienes que abrir los ojos para poder leerla.
Nadia, como siempre tan perspicaz. Simplemente los había entornado un momento.
Estuvo fea la despedida ¿tendrías que haberme invitado a entrar? Al menos para tomar un refresco.
PD: No te creerás de que estaba llena esta caja antes de enviártela: de muchos «sentimientos».
—Qué asco —lancé el trozo de caja sin pensarlo dos veces.
Mia y Nadia explotaron en una sonora carcajada y no pararon de imitar mi gesto durante el resto del día.
¿Dónde estás Mónica? Necesitamos una persona como tú que ponga algo de cordura entre tanta locura.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 18
Y así empezaba otra semana, fundiéndose en esa inercia casi idéntica a la de cualquier otro día de oficina. Llevaba una falda azul oscuro y una blusa negra con bordados en las mangas, cuyos puños se ajustaban perfectamente a mis muñecas. Mi pelo recogido en una trenza me había quedado bastante mono.
La nueva cita se anunciaría en unas pocas horas en la web oficial del portal YouLoveMe como si se tratara del evento del año. No habían tenido esta avalancha de visitas y suscripciones en su página nunca. Todo lo sucedido estas últimas semanas era un soplo de aire fresco. Lo notaba en el ambiente, que cada vez se sentía menos cargado, y esa ligereza empezaba a gustarme. Incluso el guardia de seguridad, que siempre miraba hacia otro lado cuando pasaba, me había saludado al entrar. Ya en el ascensor, lleno, como de costumbre, escuché risitas y comentarios en susurro que me resultó imposible ignorar.
—¡Es ella!
—Qué suerte poder salir con Ray Donovan. Todas las chicas de la quinta y la sexta planta se mueren por sus huesos.
—No entiendo cómo ella lo ha podido rechazar. ¿Es que se ha vuelto loca o qué?
Hacía siglos que no escuchaba un juicio tan preciso sobre mi persona. Y no tenía nada que ver con Ray Donovan, sino con mi decisión de aceptar esta sección. Sin duda, debí sufrir un ataque de locura temporal cuando dije que sí.
Una de ellas me miró y le devolví la mirada con un leve asentimiento al salir del ascensor.
Hoy en día, la mayoría de las mujeres buscan solo dos cosas en un hombre: atractivo y sexo. Y lo peor es que, al final del día, a todo eso lo llaman «amor». Por Dios, ya ni siquiera es romántico, ni se parece a las películas; no hay una conversación interesante de por medio, ni ese lento pero seguro juego de la seducción.
El portal de citas YouLoveMe al menos buscaba ese otro amor, en el que de ninguna de las maneras creía, pero que prefería sobre este otro amor instantáneo. Había algunas excepciones, como por ejemplo, mi amiga Mónica. Pero es que ella era la excepción en todo.
—¡Ya está aquí nuestra querida, Emma! —exclamó Jenna nada más verme llegar.
—¡Yuju! ¿Qué celebramos?
—Hemos superado las cien mil visitas al portal gracias a tu artículo —continuó Drake—. Jenna y yo estamos aquí para hacer dos anuncios muy importantes.
«Dios, si existes, solo te pido una cosa, que no sea sobre el artículo que llevo yo».
—Es sobre el artículo que está llevando Emma. Creemos necesario que alguien la acompañe en todo momento para no perder detalle de la entrevista, los preparativos de la cita y el artículo. Tras hablar con varios de vosotros esta última semana, creemos que la persona más indicada es…
«Lilian, no, Lilian, no».
—Lilian.
El resto de los compañeros empezaron a aplaudir fervorosos. Ni que fuera esto la final de los playoffs de la NBA. No entiendo cómo ella, que me odia, puede aceptar algo así. Yo estaría ahora mismo renunciando a mi trabajo si estuviera en su lugar. Sin embargo, Lilian parecía tan contenta.
—En cuanto a la próxima cita de Emma ya podéis consultarla en nuestra página oficial. Su nombre ha sido publicado hace unos instantes. —La voz aguda de Jenna había ido crescendo durante todo su discurso.
Al terminar, el par de enamorados me miraron y dijeron:
—Cualquier cosa que necesites, estamos aquí —dijo Drake.
—Ni lo dudes —apuntó Jenna.
Fue otra mirada, mucho menos inocente, la que encontré cuando llegué a mi mesa.
—Ahora que vamos a trabajar juntas no quiero que la fastidies. Esto es una oportunidad increíble para mí y pienso aprovecharla, ¿has entendido?
La revenida me estaba dando lecciones nada más empezar el primer día de su recién estrenado puesto de asistenta.
—A-sis-ten-ta. Eso es lo que serás a partir de hoy. Me traerás el café, tomarás notas durante las entrevistas y si te portas bien a lo mejor te dejo poner una nota al final del artículo.
Se levantó de su silla y dijo:
—Ahora yo te cubro las espaldas, así que ten cuidado, no vaya a pasar algo cuando menos lo esperes.
Su amenaza me pilló desprevenida. Sabía que era una revenida aprovechada, pero esto…
—Entiendo que no has dejado a tu novio y eso perjudica tu salud psicológica. Yo si fuera tú me lo haría mirar.
Solté eso para no achantarme. Por mí, le hubiese ofrecido que fuera ella a las citas, escribiera los artículos y se quedara para ella solita a Ray. Ella y todas las mujeres que había pillado desprevenidas poniendo caritas a la foto donde salíamos Ray y yo que aparecía al final de mi artículo.
En la pantalla de mi ordenador vi el siguiente anuncio:
El portal YouLoveMe anuncia quién será el nuevo acompañante de Emma Revol en su próxima cita:Terry Jones
¿Tenía de verdad la suficiente curiosidad para saber de quién se trataba? No. Pero mi nueva y flamante asistenta barra, rompepiernas Lilian, ya había preparado un pequeño dosier en el que aparecían todos los detalles de mi cita.
—Es bastante guapo.
—Te lo regalo —respondí cerrando el dosier.
—Yo ya tengo novio, bonita, no como tú.
—Sabes que el felices para siempre no existe…, es todo una mentira.
—Lo dirás por ti.
Y por ti, pero ya te darás cuenta algún día y entonces vendrán los lloros.
Atendí llamadas y correos, y con Lilian fijamos la hora de la entrevista de mañana con Terry Jones. También se acordó que ella, junto con Margot, la entrevistadora de YouLoveMe, cerrarían los últimos detalles del contenido. Me preocupaba el lugar de la cita: no quería que se repitiera lo ocurrido en la primera con Ray. Confiaba en que YouLoveMe lo gestionara, pero conocía a Ray; tarde o temprano habría convencido a Jenna y Drake para elegir él el local. Necesitaba tenerlo todo bajo control.
Decidí que, después del parón para comer en la cafetería más cercana, iría al templo del horror y discutiría este asunto con Jenna.
Suelo comer con Cathy, la recepcionista de la novena planta, pero a esa hora dudaba que apareciera. Así que pedí para mí una ensalada de huevo.
Mientras comía, revisé el correo y encontré varios comentarios del artículo de mi cita con Ray. La mayoría celebraba la idea y me deseaban suerte en la búsqueda del amor; otros habían llegado hasta allí por sus novias:
Carman85:
Mi novia está enganchada a esta nueva sección. Siempre está hablando de YouLoveMe, así que he querido conocer de qué se trataba. Parece una idea genial, pero ¿cómo podemos confiar que Emma nos está contando la verdad? Podría ser todo un montaje. Al final nos dirá que ha encontrado el amor y es lógico. Todo está preparado para dar publicidad al portal de citas para el que trabaja.
A ese comentario le habían seguido muchos otros del mismo estilo. No pude resistirme y al final acabé respondiendo.
Emma Revol:
Hola, Carman85: He leído su mensaje y puedo asegurarle que en mis artículos me limitaré a mostrar la realidad de las citas. Si al finalizar la sección en diciembre no he encontrado el amor, lo diré abiertamente, como cada domingo. Espero que siga disfrutando de esta sección tanto como su novia. Un saludo.
—Qué concentración. ¿Estás planeando algún encuentro secreto que no sabemos?
Miré hacia arriba y me encontré con la sonrisa encantadora de Cathy. Tenía una media melena de un tono rojizo que caía justo debajo de sus orejas. Sus ojos grandes y azules estaban siempre cubiertos por unas gafas redondas de metal color rosa. Solía vestir siempre camisas de pico anchas que moldeaban su figura regordeta y unos pantalones negros de vuelo.
—Debería, en lugar de dejar que YouLoveMe decida las citas por mí. Pero no es eso. Estaba aclarándole a un lector varios puntos en los que desconfía.
—¿Qué dice el comentario? —dijo mientras dejaba el bolso en el respaldo de la silla.
—Muchos no se creen que vaya a hacer mi trabajo con profesionalidad. Consideran que al estar trabajando en un portal de citas estoy obligada a mentir en caso de no encontrar el amor.
—Y llevan toda la razón. Mentirás, ¿verdad? No puedes dejar mal a Jenna y Drake. YouLoveMe perdería toda su credibilidad.
Yo misma me había hecho esa pregunta miles de veces. Sabía que estaba en una situación complicada. Era mi conciencia o mi trabajo.
—Cathy, tú ya sabes que no creo en el amor. Jenna y Drake lo saben. Me conocéis. Sabéis que para mí es imposible romper la confianza del lector. ¿En qué me convertiría si lo hiciera?, ¿qué le estaría diciendo a mi yo del futuro que desea con más fuerzas que nadie poder dedicarse al periodismo de investigación? Que todo vale.
—Cariño, ya lo sé, pero el mundo desgraciadamente no funciona así. Y si quieres sobrevivir en él, tanto en YouLoveMe como de periodista de investigación en cualquier periódico, tendrás que hacer cosas que no te gustan. Pero bueno, cambiando de tema, ¿sabes lo que se comenta en mi planta?
—«¿Cómo se le ocurre a Emma rechazar a Ray Donovan? Es que no lo entiendo. Con lo guapo, atractivo y sexy que es. Yo le hubiese hecho de todo si hubiese estado en su lugar». ¿Algo así?
—Uyy, qué enterada estás de todo.
—En este trabajo nadie se corta un pelo.
—Eso es verdad —dijo riendo—. A ver si has escuchado esto también. Se comenta y se rumorea que lo has rechazado por el contenido de lo que había en la caja que mencionaste en el artículo. Ya sabes que nunca me creo nada de oídas. A la gente le gusta mucho inventar.
—La caja estaba vacía —dije interrumpiéndola.
—No me lo puedo creer…
—Solo había una nota pegada en la base.
—¿Y lo rechazaste por ese motivo o pasó algo más durante la cita que no has revelado en el artículo?
—¿Qué te hace pensar eso? —Me estaba empezando a sentir algo nerviosa ¿se me notaría?
—El tono del artículo en general es positivo. Parece que la cena estuvo bien. Que el espectáculo erótico acabó no siendo lo que esperabas y eso es algo bueno. Te llevó hasta casa y fue amable contigo en todo momento, ¿me equivoco?
—No —dije aclarándome la voz.
—Entonces, tuvo que pasar algo más. No puede ser que simplemente por esa nota acabaras rechazando una segunda cita con él. —Bajó el tono hasta convertir nuestra conversación en un secreto entre las dos.
No se lo había contado ni siquiera a mis mejores amigas.
Sabía que Nadia me diría que solo estaba poniendo obstáculos en mi camino para ganar la apuesta.
—Puede ser que cuando me referí al apretón de manos…, bueno…, que…, este fuera un poco más largo. Y también que no apartara mi mano tan rápido como me había decidido a hacer y…
—¿Y qué…? Por el amor de dios, Emma, no me dejes con esta intriga.
—Pues que…intentó besarme y…
—¿Y…?
—Puse mi bolso de Ralph Lauren entre medias de su cara y la mía y subí hasta mi piso corriendo.
—¡Jajajaja! —Su risa ya se oía por todo el café.
—Cathy, nos está mirando todo el mundo. Cuando vuelva al trabajo se va a haber enterado medio edificio de esto y entonces…
—No pasa nada. Es gracioso, deberías haberlo añadido al artículo. Le habría dado un puntazo muy bueno.
—Claro, ¿y cómo justifico mi rechazo después del bolsazo que le di en toda la cara?
—Ahí llevas razón.
—Así que lo rechazaste porque te gusta mucho.
—No, lo rechacé porque… —En ese momento tuve la sensación de que toda la cafetería estaba pendiente de mi respuesta —. Porque es un chulo, un provocador y un listillo. ¿Te parecen suficientes motivos? —dije en un susurro.
—Si te lo parecen a ti… Pero es que es tan guapo. ¿Por qué no le das otra oportunidad?
—¿Qué os pasa a todas con Ray? Ni que fuera Brad Pitt.
—No sé, tiene un magnetismo especial. Si yo estuviera en tu lugar…
—Si yo estuviera en tu lugar nada, Cathy. El tema se ha acabado. Ray está fuera de mi lista de próximas citas y punto.
—Soy una tumba —dijo, mientras hacía el gesto de cerrarse la boca con una cremallera invisible.
Eso esperaba, porque si esto salía a la luz, tendría carcajadas y miraditas por todos lados durante un mes, que digo un mes, un año. No solo en mi oficina, sino también en el edificio entero. Y eran cincuenta plantas.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 19
— Entrevista Cita Terry Jones—
Periodista (YouLoveMe): ¿Está listo para empezar?
Terry Jones: Cuando quieras.
Periodista (YouLoveMe): Cuéntanos un poco sobre ti. De dónde eres, tus aficiones y últimas relaciones.
Terry Jones: ¿Puedo fumar mientras hablamos?
Periodista (YouLoveMe): Está prohibido fumar en el interior del edificio.
Terry Jones: Nadie lo sabrá, solo estamos tú y yo.
Lilian: No has escuchado a mi compañera. Está pro-hi-bi-do. ¿Entiende?
Terry Jones: ¿Es siempre así? ¿Cómo te llamas?
Periodista: Asiente.
Lilian: (Eleva el tono) Lilian.
Terry Jones: Encantado. ¿Sabes lo que necesitas Lilian?
Lilian: (Enfadada) ¿Qué?
Terry Jones: Uno de estos.
Periodista (YouLoveMe): No está permitido fumar y, mucho menos consumir sustancias ilegales.
Lilian: (Risas) Parece que la selección de las citas de Emma las estoy haciendo yo.
Terry Jones: ¿Cree que soy un mal partido porque fumo?
Lilian: No, porque eres un fumeta, que es bien distinto.
Periodista (YouLoveMe): Cuanto antes acabemos la entrevista podrá salir a fumar sus c…
Lilian: (Interrumpe) Venga, Terry, ya conocemos sus aficiones y ahora cuéntenos de dónde viene y a dónde va. Aunque no puede ser muy lejos con estas pintas (Susurra a su compañera).
Terry Jones: Tengo 27 años. Soy músico. Y no he tenido relaciones estables hasta ahora.
Periodista (YouLoveMe): ¿Por qué?
Lilian: (Susurra a su compañera) No es difícil de imaginar.
Terry Jones: Siempre estoy de un sitio a otro dando conciertos.
Lilian: (Mirando el teléfono).
Periodista (YouLoveMe): ¿Por qué se registró en YouLoveMe?
Terry Jones: Lo hice hace varios meses. De hecho, me sorprendió que me contactaran después de tanto tiempo.
Lilian: Es famoso. Mira, mira (Señala algo en el móvil a su compañera).
Periodista (YouLoveMe): Disculpe la interrupción. ¿Por qué después de tanto tiempo ha decidido aceptar esta cita?
Terry Jones: Porque me llamó la atención Emma. Creo que podríamos ser buenos amigos.
Lilian: Esto no va de buscar amigos, Te-rry. Si no de buscar el amor.
Terry Jones: Y qué pasa, Lilian, que los amigos no se pueden enamorar…
Lilian:…
Periodista (YouLoveMe): Para terminar, nos gustaría saber si cree que se puede encontrar el amor en un portal de citas.
Terry Jones: No.
Periodista (YouLoveMe): ¿No?
Terry Jones: No
Lilian: Sabes que vas a tener que hacer maravillas para sacar algo de provecho de esta entrevista.
Periodista (YouLoveMe): Necesito un milagro.
Lilian: ¿Qué les pasa a todos los famosos? ¿Por qué están todos colgados?
Periodista (YouLoveMe): La fama, Lilian, que es muy complicada.
La sonrisa que anunció la llegada de Lilian tras la entrevista no auguraba nada bueno.
—¿Qué tal ha ido?
—De miedo.
Y después puso esa cara de revenida, pero acompañada de una sonrisa maliciosa.
Debería haber acudido a Margot, que se había encargado de la entrevista, pero al final no lo hice. En cualquier caso, tenía que ir, así que era mejor no darle vueltas a lo que hubiera ocurrido ahí dentro.
Durante toda la tarde, y hasta que puse un pie en el restaurante de la cita, estuve a punto de llamar a Monica para pedirle uno de sus consejos. Pero me contuve; era mejor no molestarla. Si Lilian lo había odiado, significaba que Terry sería el candidato perfecto.
En cuanto vi el restaurante que había elegido, supe que mi aspecto era el adecuado para el ambiente.
Estaba lleno y con ello me refiero a rebosar. ¿Dónde se supone que nos íbamos a sentar?
No había nadie en la entrada, así que eché un vistazo y me dirigí hasta la barra donde se podía ver a los cocineros preparando el sushi.
—Buenas noches. Tengo reservada una mesa para dos.
El hombre me miró y luego miró a su compañero.
Ninguno de los dos abrió la boca. ¿Es que no sabían inglés? Por puro instinto, empecé a hablar en un japonés algo oxidado que recordaba de mis años universitarios.
—Kon’nichiwa……Wata…shi no tame…yoyako…no, espera. Yoyaku ni sa reta ehhh… tēburu…tēburu.
Los hombres me volvieron a mirar y no dijeron nada.
Empecé a repasar mentalmente lo que acababa de decir.
—Era…ni yoyaku sa reta tēburu.
—Nuestra amiga dice que tiene reservada una mesa —dijo un hombre que estaba sentado en la barra.
—Su nombre, por favor.
Pero si hablan inglés mejor que yo. Que ridículo más espantoso acababa de hacer.
—Emma Revol.
Una mujer se acercó a mí y me indicó dónde estaba mi mesa.
Mi cita estaba esperándome. Llevaba puesto un sombrero marrón, como si fuera un cowboy y barba de tres días. No se había quitado las gafas de sol a pesar de que no era de día ni estábamos en la calle y en sus labios sostenía un cigarrillo apagado. Era todo un primer encuentro.
—¿Terry?
—En persona —dijo sobresaltado. Se apartó las gafas y pude ver sus ojos azules, pero no tardó en volver a ponérselas enseguida.
Su cara me era familiar, pero no sabía de qué.
—¿Estabas durmiendo? —pregunté nada más tomar asiento.
—Descansaba la vista. Esta luz es muy molesta.
Pasaron los minutos y me dio la impresión de que volvía a dormirse. Pero si solo habían pasado unos segundos. El cigarrillo se le estaba cayendo de la boca cuando la mujer nos interrumpió.
—¿Saben ya lo que van a tomar?
—Una cerveza.
—Otra para mí —dijo desperezándose.
Ahora podía entender la risita de Lilian.
—Últimamente no duermo nada por la gira.
—¿Eres músico?
—Batería del grupo Machine Killer. No quiero que te pongas a gritar como una fan histérica.
No soy ese tipo de persona.
—¿Por qué te has registrado en YouLoveMe?
—¿Por qué no?
Se me ocurrían bastantes razones.
—Tendrás una legión de fans que te persiguen allá dónde vas.
—Por eso mismo. Necesito que al menos por una vez sea yo el que elijo. Como la cita contigo. Creo que podríamos ser buenos amigos.
—Vale…ok.
Me seguía pareciendo rarísimo tener a un famoso en una cita de mi sección.
—Voy a fumármelo y vuelvo enseguida. Si quieres puedes acompañarme.
—Te espero aquí.
Ahí fuera hace un frío de mil demonios.
—Ves, eso es lo que me gusta de ti. Otras no hubiesen dudado en decir que sí. Eso mola.
Me dedicó una sonrisa antes de alejarse con el cigarrillo todavía colgando de los labios.
Era increíble estar cenando con un famoso, pero estaba un poco colgado.
La cena fue mejorando, aunque era raro estar mirando toda la noche a unas gafas de sol negras. Además, empezaba a sospechar por el olor que lo que se estaba fumando no eran cigarrillos.
—¿Estás bien?
Era el mismo hombre que me había visto hacer el ridículo más espantoso de mi vida al llegar. Miré hacia afuera; a través del cristal, se veía a Terry fumando por tercera vez en lo que iba de noche.
—He tenido noches mejores.
Se sentó en el sitio de Terry.
—Mi nombre es Mike —dijo ofreciéndome su mano.
—Encantada. Emma.
—Bonito nombre.
—Gracias.
—Tu japonés es bastante bueno.
—¿Por qué nadie dijo nada antes? —pregunté avergonzada.
—Porque no les diste tiempo. Tenías que haber visto tu cara. Estabas intentándolo con todas tus fuerzas.
Por primera vez en la noche tenía una persona a la que podía mirar a los ojos y no estaba dormitando cada dos segundos.
—¿Estás saliendo con él o es solo un amigo?
—Solo un amigo.
Pareció aliviado por mi respuesta.
—¿Qué hubieses hecho si te hubiese dicho que era mi novio?
—Sayonara.
—Habría sido original y muy acorde con el lugar.
—Habría sido perfecto —apuntó y ambos empezamos a reírnos.
—¿Tienes algún discurso preparado para cuando aciertas?
—«Mañana a las ocho» sería muy directo, ¿verdad?
—Un poco.
—Ah, lo sabía —dijo con una sonrisa, antes de clavar en mí aquellos ojos verdes.
—Por eso te dejaría elegir a ti la hora y el lugar.
—Amable, eso está bien.
—Todavía mejor. Escribiré mi nombre en una nota y, sin que te des cuenta, la meteré en tu bolso. Luego quedará en tus manos decidir si quieres que ocurra.
Miré a mi bolso.
—Emma, no lo he hecho todavía. Solo quería ver tu reacción.
—Muy gracioso.
—Mi nombre es Michael James Spencer. Espero que eso sea suficiente para que me encuentres.
En cuanto terminó de pronunciar su nombre, se levantó. En ese mismo instante, me llegó el olor a hierba de mi amigo Terry.
—Ya estoy de vuelta.
Busqué a Michael con la mirada y lo vi abandonar el restaurante.
—¿De qué te ríes?
—Umm, de nada.
«Michael James Spencer», me repetí para no olvidarlo.
— 3er artículo—
YOULOVEME
El Nombre del Amor
Por Emma Revol 01 de noviembre
Os presento a Terry Jones. Muchos de vosotros —a diferencia de mí— lo reconoceréis a la primera por ser el batería de la banda Machine Killer.
Terry Jones: sombrero de cowboy y unas gafas de sol tan oscuras que me impidieron descubrir qué se escondía detrás del personaje. Pero fue, sobre todo, ese cigarrillo que sostuvo entre sus labios desde que llegué —y que no se separó de ellos durante toda la noche— lo que lo mantenía completamente alejado de mí. Cuando no dormitaba entre nuestras breves conversaciones, salía del restaurante para fumar.
Estaréis pensando: «¿Cómo has podido rechazarlo?» Otros, en cambio, diréis: «Yo me habría ido mucho antes; no sé cómo aguantaste tanto».
A los primeros debo reconocerles que yo también lo lamento. Habría sido realmente interesante conocerlo mejor, pero no tuve esa suerte. Sin embargo, para los que penséis lo segundo, tengo un motivo que os habría retenido allí tanto como a mí. Ese motivo se llama MJS, o como lo conoceréis en mi futura cita: Michael James Spencer.
Debo decir que nos conocimos de la forma más extraña y divertida que hubiera podido imaginar. No sé por qué, cuando pregunté por mi reserva y no obtuve respuesta, creí que lo mejor sería intentar «hablar» japonés —un japonés de unas pocas clases universitarias que ya casi había olvidado— para preguntar por mi mesa.
Si no hubiese sido por él, habría seguido haciendo el ridículo de la forma más bochornosa posible. Gracias a Dios, me interrumpió y terminó con aquel espectáculo.
Pasó una hora desde aquel incidente hasta que mi cita, Terry Jones, decidió salir a fumar por tercera vez. Fue entonces cuando, sin perdón y sin permiso, Michael se sentó en mi mesa. Siempre imaginé que, en una situación así, mi reacción sería levantarme indignada y mostrarle la salida al intruso. Pero no fue así.
La conversación no fue larga, pero sí suficiente para captar toda mi atención. Tras descubrir que mi cita era un desastre, fue directo al grano de la forma más intrigante posible. Así, logró sacarme una sonrisa en una noche que yo solo quería que terminase cuanto antes. Se despidió con una última frase: «¿Tienes buena memoria? Mi nombre es Michael James Spencer».
No lo había olvidado, pero la nota que me entregó la camarera cuando me marchaba del restaurante me confirmó que él tampoco quería que lo hiciera:
Nota: Solo por si te olvidabas. MJS.
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Comentario tras la cita de Emma Revol: ¿Quién es Terry Jones?
Comentario tras la cita de Terry Jones: ¿Dónde estoy?
(Foto de archivo)
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 20
Era la segunda vez que un desconocido se cruzaba en mi vida de forma inesperada y terminaba siendo mi siguiente cita. Y, sin embargo, era la primera vez que sentía que podía funcionar. Con Ray todo era complicado: un conquistador incapaz de estar con una sola mujer. Pero con Mike era diferente: un hombre que sabía lo que quería e iba a por ello.
Mi cita no tendría un perfil en YouLoveMe, pero ¿era eso lo más importante? La seña de identidad del portal era dejar que las cosas ocurrieran de forma natural, con esa espontaneidad que no se puede programar.
«El artículo ha sido publicado correctamente», anunció la página web.
Ya estaba hecho. Respiré hondo y salí de mi habitación para echarme más café en la taza.
A estas horas, Monica estaría preparando el desayuno para las dos. La casa se despertaría con el aroma de tortitas con sirope y arándanos. Le daría un beso en la mejilla mientras ella maniobraba con la sartén, devolviéndome otro sin apartar la vista del fuego. Después, extenderíamos las esterillas en medio del salón para hacer yoga y acabaríamos enredándonos en todo tipo de posturas, envueltas en ese dulce olor a vainilla de las velas que había comprado en su tienda favorita. Y cuando llegara el momento de la relajación, yo acabaría dormida.
—Emma… Emma.
Me despertó el susurro de mi nombre y lo primero que vi al abrir los ojos fue su rostro sonriente.
—Siempre caes rendida.
—Es la música que pones. Es demasiado relajante.
Me ayudó a incorporarme y apartó mi flequillo detrás de la oreja.
—Tengo algo que contarte.
El silencio cayó de inmediato. Su mirada seguía fija en la mía.
Ya lo sabía. Lo veía venir desde hacía meses, aunque había querido engañarme. Solo teníamos veinticuatro años. ¿Casarnos? ¿Renunciar a toda la libertad que aún teníamos?
—Nada de lo que pase en unos meses cambiará nuestra amistad ¿entiendes, Emma?
Y mi mente se fue a otro recuerdo.
Estaba sobre la cama. Mis manos apretaban la manta con tanta fuerza que las uñas se clavaban en la palma. Quería que ese dolor sustituyera al otro, el que me oprimía el pecho incluso en sueños.
—¡Monica! —Apenas me salía la voz —. ¡Monica!…
Sus pasos cruzaron el pasillo sin detenerse. Cuando abrió la puerta, se quedó inmóvil. Era la primera vez que me veía así.
Se acercó, me tocó la frente y después cogió mi mano.
Estaba fría.
—Mírame, Emma. Solo mírame.
La miré.
—Quiero que me digas qué ves.
Al principio me costó. Las palabras salían rotas. Después, poco a poco, empezaron a ordenarse.
Su mano no se apartaba de la mía. Firme. Constante. Y la tensión empezó a ceder.
—Sigue, Emma.
Pasaron unos minutos y mi respiración volvió a su ritmo normal. Su rostro también estaba más sereno.
Me incorporé. Ella fue a la cocina y volvió con un vaso de agua.
Lo bebí de un trago y la miré.
—Es por tu madre, ¿verdad?
Asentí y me abrazó.
Era nuestra primera semana viviendo juntas y aquella pesadilla ya me había dejado paralizada.
—Lo siento Monica, no sé qué decir…
—No tienes que decir nada. Soy tu mejor amiga. Estoy contigo, pase lo que pase.
Mi cita ya estaba decidida de antemano, y eso me alegraba porque evitaba todo el espectáculo de la semana anterior.
Ahora venía lo más difícil de mi trabajo: lidiar con mi asistenta, Lilian.
—Se va a convertir en costumbre hacer lo que te da la gana. Ni siquiera respetas tus propias reglas. Los lectores lo van a notar y entonces tendremos un problema.
—Jenna y Drake están de acuerdo conmigo en que esta forma de proceder da más naturalidad a la sección. Si todos fueran como Terry Jones tendríamos un problema.
A Lilian se le escapó una sonrisilla mientras se giraba hacia su ordenador.
—¿Se puede saber de qué te ríes?
—De la mala suerte que tienes. No me puedo creer cómo acepta un músico famoso ir contigo a una cita y todo te sale tan mal. Tiene que ser por esa energía que desprendes que ahuyenta el amor.
Y volvió a reírse.
Jajaja. Qué graciosita.
—Como tú, que eres afortunadísima en el amor.
Y ya se ve por la cara de revenida que tienes
—Ya puedes ponerte con tu tarea favorita.
—¿Y esa cuál es exactamente?
—Te toca leer y responder todos los comentarios del artículo de ayer. Necesitamos estar en contacto con nuestros lectores. Que sientan que nos importa su opinión.
—Pufff….
—¿Qué ha sido eso?
—Nada.
—Además, quiero que pienses en ideas para destacar la sección en la página principal del portal. He leído varios comentarios que señalan que no la encuentran con facilidad.
Me detuve y la escuché maldecir.
—Ah, y además quiero propuestas de locales y que contactes a Mike….
—¿Quién es Mike? —dijo interrumpiéndome.
—Michael James Spencer, mi próxima cita —le aclaré —. Contáctalo y explícale en qué consisten las citas de YouLoveMe. Necesitamos que tenga perfil en nuestro portal. Ayúdale si le surge cualquier duda…Ah, e infórmale sobre la entrevista de mañana.
—¿Eso es todo? —dijo mirándome con el boli en la boca. Lo había utilizado para descargar la ira que no podía lanzar contra mí.
—Ummm… déjame pensar. —Estaba disfrutando cada segundo de aquello.
—Creo que sí…Espera…
—¿Qué? —dijo elevando la voz.
—Se te ha caído algo. —Empezó a mirar a su alrededor
—¿No lo encuentras? —pregunté, aguantándome la risa.
Se agachó, pero no había nada.
—Hay cosas que, por mucho que uno se empeñe, no se consiguen. Ten cuidado al levantarte, no quiero quedarme sin asistenta tan pronto.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 21
— Entrevista Cita Michael James Spancer—
Margot (periodista YouLoveMe): Buenos días, Mike. Mi nombre es Margot Swan. Como ya le hemos comentado anteriormente, esta entrevista saldrá publicada el viernes, dos días antes de la publicación del artículo de nuestra compañera Emma. Le recuerdo que esta entrevista cuenta con su consentimiento para ser publicada, así como también ha aceptado que se haga público lo que acontezca durante la cita. ¿Todo claro?
Mike: Sí.
Margot (periodista YouLoveMe): Pues entonces empecemos. Nos gustaría que nos hablara un poco sobre usted, sus aficiones, últimas relaciones y qué espera obtener de esta cita.
Mike: Mi nombre es Michael James Spencer. Tengo veintinueve años. He vivido toda mi vida en Nueva York. Actualmente me dedico a las finanzas. No es el trabajo de mi vida, pero paga mis facturas y para mí eso es suficiente. He tenido tres relaciones estables y las tres siempre han acabado de la misma forma, por infidelidades de mis exparejas. No soy bueno para las relaciones o quizás no doy con las personas adecuadas.
Lilian: ¿Y crees que tú pudiste fallar en algo para que tus relaciones siempre acabaran de la misma forma?
Margot (periodista YouLoveMe): Le presento a Lilian. Está aquí como asistente de Emma Revol para asegurarse de que todo se desarrolle correctamente. Si prefiere no responder, no hay problema, ya que se trata de una pregunta de carácter más personal.
Mike: Como todos en las relaciones, me imagino que cometí errores…
Lilian: ¿Pasaba tiempo en casa? ¿Demostraba a su pareja que la quería?
Mike: A veces, por temas de trabajo, estaba fuera durante varios días. Pero eso, ¿qué tiene que ver?
Lilian: Todo. Las relaciones son como las plantas: si no las riegas, se mueren. Y me imagino que por eso sus tres relaciones han acabado siempre de la misma forma.
Mike: ¿A qué viene esto?
Margot (periodista YouLoveMe): Disculpe a mi compañera, es que está algo nerviosa por esta entrevista.
(Susurro) Por Dios, Lilian, haz el favor de callarte. Acabas de llegar y vas a arruinarlo todo.
Lilian: Disculpe mi atrevimiento, Mike. No volverá a ocurrir.
Mike: ¿Me permite el atrevimiento ahora a mí?
Margot (periodista YouLoveMe): ¿A qué se refiere?
Lilian: Es a mí, Margot. Sí, claro, dispara.
Mike: ¿Estás casada? ¿Tienes novio?
Lilian: Novio.
Mike: ¿Le ha puesto usted los cuernos a su novio?
Lilian: (Se abalanza contra Mike).
Margot (periodista YouLoveMe): Lilian… ¿te has vuelto loca?
Seguridad: Venga con nosotras, señorita Lilian.
Lilian: (Levanta la voz) Para que lo sepas, mi relación no es de tu incumbencia. La tuya sí, porque has decidido hacerla pública.
Mike: (Levanta la voz) Eres como mis tres exnovias. Pones excusas a las infidelidades en vez de reconocer que has cometido un error y agachar la cabeza. Debería darte vergüenza.
Lilian: (Gritos) ¡Suéltenme, no soy ninguna delincuente!
Margot (periodista YouLoveMe): (Se aclara la voz) Le pido disculpas por todo lo que acaba de ocurrir. ¿Desea continuar o prefiere que tomemos un descanso?
Mike: (Suspira). Cuanto antes terminemos, mejor.
Margot (periodista YouLoveMe): Retomando nuestra conversación, me gustaría saber qué espera de la cita y si cree que Emma Revol y usted podrían hacer buena pareja.
Mike: Emma es una mujer fuera de lo común. No cree en el amor convencional, le gusta ver deportes de riesgo, aunque no los practica, algo que yo hago también (Rio). Además, es una chica preciosa.
Margot (periodista YouLoveMe): Para finalizar, me gustaría saber su opinión sobre la posibilidad de encontrar el amor en un portal de citas o redes sociales. ¿Cree que es posible?
Mike: ¿Por qué no? Lo único imposible es lo que no te propones.
—¿Te has propuesto acabar con esta sección en tan solo una semana?
Lilian me miró enfadada, pero no dijo nada.
Margot me escribió al terminar la entrevista con Mike y me contó todo lo ocurrido. Por suerte, él mismo había asegurado que no pensaba echarse atrás, a pesar del espectáculo que Lilian había montado durante la entrevista.
A las seis de la tarde estaba decidida a marcharme. Procuré terminar todo lo que tenía pendiente y, cuando ya tenía el abrigo puesto, dispuesta a salir, recibí una llamada de Mía:
—Emma, ya sé que estás en el trabajo muy liada, pero es urgente.
Su voz acelerada y nerviosa me puso en alerta.
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien? ¿Están los gatos bien?
—Sí, sí, ellos están perfectamente. Es que estaba pensando, mientras salía de clases de cocina, que no puedo hacerlo. Es que no sé en qué estaba pensando cuando le dije a Nadia que iría yo en su lugar. ¿Yo en una cita online con un desconocido? Es una locura.
—Pero si llevas meses apuntada a YouLoveMe. Qué mejor oportunidad que esta.
—Sí, ya, pero yo lo hice porque Nadia lo hizo. Me pareció buena idea en ese momento. Las dos estábamos solteras y tú acababas de empezar a trabajar ahí… pero.
—Ahora se ha convertido en algo real y no estás preparada.
—Llevo todo el día dándole vueltas. Y en las clases de cocina no sabes qué churro de plato me ha salido. Creo que no estoy preparada todavía para esto.
—Lo que pasó con tu exnovio no tiene por qué volver a pasar. Era un gilipollas y es bueno saberlo más pronto que tarde. Él te dejó plantada, sí, pero sabes que…
Una idea había empezado a crecer en mi cabeza y, conforme le daba vueltas, me pareció que no era ninguna locura.
—¿Por qué no hacemos una cita a cuatro? Tú con Uriel y yo con Mike. Así podremos estar juntas y no te sentirás tan cohibida. ¿Qué te parece?
—Citas a cuatro… eso no está permitido.— La pesada de Lilian había escuchado toda mi conversación con Mía.
—Disculpa un segundo, Mía.
—Lilian, ¿acaso he pedido tu opinión en algún momento? No, ¿verdad? Entonces…— Hice un gesto para que cerrara la boca.
—Y si digo que sí, ¿cuándo sería la cita?
—La planificaríamos para este jueves junto con mi cita. YouLoveMe se pondrá en contacto con Uriel para reorganizar la cita.
Oí el suspiro de Mía a través del teléfono.
—Esto no será perjudicial para tu cita, ¿verdad? No quiero crearte ningún problema.
Más de los que Lilian me estaba generado en un mísero día. Imposible.
—No pasa nada. Y si hace falta, muevo mi cita para hacerla coincidir con la tuya. Tú eres más importante que cualquier cita del mundo.
Escuché un pequeño llanto.
—Mía, no me digas que estás llorando.
—Es que te quiero tanto.
—Yo también te quiero, y ahora tranquilízate. Avísame cuando llegues a casa.
Metí el móvil en mi bolso y miré a Lilian para tener su atención.
—Lilian, quiero que replanifiques la cita de Mía Martín y Uriel West para el jueves a las ocho en el mismo restaurante al que iré yo a cenar con Mike. Indica que la reserva es para cuatro.
—No lo voy a hacer. En la sección quedó claro que las citas eran a dos. Si tienes algún problema tendrás que ir a hablar con Jenna y Drake.
Me hablaba con un tono pausado y tranquilo que nunca había utilizado antes. Imitando su tono, dije:
—¿Sabes lo que pasará si hablo con Jenna sobre lo que ha pasado esta tarde en la entrevista?
—No, por favor— dijo acelerada.
—¿Qué vas a hacer entonces?
—Reserva para cuatro en el mismo restaurante.
—Perfecto. Si surge cualquier problema con la reserva, infórmame y ya veré qué hacemos.
Ella asintió, aunque en su mirada se podía ver que no podía soportar que le diera órdenes.
—Hasta mañana.
—Que pases buena tarde.
Por primera vez sentía que esta sección también podía tener sus cosas positivas.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 22
Me habría gustado ver a mi padre antes de la cita. Lo llamé a media tarde, al salir del trabajo, con la idea de pasar por su casa, llevarle comida y saber cómo había pasado la semana. Se lo prometí la anterior y tampoco cumplí. A las siete volví a intentarlo para asegurarme de que estaba en casa y no hacer el trayecto en vano. Tras cinco tonos y varios intentos, saltó el contestador:
—Soy el grandullón de Gerber, si desea dejarme un mensaje espere a que termine de hablar. Ahora… ya… ahora sí que sí. Papá, ¿quieres dejar de jugar con el móvil?
De camino a su casa mi móvil empezó a sonar. Se trataba de Lilian.
—¿Todo bien?
—Estupendamente, por eso te llamo —dijo con ironía.
—Dime lo que tengas que decirme ya, tengo prisa.
—Mike ha cancelado su cita hace una hora desde su perfil. ¿Qué hacemos ahora? La reserva ya está hecha para cuatro y lo peor, ¿de quién se supone que vas a escribir el domingo? Estamos a jueves, ya no queda tiempo para organizar una cita con otro perfil, hacerle la entrevista y reservar un local libre y medianamente decente.
Lilian puso todo sobre la mesa de la forma más cruda y realista posible. Parecía tan o más preocupada que yo porque todo saliera bien.
No me quedaba más remedio que volver al trabajo y tratar de solucionar todo este lío antes de que mi artículo del domingo se basara en unas disculpas por mi incompetencia y la de mi nueva asistenta.
—Vamos a hacer una cosa. Estoy yendo de vuelta al trabajo. Necesito que averigües dónde vive Mike o consigas su número de teléfono y te pongas en contacto con él. ¿Están Jenna y Drake todavía por ahí?
—No he visto a nadie salir de su despacho, aunque puede ser que tampoco me haya fijado cuando lo han hecho. Llevo media hora tratando de resolver esto.
—Da igual. Haz lo que te he dicho, yo voy a tratar de ponerme en contacto con ellos. En cuanto tengas algo me dices.
—¿Y si no me responde?
—Lilian, yo confío en ti. Sé que puedes conseguirlo.
Era una arenga para animarme a mí misma.
Cuando le colgué, busqué el teléfono de Jenna y la llamé, pero estaba comunicando. Llamé a Drake y me respondió al momento:
—Hola, Emma lover.
¿Por qué me llamaba lover? ¿Sería esto culpa de Ray? No tenía tiempo ahora para ponerme a discutir con él por mi estúpido apellido y menos…
—Estamos supercontentos contigo, ¿lo sabes, verdad? Jenna y yo estamos celebrándolo ahora mismo ¿te apuntas?
—Drake, ¿estás bien?
—Yo, pues claro. Hay aquí una chica que quiere hablar contigo, espera un momento que te la paso.
—Ay mi querida Emma, estamos tan felices Drake y yo por haberte contratado. Aunque al principio no confiábamos nada en ti. Una persona que no cree en el amor trabajando para un portal de citas de amor… ¿Qué nos bebimos Drake y yo para contratarte?
Lo mismo que ahora, atontados. Pero atontados de verdad. Estaban como una cuba y eran las siete de la tarde. Antes de que continuara con toda su verborrea de borrachines, la interrumpí bruscamente.
—Jenna, Mike Spencer, mi cita de esta noche, acaba de cancelarla.— Pegué mi teléfono todavía más a mi oreja y tras unos segundos lo único que escuchaba era ruido de fondo de música y gente hablando.
—Emma, no se escucha nada. Mañana hablamos. Disfruta mucho de tu cita, lover. Y no se te olvide el besito de buenas noches —dijo Drake.
—Drake, no cuelgues…— Pero lo hizo y ahora todas mis esperanzas estaban puestas en la persona que más odiaba de todo YouLoveMe, Lilian Rice.
Eché el último vistazo a mi estilo frente al espejo del baño. Labios rojos, pelo alisado y un mono negro con cuello de pico, y para terminar unos tacones en tono gris oscuro.
Lo hice todo en un tiempo récord con el último mensaje de Lilian en mi cabeza repitiéndose sin cesar:
Lilian: Mike estará a las ocho en el restaurante como yo me llamo Lilian Rice. Así que vete arreglando o llegarás tarde.
Al colgar, pensé que estábamos perdidas. Mis jefes borrachos, en algún pub sabe Dios dónde y Lilian intentando convencer a la persona que le había montado un pollo sin venir a cuento durante la entrevista. Pero, por alguna extraña razón, el tono de su mensaje me hizo creer que podía conseguirlo.
Nadia silbó al verme entrar en el salón donde ya me esperaba junto con Mia, que también estaba preciosa. Su vestido sin mangas de crêpe en azul marino, adornado con un cuello repleto de abalorios y unos tacones negros que se ajustaban al tobillo. Era su conjunto favorito y más caro.
—Qué envidia me dais—. Nadia nos miraba en pijama desde el sofá con ojitos de cordero degollado.
—Gracias a ti Emma al menos me consolaré con la enorme palomitera que le regalamos a Mónica. Podré ponerme como una vaca y ya ningún hombre me querrá. Seré una desgraciada con razón. Llenaré mi casa de perros y gatos y viviré para cuidarlos. Además, el fin de semana trabajaré en urgencias, tengo que empezar a compensar tanta desgracia. Ah, qué vida más dura.
—A mí no me parece una vida tan mala— dijo Mia —. ¿Trabajas el sábado?
—Doy mucha pena. Vosotras al menos saldréis esta noche, pero yo ni eso. Necesito a Monica. La he llamado mil veces, pero no me coge el teléfono. ¿No se supone que debía estar ya en el avión de regreso a Nueva York?
—¿Y cuánta cobertura crees que se tiene en un avión, genia?
—En el que ella viaja de la más alta calidad, pa´ que te enteres.
—A ver, chicas, tranquilas.— ¿De verdad me estaba tocando hacer de Mónica? Porque ahora mismo tenía otras preocupaciones más inminentes.
—Mia, coge el bolso y ve saliendo de casa y tú, haz el favor y llama ya a Albert porque los dos os morís por daros una cuarta oportunidad. ¿Por qué te piensas si no que anda todo el día llamándote? ¿Realmente crees que es porque quiere ser tu amigo?
Nadia hizo un puchero y no dijo nada.
—Pasadlo bien y no bebáis mucho que mañana os quiero bien despejaditas a las dos para contarme todos los detalles.
Un taxi, veinte minutos de trayecto y un móvil que no registraba ninguna llamada ni mensaje desde hacía una hora, cuando recibí el último de Lilian. Por favor, que la revenida de Lilian haya hecho una cosa bien en su vida.
—Pareces preocupada ¿ha pasado algo que no sé?
—Según estudios, ¿cuántas posibilidades existen de que la persona que ha rechazado salir contigo a dos horas de la cita vuelva a aceptar?
—¿Uriel me ha rechazado y me lo cuentas ahora? Esto no puede ser. Si llevo mi vestido para triunfar. ¿Qué voy a hacer ahora? Voy a acabar como Nadia. Sola y con mi casa llena de gatos.
Empecé a reírme sin parar. No sé, si por su analogía entre una mala cita y una casa llena de gatos, o por mis propios nervios.
—Es mi cita quien me ha rechazado.— Mia se tranquilizó, aunque eso no evitó su cara de absoluto horror.
—¿Uriel viene?
—Sí, tranquila.
—¿Y Mike?
—Mike está en el banquillo y la entrenadora, Lilian, ha ido para ver si está en condiciones de salir a jugar el partido.
—¿Y cuántas posibilidades hay de que lo juegue?
En cuanto su frase fue pronunciada, el taxi paró y cuando Mia hacía el ademán de abrir la puerta, alguien se le adelantó.
—Buenas noches, señoritas.
Era Mike. Tenía esa misma mirada y una pequeña sonrisa amable se escapaba por las comisuras de sus labios.
Ayudó a salir del coche a Mia y luego me guiñó un ojo ayudándome a salir. Tenía una sonrisa perfecta, pelo rubio dorado y rizado que cubría algo su frente. Vestía elegante pero informal, con un jersey polo de lana en negro, unos pantalones en azul marino, zapatos elegantes en punta negros y cinturón en tono marrón.
—Hola de nuevo, Emma.— Su mano rozó la mía con total suavidad procurándome una caricia.
—Hola.
No reparé en Lilian hasta que Mia lo hizo haciéndome un gesto para que la mirara.
—¿Esa no es Lilian, la revenida de tu compañera?
Por hoy lo dejaremos en: heroína de la noche.
Dejé un momento solos a Mia y Mike charlando y me acerqué hasta ella.
—Me fastidia reconocerlo, pero estás guapísima.
—Gracias— dije realmente agradecida —. No solo por el cumplido, sino por haber conseguido traerlo hasta aquí. No sé cómo lo habrás hecho, pero me has salvado la vida.
—Tenía que compensar de alguna manera mi cagada del otro día durante la entrevista. Ahora que estamos en paz podré volver a meterme contigo sin remordimientos.
Sonreí por su comentario. Esta vez escondía la posibilidad de que todo mejorara, al menos durante el tiempo que durara esta sección.
Lilian se marchó y nosotros tres entramos en el restaurante donde Uriel ya nos esperaba nervioso en la mesa.
Se levantó al vernos llegar y lo primero que hizo fue fijarse en Mia.
—Hola, Mia —dijo reconociéndola.
Mia, algo más tímida, lo saludó y después se sentó justo enfrente de él. Mike y yo la imitamos.
Uriel, de quien me había formado una imagen por su gran sensibilidad, tenía la tez morena y los ojos rasgados y marrones. En el dedo corazón llevaba un anillo grande, que me llamó la atención cuando se ofreció amablemente a servirnos el vino blanco que habíamos pedido.
—¿Eres camarero? —preguntó Mia, fijándose en cómo sacaba la botella de la cubitera y la servía.
—Soy sumiller. Ya es una costumbre.
Lo dijo mientras continuaba sirviéndonos a cada uno de la forma más perfecta que había visto nunca.
Cuando terminó, me fijé en cómo Mia le sonreía feliz.
Esto empezaba mejor de lo esperado. Todavía no sabía por qué Mike había cancelado a última hora la cita ni qué había hecho que aceptara, pero me conformaba con que al menos ahora estuviera aquí. Mia y Uriel parecían encantados el uno con el otro. La noche solo podía mejorar.
Tenía ese sabor dulce de cuando las cosas funcionan. Era una gran conquista, y por partida doble. Pero la sensación de que me quedaba algo por hacer seguía rondándome, sin que supiera exactamente qué.
Lo entendí cuando entré descalza para no despertar a Nadia, y vi la bolsa con la comida de mi padre en la cocina.
Con todo lo ocurrido durante el día había olvidado mirar el móvil. En lugar de llamadas o mensajes, cogí un taxi y me fui directa a su casa.
Al menos a esas horas el rellano estaba en calma. Abrí con mis llaves y lo encontré en el sillón, bajo la luz cálida de una lámpara que iluminaba un pequeño rincón del salón. Era un hombre sencillo, de vida sencilla, que no pedía mucho más. Se había quedado dormido. Entre las manos sostenía un vinilo de los grandes éxitos de los años sesenta: Greatest Love Songs of the Sensational 60s.
Dejé la bolsa de comida en la nevera con cuidado y me acerqué a él. Fue entonces cuando me di cuenta de que el tocadiscos llevaba tiempo sin sonar.
—Papá— dije en voz bajita.
Mi voz pareció mecerlo entre el sueño y la realidad hasta que abrió los ojos y me vio.
—Te he estado esperando toda la noche. Te has perdido El apartamento. Es tu película favorita.
—La vemos mañana si quieres —dije dándole un beso en la frente —. Ahora toca irse a la cama.
—Pareces feliz. Son esas citas tuyas de la nueva sección, ¿a que sí? Solo el amor pone así de tontos los ojos.
—Estoy feliz, pero no solo por la cita, también por estar aquí contigo. Y ahora vayamos a la cama que son pasadas las doce de la noche.
Lo ayudé a levantarse. Su pelo blanco estaba totalmente revuelto y su camisa sobresalía de su pantalón.
Antes de que el vinilo golpeara el suelo lo alcancé y, nada más hacerlo, mi padre lo cogió como si de un tesoro se tratara.
—No me acordaba de que lo tenía entre mis brazos. Qué tonto soy.
—Es solo un vinilo. Se puede comprar otro— dije tratando de tranquilizarlo.
Él se giró y se fue hasta el mueble que había justo detrás del sillón. Era pequeño y bajo y ahí agachado, después de haber extraído el vinilo que estaba en el tocadiscos como si tuviera entre sus manos algo de valor incalculable, lo guardó y lo colocó junto a los demás.
—El valor de las cosas no se mide por lo que son, sino por los recuerdos que atesoran.
Me quedé mirándolo mientras él se volvía de nuevo hacia mí.
—No lo olvides nunca, hija mía.
Me acarició la mejilla, me dio un beso en la frente y se fue hasta su cuarto, no sin antes desearme las buenas noches.
—Puedes dormir aquí si quieres. Es una casa muy grande para una sola persona.
—Mañana tengo trabajo.
—Lo entiendo. Pero mañana has prometido que vendrás. Así que aquí te espero a las siete como siempre. Te quiero, Emma.
—Te quiero, papá.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 23
📻 Radio Conect Love FM
POR ROXANNE — 08 DE NOVIEMBRE
¿Primera semana de noviembre y todavía con resaca post-Halloween? No hay mejor forma de empezar el día en Nueva York que poniéndote al día con las últimas noticias de Conectando con el amor.
Queremos conocer vuestra historia. Si tenéis una, no dudéis en escribirnos al correo que aparece en nuestra página web. Nuestro equipo seleccionará las más especiales y os invitará en directo para compartir una mañana llena de emoción y, por supuesto, mucho amor.
Y hablando de amor, no podíamos ignorar el tema del que todo el mundo habla: ¿quién es Emma Revol? La autora de la exitosa serie de artículos sobre citas vuelve hoy domingo con una tercera entrega de El Nombre del Amor, publicada hace apenas unas horas.
Y la gran pregunta ya está en el aire: ¿será Mike Spencer el hombre que conquiste su corazón?
A la vuelta de publicidad desvelaremos todos los detalles de su nuevo artículo. Pero antes, un pequeño adelanto para los más impacientes: «Reinaron los fuegos artificiales…»
¿De verdad vais a perderos lo que viene ahora? En unos minutos, salimos de dudas.
Tarareaba mi canción favorita mientras preparaba café. Abrí las cortinas para dejar entrar la luz de un día soleado. De repente, noté algo bajo la planta del pie.
Había palomitas de la fiesta que Nadia se había montado hace dos días en mi apartamento cuando Mia y yo estábamos en la cita a cuatro.
—Quiero saberlo todo.
Con esas palabras me recibió Nadia, repantingada en el sofá y con todo hecho un desastre.
La miré y solo dije:
—Solo un detalle: hubo fuegos artificiales.
Me puse a recoger las palomitas que fui encontrando por todas partes.
—¿Acaso os multiplicáis, malditas?
Mientras recogía las palomitas del suelo, la cafetera empezó a silbar y la sirena de un coche de policía a sonar al mismo tiempo. Me sobresalté y me golpeé la cabeza contra el borde de la mesa.
—Tranquila, Emma, es solo una sirena y el silbido de una cafetera.
Se hizo el silencio más absoluto al segundo siguiente.
—Ves, no pasa nada.
¡Toc… toc… toc… toc!
—¿Emma Revol? Soy el repartidor.
Mi tranquilidad se fue al garete.
¡Toc… toc… toc… toc!
—Emma, ¿estás ahí?
Respirar e inspirar y todo pasará.
Pero no había acabado todo ahí. No, qué va.
¡Ring… ring… ring!
¡Toc… toc… toc… toc!
Esta mañana se suponía que sería tranquila.
—Te paso el sobre por debajo de la puerta. Que tengas un buen día.
Mis ojos se quedaron fijos en ese sobre negro que en segundos se había colado por debajo de la puerta. Inspira y espira. Todo por culpa del maldito Ray… Inspira y espira. Como lo vea se va a enterar. Inspira y espira.
¡Ring… ring… ring!
Volví la vista al móvil que estaba apoyado sobre la encimera y vi el nombre de Monica.
Salí de mi bloqueo y alcancé el móvil antes de que colgara.
—Espera un segundo, Monica —dije nada más descolgar y oír su voz al otro lado.
Me dirigí a la ventana y grité:
—Tú, sí, tú…
El repartidor se giró y se quedó mirándome.
—¡Le puedes decir de mi parte a Ray que se meta todos sus jueguecitos por el culo!
—Eso es imposible, señorita. No lo conozco. —Me sonrió de forma descarada y, antes de que pudiera decirle nada más, ya se alejaba en su moto.
Retomé mi conversación con Monica.
—Emma, solo he estado fuera dos semanas, ¿qué narices está pasando?
—La vida sin ti es horrible —dije exagerando el llanto—. Yo estaba tan feliz…
—Pon ahora mismo el programa de Roxanne, seguro que eso te anima enseguida.
—¿Roxanne… esa Roxanne?
—La del programa de amor más conocido en todo Estados Unidos… Sí, esa.
📻 Radio Conect Love FM
POR ROXANNE — 08 DE NOVIEMBRE
Conectando con el amor está de vuelta de publicidad y lo hace con la historia de Emma Revol y Mike Spencer. ¿Están emocionados? Porque yo ya no puedo esperar más.
Empecemos:
Esta cita se presentaba diferente, ya que nos acompañaban mi mejor amiga Mia y su cita (del portal YouLoveMe), Uriel West. Para hacerlo más emocionante, tengo que añadir que mi cita, Mike Spencer, había declinado venir tan solo dos horas antes de que tuviera lugar nuestro encuentro (aunque finalmente aceptó).
Me gustó su estilo: sencillo, pero bien llevado, vaqueros oscuros, camisa clara algo abierta y zapatos negros cuidados. Pero lo que más me impresionó fueron sus maneras: amable con todos, gestos correctos y una mirada que parecía decir exactamente quién era.
La cita estuvo, desde el principio, rodeada de buena sintonía. Incluso Mia, que parecía la más nerviosa de los cuatro por el encuentro, se animaba a hablar y a conocer mejor a Uriel: sommelier por el momento, aunque algún día le gustaría tener su propio restaurante, y no muy afortunado en el amor.
Mike Spencer… ¿qué hacía un hombre como él en un portal de citas como YouLoveMe? Era el tipo de hombre que parecía sacado de un anuncio: guapo, amable, encantador, y con ese nombre completo —Michael James— que sonaba demasiado perfecto para ser real.
Cuando terminamos la cita se lo pregunté, y respondió:
—Si no pruebas cosas nuevas, siempre tendrás más de lo mismo.
—¿Y qué pretendes sacar de este experimento?
—Buenos momentos, risas, conocer a mujeres preciosas como tú y, quizás, si soy afortunado, encontrar el amor.
¿Demasiado perfecto?
—Algún defecto tendrás.
—No pretenderás que en la primera cita revele lo malo; para eso tendrás que darme una segunda oportunidad.
—¿Por qué cancelaste la cita? —¿Quería una nueva cita y había estado a punto de no asistir a la primera?
—Jajaja. Solo lo hice para fastidiar a tu compañera Lilian.
En ese momento rozó su mano con la mía.
Llegamos a nuestro destino, aunque no era el que me esperaba. Estaba tan absorta en la conversación y en el roce de su mano que no me di cuenta de dónde habíamos llegado.
—Es la fiesta de cumpleaños de uno de mis mejores amigos y pensé que estaría bien pasarnos por aquí.
Mike, se suponía que eras encantador, amable, guapo y previsible. Me llevarías a casa, me darías las gracias por una magnífica velada y te marcharías tras abrir la puerta de mi casa para que entrara. Y debo reconocer que fue una sorpresa que me gustó.
Lo previsible había dejado paso a lo inesperado, y ahora sabréis por qué.
Me ayudó a salir del coche con una sonrisa y subimos hasta el piso dieciocho, donde se encuentra la discoteca Le Bain. Nos recibió música e iluminación blanca. Había gente en grupos o bailando, y un DJ al fondo animaba el ambiente.
—Ahí está. —Mike se adelantó para saludar a un grupo que conversaba.
—Al final has venido. Por cierto, ¿qué tal ha ido tu cita?
—Está aquí. Te presento a Emma Revol. Él es Cliff Porter.
—Encantado de conocerte.
—Igualmente —dije estrechando su mano.
—Mike no había hecho nunca nada parecido. ¿Citas online? Debes haberle impresionado de verdad.
Mike no paraba de hacer gestos para que se callara de una vez y no pude evitar sonreír al verlo.
—Cambiando de tema, necesito hablar contigo. ¿Nos disculpas, Emma? Será solo un momento.
—Claro.
—No tardaré nada.
La camarera pasó por mi lado y aproveché para coger una copa de vino.
Su amigo debía de tener mucho dinero para organizar una fiesta así. El lugar era inmenso. Atravesé la zona del jacuzzi hasta llegar a un mirador, desde donde tenía unas vistas espectaculares del río Hudson.
—Así que un cinco, bajo, casi suspenso.
No puede ser…
Al girarme, ahí estaba.
—¿Qué haces tú aquí?
—Amigo de los Porter. Bueno, para ser más exactos, hago negocios con ellos.
Había decidido ir a buscar a Mike cuando agarró mi brazo.
—¿De qué huyes, Emma? ¿Tienes algo que esconder?
Su mirada me envolvió de nuevo. Esos ojos negros no iban a dejarme escapar tan fácilmente.
—¿Sabes qué ocurre a las doce? Que empieza la magia, lover.
Dejé la vista en el horizonte y, en ese momento, empezaron a estallar fuegos artificiales. Podía haberme girado, haber apartado su mano de mi cintura, esa que me apretaba ligeramente contra su cadera para acercarme más a él. Pero no lo hice.
📻 ¡Qué emocionante! Ray Donovan ha vuelto a escena, y de qué manera.
Emma no ha desvelado quién será su cita de la semana que viene. Así que la gran pregunta queda en el aire: ¿a quién elegirá Emma Revol para su próxima cita?
¿No es complicado? Todo el mundo adora a Ray Donovan, pero Mike también juega fuerte. El imprevisible Mike parece haber despertado en Emma algo más que simple simpatía.
Mañana conectaremos con el amor para anunciaros quién será la próxima cita de Emma Revol. Y hasta entonces, no os fieis de lo que veáis: las apariencias engañan. ¡Chao!
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 24
Desperté de golpe de mi pesadilla. El corazón me palpitaba. La ropa y la colcha me sobraban. Estaba sudando, con sus nombres dando vueltas en mi cabeza sin descanso, mezclados con los comentarios que había leído ayer cuando toda la locura de Roxanne y Conect Love estalló.
No habría conocido a aquella mujer ni su fama de no ser por Mónica, que la escuchaba cada domingo a las nueve mientras se preparaba un café. Acabó contándomelo todo y, sin darme cuenta, terminé compartiendo con ella esas mañanas de café y el programa de Roxanne.
Aquellas historias de amor reforzaban mi idea de que el amor no era más que un mito, y otras hacían que Mónica me mirara como si confirmaran lo contrario. Y, aunque me resistiera, había algo en ellas —y en cómo Roxanne las contaba— que resultaba inevitablemente cautivador.
Me levanté y le eché un vistazo al sobre negro que el repartidor había colado por mi puerta ayer.
—No intentes tentarme, porque no lo lograrás. No caeré en tu juego. La primera vez me pillaste desprevenida, la segunda fue por la insistencia imperturbable de Nadia y Mia. Pero ahora estoy decidida a ignorarte. ¡Decidida!
Hice la cama con el sobre en la cabeza. Me metí en la ducha y puse música, pero era incapaz de distraerme del sobre.
—No lo lograrás —dije mirando en dirección al sobre.
Abrí mi armario situado a la derecha de la cama. Empecé a pasar toda la ropa hasta que encontré el conjunto perfecto.
—Esto será perfecto para hoy. Me lo pondré, me maquillaré, saldré de aquí y lo haré sin ti —dije volviendo mi mirada de nuevo al sobre.
Decidí vestirme y maquillarme en el salón, para no tener la tentación tan cerca. El soleado domingo había dado paso a un lunes nublado.
Me serví el café y, entre sorbo y sorbo, revisé emails, llamadas y mensajes: todos eran sobre lo mismo, salvo uno de un número desconocido que me pilló por sorpresa.
Mike: Si llego a saber que Ray estaría allí no se me habría ocurrido dejarte sola, sé lo mucho que te desagrada. Espero nuestra segunda cita con impaciencia.
El hombre encantador, amable, guapo e imprevisible era también algo… ¿inseguro? Pero quién no iba a serlo después de meterse en la sección de comentarios del artículo. ¿Lo habría hecho?
Segurísimo que sí. Porque al llegar hasta el artículo, que probablemente había leído, se hacía imposible no ir inmediatamente a la sección de comentarios. Sobre todo, si de quien hablaban era de ti.
Todavía no tenía claro lo que haría. Mike, el imprevisible pero lento Mike, y Ray, el misterioso y provocador Ray.
El sobre podría ayudarme a salir de dudas.
Me asomé desde el umbral de la puerta de mi habitación y vi el sobre encima de la mesa.
—No me has ganado, que lo sepas. Es solo por si acaso.
El sobre, mis nervios, las miradas, las risitas y los saludos no cesaban. Estaba llegando al despacho de Jenna y Drake, guiada por una nota que había leído nada más llegar a mi mesa, escueta y con muy mala caligrafía, que decía:
«Jenna y Drake. Despacho».
Imaginaba que era de Lilian, a quien por cierto no encontré en su sitio cuando llegué. ¿Estaría enfadada conmigo por el comentario de Mike?
Llevaba la nota hecha una bola en la mano. Me servía para descargar los nervios. Aunque lo tenía bastante claro: Mike era el hombre perfecto, Ray era el provocador perfecto.
Toqué la puerta dos veces y escuché la voz aguda de Jenna dándome permiso para entrar.
¿Se acordarían de mi llamada dos horas antes de la cita?
—Ay, Emma, discúlpanos por cómo te tratamos el día de la cita. Estábamos tan emocionados que, al salir, unos amigos de la décima planta nos invitaron a unas copas y no pudimos negarnos.
—Nos alegramos de que finalmente todo saliera tan bien. Incluso con Ray de por medio… —dijo Drake.
—A tu hermano siempre le ha gustado lo difícil. Y Emma es todo un reto.
¿Se había presentado allí a propósito? Eso es lo que estaban dejando caer.
—Lo mejor de todo es que no es solo un reto. Ahora hay dos hombres que se disputan el amor de Emma. No podría haberse puesto más interesante ni aunque estuviese todo preparado.
—Emma, tienes que saber una cosa —dijo Jenna agarrándome las dos manos—. Radio Conect Love, con Roxanne, quiere conectar contigo en directo desde su programa dentro de una hora para que des la exclusiva de tu próxima cita en su programa. No queremos arriesgarnos a que nada salga mal.
¿Qué habían hecho qué? Mis manos estaban empezando a ponerse frías.
—Hemos reunido a Mike y a Ray para hacerlo todo más emocionante y han aceptado los dos.
Esto es una broma. Debe serlo. No puedo creer que esté pasando todo esto.
—Lo mejor: Ellos estarán contigo y con Roxanne en directo cuando decidas cuál de los dos irá contigo a la cita. ¿A que es genial? —dijo Drake poniendo su brazo alrededor de mis hombros atrayéndome hasta él.
Prefiero que no me lo digas. Puedo, por favor, salir de aquí, volver al pasado, pasar de mi amiga Nadia y seguir haciendo pizzas en algún tugurio perdido en Nueva York. Sería realmente feliz. De verdad. Si yo pido muy poco a la vida.
—¿Podéis darme un vaso de agua?
—La pobre se ha quedado impresionada por la noticia. Es normal. Ser el foco de atención en tan poco tiempo debe de ser agobiante. Pero esto será un subidón para tu carrera y para YouLoveMe.
Jenna me pasó el vaso de agua que vacié en pocos segundos.
—¿Cuándo y dónde se supone que tengo que estar para el anuncio?
—Ya te hemos enviado toda la información por email. No tienes que preocuparte por nada. Roxanne, la directora de Conectando con el amor, ha mandado a alguien a recogerte. Yo iré contigo en el coche. No me quiero perder este momento.
En cuanto terminó de hablar salí de allí sin mediar palabra.
«Necesito aire y algo azucarado. Un bollo relleno de chocolate… sí.
—Emma, ¿dónde vas?
Jenna y su gritito traspasaron los muros del despacho y todos mis compañeros me miraron queriendo saber qué estaba pasando. Seguir andando era mi objetivo, pero iba a ser complicado.
El ascensor, ese era otro mundo.
Entré y ya había cinco personas. Conforme bajábamos, la gente empezó a entrar y con ello más preguntas, más saludos, más risitas.
—¿Estás bien? Te noto algo alterada.
Otra vez apretujados en el fondo del ascensor, con Ray como cohabitante de mi pequeño metro cuadrado.
—Veo que llevas mi carta en el bolso. Todavía no lo has abierto, ¿verdad?
No voy a hablar. No voy a entrar en sus provocaciones.
—Por mucho que cierres el bolso, el sobre seguirá ahí cuando lo vuelvas a abrir, igual que yo en tu cabeza.
—Que sepas que no pienso salir contigo ni en esta cita ni en ninguna.
Se quedó mirándome unos segundos que se hicieron eternos.
—Deberías descubrir lo que hay en el sobre.
El ascensor se abrió. Iba a salir cuando rodeó mi cintura con su brazo y dijo:
—¿No te gustó cuando te agarré por la espalda? —dijo mientras rodeaba con su brazo mi cintura.
¿Qué me está pasando?
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Capítulo 25
—¿Qué hacen aquí Monica y Mia?
—Las he avisado yo. Sabía que estarías muerta de la vergüenza cuando Jenna y Drake te dieran la noticia.
Nadia, como siempre, tan sincera.
—A Monica le encanta Roxanne así que no la cagues.
¿Cómo se hace eso?
—Me ha dicho Monica que te diga que inspires y espires.
—¿Y luego qué?
—Que elijas con el corazón.
Miré en su dirección y ambas me saludaron entusiasmadas. Jenna se acercó hasta nosotras.
—Te dejo en buenas manos. Sé que elegirás bien.
Nadia me soltó un beso rápido en la mejilla y se fue rápidamente a encontrarse con Monica y Mia.
No estoy preparada.
—¿Estás preparada?
—Sí. —Mentira.
Estábamos en una sala abierta, con un gran ventanal al fondo. Cámaras, luces y todo tipo de artilugios técnicos llenaban el espacio para la conexión, que se grababa para emitirse no solo por la radio, sino también en las distintas cadenas de televisión interesadas en retransmitir el momento. Reinaba la expectación y, por primera vez, sentí que no quería defraudar a nadie.
—La chica que no cree en el amor y que tiene a toda una ciudad expectante por saber quién será su próxima cita. Ala, arriba —dijo Jenna dándome una palmada en el culo para que subiera a la plataforma donde me esperaba Roxanne.
—¡Hola Emma! Qué ganas tenía de conocerte.
Roxanne tenía unos labios carnosos y rojos y el pelo negro y rizado. Su camisa blanca de lino destacaba sobre su tez oscura. Cuando sonreía, se le formaban unos hoyuelos graciosos en las mejillas.
Respondí a sus dos besos. En ese momento entraron un par de maquilladoras que empezaron a retocarnos, mientras hablaba con la mujer que le explicaba cómo funcionaría la conexión.
—Nuestros amigos, Ray y Mike, se conectarán desde Central Park, donde la compañera de YouLoveMe, Margot, nos espera para que tú les entrevistes antes de que Emma tome la decisión. Una vez termine la entrevista conectaremos de nuevo con Emma y ella nos sacará a todos de dudas.
—La mujer me miró y yo asentí.
—Volveremos a conectar en directo con Central Park para ver las reacciones de Mike y Ray y cerraremos conexión con los rostros de Emma y su cita en la pantalla.
—Me encanta. Será increíble —dijo Roxanne —. Después de tantos años dedicándome a hablar del amor, creo que es la primera vez que hay este entusiasmo por conocer una historia. ¿Y sabes por qué? Porque es real.
No podía hacerlo mal. No con tantos ojos mirándome. Automáticamente empecé a hacer una lista con los atributos de cada uno:
Mike era amable y encantador. Había sido capaz de sorprenderme y en el taxi cuando íbamos de camino al cumpleaños de Cliff, cuando su mano rozó la mía, sentí que podía ser él.
Ray, es un provocador, pero también resulta excitante. La forma en la que me miraba y su voz eran totalmente atrayentes. Lo sentí el día que lo conocí por primera vez en el ascensor, en mi primera cita, y lo he vuelto a sentir esta mañana. Pero también es un listillo. Todo esto es un reto, como había dicho su hermano Drake. Y yo soy uno de sus muchos objetivos.
—Señorita, ¿puede darme su bolso?
—El hombre me miró y luego al bolso.
Se lo di y a los pocos segundos caí en que aún no había visto el contenido del sobre.
—Esperé un momento —me acerqué hasta él y saqué el sobre de su interior.
—Ya está. Gracias.
—Estamos listos —dijo Roxanne.
Me coloqué donde me indicaron y con la cuenta atrás y el sobre bien agarrado entre mis manos supe que mi respuesta no estaba tan lejos.
—Buenos días, Nueva York. Son las doce del mediodía y, como les prometimos, en este especial de Conectando con el amor anunciaremos la próxima cita de Emma Revol.
»Como sabéis, nuestros amigos de YouLoveMe, el portal de citas más conocido de la ciudad, nos han concedido esta exclusiva para todos ustedes. Varias cadenas de televisión de Nueva York están también en directo con nosotros en este especial que, se lo aseguro, será inolvidable.
»Quiero dar la bienvenida a Emma Revol, la creadora de la sección, El nombre del amor, que ha revolucionado las historias convencionales de amor.
»Primero de todo me gustaría saber por qué alguien que no cree en el amor acabó trabajando en un portal de citas sumergiéndose en este reto tan difícil.
Mis amigas me miraban desde el fondo del plató sonrientes.
—Fue idea de una de mis mejores amigas. En cuanto a esta sección, debo decir que mis jefes, Jenna y Drake, sí que son unos enamorados del amor absolutos… lo que no puedo entender es por qué me eligieron precisamente a mí para hacer esta sección.
—Pero fuiste tú la que decidiste finalmente probar esta experiencia en tus propias carnes ¿a qué se debió esa decisión?
—La amistad es la responsable. Tener unas amigas que hacen apuestas contigo no es una buena estrategia si quieres tener una vida tranquila. Aunque no me quejo. No podría tener unas amigas mejores.
Se oyeron unos gritos al fondo. Enseguida las cámaras se giraron para enfocarlas y las tres saludaron.
—¿Esas son tus amigas? —dijo Roxanne sonriendo.
—Sí.
—Después de esta charla con Emma nos gustaría saber dónde están Ray y Mike ¿alguien de aquí lo sabe? —Roxanne miró curiosa a todos lados y después fijó su vista en la cámara y sonrió —. No podíamos perder la oportunidad de tener a las dos posibles citas de Emma presentes en este día tan especial. Conectemos con el amor en Central Park.
—Buenos días, Roxanne. Nos encontramos en la fuente de Bethesda con Ray Donovan y Mike Spencer.
Margot hablaba mientras la cámara mostraba a Mike y Ray a su lado. Ambos parecían tranquilos y seguros de sí mismos.
—Gracias, Margot, por la introducción. Nuestra audiencia está deseando saber qué os llamó la atención de Emma para apuntaros a este reto de intentar conquistarla.
—Ella es diferente al resto de mujeres —dijo primero Mike—. No se deja llevar por lo que le dicen los demás o por lo que dicte la sociedad en cada momento.
—Y tú, Ray, ¿qué te hizo lanzarte a la aventura?
—Demostrar que está equivocada.
—Ray, si pudieras explicarnos un poco más a qué te refieres con que está equivocada.
—Ella no cree en el amor porque no se permite sentirlo. No es que sea diferente a todos los demás, es que ella tiene miedo a perder la razón.
En el plató se hizo un silencio incomodo.
—Cómo puedes hablar así de mí si no me conoces. Lo dije en el artículo: Ray es elegante, atractivo y cualquier mujer moriría por estar con él, pero no está hecho para mí.
—No es lo que parecía en tu último artículo —apuntó Roxanne.
—En mi último artículo Ray me pilló por sorpresa y nunca he querido mentir a mis lectores por eso conté todo lo que pasó. Pero eso no quiere decir que…
—¿Qué es ese sobre que tienes entre las manos? —Enseguida y siguiendo lo que Roxanne acababa de decir las cámaras enfocaron mis manos.
—No es nada, es un simple sobre sin importancia.
—Eso no es cierto, Emma. Si no tuviera importancia no lo tendrías ahora entre tus manos —dijo Ray.
—¿Tienes tú algo que ver con ese sobre? —preguntó Roxanne igual de intrigada que el resto de las personas que nos acompañaban.
—Sí.
El cámara en Central Park enfocó a Mike que había cambiado su expresión y parecía enfadado.
—Haremos una cosa. Si Emma está de acuerdo desvelaremos lo que hay en su interior ante nuestra audiencia.
Si me negaba quedaría en evidencia.
—Claro, no tengo ningún problema. De hecho, por eso lo he traído conmigo.
Miré directamente a la pantalla viendo cómo en el rostro de Ray se dibujaba una pequeña sonrisa de victoria.
Empecé a abrir el sobre que estaba sellado y cuando metí la mano no se trataba de una nota.
—Puedes mostrarlo para que todos lo veamos.
Lo hice.
Pasaron varios segundos hasta que la cámara volvió a enfocar a Roxanne y a mí.
—Emma, ¿sabes qué significan cada uno de esos objetos?
Los sostenía en la palma de mi mano, intentando entender por qué Ray estaba haciendo todo aquello. Después de unos segundos miré a la pantalla, donde aparecían sus ojos negros.
—No tengo ni idea —respondí mirando a Roxanne.
—Ray, sácanos de dudas si eres tan amable.
—Es un juego: la llave, la nota y la arena representan una promesa escrita que no se puede ocultar, porque la verdad siempre termina saliendo a la luz.
El misterioso Ray volvía a hacerse notar.
Roxanne, se aclaró la voz y salió de ese trance en el que todos habían caído después de las palabras de Ray.
—Mike, ¿quieres decir algo más antes de que Emma anuncie a su próxima cita?
La cámara lo enfocó y su expresión parecía la de siempre. Sus palabras volvían a demostrar que era encantador.
—Debo reconocer que me ha pillado por sorpresa todo este tema del sobre. No sabía que después de su primera cita Emma y Ray habían continuado en contacto. Igualmente, esto no va de mí, sino de Emma y de que encuentre el amor de verdad. Solo te pregunto una cosa, Emma: si hubiese intentado besarte en el taxi, ¿me habrías correspondido?
Todas las miradas volvieron a mí y no tenía una respuesta.
—Si no quieres responder esta pregunta, responde a esta otra: ¿por qué rechazaste el beso de Ray el día de vuestra cita?
¿Quién se lo había contado? Solo había una persona en el mundo que lo sabía: Cathy, de la novena planta. Y, muy probablemente, la mirada fija que Lilian me dirigía en ese momento no era ninguna casualidad.
—Lo rechacé porque… porque era demasiado pronto. Para él todo esto es un juego y sé que acabará tan pronto haya superado su reto. Yo no sé si creo en el amor, pero sé que no me podría enamorar de alguien como Ray nunca.
Los miré a los dos, la mirada complacida y sonriente de Mike porque había tomado la ventaja de nuevo y la de Ray que era como aquella vez que lo vi en el despacho de Jenna y Drake enfadado por tener una cita conmigo. Había perdido el control, de nuevo.
—Bueno, amigos —dijo Roxanne dirigiéndose a la audiencia y a los que estábamos allí—. Ha llegado por fin la hora de saber a quién elegirá Emma Revol para su próxima cita. ¿Estás lista, Emma?
Asentí.
—Pues sácanos de la duda: ¿con quién pasarás tu próxima cita, Ray Donovan o Mike Spencer?
El latido de mi corazón había ocupado todo el espacio de mi cuerpo. Miré por última vez la pantalla donde se mostraba a Ray y Mike y dije:
—Mi próxima cita será con: Mike Spencer.
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Capítulo 26
Era la primera vez que Monica se preparaba conmigo para una cita. Nadia y Mia, por su parte, tenían citas con Albert y Uriel.
Cogí la barra de labios, pero Monica me la quitó para maquillarme ella.
—Ya está. Mírate, estás preciosa.
Los labios, en un tono rojizo marrón, combinaban a la perfección con el vestido rojo y los tacones negros. Las pecas sobre mi nariz y mejillas destacaban suavemente con el toque de luz que me había aplicado Monica.
Llevaba el pelo recogido en un moño que dejaba al descubierto el cuello y las clavículas, adornadas con una delicada cadena de plata que Monica me había traído de su luna de miel.
Me acompañó hasta el salón y se quedó mirándome mientras me ponía el abrigo.
—¿Has quedado con Louis para hacer algo esta noche? —pregunté mientras terminaba de ponerme el abrigo y ultimar los detalles de mi vestuario.
—Quiere enseñarme algo de su nuevo proyecto en su empresa. Está muy emocionado. Luego probablemente pidamos sushi y nos quedemos acurrucados en el sofá viendo alguna película.
Monica y Louis llevaban juntos desde el primer año de universidad y todavía seguía existiendo la misma conexión que el primer día.
—¿Cómo supiste que él era el hombre de tu vida?
Monica se acercó hasta mí y, mientras colocaba en su sitio un mechón de pelo que se me había escapado del recogido, dijo:
—Te levantas a su lado y sientes que no podría ser nadie más. Al principio piensas que es la ilusión, pero el sentimiento crece hasta llenarlo todo. Entonces entiendes que es algo único que no puedes dejar escapar. Solo tienes que atreverte a salir ahí fuera y aceptar el riesgo; solo entonces puede surgir la magia.
—¿Crees que he hecho bien eligiendo a Mike?
—Si eliges con el corazón, nunca te puedes equivocar.
Y si no fue con el corazón. Mi elección fue una mezcla de nervios y querer que todo terminara de una vez.
Una sombra de tristeza se dibujó en mi mirada y Monica no tardó en notarlo.
—Solo tienes que ir a esa cita y comprobarlo. Si te equivocaste, lo sabrás esta noche. Solo quien no hace nada puede decir que no se equivoca, pero tampoco puede decir que acierta.
Con esas últimas palabras, salí de casa y ella me acompañó hasta el taxi.
—Solo piensa en disfrutar.
El taxi me dejó en una zona algo más alejada del restaurante donde Mike y yo teníamos la cita. Había estado lloviendo toda la noche y avanzaba con cuidado para no resbalarme con los tacones. Cuando ya enfilaba la calle del restaurante, distinguí a una persona que parecía Mike; al menos, de espaldas lo parecía: el mismo pelo, el abrigo negro que le había visto la última vez. Pero no fue él quien me sacó de la duda, sino la persona que lo acompañaba.
«¿Qué hace Lilian aquí? ¿Se están riendo?»
Vi una carcajada en el rostro de ella y, cuando Mike se giró, pude ver que él también sonreía. De repente, parecían viejos amigos.
Miré el reloj y me di cuenta de que me había adelantado diez minutos a la hora acordada. No me esperaban todavía. Me refugié bajo el soportal de un edificio cercano, saqué el móvil y escribí:
—Mike, estoy llegando ya.
Levanté la vista para comprobar si lo había visto, y en cuanto lo hizo, su expresión se tensó. Lo mismo ocurrió con Lilian, que se dio la vuelta y se marchó apresuradamente.
Así que no querían que supiera qué se traían entre manos.
Lo saludé con una sonrisa. Me costó no preguntarle qué hacía hablando con Lilian.
Su estilo de esa noche era mucho más formal que el de la primera vez: pantalón chino caqui, camisa azul marino y corbata de seda navy. Incluso su pelo parecía distinto, más pulido, con rizos suaves cayendo sobre la frente.
Nos sentamos en la mesa y mi mente volvió una y otra vez a la escena de los dos riéndose fuera, como si se conocieran de toda la vida. Debería estar enfadada con él por lo que dijo de ella durante la cita y, sin embargo…
Seguíamos en silencio. Bueno, mejor dicho, yo seguía en silencio, porque Mike intentaba sacar tema de conversación, pero yo solo respondía con frases cortas, una afirmación o un «no lo sé».
—¿Te pasa algo?
—No me pasa nada… bueno, sí. ¿Me puedes explicar qué hacía Lilian contigo en la puerta del restaurante hace diez minutos?
Mike se rio, y su sonrisa ya no me pareció ni perfecta, ni amable, ni simpática.
—Ha venido a comprobar que todo estaba listo.
—Si os odiáis. O Lilian ha sufrido una transformación de personalidad o yo estoy imaginándome cosas porque si no, ya me dirás.
—Arreglamos las cosas el día que vino a mi casa a disculparse. Te lo conté la semana pasada. Todo eso es agua pasada. Me gusta llevarme bien con la gente, sobre todo con la que trabaja con alguien que me importa.
Aunque no terminaba de creer del todo su explicación, no quería para arruinar nuestra cita.
Pedimos vino y él lo sirvió imitando a Uriel.
—Aprendes rápido.
—De los mejores —respondió él.
La verdad es que no lo hacía nada mal.
—Las finanzas no dejan mucho tiempo para servir copas, pero sí para fijarse en detalles que pueden darte ventaja en los negocios.
—Así que lo haces solo para agradar ¿no es un poco forzado? —dije provocándolo.
—En los negocios y en el amor todo vale, Emma.
—Qué romántico… La nota del restaurante la noche que nos conocimos, ¿también fue premeditada?
—Cien por cien calculada. Tenía que hacer algo que te dejara pensando en mí, y lo conseguí —dijo mirándome.
—Creído.
—¿Acaso no te gusta?
Me gustaba su forma directa de decir las cosas. Y me gustaba que no se avergonzara por ello.
—No está mal.
Seguimos hablando de cosas más personales. Me contó que su madre lo había tenido con dieciocho años, que sus padres seguían juntos a pesar de todo, y que tenía dos hermanos pequeños, Jared y Gillian.
Yo le hablé de Gerber. Le conté cómo me había criado solo desde los siete años. También lo poco que recordaba ya de mi madre y que nunca había sentido la necesidad de buscarla. Le sorprendió.
—Puede ser que ocurriera algo que la obligara a irse de vuestro lado.
—O puede ser que fuera una egoísta, que nunca estuvo enamorada de mi padre y que, cuando todo se complicó, decidió que ya tenía suficiente.
El tema se cerró ahí, en un silencio incómodo que se rompió cuando el camarero llegó con el postre.
—De parte del caballero.
Miré a mi alrededor, pensando que podía ser Ray, pero al ver que el camarero miraba a Mike, entendí que era él y sonreí.
—Gracias —dije tímida.
«¿Sabes cómo nace el amor?», decía siempre mi padre: «Con pequeños gestos».
Capítulo 27
El mensaje de Nadia fue claro:
Nadia: Esta noche salimos de fiesta, tengo algo que contaros.
¿Tendría algo que ver con Albert?
Me miré en el espejo y me di cuenta de que no me había quitado el maquillaje de la cita de anoche con Mike. El rímel se había corrido y el pintalabios, ya casi desaparecido, aún dejaba un leve rastro de color. Probablemente había sido su beso el que lo había borrado casi por completo.
Mike decidió acompañarme a casa caminando. Me dio una rosa por cada sonrisa que consiguió sacarme desde que salimos del restaurante. La última fue distinta: más cariñosa, inesperada, y llegó con un beso. Lo hizo sin aviso, igual que había inventado aquel juego de las rosas después del postre. El beso olía a lluvia y sabía a su colonia mezclada con la mía.
¿Hacía cuánto tiempo que no me sentía así?
Cuando nuestros labios se separaron, se quedó mirándome con sus ojos verdes. Pero su mirada era distinta a la de Ray: no buscaba los recovecos de mi intimidad, se quedaba en la superficie y le bastaba con encontrar en ellos el brillo de que aquel momento también había sido especial para mí.
Puso sus manos alrededor de mis mejillas y me dijo:
—¿La próxima cita seré yo verdad? y también la siguiente y la siguiente… —Lo dijo sonriente y convencido.
No dije que sí, pero debí asentir porque en su cara se dibujó una sonrisa.
¿Sería Mike ese único del que me había hablado Monica antes? ¿Sería el hombre con el que encontraría el nombre del amor?
Subió las escaleras antes de entrar a mi edificio y pensé que ya tenía mi respuesta. Lo seguí hasta arriba esperando que me pidiera pasar la noche juntos. Solo abrió la puerta amablemente haciendo una pequeña reverencia y se marchó.
Al terminar el recuerdo una amplia sonrisa se dibujó en mi rostro.
Llegué a mi trabajo, como siempre, temprano, pero tenía una visita esperándome en mi mesa.
Estiró el cuello, intentando imponerse, aunque apenas me sacaba unos centímetros.
—¿Todo bien en la cita de ayer con Mike?
—Estupendamente. Por cierto, te vi por allí hablando con él ¿ahora sois muy buenos amigos?
—Mike me llamó. Becesitaba unas flores, por eso fui hasta allí.
—¿También te pidió que le contaras lo que había pasado en la cita con Ray? —dije, mirando a Cathy que acababa de llegar.
—Me voy a por un café, ¿queréis algo?
—¡No! —respondí seria mirando a Cathy —. Sé que fuiste tú la que se lo contó, ¿y sabes qué?, a estas alturas no me importa. La audiencia merecía saberlo todo.
—¿No te importa? —preguntó Lilian sorprendida.
—No —respondí, volviéndome hacia su escritorio.
—Entonces no te importará si te digo que no fui yo quien preguntó por tu cita.
—¿De qué estás hablando?
—Mike vino a mí preocupado y me pidió toda la información sobre tu cita con Ray. Todo el mundo se ha dado cuenta de que te gusta Ray, incluso Mike.
Pues si pensaba eso, era su problema, no el mío.
Había quedado a comer con Gerber a las doce. Esta vez no iba a ser comida saludable: necesitaba una pizza. Después de la mañana que había tenido, me la merecía. Así que, de camino, paré en SottoCassa Pizzeria, en Harlem. Servían las mejores pizzas napolitanas que había probado en mi vida.
—¡Papá, ya estoy en casa! ¡He traído pizza!
Esperaba su sonrisa, su beso de bienvenida y su cara de felicidad al verme con aquella caja grasienta que no tenía nada que ver con las verduras de las últimas semanas.
No hubo respuesta. Dejé la pizza en la isla y miré el móvil.
Gerber: Una entrega se ha retrasado. Llegaré veinte minutos tarde. No empieces sin mí.
Respondí:
Emma: Ven pronto o se enfriará la pizza.
Aproveché para recoger algunos platos del salón y limpiar un poco la cocina. Luego me senté a esperar.
Pero la conversación de la oficina volvió a mi cabeza. Solo había llegado a dos conclusiones: Lilian no era tan mala como pensaba y Mike tenía un serio problema de inseguridad. Y, además, estaba Ray. ¿Alguna vez había negado que me gustara? No. Lo había admitido incluso en el artículo. Pero también me gustaba Mike.
Fui a mi habitación para no darle más vueltas. Recordaba perfectamente cuando, con siete años, obligué a mi padre a pintar aquellas paredes rosa intenso de un tono beige. Pasé la mano por ellas: casi veinte años habían pasado. Justo desde que mi madre nos abandonó a Gerber y a mí.
—Chicas, venga, vamos. —La voz de Nadia no dejaba de retumbar por el altavoz del móvil. En la pantalla aparecían los rostros de Mia, Monica y Nadia, pero era su voz la que imponía sobre las demás.
—Esta noche va a ser la bomba, así que no escatiméis en nada. Hoy vamos a triunfar.
Esto no pintaba bien.
—¿Todo bien con Albert? —preguntó Mia mientras, sentada en el sofá, terminaba de ponerse los tacones.
—Albert es agua pasada. Quiero conocer gente nueva.
No, no había vuelto con Albert. Y lo peor de todo era que volvíamos a dejarnos arrastrar por sus planes de ahogar las penas fuera de casa. Demasiados recuerdos en esas cuatro paredes.
—Deberías mudarte. La casa de Emma tiene otra habitación y, además, no le vendría mal compartir gastos —apuntó Monica.
La salvadora.
—Sabéis, Albert y yo hemos llegado a la conclusión de que no podemos estar juntos y ya está. Tengo que acostumbrarme a que lo nuestro ha terminado definitivamente y…
—Estás cambiando de tema —apunté.
—Ah, Emma. Venga, ¿quieres saberlo? No puedo soportar vivir en mi maldito piso donde todo me recuerda a mi ex, así que sí, me mudo a vivir con Mia.
Se escucharon aplausos de parte de todas.
—Chicas, me meto en el ascensor y adiós cobertura. Nos vemos en el AVLON —dijo Mia.
Nadia me agarró de la mano y Monica y Mia nos siguieron mientras entrábamos en uno de los clubs más famosos de Nueva York. No era la primera vez; siempre gracias a Nadia. Debía ser su desparpajo natural o…
—Buenas noches, chicas. Espero que todo esté a vuestro gusto.
—Oh, es perfecto, Ray. No sé cómo agradecértelo. Cuando Jenna me dijo que eras uno de los dueños del local no me lo podía creer.
Ni yo. No puedo tener peor suerte.
Nos dedicó una mirada antes de marcharse. No parecía molesto por el plantón que le había dado en el programa de Roxanne.
—Nadia ¿qué has hecho?
Ahora pasaría la noche dándole vueltas a cómo evitarlo. ¡Mierda!
—Tranquila, Emma. Probablemente tenga cosas más importantes que estar pendiente de nosotras.
—Es por la apuesta, ¿verdad? ¿Sabías que si me decías esto habría dicho que no?
—Y si es por la apuesta, ¿qué? Tú estás segura de lo que sientes. Si es así, no deberías preocuparte.
Terminó la frase con una sonrisa y fue a reunirse con Monica y Mia.
—Chicas, por aquí.
—¿Todo este reservado para nosotras solas? —Mia miraba a su alrededor sin creerlo —. Esto te ha debido costar un pastizal. ¿No te han pedido que donemos un órgano antes de salir?
—¡Jajaja! Todo esto es gracias a la sección de Emma, ¿a que es genial? —Nadia me apretó la cara y me dio un beso en la mejilla —. No me mires así. Ray acaba de venir a darnos la bienvenida. Es simpático, guapo y además dueño del mejor local de Nueva York. Si Emma no lo quiere, me lo quedo yo.
El simple pensamiento de Ray con Nadia me revolvió el estómago.
—Haz lo que quieras con él. Me da igual.
—Ya nadie te cree, Emma —dijo Nadia.
—Bueno, dejemos esto y cuéntanos qué ha pasado con Albert ¿fue tan mal la cita? —preguntó Monica.
Antes de que Nadia dijera nada, un camarero dejó una botella de champán en la mesa de nuestro reservado.
—Invita la casa.
—No, cariño… invita Ray Casanova —dijo Nadia.
Mia soltó una carcajada y Monica la siguió, más discreta.
—Monica, ¿tú también?
—No hay nada de malo en que nos invite. Relájate y disfruta.
Que fácil era decirlo.
—La cita… —Empezó Nadia tras beber un trago de su copa —. Albert se pasó toda la noche hablando de Kafka, de lo feliz que estaba con su nueva vida y yo quería salir corriendo. Pero me dije: lo hace para parecer amable, como si nada hubiera pasado entre nosotros.
—Estás demasiado enganchada a él. Así que es imposible que te líes con nadie esta noche, salvo que sea para olvidarlo.
Nadia pasó de la euforia a la incredulidad en segundos.
—No estoy enganchada a Albert, es solo que…
—Creías que sería como siempre: hablaríais, os daríais cuenta de que todo había sido un calentón y otra vez a las andadas —apunté.
—Bueno, ya está bien de charla. Brindemos. ¡Por esta noche y por Nadia y su nueva vida de soltera!
No sé en qué momento de la noche empecé a sentirme mal. Había bebido como siempre. Volví al reservado después de la última sesión de baile, algo mareada.
—¿Estás bien?
—Sí, tranquila, Monica. Solo necesito un poco de aire. Estamos demasiado apretujados en la pista.
—Espérame aquí, voy a por una botella de agua.
Debía ser intolerante al alcohol. ¿Mi cuarta copa? Tampoco era tanto, pero aun así me sentía fatal. Todas habíamos bebido lo mismo y, sin embargo, Mia y Nadia seguían saltando y bailando como si nada.
Monica volvió con una botella de agua. En cuanto bebí un trago me sentí un poco mejor.
—¿Has cenado?
—Me he hecho un sándwich al volver del trabajo.
—¿A qué hora?
—Sobre las siete, creo.
—¿Y te preguntas por qué estás así? No tienes nada en el estómago. Lo raro es que no estés peor.
Era por culpa de Ray. ¿Por qué tenía que estar en todas partes? No podía dejar de pensar en él, así que bebí. Error de manual. En lugar de ayudar, lo empeoró: ahora sus ojos negros, su boca, sus malditos labios se colaban por todas partes, como si mi cerebro hubiera decidido ponerlo en bucle infinito. «Madre mía, ¿qué me está pasando?»
—Necesitas comer algo. Voy a avisar a Nadia y Mia.
Sal fuera que te dé el aire.
Ya estaba en pie intentando abrirme paso entre la multitud. Era peor que el pasillo del trabajo en hora punta.
—Emma…
—Te he entendido. Espero fuera.
Avancé entre cuerpos que se movían al ritmo de la música. Cada paso me costaba más. Hasta que supe que no lo lograría tras el empujón de un muro sudoroso de músculos.
—¡Monica… Monica…!
Grité entre el ruido, aunque era absurdo. No estaba en condiciones de pensar.
El mareo se intensificó. La visión se volvió borrosa. Todo desapareció en segundos, salvo la música lejana.
Entonces algo me sujetó por la espalda.
En cuanto salimos, el aire frío me golpeó la piel.
—Joe, trae el coche ahora.
Ray parecía preocupado.
—¿Dónde está tu abrigo?
—Lo llevaba aquí… —levanté la mano, pero ya no estaba.
—¿Puedes sostenerte?
—Estoy bien. No necesito… —Antes de terminar la frase sentí una náusea repentina.
Se quitó rápidamente su americana y me la colocó sobre los hombros.
Debía pensar que era una borracha. Dios, qué desastre.
—Dile a Drake que he salido por una urgencia.
—Entendido, jefe.
Me ayudó a entrar en el coche y me abrochó el cinturón.
—Toma agua, te vendrá bien.
Bebí en silencio mientras él conducía.
«Monica se preocupará cuando no me vea», pensé.
Saqué el móvil:
Emma: Monica, estoy bien. No te preocupes. Disfruta de la noche. Te quiero.
Lo guardé.
—¿Cuál es tu sitio favorito para comer?
—SottoCassa, en Harlem, pero estará cerrado.
Mientras conducía en silencio quise decirle muchas cosas: «Gracias por no enfadarte por no elegirte el otro día, aunque era lo que más quería hacer en el mundo. Gracias por estar aquí y cuidarme, pero no pude».
—¿Has estado en Joe’s? Es la mejor pizzería de Nueva York a estas horas.
El cartel rojo brillaba: Joe’s Pizza since 1975. Lo conocía.
—Gerber y yo venimos a menudo.
Cuando entramos estaba vacío. Normal a estas horas de la noche.
—¿Qué quieres?
—Siciliana, pero puedo pedirla yo, no te…
—Quédate aquí.
Cuando fue a pedir la pizza, me di cuenta de que llevaba su chaqueta. La olí. Grave error.
El ruido de la silla me arrancó de mis pensamientos. O de mi único pensamiento: él, su olor, esos ojos negros que no se iban ni aunque cerrara los míos. ¿Alguna vez dejarían de perseguirme?
—Come.
Era una orden, aunque amable. Obedecí.
Comimos en silencio.
—¿Mejor?
—Mucho mejor. Gracias.
—¿Siempre te pasa esto al beber?
—No bebo mucho, pero siempre me sienta fatal.
—No estás acostumbrada.
Hablamos de su vida, del AVLON, de su infancia en Nantucket y de cómo terminó en Nueva York. Había algo distinto en él cuando hablaba de su familia. Era menos forzado. Más natural.
Después me llevó a casa.
En el camino me preguntó por ese tal Gerber que había mencionado.
—Es mi padre.
Sus hombros se relajaron al instante.
—¿Pensabas que se trataba de otra persona? ¿Qué tengo un novio escondido en el armario mientras me dedico a ligar en citas para ganar audiencia?
No respondió, pero no hacía falta: su silencio decía más que cualquier palabra.
—Ah… ya lo entiendo. ¿Crees que toda mi sección es una farsa? Claro… —De repente sentí un nudo en la garganta, y no eran ganas de vomitar.
—He luchado toda mi vida por ser transparente con mi trabajo. En una pizzería, en un tugurio vendiendo copas o en una tienda de moda. El hecho de que sea una web de citas del amor no cambia nada. Yo no me transformo como otros para aparentar lo que no soy.
Cuando terminé de hablar, sus ojos negros seguían clavados en mí, como si intentaran descifrarme.
—Gracias por traerme a casa —dije de espaldas, mientras sacaba las llaves del bolso.
—¿Eso es todo?
—Sí. Eso es todo.
Abrí la puerta de la entrada y empecé a subir las escaleras.
—Malditos tacones —murmuré, deshaciéndome de ellos en el cuarto escalón.
Quedaban dos pisos más hasta la puerta y estaría a salvo de mí misma.
Pero entonces escuché unos pasos subiendo rápido. Mi corazón se aceleró. Las manos me temblaban y no acertaba a introducir la llave en la cerradura.
—Dios, Emma, tranquilízate y mete la puñetera llave —susurré.
Lo hice, pero era demasiado tarde.
Sus pasos ya estaban demasiado cerca.
—No dudo de ti. Dudo de quien soy cuando estoy contigo.
Mi cuerpo estaba completamente paralizado.
Mi corazón se había acelerado, mientras el deseo despertaba cada célula de mi cuerpo con el simple roce de su mano.
«Emma ¿Qué estás haciendo?»
Me giré y le rodeé el cuello con la mano. Ya no tenía ningún control sobre mí.
Había perdido altura al quitarme los tacones, así que me puse de puntillas y alcancé su rostro. Su mirada intensa me desarmó y lo besé.
Sus manos me elevaron del suelo. Enrollé mis piernas instintivamente alrededor de su cintura. El beso se volvió más urgente, más necesitado de contacto. Sus labios suaves y carnosos liberaron a los míos y empezó a recorrerme por la mejilla, luego el lóbulo de mi oreja y empezó a perfilar mi cuello. Me sorprendió un gemido que salió de mí sin esperarlo.
¿Realmente estaba pasando?
«Mike…piensa en Mike. Ayer estabas besándolo a él y ahora estás con Ray con quien juraste que nunca estarías. Y el artículo. ¿Cómo podré escribir el artículo mañana después de esto? ¿Cómo puedo escribir que me gusta y quiero otra cita con él si…?»
—Ahhhh…
Y en ese gemido vi a Mike. Su sonrisa, nuestro beso de la otra noche y antes de que sus labios volvieran a besarme dije:
—No puedo hacer esto.
Se detuvo, con la respiración agitada. Su mirada quedó fija en mis ojos, cargada de preguntas y dudas. Había perdido el control por completo.
—Estoy saliendo con Mike… Esto es solo… un calentón.
Nuestra conexión se deshizo tan pronto pronuncié esa palabra.
—¿Por qué te engañas de esta manera, Emma?
Su mirada de ojos negros volvió.
—No tengo que darte explicaciones.
Recogí mi bolso que estaba en el suelo. Entré en mi casa y cerré la puerta.
Me quedé quieta. Tras unos segundos escuché sus pasos bajando las escaleras.
Apoyé mi espalda contra la puerta y me dejé caer sin fuerzas. ¿Por qué sentía que acababa de cometer un grandísimo error?
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Capítulo 28
No me apetecía levantarme de la cama porque eso significaba escribir el artículo de mi cita con Mike. Pensaba que, enterrándome bajo las mantas y lejos del móvil, la realidad no llamaría a mi puerta ese día.
Hablando de la puerta, eran las nueve del domingo y no había ni rastro del repartidor que llevaba semanas llegando a esa hora con puntualidad británica.
¿Qué esperaba tras mis palabras? Estaría loco si todavía siente lo más mínimo por mí.
Que mal sonaron mis palabras —equivocación— y —calentón—, o el sonido de la puerta cerrándose entre nosotros.
«Estaba borracha», me repetía, pero no era cierto.
No, no lo estaba. Ni siquiera mínimamente mareada, y todo gracias a él y cómo se lo agradecí: mandándolo a la mierda con dos simples palabras.
Al final, estar en la cama tirada era igualmente agonizante, así que decidí ponerme en marcha.
Me preparé un café y cogí mi móvil.
Al encenderlo empecé a recibir de repente miles de mensajes y tropecientas llamadas de Monica, Nadia, Mia, Gerber y…
—¿Drake?
¿Por qué narices me llamó Drake?
Seguramente Ray le contó a su hermano lo que pasó entre nosotros y me van a despedir.
Decidí llamar a Mia. Ella siempre encontraba la forma de hacer que me sintiera mejor.
—Mia, necesito…
—Emma, te hemos estado llamando sin parar. ¿No has visto nuestros mensajes? Estábamos muy preocupadas. Monica llamó a la policía porque creíamos que te había pasado algo. Menos mal que Nadia se puso en contacto con Jenna y nos dijo que Ray te había llevado a casa.
Así que ya lo sabían mis amigas y mis jefes. ¡Fiesta!
—¿Y os contó algo más?
—No, solo que Ray te encontró mareada en mitad del pub y te llevó a casa.
Uffff….
—¿Pasó algo más que no sepamos?
—No… no… no, qué va a pasar. Ya sabéis que odio a Ray y que no podría estar con alguien como él en mi vida.
«¿Por qué me engaño de esta manera?»
—¿Cómo va el artículo?
—¿Qué pasa con el artículo?
—No sé… normalmente lo publicas a las nueve. El programa de Roxanne hace muy buena publicidad y termina a las once. No lo olvides.
Créeme, Mia, esta es muy mala publicidad. Muyyyy mala.
—¿Qué pensarías si escribo solo lo que pasó en la cita?
—Emma, estás muy rara esta mañana. Pues claro, habla de lo que pasó en la cita con Mike… ¿de qué más ibas a hablar?
—Ves, Mia. Si es que eres la mejor.
—Espera un momento… ¿es que acaso pasó algo entre tú y…?
—Mia, te tengo que colgar. Gracias por la aclaración. Te quiero. Adiós.
📻 Radio Conect Love FM
POR ROXANNE — 15 DE NOVIEMBRE
De vuelta en Conectando con el amor. Me comunican que Emma Revol acaba de publicar el nuevo artículo en el portal oficial de YouLoveMe. Emma nos ha hecho sufrir más de lo normal, pero ya está aquí. Estábamos deseándolo, así que no os perdáis la próxima media hora de El Nombre del Amor por Emma Revol.
Nuestra amiga Emma pasó una noche de lo más entrañable y divertida con Mike Spencer. ¿Y por qué lo digo? Pues porque Mike ha resultado ser todo un caballero, con armadura en mano y sus rosas para agasajar a su princesa. Una para el postre y otras muchas más cuando regresaban a casa. Pero lo mejor estaba aún por llegar, y es que nuestro príncipe tenía guardado un as en la manga. Al pobre Mike no le han durado mucho sus últimas relaciones, así que solo esperamos que con Emma haya encontrado ese amor que tanto buscaba.
Y debo decir que Emma no se queda muy atrás, porque le gusta mucho nuestro chico ¿y cuánto? Lo puso a prueba para comprobar si tanta amabilidad y simpatía venían de serie o eran más bien fingidas, y sacó un notable alto, dejando a Emma con ganas de más y con las expectativas muy altas.
Tan altas que Emma no ha podido evitar poner el nombre de su quinta cita al finalizar el artículo, acompañado de un corazón. ¡Escucháis bien, un corazón!
Quizás todas nosotras estábamos equivocadas y siempre ha sido Mike. Pero realmente Ray y Emma hacían tan buena pareja…
Bueno, no me enrollo más. Quiero escuchar lo que pensáis acerca de la nueva y emocionante cita de Emma Revol. Animaos y enviad vuestros comentarios a la redacción de Conectando con el amor. Estoy deseando leeros.
Ya está, este ha sido con diferencia mi peor artículo.
Después de apagar la radio empezaron a llegar a mi móvil emails con comentarios nada positivos:
Helenlove: Lo supe desde el principio, Mike y Emma están hechos el uno para el otro. Solo hay que ver cómo se miraban el otro día durante la conexión.
@feelJanet: Me siento estafada. Yo quiero una historia real, no un cuento de hadas. ¿Qué es esto de las rosas y esa palabrería tan ñoña y cursi? Nadie te cree, Emma. Estás haciendo esto para tapar la verdad. Realmente quien te gusta es Ray Donovan. Todo el mundo lo sabe. Yo lo sé, mi marido lo sabe, mi perro lo sabe, hasta mi pez lo sabe. Arreglad esto o tendréis una seguidora menos.
Angry_Berthy: Todos los que os estáis quejando y diciendo que esta historia no es real porque no está teniendo citas con Ray sois unos oportunistas. Si estuviera con Ray yo no estaría hablando así de mal solo porque me gusta más Mike. Madurad de una vez.
Babyboo99: ¿Dónde está la Emma que dijo que no creía en el amor? De repente nos vienes con este artículo. Hace una semana no tenías claro con quién querías ir a una cita y no creías en el amor y de repente Mike es tu príncipe y estás enamoradísima de él. Esto es una farsa. Mi novio me lo advirtió desde el principio: «No confíes en estas cosas, todo está preparado». Ahora me siento como una tonta por no haberle hecho caso y haber creído en tu honestidad profesional.
Este último mensaje cayó sobre mí como un jarro de agua fría y empecé a notar cómo los ojos se me humedecían.
Apagué el móvil porque no estaba preparada psicológicamente para afrontar todo lo que me caería a partir de ahora. Necesitaba una solución. Pero ¿cuál?
Me puse a ordenar la habitación. Siempre me funcionaba para bajar el estrés. Estiré las sábanas y puse la colcha en su sitio. Recogí todo lo que había sobre mi escritorio y abrí la ventana para dejar que entrara un poco el aire y respiré hondo.
Miré hacia la calle y me acordé del repartidor. Eran ya las once y cuarto. Ya no vendría. Nunca más. El repartidor se había esfumado con mis posibilidades de trabajar como periodista de investigación. ¿Quién querría a una mentirosa en su equipo?
El sonido de la puerta me hizo pegar un pequeño brinco y me quedé parada unos segundos.
Al pensar que podría ser el repartidor salí hacia la puerta como si me fuera la vida en ello y al abrirla me encontré a…
—¡Emma!
Nadia, sonriente y cargada de maletas, con las gafas de sol puestas en pleno invierno, entró en casa sin perdón ni permiso.
—Ya que no coges el teléfono a nadie y mi habitación de veinte metros cuadrados estaba a punto de absorberme como un agujero negro, he decidido que hoy empieza mi mudanza.
—¿No te ibas a mudar con Mia?
—Tú me necesitas más.
Jajaja, debe ser una broma.
Me quedé en el umbral, mirando el descansillo y la escalera, esperando que apareciera el repartidor.
—¿Estás esperando a alguien?
—¿Yooo…? No.
—¿Entonces qué haces ahí plantada en la puerta?
—Me ha parecido ver algo, solo eso.
—Ya… claro.
Nadia siguió hablando, pero ya no la escuchaba; solo oía cómo mi corazón se resquebrajaba poco a poco por dentro.
Me senté en el sofá y encendí la tele por inercia.
—Sé que te pasa algo. Por eso tienes el móvil apagado. ¿Qué ocurrió el viernes, Emma?
Me quedé en silencio y fijé la vista en la televisión.
Nadia se calló por fin y se sentó a mi lado para ver un programa aleatorio que había puesto en la tele.
La había fastidiado del todo. No solo con Ray. Acababa de romper mi propia regla: siempre contar la verdad al lector. Mike Spencer, mi quinta cita. Era guapo, amable y simpático, pero no era Ray. Volví a mirar hacia la puerta deseando que el repartidor al que tanto odiaba llamara a la puerta.
—Te pillé. Estás esperando a ese repartidor, ¿verdad? ¿El que te trajo el gigantesco ramo de flores y la nota pegada en la caja?
—Me van a despedir.
—¿Por qué dices eso? Jenna y Drake te adoran.
—Lo van a hacer cuando sepan que no he contado la verdad en el artículo de hoy. Y lo peor de todo, nadie querrá a Emma lover, la chica que no se enamora y tampoco es capaz de contar la verdad.
—¿Has mentido en el artículo de hoy?
—No exactamente.
Nadia se levantó repentinamente del sofá y fue a buscar su ordenador, que estaba enterrado entre ropa en una de sus maletas.
—¿No tenías otro lugar mejor para guardarlo?
—El gato de Mia se meó encima de mi maletín cuando estuve en su casa hace un par de semanas.
—¡No me fastidies!
—Pues sí.
Después de esparcir toda su ropa por el salón llegó a su portátil.
—Aquí está.
—¿Qué vas a hacer?
—Espera un momento.
Lo encendió y esperamos unos minutos hasta que se conectó.
—Aquí, ya estamos. A ver en qué parte del artículo de hoy has mentido: ¿en la de cuánto te gusta y te atrae Mike? ¿En dónde dices que te parece imprevisible por la bobería de las rosas? Porque te digo una cosa, Emma, cuando he leído esa parte he estado a punto de vomitar. Hasta la pobre Roxanne se ha tenido que inventar toda esa parafernalia del príncipe y no sé qué más para hacerte quedar mejor. Oh, espera, esta es la mejor: la de las florecitas que te hacían sonreír y el beso final inesperado… jajaja… es que me parto contigo.
Giró la cara después de un buen rato haciendo pedazos mi último artículo y dijo:
—¿En qué parte?
—La parte en que besé a Ray justo detrás de esta puerta y dos segundos después le dije que todo había sido un calentón.
A Nadia se le borró la cara de guasa que tenía y abrió la boca para decir algo, pero…
¿Sería yo la primera persona en conseguir silenciar a la incombustible Nadia Will?
—Nadia, yo…
Me hizo un gesto con la mano para que no dijera nada más.
—Pero…
Volvió a repetirme el gesto y se levantó.
—Deberías estar contenta por la apuesta, ¿recuerdas…?
Se dirigió hasta la puerta. ¿Se iba ya? Si acababa de llegar.
—Nadia, la cocina está hacia la izquierda por si quieres un vaso de agua para digerir la noticia.
Yo necesité muchos vasos de agua para digerir lo que había hecho y unos cuantos ibuprofenos para que no me estallara la cabeza. Vaya noche.
—Chsssss.
Abrió la puerta de par en par y se asomó afuera.
—¿Fue aquí? —preguntó mirándome y luego al descansillo.
—Contra la pared.
—¿¡Contra la pared!? —Se le abrieron todavía más los ojos.
Se quedó mirando durante unos segundos esa zona, como si estuviera recreando en su mente toda aquella escena sin poder creerlo. Después entró de nuevo en casa, cerró la puerta detrás de sí, volvió al sofá y se sentó.
—Sabes lo que esto significa, Emma Revol. Que por nada en el mundo, y digo na-da en el mundo, puedes ir a tu quinta cita con Príncipe armadura Mike Spencer. ¿Me has entendido?
—Imposible.
—De imposible nada. Como me llamo Nadia Will Canhooten, que tú la semana que viene tienes una cita con Ray Casanova fucking paredes.
Y no ponía en duda su palabra. Porque cuando Nadia se proponía algo, siempre lo conseguía.
Lilian me recibió el lunes sonriente y, con tono subidito, me anunció que Jenna y Drake me esperaban en su despacho. Me despidió con este comentario:
—Y vivieron felices para siempre.
El cachondeíto de los finales Disney se había convertido en una pasarela, pero esta vez de incredulidad y pérdida de confianza. Porque una cosa es que te critiquen porque ellos en tu lugar actuarían de otra forma, pero perder la credibilidad y la confianza era imperdonable. ¿Quién iba a creerme a partir de ahora?
—No es lo que has escrito, Emma —empezó Drake—. Es cómo lo has escrito. Sonaba tan poco tú. La Emma que nosotros conocemos está siempre poniendo un interrogante a todo, y en cuestiones del amor eres la reina de los interrogantes. Por eso precisamente te elegimos. Porque podías dar esa frescura de una persona completamente desenamorada del amor. Así que dinos, ¿cómo se te ocurrió escribir semejante… bodrio?
Menos mal que me habían pedido que me sentara antes de que Drake (que probablemente sabría que me había liado con su hermano) me soltara toda esa parrafada y siguiera moviéndose por el despacho.
—Estaba nerviosa y… quiero arreglarlo. Sé que habéis puesto todo vuestro corazón en esta sección y me sentía presionada por el público y…
—Emma, si no quieres contarnos la verdad está bien, pero todo lo que dices ahora no son más que excusas. —La voz de Jenna había dejado de ser aguda como siempre y eso me dio más miedo. Nunca la había escuchado tan decepcionada, ni siquiera cuando le contaron que Brad Pitt y Jennifer Aniston habían roto.
—Pasó algo el viernes cuando volví a casa —dije tímidamente mientras Jenna y Drake me miraban fijamente.
—¿Qué pasó el viernes, Emma?
—Como ya sabréis, salí con mis amigas y me sentó muy mal el alcohol y cuando me estaba marchando del local…
—AVLON —puntualizó Drake.
—Del AVLON, sí, Ray me encontró y decidió llevarme a casa. Al final acabamos en el Joe’s y cuando me dejó en casa le besé.
—¿¡Le besaste!? ¿¡A Ray!? —La voz aguda de Jenna había regresado para matarme los tímpanos.
—Espera un momento —dijo Drake—. Antes de que cunda el pánico… ¿fue en la boca?
Y contra la pared.
—Sí. —Me entró la risa por el matiz. Vale que no creyera en el amor, pero qué tipo de persona creían que era cuando les había dicho que lo había besado. No iba a ser en la frente.
—¡Jenna, amor, estamos salvados… salvados! —gritó Drake levantando en el aire a Jenna mientras esta gritaba también de felicidad.
¿Cómo se supone que debía sentirme en este momento?
Estaba en un: ¿Me puedes explicar qué está pasando?
—Te lo dije Drake. Sabía que nuestra Emma estaba enamorada hasta las trancas de Ray, pero no me hacías caso… desconfiado.
—Sobre todo cuando le pregunté qué más había pasado y ni me miró a la cara. Él, que siempre está pavoneándose de sus conquistas, pero Emma, tú lo tienes a sus pies… te lo digo yo, que soy su hermano.
En ese momento ese ¡me! se convirtió en un latido raudo que ya resonaba en mis oídos y mis manos frías y sudorosas. ¿Ray me quería?
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —Jenna paró de saltar de felicidad—. ¿Cómo se supone que vamos a salir ante toda esta gente y decirles que Emma ya no quiere una cita con Mike sino con Ray?
—Antes de decidir qué vamos a hacer me gustaría hablar en privado con Mike.
—Claro, Emma, ningún problema. Drake y yo iremos pensando cómo hacerlo. Mientras tanto, prepara la cita de esta semana con Lilian y no digas nada a tus compañeros hasta que se haga oficial.
¿A qué compañeros? A los que nada más levantarme para salir de allí vi asomarse descaradamente a través de la cristalera y que, a estas alturas, gracias a los gritos de Jenna, probablemente se habrían enterado de todo.
Salí de allí con dos misiones: la primera, obviar tanta miradita por parte de toda la redacción (y los comentarios, por supuesto). Y la segunda, cancelar mi cita con Mike.
—Deberías recogerte la baba del cuello de la camisa. Se te ha caído de estar tanto tiempo con la boca abierta.
Lilian se giró enfadada hacia mí y dijo:
—Debe ser cosa de muchos hoy en día mirarte con esta cara. Ten cuidado y no te escurras por donde vayas.
La rompepiernas Lilian estaba de vuelta.
—Monica, voy a llamar a Mike. ¿Cómo le digo que ya no quiero que sea mi cita sin sonar como una mala persona?
—Primero, no eres una mala persona. Estás aprendiendo y eso a todos nos hace cometer errores constantemente. Y segundo, dile la verdad.
Empecé a recapitular los momentos que habíamos pasado juntos en las citas y lo que había sentido. No es que no me gustara. Me gustaba, pero siempre había estado Ray de por medio y, cuando comparaba cómo me sentía con Ray con cómo me sentía con él, Mike siempre salía perdiendo. Y por primera vez iba a reconocer en voz alta que Ray había estado ahí desde el principio, aunque hubiese intentado negarlo.
—Y sobre todo, recuerda respirar tranquila y saber que todo va a estar bien.
Iba a tranquilizarme, iba a buscar un lugar en el que estar a solas en la oficina e iba a solucionar todo este embrollo.
—Gracias, Monica. No sé qué haría sin ti.
—Te quiero, Emma.
Colgué y me dirigí a la novena planta.
—Te necesito ahora mismo —dije nada más abrir la puerta de cristal y ver a Cathy sentada en la recepción.
—Lo que sea.
Iba a decir algo cuando empezamos a caminar, pero enseguida le dije que no era el momento.
—Quédate aquí fuera. Si alguien intenta entrar le dices que una de las cisternas está echando agua y que lo está mirando el fontanero.
—De acuerdo.
Comprobé que todos los baños estaban vacíos y después busqué su número en mi móvil y lo llamé.
¿Qué le vas a decir?:
«Lo siento mucho, Mike. Eres un hombre muy simpático y creo que cualquier mujer podría enamorarse de ti perdidamente, pero… yo no».
«Mike, eres simpático e imprevisible y eso me encanta de ti, pero no me gustas lo suficiente… no me gustas como me gusta Ray».
Su voz al otro lado del teléfono me sacó de mis pensamientos.
—Emma, qué alegría que me llames. Me encantó tu artículo.
Debes ser el único al que le gusto…
—He llamado esta mañana a Lilian para ir planificando nuestra cita de esta semana. Había pensado en un lugar más tranquilo, tú y yo solos ¿qué te parece?
—Mike, de eso quería hablarte…
Empecé a repasar cómo decírselo de la mejor manera y, cuando estaba a punto de hablar, se me adelantó.
—Estás así de callada por los comentarios en el artículo, ¿a que sí? Puedes creer lo envidiosa que es la gente. Siempre mirando el lado negativo de las cosas. Pero tienes que saber una cosa: a mí no me importan ellos, me importas tú, y quiero que sepas que hiciste un gran trabajo con ese artículo.
Inseguro Mike atacando de nuevo, y con lo que estaba a punto de decirle no sacaría cabeza de la pena en un buen tiempo. Porque no se merecía lo que le iba a decir, pero lo dije.
—Mike, no es culpa de la gente, es mi culpa. Llevo engañándome tanto tiempo que ya no sabía cómo acertar cuando tenía la verdad ante mis ojos, y con ello te arrastré a una cita que no tenía que haber ocurrido. Eres un gran hombre. Eres amable y simpático y tienes ese toque de imprevisibilidad que a cualquier mujer traería de cabeza. Lo he intentado, creía que lo nuestro podía funcionar, pero simplemente llegaste un poco tarde porque en mi cabeza ya había alguien más. Alguien a quien quería olvidar. Creía que contigo se me quitaría de la cabeza, pero no lo hizo, y el artículo que escribí ayer fue una muestra de lo cobarde que he sido hasta ahora. Quiero que sepas que no es tu culpa, que no has hecho nada malo. Pero no puedo tener una cita más contigo. Lo siento.
Mis últimas palabras sembraron el silencio al otro lado del teléfono. Temía que en cualquier momento fuera a decirme alguna barbaridad y colgarme, pero ese no era Mike y ese no era su carácter.
—Sabes… en el fondo lo sabía. Lo supe cuando leí tu primer artículo sobre Ray y cuando no pude evitar que se colara en mi propia cita. Fue ese día cuando te perdí. No debía haberte dejado sola. Debí haber sido quien estaba a tu lado mientras veíamos los fuegos artificiales. Me alejé de ti porque quería que fuera una sorpresa. Cliff me dijo que empezarían justo a las doce de la noche. Así que le dije por teléfono, antes de salir del restaurante, que me apartara de ti un segundo para así aparecer a tu lado con dos copas y ver los fuegos artificiales. Ahora me siento como un tonto con muy mala suerte.
—No eres tonto.
Daba igual que hubiese pasado de otra manera, porque Ray ya estaba en mi mente antes de los fuegos artificiales y lo hubiese seguido estando, aunque aquella noche él no hubiese estado allí.
—Eres la persona que más cree en el amor de todas las que conozco. Nada te impide tener las ganas de salir de nuevo ante el mundo y encontrarlo de nuevo. Y eso no lo hacen los tontos, lo hace la gente como tú que sabe lo que quiere.
—Y yo te quiero a ti, Emma. Y sé que tú también sientes algo por mí. Podríamos intentarlo y ver qué pasa. Solo una cita más y te demostraré que esto no está acabado.
—Mike, ya he hablado con Jenna y con Drake. En unas cuantas horas se hará público el cambio de cita. No insistas, de verdad.
—Entonces, ahora resulta que estás enamorada de Ray. Tú decías que no creías en el amor.
Esto sí que no lo iba a aguantar.
—Mis sentimientos hacia Ray no son de tu incumbencia. Lo único que debería preocuparte es que no me gustas, Mike. Gracias por estás citas, pero se ha terminado.
Al empujar la puerta, Cathy se apartó de un salto por la sorpresa. Seguro que estaba con la oreja pegada a la puerta tratando de enterarse de todo. La interrumpí cuando hizo el ademán de hablarme:
—Mike no será mi cita esta semana ni ninguna otra si eso es lo que quieres saber. Ya se lo puedes contar a Lilian o a quien quieras. Me harás un gran favor.
Ella me miró sorprendida y, con una sonrisa que maquiavélicamente se le fue dibujando en el rostro, dijo:
—No temas, Emma, de aquí a unas horas todo Nueva York sabrá que Mike ya es agua pasada en tu vida.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 29
La cara de Lilian era todo un poema al llegar a mi mesa; Cathy no había desaprovechado ni un segundo mientras yo bajaba a la séptima planta.
Sonreí, pero me duró poco: su mirada se deslizó a mi espalda y, al girarme, encontré a Jenna y Drake.
—Hemos decidido que hagas un vídeo explicando por qué se cancela tu cita con Mike. Margot se encargará de grabarlo y editarlo, y se publicará hoy sin falta.
—Pero es un poco precipitado. De repente, de un día para otro.
—No tenemos tiempo, Emma. La cita debe ser, como siempre, los jueves. Tú y Lilian tenéis que organizarlo todo y aún no contamos con el visto bueno de Ray.
—¿Queréis que salga ahí delante de todo Nueva York y rechace a Mike sin tener un plan B?
—Queremos que salgas ahí y cuentes la verdad para frenar la sangría de suscripciones que perdemos por minuto. Sin esa cuota, este portal se hunde, Emma. Así que más te vale ser convincente —añadió Drake.
Mi profesión y mi vida no dependían de estas tres citas. Dependían de mí, de mis palabras, de mi honestidad, aunque el amor no fuera uno de mis fuertes.
Jenna y Drake se marcharon y me quedé con Margot discutiendo cómo sería el vídeo con la atenta mirada de Lilian.
—¿Puedo estar presente? —preguntó Lilian interrumpiéndonos.
—Puedes empezar a mirar locales para la cita. Que no ocurra como la semana pasada, que tuve que hacerlo todo yo.— Con estas últimas palabras y su cara de, «te odio», escrita en sus ojos me marché con Margot.
—¿Estás lista? —preguntó Margot tras la cámara.
¿Se está alguna vez listo para enfrentarte a tus sentimientos delante de miles de personas?
Hola a todos:
Sé que, a raíz del artículo de ayer, muchos habéis perdido la confianza en mí, y quizá también en el amor. Prometí contaros lo que sintiera en cada cita y hacerlo siempre desde la verdad. Y eso es lo que voy a hacer.
Todo lo que escribí ocurrió: hubo rosas, besos, risas y, en definitiva, una noche agradable. Pero no fueron las palabras adecuadas ni, sobre todo, la persona adecuada.
Mike es un hombre espléndido y estoy segura de que encontrará el amor, pero no conmigo. Yo sigo sin saber qué es el amor, y el título de esta sección es hoy más real que nunca. Aun así, me gustaría descubrirlo antes de que esta historia llegue a su fin.
Por eso, siendo honesta con vosotros y conmigo misma, he decidido cancelar mi cita con Mike Spencer.
A lo largo de esta semana os presentaremos a mi nuevo acompañante y todo lo necesario para que sigáis acompañándome en este camino. Además, como la próxima semana no habrá cita por Acción de Gracias, compartiré una serie de textos con mis pensamientos y sentimientos sobre esta aventura, a la que ya solo le quedan dos citas.
Gracias por estar ahí. Nos vemos en dos semanas con el próximo artículo.
Cuando terminé de hablar y Margot apagó la cámara, pude vislumbrar emoción en sus ojos.
—¿He estado bien?
—Has estado mejor que bien, Emma. Tenías que haberte visto. Tus ojos hablaban verdad y creo que la gente lo verá también.
Con la sensación de empezar a enderezar el lío en el que yo misma me había metido, volví a mi mesa y seguí trabajando. Horas después, al publicarse el vídeo en YouLoveMe, sentí mi corazón acelerarse. Era una mezcla de emociones difíciles de nombrar, pero sobre todo una presión nueva: estar a la altura de lo que esperaban de mí y, más aún, de lo que sentía. Del amor, esa palabra que siempre había evitado.
Al final, no importaba lo que quisiera. Tenía que atravesar aquello siendo honesta conmigo misma para poder serlo con los demás.
No quise leer los comentarios. Me aterraba que siguieran sin creerme y darme cuenta de cuánto me afectaba la opinión de los demás.
Se hizo tarde y ya era la única en la oficina. Terminé de enviar emails, ajustar la agenda semanal y organizar las entradas de YouLoveMe para los próximos días. En silencio, todo parecía distinto; costaba creer que aquella mañana hubiera sido tan caótica.
Miré el móvil: mis amigas no me habían llamado ni escrito en todo el día, algo raro en ellas. Llamé a Mónica, luego a Mia y a Nadia, pero ninguna respondió. ¿Seguían molestas por lo del viernes? No quería que mi trabajo se interpusiera en mi amistad con ellas.
Cuando acepté esta sección lo hice con un único propósito: destacar para dedicarme a lo que siempre había querido ser, periodista de investigación. Pero nunca imaginé que alcanzaría esta magnitud.
Llegué a casa y lo encontré todo a oscuras. Eran casi las ocho y no sabía dónde estaba Nadia, a la que había llamado apenas media hora antes.
Cuando me giré para encender la luz, alguien se adelantó y gritaron:
—¡Sorpresa!
Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer.
—Joder, Nadia, te lo dije… Emma siempre se asusta por todo.
—Mia, tú también has gritado, así que no me vengas con monsergas.
—Sí, pero quién fue la que dijo hace unos minutos que no deberíamos gritar… eh.
—Pues no sé, dime tú cómo das una sorpresa si no…
—Dejar de discutir ya.
Sentí los brazos de Mónica rodeándome por detrás. Seguía mirando hacia la puerta y no podía verla. Su mano encontró la mía, cerrada en un puño.
—Tranquila, Emma—. Su mano cálida sobre la mía, helada por los nervios, fue aflojando mi tensión poco a poco.
—Mírame.
Lo hice.
—Todo estará bien, Emma.
Un recuerdo me invadió de repente.
—¡Gerber! —grité y salí corriendo a su encuentro.
Había estado lloviendo y yo me había quedado esperando a mamá, pero no venía. Me puse la capucha como la profesora me dijo para evitar mojarme y me quedé sentada en la escalera de la salida del colegio.
—Tranquila, Emma, todo estará bien.
—¿Por qué no ha venido mamá?
—Ella no ha venido, pero yo estoy aquí. Y sabes lo que eso significa.
—No, Gerber, no quiero pizza. Lo que quiero es ver a mamá. Me prometiste ayer que vendría. Me lo prometiste, Gerber.
Mi llanto aumentó al comprobar que, una vez más, su promesa no se había cumplido. Ya eran dos meses de promesas rotas.
Me senté en el sofá con el vaso de agua de Mia y el trozo de chocolate de Nadia en cada mano, con ellas tres mirándome de pie.
—Ya estoy mucho mejor, gracias, chicas.
—¿Gracias…? Casi te mueres por nuestra culpa— dijo Mia, sentándose a mi lado, compungida.
—Queríamos darte una sorpresa por lo que has hecho hoy. No sabes la de mensajes positivos que la gente ha escrito del vídeo.
—Mónica, primero la asustamos y ahora la hacemos llorar. No llores, Emma, si es todo súper positivo.
—Súper positivo y súper cool, madre mía, tía —dijo Nadia imitando a Mia.
—Nadia, como vuelvas a imitarme ya verás…
—¿Qué vas a hacerme? ¿Vas a lanzarme a tus gatos?
—Chicas… ya, por favor. Estamos solucionando un problema, no creando otro.
—Llevas razón, Monica. Y como estamos celebrando el éxito de Emma con su no cita con Mike voy a prepararos el plato que he aprendido esta semana en mis clases de cocina. Esta vez saldrá perfecto.
La última vez que lo dijo, llenó la casa de humo: olvidó el pollo en el horno y, cuando lo abrió, saltaron las alarmas.
Preparamos unas crepes de verduras. Mia nos dio instrucciones a Nadia y a mí para hacer la masa.
Por otro lado, Mia y Mónica se iban a encargar del relleno de las crepes. Cocinar, no sé, pero mandar se le daba de maravilla:
—Nadia, los huevos sobre la harina y mézclalos antes de echar la sal y la mantequilla.
—Emma, ¿dónde has visto que se eche la leche directamente de la botella? Mide la cantidad primero en un vaso o acabarás echando de más.
—Mónica, el jamón va al final y no se te olvide remover de vez en cuando o se pegará todo a la sartén.
Cuando terminamos de preparar la masa continuamos con el sofrito de verduras.
—El último toque ¿estás lista? —Mia miró a Mónica.
Cogió el queso crema y lo removió con una espátula por todo el relleno hasta que se mezcló completamente. Las verduras ya estaban listas; ahora quedaba preparar las crepes.
Con la ayuda de Mónica, Mia empezó a cocinar la masa en la sartén que previamente había untado con mantequilla.
—Así. —Mónica cogió la sartén y, con mucha habilidad, cubrió toda la base con la masa. Mia la miraba concentrada y, cuando llegó su turno, lo hizo perfecto.
Nos sentamos todas a la mesa, con los estómagos rugiendo, deseando probar las crepes saladas.
—No podemos empezar todavía. —Mia se levantó, fue a la cocina y sacó de una bolsa una botella de vino —. Me lo regaló Uriel la semana pasada. Dice que es de los mejores que ha probado y quería que fuera para un momento especial.
Nos sirvió a las tres. Brindamos por la cena y por mi sección.
—No sé si lo he dicho alguna vez, pero adoro al novio de Mia— soltó Nadia.
—¿Me he perdido algo? Hasta donde yo sabía estabais conociéndoos.
—Os lo iba a contar la noche del AVALON, pero con todo lo que pasó, no me pareció el mejor momento para decir que Uriel me había pedido que fueramos novios.
—¿Y tú por qué lo sabías? —pregunté mirando directamente a Nadia.
—Porque yo lo sé todo, Emma. Nada se me resiste.
—Así que se lo contaste el sábado cuando volvíais de la fiesta—dijo Mónica con una mirada de sorpresa hacia Nadia.
—Sí. Me preguntó y estábamos felices… bueno, yo estaba feliz porque Nadia no paraba de despotricar contra Albert y de decir que no quería dormir en su cuarto, que era como un agujero negro gigantesco.
Empecé a reír sin poder evitarlo.
—¿Te dijo lo mismo?
Asentí.
—Vosotras reíros… reíros. Pero esa habitación tiene algo extraño, os lo digo yo. Es como una energía de esas de las que habla Mónica.
—Negativa—puntualizó Mónica.
—No, Mónica, es peor… es demoniaca. Te habla por las noches, te susurra en sueños, se cuela entre tus sábanas y ¡BUM!
Las tres dimos un pequeño salto en la silla.
—Tu novio no volverá contigo y esa habitación solo te recuerda a él, así que te mudas a casa de tu amiga Emma para tratar de olvidar que eres una desgraciada.
Las tres nos miramos y volvimos a reír.
La comida estuvo deliciosa, igual que el vino.
—Dile a Uriel que venga a la próxima cena… y que traiga otra botella como esta —dije, acabando mi copa.
Mia sonrió satisfecha, no solo por el cumplido, sino por haberse superado con el plato.
—Hablando de chicos ¿sabes ya quien va a ser tu próxima cita?
—Estoy en ello— respondió Nadia mientras dejaba el plato y la copa en el fregadero.
Mia y Mónica me miraron sin entender nada.
—Pasó algo con Ray la noche que me trajo a casa. Subió hasta mi puerta y bueno, yo estaba muy agradecida…
—Excitada—tradujo Nadia desde la cocina.
—Porque me trajera a casa, y lo besé… contra la pared… y después puede que me rayara por todo lo que estaba pasando y…
—La cagaste.
—Y le dije que todo había sido una equivocación, un calentón.
—Calentón fino filipino, eso seguro, pero equivocación…Si es lo único en lo que no te has equivocado en dos meses, mi amol.
Las miradas de Mia y Mónica iban de Nadia a mí como un metrónomo.
—Y ahora no estoy muy segura de que quiera salir conmigo después de cómo lo traté.
—Va a querer salir contigo, ¿sabes por qué? Porque no hay nada que enganche más a un hombre que el tira y afloja. Hazme caso, soy una experta.
Mia y Mónica asintieron a la vez.
—¿Vosotras qué pensáis?
—Que si no dice que sí, es tonto—dijo Nadia.
—Que está loquito por ti. Si después de lo de Roxanne sigue pendiente, es porque no puede sacarte de su cabeza.
—Qué bonito. Sería una historia preciosa para contarle a tus hijos cuando seas mayor.
—Mia, por favor, si no sé si voy a salir con vida de esta sección, mucho menos si acabaré con Ray y tendré hijos suyos.
—Pero serían súper monos. No me digas que no.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 30
—Sé que Lilian está metida en el fracaso de mi segunda cita con Ray.
Porque no era normal esa risilla que se le había escapado en cuanto la llamé después de media hora esperando a Ray. Ella me aseguró que estaba en el lugar correcto y terminó diciendo:
—Seguro que no tarda nada en llegar. —Acompañada de otra risilla tonta.
—¿Estás diciendo que ella os mandó a un lugar distinto a ti y a Ray para fastidiar tu cita?
—Estoy segura. Lo que ya no sé es si lo hizo porque se lo pidió Mike o si guarda toda esa estupidez para ella sola.
Me llegó el humo de un cigarro y miré a mi lado para darme cuenta de que Cathy estaba fumando.
—¿Qué narices haces fumando ahora? Tenemos que estar concentradas.
—Con esto de ser espía queda muy bien fumarse un cigarrillo. Si me llegas a decir que quedamos para esto me traigo una gabardina verde.
Después de que le diera otra calada, se lo robé de la mano y le pegué otra para tranquilizar mis nervios.
—Vamos —dije.
—Espera un momento. Y si resulta que están los dos metidos en esto, ¿qué se supone que vamos a hacer?
—Tú solo habla cuando yo te diga.
Me miró y asintió.
Nos subimos ambas las bufandas para tratar de cubrir nuestro rostro. Al asomarnos al cristal del restaurante los vimos sonrientes en una de las primeras mesas.
—Necesitamos pruebas —dije.
Cathy sacó su móvil del bolso y empezó a hacer fotos, hasta que nuestro nada disimulado plan y el flash de su cámara nos delataron.
—¿Sabes qué hacen con las espías cuando las pillan? Las someten a torturas inhumanas hasta que cantan todo lo que saben.
¿Pero Cathy qué se había creído? ¿Qué esto era una peli de 007?
—Lilian viene para acá. Mejor, así ya no tendremos que fingir qué hacemos aquí.
Me giré para recibir su apoyo y me di cuenta de que ya no estaba a mi lado. Miré hacia atrás y vi cómo huía la muy cobarde.
Alguien tosió para aclararse la voz y, al girarme, me encontré con la cara de revenida de Lilian.
—¿Qué haces aquí?
—No, perdona, ¿qué haces tú aquí y con Mike?
No dijo nada por eso decidí entrar en el restaurante.
La cara de Mike cuando me vio era de completa normalidad.
«¿Qué bien finges? ¿Lo habrás hecho conmigo también?»
—¿No te levantas para saludarme? ¿Ni me apartas la silla como todo un caballero, Mike?
Se quedó callado, sin saber qué hacer ni decir.
Aparté la silla a su lado y me senté. A los pocos segundos Lilian se sentó frente a mí.
—¿Qué os trae por aquí esta noche?
—Estamos cenando.
—Eso ya lo veo Lilian. ¿Algo que decir, Mike?
Miró primero a Lilian buscando su aprobación para hablar. Ella le hizo un gesto para que no dijera nada, pero él habló igualmente.
—Es una cita.
Me quedé mirando a ambos sin poder creerlo.
—Pero si tú odias a Mike… ¿y a ti desde cuándo te gusta Lilian? Además, Lilian, ¿no se supone que tienes novio?
Mike la miró inmediatamente y en su rostro se fue dibujando la sorpresa, la pena y el enfado en cuestión de segundos.
—¿Cómo? ¿Es cierto lo que acaba de decir Emma?
—Mike…es complicado…
—No puedo creerlo.
El pobre Mike, engañado de nuevo. Su problema con las deslealtades se hacía cada vez más grande en su lista.
—Mike, espera, no te vayas. Podemos solucionar esto.
Lilian trató de impedir que se fuera, sin ningún éxito.
Volvió cabizbaja a la mesa. Me daba pena verla así. ¿Por qué no podía ser tan mala como ella y disfrutar de su desdicha como probablemente ella sí había hecho al arruinar mi cita con Ray?
—¿Por qué sigues con tu novio si ya no lo quieres?
Ella no levantó la mirada que todavía seguía puesta sobre el mantel.
Se secó las lágrimas y, al levantar su rostro, vi a una Lilian completamente diferente.
—Porque no puedo. No es tan sencillo… ¿vale? Él vino a vivir a Nueva York porque yo se lo pedí. No puedo dejarlo tirado de esa manera después de lo que ha hecho por mí.
—¿Durante este tiempo has estado quedando con más gente?
Lilian me miró sorprendida.
—Recuerdo muy bien tu reacción al comentario de Mike durante la entrevista con Margot.
—Han, ya no es feliz en Nueva York. No me mira, apenas me habla y hace meses que no me toca. Tú y el trabajo sois insoportables, así que hace un tiempo empecé a salir con chicos del portal. Creo que Han lo sabía. Sabía que era solo para entretenerme cuando salía del trabajo, pero no se imaginaba que esta vez iba en serio. Se enfadó y me echó en cara que toda esta situación era mi culpa y que él no se marcharía a ningún sitio. Que si yo quería hacerlo me buscara otro lugar para vivir.
»¿A dónde voy a ir? No tengo ningún sitio ni conozco a nadie en Nueva York. Por suerte Cathy me dejó pasar unos días en su casa, pero Han me encontró y me pidió perdón y volví a casa con él.
—¿Pero y Mike, por qué?
—Porque me gusta. ¿Por qué te piensas que fui hasta su casa para disculparme? Tengo bastante orgullo para hacer algo así.
—Creí que lo hacías por la sección.
A Lilian se le formó una sonrisa de sorna en el rostro.
—¿Creíste que lo hacía por ti? ¿Para que tú brillaras por encima del resto, como llevas haciendo estos últimos meses? No, Emma, lo hice por mí. Porque me gustaba. Esa misma noche besé a Mike y él no dijo nada. Y él me besó cuando le pasé información sobre tu cita con Ray. Pero también le gustabas tú, por eso te dije la verdad esa semana, para que te dieras cuenta de que Mike estaba jugando sucio para conseguir tener una cita contigo.
—¿Qué hacías con él la noche de mi cuarta cita?
—Quería verme antes de su cita contigo.
—¿Y las flores?
—Las llevó Mike. Me contó su plan para meterte esa noche en su cama, de que nada podía fallar. Quería que esa imagen de la perfecta y correcta Emma, que lo tiene todo bajo control y que es incapaz de enamorarse, se derrumbara.
Por eso evité que salieras con Ray anoche. Porque estás a punto de enamorarte de él, si es que no lo estás ya. Y cuando lo hagas, habrás ganado, Emma. Y yo no podía permitir que ganaras.
—Mi triunfo hubiese sido de ambas si hubiésemos trabajado juntas. Pero tú siempre has preferido ir en mi contra. ¿Y qué has ganado con eso?
—Que Ray te odie. Ahora él no querrá saber nada más de ti y tú no podrás acabar la sección por todo lo alto.
—¿Ha tenido Mike algo que ver en todo esto?
—Fue su idea. Estaba demasiado cabreado contigo después de que cancelaras la cita. La semana que viene presentaré mi despido voluntario. No quiero darte el gusto a ti ni a nadie de mi derrota.
Me iba a ir, pero no pude evitar decirle todo lo que sentía:
—Hasta el último momento pensé que podríamos arreglar las cosas. Incluso cuando os vi a los dos entrando en el restaurante. Siempre pensé: «Quizás algún día recapacite y se dé cuenta de que no tengo nada en su contra. Que me gustaría llevarme bien con ella y trabajar juntas».
»Nunca he querido estar por encima de nadie. Yo no le pedí a Jenna y Drake que me dieran esta sección. Ni siquiera apliqué por este trabajo. Mis objetivos siempre han estado en ser periodista de investigación y, tarde o temprano, lo seré. Lejos de YouLoveMe y de gente como tú.
Salí de allí sin mirar atrás, pero con una profunda tristeza. Todo lo que había imaginado desde el momento en que pisé este restaurante se había visto superado con creces.
Nunca había conocido al verdadero Mike y Lilian había resultado ser un obstáculo desde el principio. Y después de todo esto, estaba segura de que Ray no querría volver a hablarme y que la sección acabaría de la peor de las maneras.
¿Por qué acepté que la estúpida de Lilian me ayudara en la gestión de las citas? Porque la estaba utilizando para sabotear la sección.
Nadia me había entregado esta mañana el número de teléfono de Ray, pero había sido incapaz de llamarle para disculparme.
«Se acabó no afrontar mis problemas».
Saqué el móvil de mi bolso y pulsé su nombre. Después de varios tonos descolgó el teléfono:
—Hola, Emma —su voz a través del teléfono sonaba seria.
—Hola.
Sentía que el corazón se me saldría del pecho. Estaba completamente paralizada, como cuando algo me asustaba.
Mis manos apretaban el asa del bolso mientras la gente pasaba esquivándome.
Recordé una frase, que no hace tanto, mi padre me dijo:
—Cuando damos el paso y nos enamoramos, es aterrador. No podemos elegir cómo ni cuándo sucede, solo lo sabemos.
—¿De dónde has sacado eso, papá? ¿De alguna de tus películas favoritas?
—Me lo dijo tu madre en nuestra tercera cita. Fue en ese momento cuando supe que la amaría hasta el último día.
Sentí las lágrimas caer por mis mejillas y traté de respirar para recobrar la serenidad.
—Ray, ayer no te dejé plantado en el restaurante. Lilian se confundió y nos llevó a dos sitios distintos… Vaya tontería, ¿verdad?
Me callé, pero no dijo nada.
¿Qué más se suponía que tenía que decir?
—No vas a decir nada…
Silencio de nuevo.
Estaba cansada de intentar convencerme de que no sentía nada por él.
—¿Quieres saber la verdad? Pues te contaré la verdad: desde el primer día que te vi supe que serías un problema para mí. Me imagino que tu lista de mujeres no es menor de cincuenta, y quizá me quedo corta. Pero no es eso solo… es que, Ray, está en tu forma de mirarme. Odio cómo me miras, porque me siento débil ante ti. Siento que todas mis barreras caen y que no podré impedir que me hagas daño.
Sentí que iba a perder el aliento al decir todo aquello de forma acelerada, así que paré unos segundos y Ray no dijo nada.
—Yo he visto el sufrimiento, por eso no creo en el amor. Porque el amor no puede hacer sufrir de esa manera. Se supone que cuando amas deberías hacer todo por esa persona y nunca la harías sufrir.
Tras unos segundos de silencio, escuché su voz por fin.
—¿Dónde estás, Emma?
«¿Después de todo lo que le he dicho, me pregunta dónde estoy?»
—Estoy yendo para casa.
—¿Estás con alguien?
—No.
—Te acompañaré a casa.
—No hace falta. No quiero molestarte.
—No es ninguna molestia.
¿No iba a decir nada sobre mis palabras?
—Tardaré un poco en llegar ¿estás seguro de que quieres hablar conmigo durante tanto tiempo?
—Ninguna duda.
Ahora no sabía qué decir y él parecía que tampoco.
—Una semana complicada… ¿verdad?
—Sí, de esas semanas que desearías que nunca llegue el lunes.
Aunque, a decir verdad, todo este lío había empezado después de mi beso con él.
—Sé que no estuvo bien lo que te dije después de nuestro beso. Es que en ese momento no sabía qué hacer.
—Lo entiendo. Yo también lo estaba. Bueno, no exactamente agobiado, pero todo esto también es nuevo para mí.
¿Qué es nuevo para él? ¿El beso, yo, o había algo más…?
— Cuando he visto tu nombre en la pantalla, no lo iba a coger.
—¿Y por qué lo has hecho?
—Por la misma razón por la que me ofrecí a ir a ese programa de Roxanne e hice el ridículo delante de todo el mundo. Y también por aquella vez que quise protegerte y asegurarme de que estuvieras bien la noche que fuiste al AVALON.
Había sonado tan seguro y su voz, seria y grave, había bajado un tono de calidez al reconocer todo aquello.
El sonido de un coche pitó cuando estaba pasando. No me había dado cuenta de que el semáforo estaba en rojo cuando crucé.
—¿Emma, estás bien?
Pasé corriendo hasta la otra acera con sus palabras de preocupación todavía resonando en mi mente. Cuando volví a ponerme el teléfono en la oreja, miré hacia atrás, al lugar donde todo acababa de ocurrir, y me vi a mí misma junto a mis amigas intentando sacarme de mi estado de ansiedad de hacía dos meses.
Ahora había sido capaz de cruzar y no me había quedado paralizada como solía ocurrirme.
—Todo bien. Solo ha sido el pitido de un coche, nada más.
Solo eso. Solo el pitido de un coche y se me dibujó una sonrisa en la cara.
—Dime ahora mismo dónde estás e iré a recogerte.
—No quiero que te preocupes, de verdad.
Esta última frase hizo que empezara a reírme, porque estaba en serios problemas de llegar viva a casa si seguía tan centrada en mi conversación con Ray y no en lo que pasaba a mi alrededor.
—Haremos una cosa. Ya que tú te distraes con demasiada facilidad y yo no quiero que te pase nada malo, y no me dejas ir a recogerte, a partir de ahora estaremos en silencio. Ni una sola palabra hasta que llegues a tu casa. ¿Podrás cumplirlo?
—Lo intentaré.
—Solo una cosa… dime por dónde estás.
—Estoy en Amsterdam Ave, cerca de Lincoln Square.
—¿Y tú?
—Yo estoy contigo. No me escuchas, Emma.
—Muy gracioso, Ray. ¿Haces esto con todas tus ligues?
—Tú no eres un ligue.
Pasaron diez minutos y llegué hasta la setenta con Amsterdam Ave.
—Te veo.
—¿Estás aquí?
Me giré para buscarlo, pero no había rastro de él.
—Frío, frío —dijo con una voz cada vez más sugerente.
Vi al fondo a un hombre en la puerta de mi edificio y pensé que podría ser él.
—Ya te veo.
Aceleré el paso y llegué en pocos segundos hasta el hombre que ahora me daba la espalda, pero que enseguida supe por su complexión que no se trataba de Ray.
—Frío, casi congelado. Pero al menos tiene una sorpresa para ti.
El hombre se giró y enseguida lo reconocí.
—Buenas noches, Emma. Le traigo una carta del señor Ray Donovan.
—Esta vez sí que viene con remitente —dije mientras se dibujaba una sonrisa en mi cara.
—Eso parece.
Con la carta ya en las manos firmé la recepción.
—Que pase una buena noche, señorita.
—Igualmente.
—Me quedé con las ganas de hacerte un regalo el domingo pasado.
Si tú supieras la de veces que estuve pendiente de esa puerta esperando a que llegara el repartidor solo para saber que no lo había arruinado todo.
—¿A qué esperas? Ábrelo —dijo con una voz que había tornado algo misteriosa.
En el interior de la carta había una foto. Eran Ray y un hombre sonriente, compartiendo un día de pesca en un barco.
—Es mi padre. Recuerdas que te dije en el Joe’s que sabía que mi futuro estaba aquí en Nueva York. Esa foto a veces me hace dudar de esa frase. Me hace dudar de si lo correcto no habría sido quedarme en Nantucket y ser marinero como él.
»Pero entonces llegaste tú. Cuando entré en el ascensor y te vi paralizada de miedo, pero también llena de seguridad, de determinación y de una belleza que me desarmó, dudé de todo.
Me emocioné por sus palabras.
—¿Dónde estás? Quiero verte.
—Estoy aquí contigo.
Al girarme, ahí estaba. Su mirada se quedó fija en la mía. Aquellos ojos negros que parecían conocerme mejor que yo misma me hacían sentir libre, y entonces me besó. Esta vez fue un beso con miles de preguntas, pero también una respuesta: que, hasta ahora, había estado equivocada sobre él.
Cuando terminó, todavía a pocos centímetros el uno del otro, en un susurro pregunté:
—¿Quieres tener una cita conmigo?
—Cuánto has tardado en preguntarlo.
📻 Radio Conect Love FM
POR ROXANNE — 22 DE NOVIEMBRE
Ohh… madre mía ¿se nota que estoy emocionada? Lo estoy, amigos.
El artículo de hoy de Emma Revol ha puesto la guinda a esta semana de montaña rusa. Hemos tenido a un príncipe que no llegó a ser el rey del corazón de nuestra Emma. Un vídeo sincero que ha llegado al corazón de todos nosotros en el que Emma nos ha mostrado la verdad de sus sentimientos. Y, sin saber quién iba a ser su próxima cita, nos agarramos al asiento de la montaña rusa esperando con el corazón en la mano a saber si todas nuestras esperanzas serían respondidas.
¿Siempre fue Ray Donovan?
Al final YouLoveMe prefirió guardarse esa carta y mostrarla hoy. Sí, queridas, Ray Donovan, provocador, graciosillo, profundo, cuya mirada desarma a nuestra querida Emma, fue el elegido. ¿Creéis que aceptó la cita con Emma tras haber sido rechazado? Las palabras de Emma fueron: «Fuiste tú desde el principio».
He sentido cómo todo mi mundo volvía a estar en orden cuando he leído este artículo. Y es que no hay nada mejor que encontrar nuestras expectativas cumplidas.
«Ya no quiero esconder nada. Siento y quiero que sintáis conmigo todo lo que ya no puedo retener en mi pecho… ¿Es este sentimiento el nombre del amor?
Es en su mirada donde he encontrado todas las respuestas. Él me desnuda. Con él me siento libre. Rompe mis esquemas de todo lo que ya sabía y como él me confesó:
—La vida contigo ya no es lo que creía que sería».
Ray besó a Emma y esta vez no huyó como lo hizo la primera vez cuando Ray la llevó a casa. Fue un beso lleno de preguntas, pero también de una respuesta:
«—Te había juzgado mal».
Dieron un paseo de noche por Nueva York. La foto de Ray y su padre fue bien resguardada en el bolso de Emma. ¿Cuánto significaba para Emma que Ray compartiera esa parte de él?
«Hacía la diferencia».
Nuestra Emma, deseosa de cumplir con sus expectativas de Ray —un conquistador por naturaleza—, se encontró con un Ray que no imaginaba. Un Ray que la acompañaba en silencio para asegurarse de que llegaba bien a casa. Que la sorprendía con un detalle inesperado. La besaba para demostrarle que esto solo acababa de empezar.
«Tan solo una cita y el artículo final es lo que resta para terminar esta sección que ahora escribo sintiéndome por primera vez apenada porque esta aventura llegue a su fin. Solo quiero agradecer que sigáis ahí, compartiendo cada paso que doy en la búsqueda de El nombre del amor.
Estas preguntas se han vuelto recurrentes esta última semana en mi mente: ¿Puedes elegir de quién te enamoras? ¿Puedes controlar y medir la intensidad de ese amor? ¿Puedes ponerle fin cuando desees?»
Con esas preguntas nos deja Emma hasta su próxima cita que no ocurrirá hasta dentro de dos semanas. Aunque como aperitivo, durante esta semana de Acción de Gracias tendremos pequeñas entradas para que no nos perdamos nada en este proceso para encontrar El nombre del amor de Emma Revol.
Con esto me despido hasta mañana. No perdáis de vista vuestro camino, pues en él podría aparecer en cualquier momento el amor de vuestra vida. ¡Chao!
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 31
La semana de finales de noviembre se presentaba nublada. En estos días no era seguro salir de casa sin un paraguas porque en cualquier momento podía caer el diluvio universal.
—¡Emma! ¿estás lista? Mia nos espera en mi coche. He conseguido que sea nuestra chófer. ¿A que es genial?
Me asomé por la ventana y vi a Mia fuera del coche esperándonos.
—¿¡Te ha prometido una sesión de cuidado de tus gatos gratis!?
—¡Síiii! —gritó ella desde abajo.
Lo sabía. El intercambio no me parecía mal, teniendo en cuenta que Mia vivía lejos del trabajo y dependía siempre del taxi o el metro.
No odiaba el metro, pero le aterraba estropear su imagen. Una mala decisión en el transporte podía salirle cara, como aquella vez que se sentó en el bus sobre un chicle dejado por algún —desgraciado—, según ella. Lo llevó pegado todo el día en unos pantalones carísimos y no se dio cuenta hasta que su jefe le hizo un comentario.
Salí de mi cuarto preparada para una semana distinta. Por una vez no tendría el estrés de organizar la próxima cita, aunque no era precisamente por falta de ganas de ver a Ray. Él propuso saltarnos todo el ritual de las citas e ir a lo nuestro. Yo me había negado al principio con bastante firmeza, aunque empecé a dudar después de que volviera a besarme.
Pero lo que realmente me preocupaba era Lilian. Podía presentar su dimisión en cualquier momento, y no tenía ni idea de qué versión les daría a Jenna y Drake. Seguramente lo pintaría como un conflicto conmigo. Porque, siendo sinceros, Lilian no le caía bien a nadie.
Me encontré a Nadia en la cocina y le di un beso en la mejilla.
—No sé cómo lo haces, pero eres una genia, que lo sepas.
—¿Quieres que te deje a ti el coche también? Puedes cogerlo cuando quieras, aunque primero tendrás que sacarte el carnet de conducir. —Nadia sonrió y me dio otro beso en la mejilla.
—De eso ni hablar. Ya sabes lo que odio el tráfico de esta ciudad.
—La tortilla y el café están preparados, cómetelos ya o Mia nos matará si no bajamos.
El pitido del coche llegó hasta nuestra planta acompañado de unos gritos de Mia.
—Ya lo soluciono yo.
—No, tú termina de comer. ¡Miaaa, Emma es muy lenta comiendo! ¡Cinco minutos y bajamos!
—Serás capulla.
—Es la verdad, Emma.
—Y lo de que tenemos vecinos, eso solo me lo dices a mí.
—¿Qué quieres, que nos deje tiradas y se largue con mi coche? Te recuerdo que dependemos de sus maravillosas habilidades de conductora para llegar a tiempo al trabajo y son casi las ocho.
—No me fastidies, ¿cómo no lo has dicho antes?
—Te lo estoy diciendo ahora, así que acelera.
Me tragué la tortilla francesa en dos bocados y me bebí el café tan rápido que cuando bajaba por las escaleras pensaba que vomitaria.
—¿Estás bien? Tienes mala cara.
—Tú conduce y déjate de parloteo. Que hoy vamos con prisa —dijo Nadia mientras abría la puerta del copiloto.
En el camino hasta el trabajo conseguí calmar mi estómago y las ganas de vomitar. Y en ese tiempo Mia y Nadia se pusieron al tanto de todo lo que habían hecho este fin de semana, incluido mi nuevo artículo.
—No sé si te has dado cuenta, Emma, pero por ahora voy ganando.
—Es mi apuesta.
—Claro, Mia, si tú hicieras tu trabajo…
—¿Qué trabajo? ¿Ser una pesada?
—Una pesada que deja huella.
Nadia se giró para observar mi cara, que todavía estaba blanca por la angustia. Me alegré porque ahora no tenía cuerpo para ponerme a discutir sobre apuestas y puntuaciones.
—Primera parada: clínica veterinaria.
Le dio un beso a Mia y luego se giró desde su asiento del copiloto y dijo:
—Espero que el desayuno no acabe en los asientos del coche. Aunque es de segunda mano, preferiría no tener que lavarlo.
—Adiós Nadia y gracias por tus bonitas palabras de despedida.
Qué borde puede ser cuando quiere.
Cuando Mia se puso de nuevo en marcha ya me encontraba mucho mejor, sobre todo después de su comentario:
—Sabes, si te distraes y dejas de pensar en tu malestar, cuando te quieras dar cuenta ya estarás mucho mejor. A mí me pasó una vez.
—Fue en tu primer día de trabajo.
—¿Cómo lo sabías?
—Porque es lo que siempre cuentas para decir que los gatos son mejores animales de compañía que los perros.
—Y es verdad. Porque cuando yo estoy de bajón y llego a casa, nada más verlos y acariciarlos me siento mucho mejor.
—Por cierto, esto no es un atasco. He parado porque ya hemos llegado a tu trabajo. ¿Estás mejor?
Miré hacia fuera y comprobé que Mia llevaba razón.
—Sí, mucho mejor. Que pases un buen día en el trabajo —dije abalanzándome sobre el asiento del conductor dándole un beso en la mejilla.
—Tú también. Si te cruzas con Lilian dile de mi parte que se vaya un poquito a la mierda. No, mejor dicho, dile que se vaya a la mierda por completo.
Uyyy, Mia había perdido la cordialidad que tanto la caracterizaba.
—¿Sorprendida? No lo estés tanto. Hace tiempo que le tengo una manía que no la aguanto. No sé cómo has podido soportarla dos meses en la sección.
—Gracias, gracias y gracias, Mia. Conduce con cuidado. Esta noche hablamos. Te quiero.
—Yo también.
—Emma, ¿sabes dónde está Lilian? Me dejó un mensaje bastante críptico el viernes y no he sabido nada de ella desde entonces —preguntó Jenna.
—No la he visto desde el jueves —mentí. Para qué echarla a los pies de los caballos. Quizás me hubiese visto en la necesidad si Ray no hubiese querido verme más. O si Lilian le hubiese contado alguna barbaridad sobre mí a Jenna para excusar su comportamiento.
—Si viene por aquí, dile que pase inmediatamente a mi despacho. Tengo hueco libre hasta las once. Por cierto, tu último artículo ha sido pre-cio-so, Emma. Mira mi piel. Tócala… tócala.
De verdad quería que le tocara la piel.
—Mira… mira.
—Los pelos de punta, Jenna, ya lo veo. Me alegro de que te gustara. De verdad.
—Estoy tan contenta, y Drake, no te lo puedes ni imaginar. No creía que su hermano fuera a sentar la cabeza nunca. Es muy parecido a ti en ese sentido.
—¿Ray?
—Sí. Él tampoco creía en las relaciones ni en el amor de la forma en que lo hace Drake. Siempre se ha metido con su hermano por haber montado esta empresa y mira ahora. Gracias a él te ha encontrado a ti. El amor de su vida.
Su último apunte sobre el «amor de su vida» había sido demasiado para mí. Además de precipitado.
Asentí y le dediqué una sonrisa solo para que se fuera cuanto antes y no acabara con los oídos taponados el resto del día.
Jenna se marchó tarareando la canción que introducía el programa de Roxanne, como si se hubiera convertido en la banda sonora de su vida. Me la había pegado sin querer y, de vez en cuando, entre email y email, me sorprendía tarareándola. Al darme cuenta, dejaba de hacerlo.
Se hicieron las doce y Lilian seguía sin aparecer por la oficina. ¿Por qué me preocupaba por una persona que había intentado arruinar mi vida profesional?
¿Y si le ha pasado algo?
«No es mi problema».
Dejé el móvil al lado del teclado cuando entró una llamada. Era la cobarde de Cathy. Si quería que le contara lo que había pasado con Lilian y Mike, lo llevaba claro.
—Emma, envié las fotos que hice de Lilian y Mike a su novio.
—¿Qué hiciste qué?
—Es que estaba cabreada por lo que te habían hecho y me sentía fatal por haberte dejado sola. Sabía que tú lo harías igualmente para vengarte por lo que Lilian te había hecho.
—Espera un momento, Cathy. Primero: ¿por qué decidiste hacer algo así sin consultármelo? Segundo: ¿cómo narices te hiciste con el teléfono de su novio? Y tercero… Cathy, te voy a matar. Me dejaste tirada en el último momento con Lilian y el mentiroso de Mike y ahora me vienes con esto.
—Y no te he contado lo peor —dijo Cathy en un susurro.
—Lilian está en problemas. Su novio le echó en cara las fotos y la echó de casa. Le puso todas sus maletas en la puerta cuando llegó. Tuve que dejar que pasara el fin de semana en mi casa y lo además… piensa que fuiste tú la que le mandó las fotos.
—¿¡Qué!? —Me había levantado de la mesa por la noticia y, en cuanto vi las caras de todos mis compañeros, volví a sentarme tratando de tranquilizar mis nervios.
—¿Le habrás dicho que está en un error? ¿Qué fuiste tú la que lo hizo?
—Pues mira, Emma, lo intenté, de verdad que lo intenté, pero la pobre estaba tan segura de que habías sido tú que no pude hacerlo.
Claaaro… mejor que pusiera el foco de su odio en mí. Serás desgraciada.
—Cathy, te voy a matar.
—Ayyy, Emma, estoy perdiendo la cobertura. Nos vemos en la cafetería de siempre en media hora.
Dejé el móvil cabreada sobre la mesa, con más respuestas que antes de cogerlo, pero con una rabia incontenible que no sabía cómo liberar.
Cuando llegué a la planta baja fui la última en salir. De allí a la cafetería solo había unos diez minutos.
La vi desde fuera y me dirigí hacia ella sin perder un segundo.
—Ahora mismo la vas a llamar y le vas a contar la verdad —dije, apoyando las dos manos sobre la mesa para dejarlo bien claro.
Cathy, que ya estaba sentada, siguió dando vueltas a su té con la cuchara sin mirarme a la cara.
—Pues es que de eso quería hablarte, Emma. Lilian me dijo que iría esta mañana a intentar arreglar las cosas con su novio y que me llamaría y todavía no lo ha hecho. Estoy preocupada.
¿Tú preocupada? Más bien interesada en enterarte del último cotilleo.
—Sé dónde viven. Fui allí a dejar las fotos de Lilian y Mike. Podríamos ir y ver si todo está bien.
—Te tomaste demasiado en serio lo de ser espía —dije mirándola a los ojos.
—Quería darle un escarmiento a Lilian por lo que te había hecho. Sé que actúo muchas veces sin pensar, pero lo hice porque creía que era lo que tú harías. La próxima vez te preguntaré antes de hacer algo así.
—Oh, no habrá próxima vez. Eso te lo aseguro. ¿Está muy lejos la casa de Lilian de aquí?
—Si cogemos un taxi, llegaremos en media hora.
—Pues venga, ¿a qué esperas?
—¿Sí? ¿De verdad?
—No digas nada más, no vaya a ser que me arrepienta.
Cathy se levantó inmediatamente y fue hasta la salida para llamar a un taxi.
—Señorita, ¿va a pagar la cuenta de su amiga?
Miré a la camarera y luego a Cathy, que ya estaba botando de un lado para otro en la calle intentando parar un taxi.
«Tendrá morro».
—Tenías que haber visto a Lilian cuando llegó a mi casa. Estaba destrozada. Tenía unas ojeras y la cara completamente blanca. No podemos consentir que la trate así. Por mucho que su comportamiento sea reprochable, esa es su casa. Sabes que el muy capullo no paga ni un duro. Es Lilian quien lo lleva manteniendo desde que vinieron de Wisconsin. No es increíble. Y aun encima es ella la que se ha quedado sin casa.
Cathy no dejó de hablar y, con cada cosa que me decía, mi enfado hacia ella iba disminuyendo y mi odio hacia ese tal Han, iba creciendo exponencialmente.
—¿Cuánto queda?—pregunté al taxista.
—Es la siguiente calle a la derecha.
Cathy y yo nos quedamos con la vista fija en cada lugar que iba recorriendo el conductor hasta que Cathy soltó:
—Ahí.
—Pagas tú —dije un segundo antes de que el taxi se detuviese.
Mientras esperaba a que Cathy se uniera, me quedé mirando el edificio. Estaba en bastante mal estado.
—¿Estás segura de que vive aquí?
Dos hombres que estaban sentados en las escaleras del edificio del al lado, que no tenía mejor pinta que este, se nos quedaron mirando sin ningún disimulo.
—¿Buscáis a Lilian?
—Sí. ¿La conocéis?
—Últimamente parece que las cosas no andan muy bien en su casa. Deberíais escuchar las cosas que ese cabrón de Han le suelta. Si no fuera por mi mujer, hace semanas habría ido hasta allí y le habría partido la cara.
Sin esperar un segundo más y sintiendo el acelerón de mi corazón, Cathy y yo nos miramos y entramos en el edificio.
—Es la cuarta planta —anunció Cathy cuando empezamos a subir.
En pocos segundos dejé atrás a Cathy. Por una vez, las clases de spinning estaban teniendo su utilidad.
—¿La puerta de la izquierda o la derecha? —pregunté elevando la voz para que Cathy, que todavía le quedaban dos pisos para llegar, resolviera mi duda.
—La de la izquierda.
Fui hasta allí con el corazón acelerado por la carrera y los nervios, y llamé varias veces sin pensarlo.
Un hombre, no mucho más alto que yo, con una gorra azul oscura y una barba de varios días, me abrió la puerta. Su camisa gris estaba manchada de grasa y de sus pantalones colgaba el cinturón sin abrochar.
—¿Quién eres?
—Está Lilian en casa. Soy una compañera de trabajo.
—La puta de mi novia está en casa, pero no puede salir. La muy guarra tiene muchas cosas que aclararme si quiere seguir viviendo bajo este techo.
Escuché un pequeño llanto. Sabía que se trataba de Lilian.
—¿Puedo entrar a verla? Es por algo importante del trabajo. Será solo un segundo.
—Ahora mismo está ocupada.
—Es urgente, si no, no habría venido.
—Si fuera urgente, la habrías llamado. Tengo su móvil en la mano ahora mismo y no veo que nadie la haya llamado.
El muy cabrón la tenía controlada. ¿Cómo podía Lilian aguantar a alguien así?
Me estaba quedando sin excusas cuando escuché a Cathy de fondo.
—Emma, apártate. —Apenas me dio tiempo a reaccionar cuando el toro de Cathy empezó a correr en mi dirección y golpeó con toda su fuerza a Han, que era un espárrago andante.
—¡Pasa, corre!
Lo hice y con cada paso me daba cuenta del lugar donde vivía Lilian. En las paredes amarillentas se podían ver restos de moho.
Encontré a Lilian en la cocina.
—¿Qué haces aquí?
—Cathy y yo hemos venido a ayudarte. No puedes seguir viviendo en estas condiciones y manteniendo al gilipollas de tu novio. Coge tus cosas y salgamos de aquí.
—No lo entiendes. Este es el único sitio que conozco. No puedo vivir eternamente en casa de Cathy. Además, Han no estará feliz de que me vaya.
—Me importa una mierda lo que Han quiera, Lilian… ¿Qué cojones quieres tú? ¿Quieres seguir viviendo en esta casa que se cae a pedazos con un novio que te grita y te insulta? Despierta de una vez. Nadie va a venir a rescatarte. Ni Mike, ni ningún chico del portal ni Han va a cambiar. Eres tú la que tienes que cambiar.
—¡Puta gorda, quita de encima!
—¡Emma! ¡Corre!
—Es ahora o nunca, Lilian.
Lilian se acercó hasta mí y asintió. Le agarré la mano cuando su novio atravesó el pasillo y llegó hasta la cocina.
—No te vas a ir a ningún sitio.
—Se larga de aquí y sin ti. Olvídate de que siga manteniendo tu vida de mierda. Aparta.
Él puso las manos sobre las paredes a ambos lados del pasillo para impedir que pudiéramos salir.
—¿Pensabas que te ibas a ir de rositas después de arrastrarme a vivir a esta maldita ciudad y ponerme los cuernos?
Sus dientes amarillos y su aliento insoportable llegaron hasta mí. No podía soportar ni un segundo más aquella situación. Iba a hablar cuando, sin soltar mi mano, Lilian se puso delante de mí y dijo:
—Viniste aquí porque no tenías nada mejor que hacer. Decidiste convertir tu vida en una mierda y no trabajar con la excusa de que odiabas esta ciudad. Dejaste de quererme, ¿y esperabas que yo no hiciera lo mismo? Esto se ha acabado y esta vez de verdad. Puedes quedarte en esta casa de mierda, pero yo no seguiré manteniéndote. ¿Me has entendido?
—¡Tú no te vas de aquí! —Agarró su cara gritándole y, en el momento en que lo hizo, no pude evitar empujarlo para que la soltara.
—Sabes qué, cabrón, he aprendido algunas técnicas de defensa personal y hoy estoy decidida a ponerlas en práctica.
El muy chulo se acercó hasta mí y, justo cuando lo tenía delante y le iba a soltar un puñetazo en toda la cara, Cathy pisó fuerte sobre una de las maderas que sobresalían y esta rebotó contra la entrepierna de Han.
Enseguida este cayó contra el suelo de rodillas, dolorido, momento en que agarré de la mano a Lilian y corrimos sin mirar atrás.
YOULOVEME
1ª Entrada – El Nombre del Amor
POR EMMA REVOL 24 DE NOVIEMBRE
Esta entrada va a ser diferente a lo que tenía previsto, pero siento que no puedo callarme respecto a algo que viví ayer y que en cierta forma tengo la necesidad de darle voz.
«Prisioneros de nuestros miedos»
Una frase que me vino a la cabeza en la vorágine del rescate de alguien que estaba perdida. ¿Tenía culpa su pareja por ser un completo y absoluto gilipollas? Toda. ¿Tenía culpa ella por no valorarse y quererse lo suficiente como para haber cortado antes? También.
¿Por qué? Porque nos acomodamos en relaciones que por diferentes circunstancias hace tiempo que acabaron y sin embargo parece que no asumimos.
¿Por qué dejamos que esa vida de mentiras, de infelicidad, de insultos y abusos no termine nunca? Por miedo. Miedo a la soledad. Al «ya nadie me querrá». Todo ello nace de la falta de autoestima y del «Yo puedo mejorar esto».
¡No, no y no!
Nadie puede arreglar a nadie, ni debe pretenderlo. El crecimiento humano depende de cada uno. Si tú quieres cambiar una situación, entonces primero cambia tus decisiones. Si ya no eres feliz, aléjate. Si ya no te gusta tu trabajo, déjalo. Si tus sueños con esa persona se han esfumado, construye unos nuevos con alguien nuevo. Si quieres amar de nuevo como la primera vez, entonces vuelve a empezar.
Y haz todo eso sabiendo que es mejor empezar hoy que dejarlo para mañana.
«Dejemos de ponernos excusas y tomemos las riendas de nuestra vida»
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 32
Ya era de madrugada cuando regresamos en el coche de Nadia a casa. Mia me dejó en la puerta de casa y se despidió con un beso en la mejilla y un gracias por el día que habíamos pasado juntas con mi padre celebrando el día de Acción de Gracias.
—No hay de qué. Conduce tranquila.
Subí hasta casa. Nadia no había vuelto todavía de la visita a New Jersey. Imaginaba que habrían tenido que ser muchos reencuentros familiares: padres, hermanos, abuelos, tíos, primos y una larga lista de amigos que Nadia todavía conservaba de cuando vivía allí.
Para Monica era su primer Acción de Gracias dividida entre dos casas. Sabía que su necesidad de que todo saliera perfecto acabaría pasándole factura. Tumbada en la cama, busqué su contacto. En el grupo de amigas había fotos de Louis y ella con sus familias; parecían felices. La mesa, en un amplio salón con capacidad para veinte personas, estaba cuidada al detalle y repleta de platos con una pinta exquisita.
Sabía el esfuerzo que Monica había puesto para que todo saliera perfecto, así que le escribí un mensaje personal:
Emma: Pareces muy feliz en las fotos. Me alegro de que todo se haya dado bien. Te lo mereces. Por cierto, deberías borrar cuanto antes esa foto con el gigantesco pavo al horno que has preparado o tendrás a Mia en tu casa intentando replicar tu obra día sí y día también.
Esperé unos segundos y al poco tiempo me respondió:
Monica: Tenías que haber visto sus caras de felicidad. Ha quedado perfecto.
Respecto a Mia, no hay problema, ya vino el otro día a casa para que le enseñara la receta. Estaba nerviosa porque iba a ir a la casa de los padres de Uriel y quería crear una buena impresión.
Emma: Al final no ha ido.
Monica: ¿Cómo?
Emma: Que tu pavo tendrá que prepararlo el año que viene y seguro que le saldrá genial, pero este año dice que le parecía pronto. Al final lo pasó con Gerber y conmigo.
Monica: Me parece que ha tomado la mejor decisión. Por cierto, ¿cómo está tu padre?
Emma: Ya sabes, como siempre. Enamorado del amor y de sus películas. Tenías que haber visto las caras de Mia. Ha quedado completamente impresionada con él.
Monica: Tu padre podrá ser lo que quieras, pero habla muy bien. Se te debió pegar algo a ti en el código genético.
Emma: Todo lo bueno, menos la parte del amor… oh, por Dios… no sé cómo después de tantos años todavía sigo viendo esas películas que a él tanto le gustan.
Monica: Dejas de hacer cosas que preferirías hacer y dedicas tu tiempo a ver una película que a él le encanta solo para hacerlo feliz.
Me quedé pensando en su último mensaje.
Monica: ¿Quedamos mañana a desayunar donde siempre? Invito yo para compensar las semanas que llevamos sin hacerlo.
Emma: A las nueve y no se admiten cambios en caliente.
Monica: jajaja. Hasta mañana. Que descanses. Te quiero.
Emma: Yo también. Hasta mañana.
La luz entraba por las ventanas del salón con un sol que ya se reflejaba sobre el parqué. Volví a mi cuarto y me puse uno de mis conjuntos favoritos. Unos pantalones pitillo de algodón en tono azul marino y una blusa de georgette con volantes en el cuello de color negro. De zapatos, unos botines negros, sin cierre y con los laterales elásticos en marrón.
El pelo lo llevaba suelto en pequeñas ondas y un maquillaje discreto que resaltaba mis ojos, con un leve toque de rosa en los labios.
Antes de salir, revisé el móvil y vi que tenía un mensaje de Monica que decía:
Monica: Debía ser la impaciencia por vernos lo que no me ha dejado esperar al café para despertarme, pero el trozo de tarta nos está esperando y no sabes qué pinta tiene.
📸 [Foto de la tarta]
Emma: No tardo nada.
Miré mi reloj cuando solo quedaba una calle para llegar y me di cuenta de que llegaba justo a tiempo. El restaurante no era muy grande y en verano solían poner mesas en la pequeña terraza junto al ventanal cubierto por un toldo en tono rojizo.
Recorrí el local con la vista de un lado a otro sin encontrarla, hasta que reconocí su bolso en una de las sillas junto a la pared.
Decidí escribirle un mensaje:
Emma: Monica ya estoy en el café…
Cuando iba a enviarlo, me di cuenta de que su móvil estaba sobre la mesa, así que borré el mensaje y miré de nuevo a mi alrededor.
Pensé que era bastante probable que estuviera en el baño, así que decidí esperarla sentada, tomándome el café americano que me había servido la camarera hacía unos segundos.
Pasados unos diez minutos preocupada, fui al baño. No estaba allí.
Me acerqué a la barra para hablar con la camarera.
—Quizás le parezca un poco extraña la pregunta, pero por ¿ha visto dónde ha ido la chica que estaba sentada en aquella mesa?
—¿Monica? —dijo sonriendo.
En cuanto asentí dijo que la había visto salir del café con prisa.
—La he visto cruzar a la calle de enfrente y perderse en la siguiente calle a la derecha.
Seguí sus indicaciones al pie de la letra. Pasé la Amsterdam Ave y seguí hacia la 67. Cuando llegué hasta una zona de aparcamientos giré a la derecha para comprobar que en aquella zona que cruzaba con la 68 no había nadie salvo un hombre alto y robusto hacia la mitad de la acera que me daba la espalda. Anduve hacia allí con una sensación extraña recorriéndome el cuerpo.
—¿Ray?— Lo dije elevando la voz más de lo que esperaba.
El hombre se giró cuando me oyó y entonces vi a Monica. Ambos me miraron sorprendidos, como si los hubiera pillado en medio de algo de lo que se suponía que no me tenía que enterar.
—Ray ¿qué estás haciendo aquí y con Monica?
Su mirada no se quitó en ningún momento de la mía y fue Monica la que respondió a mi pregunta.
—Estaba esperándote en el café cuando lo he visto y he salido a saludarlo. Me estaba contando que un desgraciado ha estado a punto de atropellarle. Es increíble el poco cuidado que tiene la gente hoy en día conduciendo.
Esa mirada de ojos negros intensa se difuminó por completo de su rostro y se le dibujó una sonrisa.
—Estoy bien, Emma. —Se agachó en ese momento para alcanzar mis labios y yo terminé de cubrir ese espacio dándonos un pequeño beso.
Después del beso agarró mi mano.
—Está congelada —dije al sentirla sobre la mía y, por instinto, la cubrí con mi otra mano para tratar de darle algo de calor.
—No me había dado cuenta. —Ese gesto duró unos segundos, que fue lo que tardó Ray en despedirse de Monica y de mí y marcharse.
Me quedé mirando en su dirección y enseguida Monica atrapó mi brazo y empezamos a andar de vuelta al café.
—¿Pensabas que me había ido? No sin antes probar esa tarta de zanahoria y que me cuentes cada detalle sobre Lilian y su novio… mejor dicho, exnovio. No me puedo creer que, después de todo, llevaras razón cuando decías que las cosas en su casa no andaban bien.
—Se me ha pegado tu sexto sentido —dije agarrándome más fuertemente a su brazo.
No ponía en duda las palabras de mi mejor amiga. Aunque aquella sensación de que se me escapaba algo sobre su encuentro con Ray no me abandonó en todo el día.
2ª Entrada – El Nombre del Amor
POR EMMA REVOL 27 DE NOVIEMBRE
¿El amor es sacrificio?
El sacrificio es renuncia; a veces es la forma más pura de dar algo de ti al mundo para poder recibir algo a cambio.
Renunciar a algo inmediato que te procura confort y felicidad para construir algo que tardará en llegar, pero que merecerá la pena. Decir adiós a un gran amor del pasado para dar paso a una vida mejor.
Sacrificio y sufrimiento son eslabones de una misma cadena. El sacrificio es inevitable y, en ocasiones, cuando se trata de amor, puede traer consigo dolor. He visto el sufrimiento de quienes aman y siempre me he hecho la misma pregunta: si es un sentimiento que puede traer pérdida, ruptura y no garantiza un «felices para siempre», ¿por qué sigue siendo tan profundamente anhelado?
Quizás sea por esas lágrimas después de leer un mensaje con un «te quiero» al final. Porque, a pesar de todo, te ha dado una hija a la que amas por encima de todo. O porque, cuando menos lo esperabas, alguien descolgó el teléfono y te acompañó hasta casa sin pedir nada a cambio.
Tal vez el amor no se defina por el sufrimiento, sino por todo aquello que lo compensa. Está en los pequeños momentos, en esos casi imperceptibles instantes que, sin hacer ruido, son capaces de darte la mayor de las felicidades.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 33
Diciembre lo cambiaría todo para mí. Finalizaría la sección de El Nombre del Amor.
Durante estos meses, la sección me ayudó a entender muchas cosas: tenía claro cuál era mi objetivo y por qué había aceptado escribir sobre el amor, aunque no fuera el terreno en el que quería quedarme. También aprendí de mis errores, especialmente de mi tendencia a disfrazar la verdad, algo que estuvo a punto de costarle muy caro a mi carrera profesional.
El guardia de seguridad me saludo como venía siendo costumbre las últimas semanas. Su placa decía: Raúl Sánchez.
Tenía la piel morena, ojos grandes y el cabello negro y rizado asomaba bajo la gorra de seguridad.
—Buenos días, señorita.
—Buenos días, Raúl.
—Mi mujer, Belinda, está encantada con tu sección.
Asentí con una sonrisa breve, aún adaptándome a aquel tipo de reconocimiento.
La quietud de la oficina a esas horas contrastaba con el caos que la llenaría una hora después. Al llegar a mi mesa, colgué el abrigo detrás de la silla y dejé el bolso en una esquina del escritorio. Fue entonces cuando me fijé en la caja.
Era de cartón blanca, pequeña y estaba cuidadosamente cerrada. La abrí con curiosidad y descubrí dentro un Krank cake relleno de chocolate.
Revisé el interior buscando alguna nota o pista sobre quién lo había dejado allí, pero no encontré nada.
No pude resistirme a pegarle un bocado.
—¿Te gusta?
Pegué un bote en mi sitio por el inesperado comentario. Me giré para encontrarme a Cathy parada justo a mi lado.
—Fue idea de Lilian. Dice que siempre estás comiendo uno de estos todas las semanas.
—¿Dónde está?
—Creí que ya estaría aquí.
Me levanté y ambas miramos por toda la oficina.
—Se ha levantado a las cinco de la mañana para llegar antes que tú y dejarte la sorpresa. Es su forma de pedirte perdón.
La vimos aparecer al fondo del estrecho pasillo de la oficina. Caminaba despacio, y por primera vez en mucho tiempo, su expresión parecía tranquila.
—Bueno, os dejo.
Qué raro que Cathy no quisiera quedarse a cotillear.
Cuando Lilian llegó, echó una rápida mirada hacia donde estaba la caja con el bollo.
—¿Te ha gustado? —preguntó sonriente.
—Está riquísimo.
Tras unos segundo en silencio se animó y dijo:
—Gracias por lo del otro día. No sé qué habría hecho sin ti y Cathy. Me gustaría seguir siendo tu ayudante, pero sé que he perdido tu confianza y por eso entendería si no quieres volver a trabajar conmigo nunca más.
Sonreí y dije:
—Para empezar, tienes que gestionar las entradas que escribí la semana pasada. Jenna quiere que ocupen un lugar más destacado en la sección. Encárgate también de los comentarios. Haz una selección de aquellos que más te gusten y pásamelos antes del miércoles a las doce. En cuanto a la cita de esta semana, quiero varias propuestas sobre locales para llevarla a cabo y que contactes a Ray Donovan para informarle sobre lo que decidamos. ¿Te has quedado con todo?
—Sí.
—A trabajar. Hay muchas cosas que preparar esta semana.
El silencio se instaló por un segundo entre las dos, pero ella no tardó en decir:
—Gracias, Emma.
Había llegado el día de la cita tan rápido que apenas había tenido tiempo de pensar en nada más.
Llegué más puntual de lo normal porque quería evitar posibles malentendidos.
Me senté donde el encargado de sala me indicó y, desde entonces, llevaba ya media hora esperando.
¿Estaría enfadado porque lo dejé tirado en el restaurante? Pero si le había explicado que Lilian nos había mandado por «error», (qué generosa fuí), a un restaurante diferente.
No sabía cuántas veces había chequeado el móvil ni cuántas veces estuve a punto de llamar a Lilian para asegurarme de que todo estaba bien y de que no me la había vuelto a jugar. Simplemente no podía haber caído en su trampa otra vez.
Llevé las manos a mi bolso y saqué el móvil.
—Señorita Revol.
—Sí —dije levantando la vista del bolso.
Ahí estaba de nuevo el repartidor. No me lo podía creer.
—Tengo un paquete para usted.
Me salió una sonrisa nerviosa sin querer.
—Espero que te esté pagando extra por hacerte trabajar a estas horas. Por cierto, ya que nuestra relación se está volviendo semanal y tú ya sabes mi nombre, me parecería justo saber el tuyo.
—Lo entiendo, señorita. Soy Kaim.
—Encantada —dije levantándome y estrechándole la mano.
—Solo para asegurarme… el remitente es…
—Ray Donovan.
Se dibujó una sonrisa en mi rostro. Al menos Lilian no era la culpable. Ahora solo me quedaba resolver al misterioso Ray y lo que se traía entre manos.
—Gracias.
Kaim sonrió y se marchó del restaurante.
Al levantar la tapa vi un sobre. Saqué la nota:
«Lo necesitarás para nuestra cita de esta noche. Nos vemos en media hora en North Cove».
Debajo del papel de seda blanca había unos vaqueros ajustados, un jersey y unas Vans. Yo tenía unas iguales.
Desde que hice llamar al camarero para cancelar la reserva y disculparme por las molestias, en mi rostro solo se dibujaba una sonrisa de lado a lado.
El viaje en taxi me llevó veinte minutos. Al final de North Avenue se veía un pequeño parque que cruzaba hasta el embarcadero.
Las farolas iluminaban el muelle, donde podía ver un yate blanco con la pasarela desplegada.
Cuando llegué, miré en su interior y lo vi ultimando los preparativos. Se giró hacia mí y se quedó mirándome.
Vestía con sencillez un jersey de algodón azul marino de cuello redondo sobre una camisa blanca. Vaqueros ajustados en el muslo y más sueltos a partir de la rodilla, junto a unas zapatillas deportivas blancas impecables.
Cruzó la pasarela y, al llegar, me tendió la mano para ayudarme a subir.
—Estás preciosa, Emma.
Mis ojos no se podían apartar de los suyos cuando agarré su mano. Él recogió la caja y la sostuvo sin esfuerzo.
Nos quedamos tan cerca durante unos segundos que no supe qué hacer. Él resolvió la duda cuando acercó sus labios a los míos en un beso suave.
—¿Estás lista?
Asentí y lo seguí hacia el interior del yate. Al fondo, un sofá blanco; a la izquierda, una escalera que conducía a la cubierta superior.
Pero lo verdaderamente especial estaba en la zona principal: una moqueta beige, una mesa de madera perfectamente puesta para dos y la comida ya servida, como si todo hubiera sido preparado al detalle. Las sillas, a juego, se enfrentaban en un equilibrio casi perfecto.
Me quité el abrigo, dejando ver por completo mi vestido, con la espalda parcialmente descubierta en forma de pico.
El aroma de la comida era delicioso.
—¿Lo has cocinado tú?
—Digamos que yo he puesto el anzuelo y el resto lo ha hecho el AVLON. Por cierto, no has cumplido tu parte del trato —dijo mirando mi ropa.
No quería llegar con aquella ropa después de una hora arreglándome. Pero ahora ya estaba lista para cambiarme.
—¿El baño?
—Bajando las escaleras, al fondo a la derecha, junto a la habitación principal.
Encontré fácilmente la habitación principal: amplia, con una colcha azul oscuro y paredes de madera. A la derecha estaba el baño, moderno y elegante. Me cambié en minutos y retoqué mi pelo, ahora suelto en ondas. Maquillaje sencillo: labios con brillo y ojos delineados.
Cuando salí sonaba mi canción favorita.
—Te queda perfecto— dijo al verme.
Había acertado con las tallas, incluso con las Vans.
—¿Estás preparada?
Lo seguí hasta la cubierta. El aire era frío pero agradable. Encendió el motor y el yate comenzó a moverse.
—¿Dónde vamos?
—Ya lo verás.
Su pelo se movía con el viento. Lo observé. Ser marinero había sido su sueño, recordé.
Poco después entendí a qué se refería: la Estatua de la Libertad nos daba la bienvenida iluminada, como un faro en la noche.
—Nunca me canso de venir aquí.
Seguí su mirada. Un manto de estrellas nos cubría.
—Es perfecto.
Él me miró un segundo. Vi emoción en sus ojos, aunque enseguida apartó la mirada.
—Bajemos o la comida se enfriará— dijo sonriendo.
Me contó historias de su padre y de sus viajes a Nantucket, con una mezcla de orgullo y nostalgia. Después, yo le hablé de mis sueños.
—Quiero ser periodista de investigación.
Me miró sorprendido.
—No lo esperabas, ¿verdad? ¿Cómo alguien que trabaja en un portal de citas quiere hacer algo completamente distinto?
—No es eso —dijo aclarándose la voz con el vino—. Tienes un don para contar historias. Quizá esto solo haya sido un calentamiento para otras…
—Más truculentas— terminé.
—Sí. —Y nos reímos.
La música de fondo comenzó a sonar de nuevo.
—¿Eva Cooper?
Demasiado perfecto para ser casualidad.
—¿Me concederías este baile? — dijo Ray.
Acepté su mano y subimos a la cubierta.
Nos rodeaban la Estatua de la Libertad, Nueva York y un cielo lleno de estrellas.
—Bailas bien, Ray Donovan —dije, sin apartar la mirada de él.
—Tú tampoco lo haces nada mal, lover— respondió.
Me condujo hasta su casa en silencio. Solo las miradas hablaban, cargadas de tensión.
En la oscuridad de la estancia, que solo rompía la luz de la ventana, distinguí la cama y el mueble oscuro a mi izquierda. Intenté distraerme de los nervios pensando en otras cosas: «¿Qué hora será? Debe de ser tardísimo. Mañana no llegaré a mi desayuno con Mónica». Volví a mirarlo; seguía allí parado. «¿Me estará esperando?».
La penumbra dibujaba su rostro, volviéndolo todavía más atractivo. Me moví hacia él y, sin dejar de sostenerle la mirada, empecé a quitarme la ropa. «¿Qué estoy haciendo, por Dios?». El abrigo y mi jersey beige cayeron al suelo.
Dibujé el contorno de su rostro con mis dedos y él cerró los ojos un instante. Lo ayudé a desvestirse hasta que su torso quedó al descubierto. Al acariciarlo, su piel se erizó bajo mi tacto. «¿Habrá notado cómo me tiembla el pulso?». Ya no era por miedo, era por él.
Ahora fue su turno. Se tomó su tiempo, lento pero seguro. Sus besos buscaban mi piel con cada prenda que caía, recorriendo mi cuello y mi pecho.
Nos quedamos mirándonos, disfrutando de nuestra vulnerabilidad. Terminamos de desnudarnos sin romper el contacto visual, dejando que el deseo llenara el espacio entre los dos. Se acercó y me cubrió con su cuerpo; el ardor de su piel contra la mía era casi insoportable. Un hormigueo me recorrió entera mientras mis manos exploraban sus músculos, recreándome en su fuerza.
Nuestra excitación creció en un intercambio de caricias y respiraciones entrecortadas que se perdían en el silencio, sintiéndonos al borde del abismo. Bajé mis labios por su pecho hasta su abdomen, sintiendo cómo se tensaba ante mi contacto. Al subir de nuevo, sus ojos me atraparon.
—Te deseo tanto, Emma.
Respondí con un beso voraz.
Me alzó en volandas hasta la cama y se detuvo un momento a observarme. Nunca me había sentido así. «Como si estuviera a punto de perder el control».
Sus manos y sus besos, a veces lentos y otras urgentes, me llevaron a un estado de entrega absoluta. Todo mi cuerpo vibraba bajo su tacto, buscando más, hasta que el placer me hizo gemir sin poder remediarlo. Él supo que estaba cerca del límite.
Se situó justo sobre mí y me sostuvo la mirada con una ternura que me desarmó.
—¿Confías en mí?
Me mordí el labio y sentí arder mis pómulos; no sabía si por lo que estaba experimentando o por lo que me acababa de decir. Sin dejar de mirarme, se acercó a mí y nos fundimos en uno solo con una suavidad que me dejó sin aliento. Notaba cómo la calidez nos envolvía a ambos en un ritmo pausado.
Me búscó la mirada para asegurarse de que estaba bien. Podía ver cómo contenía su propia urgencia, priorizando mi bienestar. Poco a poco, el ritmo se volvió más intenso. Mis caderas buscaron el compás de las suyas de forma instintiva. Sentí que mi cuerpo temblaba de puro placer.
—Mírame, Emma.
Lo hice y vi en sus ojos un reflejo de lo que yo misma sentía: deseo, miedo y una entrega absoluta. Las reacciones se volvieron incontrolables para ambos.
—Ray… Ray… no pares.
Él me hizo caso. Sentía que estaba a punto de alcanzar la cima cuando lo escuché decir:
—Te quiero, Emma.
Me quedé mirándolo, impactada. Lo besé y me aferré a él absolutamente extasiada… libre y perdida en aquel mundo nuevo para mí, pero en el que él parecía encajar perfectamente. Noté su cuerpo tensarse un segundo. Después, su rostro cayó sobre mi pecho y nos quedamos unidos, dejando que el pulso recuperara su lugar.
Desperté con parte de su peso sobre mí. Nuestras piernas estaban enredadas y sus brazos me rodeaban con firmeza. Me giré con cuidado para no despertarlo y lo vi dormir. Me quedé mirándolo, confundida, sin saber si lo que había ocurrido era real.
Sus pestañas se veían más largas y tupidas desde tan cerca. Su mentón afilado, sus labios carnosos… Quería besarlo, quería volver a sentirlo. «No, Emma. Tienes que irte a casa y pensar en lo que acaba de pasar».
Aparté su brazo con delicadeza hasta conseguir salir de la cama. Busqué mi ropa en la penumbra hasta encontrar el sujetador y el culotte. La luz de la ventana me devolvió la imagen del Empire State iluminado; las vistas eran espectaculares. Vivía en la mejor ciudad del mundo.
—¿Qué haces ahí? —Me sobresalté al oír su voz.
—Necesitaba un poco de espacio.
—¿Sabes lo que he pensado yo? Que Emma es como todas esas mujeres desalmadas que, una vez consiguen lo que quieren, se largan.
—¿Va en serio?
Tras unos segundos, él empezó a reírse. Yo también lo hice y, al callarnos, nos quedamos buscando respuestas en el otro.
—¿En qué piensas, Ray?
—En que mi cama está cada vez más fría sin ti.
—Eres… eres… ¿Les dices esas frases a todas las mujeres con las que te acuestas? —pregunté intentando jugar.
—A todas. Y cuando estoy con ellas les digo sin falta: «Te quiero». Pero en este caso, suelo ser yo el que se va antes. En eso tú marcas la diferencia.
—Ja, ja, ja —reí con ironía. Aparté la mirada hacia las luces de Nueva York.
—Yo he dicho lo que me pasaba por la cabeza, ahora te toca a ti.
—¿A eso lo llamas ser sincero…?
Se había levantado y estaba frente a mí, vestido solo con sus boxers negros. Las sombras dibujaban su cuerpo fuerte.
—¿A qué ha venido el «te quiero»? ¿Lo has dicho por la excitación del momento ¿verdad? Hace dos días nos odiábamos.
—Yo no te odiaba.
—¿Entonces por qué te enfadaste cuando te elegí para la primera cita? ¿Y por qué me enviaste el ramo, la nota, la foto…?
—Quería llamar tu atención —admitió—. No te creí en el ascensor y quise provocarte. Pero se me fue de las manos cuando me anunciaste como tu primera cita. Luego te vi con el gilipollas de Mike. Todo en él es impostado, Emma. No soportaba que ese tipo te engañara.
—¿Que me engañara? ¿O más bien que perdieras el control de tu propio juego? —Él se quedó en silencio—. Tu silencio me lo confirma. Lo de esta noche es otra medalla que te colgarás: «Me he acostado con Emma, la que no cree en el amor».
—Sí, tienes razón, me la colgaré como una medalla —reconoció sin pestañear.
Me quedé de piedra.
—Gracias por ser tan honesto. Al menos las cartas están sobre la mesa.
Un nudo en la garganta me advirtió que estaba a punto de romper a llorar. Me puse la ropa a toda prisa y salí de la habitación. Mis lágrimas empujaban con fuerza.
Encontré mis zapatillas en la entrada, me las calcé y entré en el ascensor. Justo cuando las puertas empezaban a cerrarse, su mano las detuvo. Estaba allí, agitado, mirándome con una lucidez que me aterró.
—No te vas porque yo sea un mentiroso —dijo con la voz tensa—. Estás huyendo porque llevas años construyendo muros y negándote la posibilidad de que alguien te importe de verdad.
Se acercó un paso, obligándome a sostenerle la mirada.
—Esto es tan real que te quema, Emma. Yo no quiero dejar de sentirme así… pero tú tienes que decidir si vas a dejar que el miedo gane otra vez o si vas a arriesgarte a sentir algo de verdad. ¿Qué es lo que quieres tú, Emma?
🎶 Playlist 6
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 34
Me quedé helada nada más entrar en casa.
—¿¡Albert!?
El exnovio de Nadia estaba vestido solo con una camiseta y unos boxers azules.
Dejó lo que estaba haciendo, se acercó y me dio un abrazo. «¿Desde cuándo tenemos esta confianza?»
—¿Qué tal ha ido tu cita con Ray?
«Pasaron muchas cosas, Albert, pero no te las voy a contar a ti», pensé.
—¡Nadia! —grité hasta que vi asomarse un rostro somnoliento por el umbral de su habitación.
Señalé a su novio, que todavía me rodeaba con los brazos sin entender muy bien la situación.
—Albert, deja a la pobre Emma en paz, que seguro que está agotada de tanta «fiesta», ya me entiendes —dijo ella, lanzando una mirada cómplice hacia su cuarto.
—Ummm, ya entiendo. Menuda nochecita, entonces.
—No entiendes nada, Albert. Y tú, ven aquí ahora mismo —sentencié señalando a Nadia, que solo llevaba una camiseta y la ropa interior.
Ella salió dando saltitos de puntillas y me siguió hasta mi dormitorio.
—¿Qué hace Albert aquí? —pregunté cerrando la puerta tras nosotras—. ¿No se suponía que habíais roto «para siempre»? —añadí bajando el tono mientras me quitaba el abrigo.
—Emma, yo lo tenía claro. Casa nueva, vida y novio nuevos. Habíamos hecho hasta separación de bienes: él con Kafca y yo con mi Ford de segunda mano. Pero ayer se presentó por la noche y…
—¿Y qué, Nadia? No puedes hacer esto cada vez que os separáis. Tienes que tomar una decisión y cumplirla. No puedes vivir en esta montaña rusa. ¿Se lo has dicho?
—En el punto de máxima excitación le dije algo así como: «Si volvemos a cortar una vez más será la definitiva».
—Claro… te dio tiempo a recitar todo eso…
—Uy, Emma, tú no sabes de lo que soy capaz. Puedo decir frases perfectamente legibles mientras llego al clímax. Es un don. Albert siempre me lo dice.
Empecé a reírme por lo absurdo de la conversación y por el cansancio acumulado.
—¿Y ahora qué?
—Hemos decidido vivir por separado un tiempo largo. Nos vendrá bien la distancia. No tengo planeado mudarme pronto, si eso es lo que te preocupa. Y ahora cuéntame, Emma… ¿qué tal tu cita con Ray?
Creo que en cuanto pronunció su nombre me sonrojé. Corrí al baño para que no lo notara.
—No huyas, quiero cada detalle. Además, son las seis y veinte de la mañana… por lo que… habéis… le has dejado… quiero decir, ¿ha pasado?
—¿Qué si nos hemos acostado? —solté de repente, fingiendo una dureza que no sentía—. Sí, lo hemos hecho.
—Pero si tú no haces esas cosas así como así.
Me quedé mirándola, sabiendo a qué se refería.
—Estás insinuando que…
—Estás enamorada de Ray y esta ha sido la mejor noche de tu vida, no lo niegues —me interrumpió—. Se te nota en la mirada.
—No estoy enamorada.
—Si no lo estás, dime… ¿por qué él y no cualquier otro?
—Porque me gusta.
—¿Solo por eso?
—Y porque me apetecía.
Me quitaba el maquillaje con una toallita mientras Nadia, apoyada en el marco de la puerta, me observaba con incredulidad.
—Tú no lo haces solo porque te apetezca. Para ti la intimidad es sagrada; no se la darías a cualquiera sin más.
—Me dijo algo mientras estábamos…
—Haciendo el amor.
—Me dijo que me quería. Exactamente fue un «te quiero».
—Y después de eso te asustaste, se la liaste parda y te largaste de allí corriendo… ¿me equivoco?
—Le eché en cara que todo era un juego y que se colgaría una medalla por haber conseguido estar conmigo.
—No me puedo creer que le dijeras eso. ¿Has perdido el juicio?
—¿Por qué? Ray es justo ese tipo de hombre.
—Estas equivocada. Ray no le dice a cualquiera que la quiere. Es un hombre que apenas expresa lo que siente; si lo ha hecho es porque lo has pillado en un momento de vulnerabilidad absoluta.
—¿Por el sexo?
—No, Emma, él te hizo el amor. Si no, no te habría dicho algo así. ¿Te llevó a su casa?
—Sí.
—Blanco y en botella, amiga.
—¡Nadia, amor! ¡Ya está el desayuno! —gritó Albert desde la cocina.
—¡Ya voy! —respondió ella—. Ves, lo bueno de volver con tu exnovio es que tienes sexo de reconciliación y te hace el desayuno. ¿Te dijo algo más antes de irte?
—«¿Qué quieres tú, Emma?». Fueron exactamente sus palabras.
Y muchas más que ahora no tenía energía de reproducir. Todo se estaba volviendo demasiado complicado.
—¿Y qué quieres tú, Emma?
—No lo sé —dije llevándome las manos a la cara y retirándome el cabello en un gesto de puro nerviosismo.
Nadia se acercó y me abrazó.
—No hay presión. Solo tienes que escuchar a tu corazón por una vez. Sé que es difícil, pero tienes que hacerlo.
Había contenido hasta ese momento las lágrimas que amenazaban con desbordarse desde hace un rato. Me las sequé antes de separarnos para que no se diera cuenta; no quería que se preocupara por mí ahora que ella estaba feliz en su tercera reconciliación.
—No les digas nada a las chicas de esto.
—Prometido.
—¡Nadia, el desayuno se va a enfriar!
—¿No te importa verdad? Tengo un hambre que me muero.
—No pasa nada.
De hecho, estaba deseando estar a solas.
En cuanto se cerró la puerta, las lágrimas cubrieron mi rostro. Me encerré en el baño y, sentada en el suelo, apoyé la cabeza en las rodillas. Me quedé allí, perdida, sintiendo que todo iba demasiado rápido y que ya no tenía el control.
Cuando me tranquilicé, el cansancio de aquella montaña rusa emocional me pasó factura. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Con la cara limpia, me puse el pijama y me metí en la cama. Cada vez que intentaba dormir, solo lo veía a él. Su silueta en la penumbra, frente a mí, diciéndome todo aquello que ni en mis mejores sueños esperaba escuchar. Y ahí estaba yo, atónita y sin respuesta.
«¿Qué quieres tú, Emma?», escuché de nuevo, justo antes de caer rendida por el sueño.
\📻 Radio Conect Love FM
POR ROXANNE — 06 DE DICIEMBRE
Una semana más estamos de vuelta con la sección «El Nombre del Amor», por Emma Revol, y hoy nos preguntamos impacientes: ¿qué habrá ocurrido en su cita con Ray Donovan?
Imagino que la mayoría de vosotros ya habréis leído el último artículo y sabréis que fue una velada preciosa. Si a nuestra querida Emma le había impresionado la imprevisibilidad de Mike, qué deciros del mensajero que se presentó cuando parecía todo perdido y la sorprendió con una nueva entrega.
No era un ramo de flores, ni notas, ni fotos… Esta vez se trataba de ropa y una dirección: North Cove. Imaginamos que Ray quería que Emma estuviera cómoda durante la cita en su espectacular yate. Y no solo eso, sino que había acertado con la talla de cada una de las prendas. Ray, eres todo un detallista.
«Ray preparó una exquisita cena en la que puso todo su esfuerzo. El pescado se había encargado él mismo de pescarlo». Pero no es solo eso, amigos; sonó su canción favorita, bailaron bajo el cielo estrellado y, además…
Puntos suspensivos… Chicas, no sé vosotras, pero creo que con esto Emma nos deja claro que hubo mucho más después de la cena romántica en el barco. ¿Vosotras qué pensáis?
Termina con la siguiente frase: «Fue una noche perfecta», que acompaña al final con una foto de ambos sacada en la cubierta del yate y con la Estatua de la Libertad de fondo.
Es emocionante y triste ver cómo a esta historia solo le queda un capítulo. Estaremos atentas cuando ese día llegue.
Hablo por mí, y creo que por muchos de nuestros oyentes, cuando digo que este amor nos tiene atrapadas por completo y solo deseamos lo mejor para Emma.
Como siempre, me despido deseándoos lo mejor para la semana que viene y con la siguiente advertencia: ¡Cuidado! Se avecinan tormentas y puede que te encuentres en una de ellas durante la semana. Si ocurre, procura que sea bajo el paraguas de tu amado. Chao.
—He leído el artículo y es precioso, salvo por una cosa que seguro que se te ha olvidado mencionar —dijo Nadia, irónica.
—No sé de qué hablas —dije saliendo de mi habitación para prepararme un café.
—Creo que tus lectores estarán deseosos de saber que hace dos días, durante tu cita, Ray te dijo que te quería mientras te hacía el amor en su pisazo con vistas al Empire State.
—Esos detalles se los pueden imaginar. No hace falta contarlo todo, Nadia…
—Claro, no hace falta contarlo todo si para ello tienes que responder a la pregunta: «¿Qué quieres tú, Emma?». No hablamos el viernes sobre esto. Creía que me escuchaste cuando te dije que tenías que hablar con el corazón.
—Nadia, esta vez no llevas razón. He hablado de todo lo que ocurrió en la cita y lo he hecho desde el corazón. Esa parte no la he añadido porque ni siquiera yo estoy segura todavía de todo lo que me pasa.
Mi voz había ido incrementándose en volumen conforme convertía en palabras todo lo que sentía.
Después de aquello simplemente se sentó en la isla y siguió comiendo su gigantesco tazón de Cheerios mientras miraba su móvil.
¿En serio tenía que soportar su careto enfadado todo el día?
—Las cosas con Mónica habrían sido diferentes. Ella me entendería y me apoyaría. No sé por qué siempre tienes que hablarme así. Estoy harta de que nunca te pongas en mi lugar.
Nadia dejó el móvil sobre la encimera y se quedó mirándome.
—¿Qué quieres que te diga, Emma? ¿Que me parece bien el artículo que has escrito? ¿Que me parece bien que ocultes a todo el mundo y, sobre todo, a ti misma lo que sientes? ¿Quieres que te mienta?
—No, Nadia, quiero que me abraces, joder. Quiero que me digas que encontraré las respuestas. No necesito sentir tu aliento en la nuca todo el día recordándome que no lo he hecho bien, porque yo eso ya lo sé. Ni siquiera estaba segura cuando le he dado a enviar. He reescrito ese artículo más veces de las que puedas imaginar. Pero esta vez no he querido precipitarme porque estoy confundida.
Se levantó de su asiento después de unos segundos de miradas entre las dos y de silencios, y se puso frente a mí.
— Esta vez lo diré tranquila, para que mis palabras solo signifiquen lo mucho que te quiero.
»Lo supiste cuando te hizo el amor. Me pediste que no se lo contara a Mía y Mónica porque sabes lo que ellas te dirán y no quieres oírlo. Emma, estás enamorada, pero hay que ser jodidamente valiente para salir ahí y decir en alto: «Estoy lista para que me rompas el corazón».
Después de esas palabras cogió el tazón de leche con cereales y se internó en su habitación sin decir nada más.
Me quedé por unos segundos mirando como se cerraba la puerta de su habitación.
En otras ocasiones me hubiese quedado en el sofá, pero esta mañana ya no me apetecía.
—¡Auu!
Al mirar hacia abajo vi una palomita.
—No puede ser. Nadia, los discursos se te dan de miedo, pero limpiar la mierda que produces no tanto —dije elevando la voz para que pudiera escucharme.
Los siguientes días Nadia decidió que solo me hablaría para lo importante, que para ella era no llegar tarde al trabajo o abrirle la puerta a su puñetero novio cuando ella estaba ocupada.
Era viernes y esta noche había quedado con Mía para cenar y tomar unas copas.
Mía nos lo propuso a las tres, pero Nadia dijo que había quedado con Albert y Mónica tenía una cena de trabajo.
Respecto a mi última cita, había dejado a Lilian a cargo de gestionar todo lo relativo a la nueva cita.
Esta noche sería para mí.
Mía ya me había preguntado por mi cita por mensaje. Simplemente le repetí lo que había puesto en el artículo y ella me creyó. ¿Por qué no podía ser todo el mundo como Mía? Era demasiado inocente, pero en este caso era lo que necesitaba. Más Mías en mi vida y menos Nadias, gracias.
Me puse guapísima con el Ralph Lauren que Mía me regaló hace dos años. Me quedaba perfecto.
En cuanto me vio entrar en el restaurante saltó en su sitio y gritó:
—¡Es el mejor vestido de tu armario! ¿Gracias a quién? —dijo con los ojos abiertos, emocionada.
—A ti —respondí sonriente.
Estuvimos hablando de ella y de Uriel. Que alegría que así fuera. Me contó todos los detalles de su primera noche de amor con Uriel. Esa parte no estuvo tan bien porque me recordó a la mía con Ray.
—Te noto un poco tensa.
—¿Sí? Pues estoy muy bien. ¿Sabes que he solucionado todo el asunto de Lilian? —dije cambiando de tema.
—¿En serio?
—Sí. Ahora estamos muy bien. Da gusto salvar a tu compañera de trabajo de su novio gilipollas y comprobar que…
Es lo único en lo que había acertado en estos tres meses y eso era bastante frustrante.
—…llevaba razón —dije y tragué todo el contenido de mi copa de vino.
—Siempre sueles acertar con la gente. ¿Sabes por qué me llama a mí Nadia? Porque tú le vas a soltar un discurso sobre su relación totalmente inestable e inadecuada con Albert. Ella te va a decir que no es para tanto y vuelta a empezar.
Y eso, ¿a qué me sonaba?
Tras cenar, me llevó a un local nuevo que le habían recomendado. Tenía un ambiente tranquilo, entre pub y chill out, perfecto para tomar algo y jugar al billar.
—No soy buena al billar.
—Pero yo sí y me apetece echar una partida. Venga, vamos, Emma, no será para tanto y así descargas adrenalina.
No opuse resistencia y al final acabé pillándole el tranquillo. No era tan aburrido como creía.
—Y con está ya van tres victorias.
—Es la suerte del principiante.
Empecé a reírme sin querer.
—Es verdad. Lo leí hace tiempo, ¿sabes por qué?
—¿Por qué? —dije apoyando la cadera contra la mesa de billar.
—El principiante no teme fallar porque no se espera nada de él. Esto, junto con la suerte, deja un tres a dos claro.
La explicación sonaba convincente, como siempre que venía de Mía.
El reloj en ese momento marcó las doce de la noche con un extraño ruido que llamó mi atención. Había tenido mi vista fija en él a pesar de que Mía continuaba hablando. Creo que me estaba explicando que ese ruido anunciaba la medianoche.
No había pasado nada importante, solo un cambio de hora. Sin embargo, sentía mi corazón palpitar cada vez más rápido, como si algo estuviera a punto de suceder y el destino quisiese que estuviese ahí en ese preciso momento.
—Emma… Emma…
La voz de Mía sonaba como si me hablara desde lejos y fue otra voz y otra cara la que en ese momento vi cruzarse en mi camino. Él le dio un abrazo cuando se encontraron en la barra. Su mano rodeó su cintura y la condujo, sonriente, hasta una mesa donde otro hombre los esperaba. Él apartó amablemente la silla para que ella se sentara.
Ella, alta y delgada, con un vestido ajustado con escote halter en uve en tono rojizo que le quedaba absolutamente espectacular. Su pelo estaba recogido de forma elegante en una cola.
La imagen de él con ella, feliz y sonriente, empezó a hacer que aquella tensión que parecía haberse mitigado con charlas sin trascendencia y partidas al billar, volviera para no dejarme tranquila.
—¿Estás bien?
No respondí. Mia siguió mi mirada hasta aquella mesa del fondo donde se encontraba Ray.
—¿Qué hace Ray aquí? Vamos a saludarlo.
Cuando Mía estaba caminando en dirección a su mesa, le agarré de la mano para detenerla.
Ahora que estaba más cerca de ellos podía distinguir que aquella mujer con la que estaba era la bailarina del local al que me llevó en nuestra primera cita.
—¿Qué haces, Emma?
—Dejar las cosas claras —dije dejándola atrás.
Me acerqué hasta su mesa ya sin las dudas que me habían atenazado durante toda la semana. Resuelta a ponerles fin de una vez por todas.
—Quería acercarme para saludaros y desearos que paséis muy buena noche.
Su cara de sorpresa lo decía todo.
—Emma, esto no es lo que te imaginas…
—Una amiga, ¿verdad? ¿Te deja quedarte en su cama pasadas las doce de la noche o es estrict0 con el horario?
La mujer se quedó completamente sorprendida por mi comentario. Y yo también. Yo no era así.
—Antes de irme quiero responder a tu pregunta de la otra noche… «¿Qué quiero?», ¿no? Esa era la maldita pregunta. No quiero nada, Ray. Bueno, sí, quiero una cosa: deja de mandarme cajas con flores y notitas.
Cuando me giré y me encaminé hacia la puerta, él agarró mi brazo impidiéndomelo.
—Suéltame, Ray.
—Te estás equivocando.
—Yo nunca me equivoco —dije zafándome de su mano de un tirón.
—¡Emma! ¿¡Dónde vas!? —escuché gritar a Mía detrás de mí.
(Música romántica).
🎶 Playlist 7
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 35
Al salir del pub, me sorprendió una tormenta que no había previsto. Caminaba cada vez más deprisa, aunque ya había estado a punto de caerme varias veces por culpa de la lluvia.
—¡Emma!
Escuché a Mía gritar y, antes de que pudiera alcanzarme, eché a correr sin mirar atrás.
¿Qué había sido eso? ¿Por qué era yo la que corría si era Ray quien lo había hecho mal?
Daba igual. Eso no impedía que siguiera corriendo ni que en mi rostro ya no pudiera distinguirse si lo que lo cubría era lluvia o lágrimas.
Tardé más de lo normal en llegar a casa porque no me apetecía ver a Nadia. Aunque no fue a ella a quien encontré en el descansillo cuando llegué.
—¿Qué haces aquí?
—Mía me ha llamado preocupada. No sabía dónde estabas, así que he venido pensando que quizás ya habías regresado a casa.
El sexto sentido de Mónica o quizás el hecho de que me conocía demasiado bien.
Mónica se acercó hasta mí y me abrazó.
—Te vas a mojar —dije con una sonrisa bañada en lágrimas.
—No me importa. Solo quiero que estés bien.
La abracé más fuerte.
Siempre había necesitado a mis amigas. Y hoy las necesitaba más que nunca.
Al cerrar los ojos no pude evitar verlo. A Ray y a esa mujer entre sus brazos, como había estado yo hacía solo una semana. Haciéndole el amor como me lo había hecho a mí. Su sonrisa, sus besos, sus caricias… Todo se volvió borroso. Ya no había nada, solo un recuerdo destruido por lo que acababa de ver en el bar.
—Siento que estoy perdiendo la cordura. Siento que mi pecho va a explotar de un momento a otro y que voy a consumirme en la pena. No quiero sentirme así.
Se apartó y empezó a secarme las lágrimas del rostro.
—Eres preciosa, ¿lo sabes, verdad? Pero no solo por fuera. Tienes un corazón maravilloso. De esos que dan todo a cambio de nada. Has cruzado la puerta. Esa que habías cerrado con llave y lanzado a las profundidades del olvido.
—¿De qué estás hablando?
—Estás enamorada.
—Eso es imposible. Yo no… no suelo sentirme así. Ha debido de ser por la sorpresa de verlo con otra… ya está. Sabía que podía pasar, Mónica… lo sabía y por eso…
—No se puede evitar el amor —dijo apartando mi pelo mojado detrás de mis orejas—. Llega sin pedir permiso y te envuelve haciéndote creer que lo controlas. Pero todo es un espejismo. Cuando estamos enamorados, dure lo que dure y sea como sea, entramos en un mundo diferente a este. Un mundo en el que la magia existe. Por eso la gente anhela el amor, porque anhelamos esa sensación de sentirnos invencibles.
—No, Mónica, eso no me pasa a mí. Yo sé cómo acaban todas estas historias.
—Emma, estás llorando porque lo quieres.
Me aparté de su cobijo porque no soportaba lo que estaba diciendo. No, no llevaba razón. Sabía que esto pasaría tarde o temprano.
—¿Qué pasó en la cita?
Cuando hizo la pregunta me giré, porque no podía mirarla a los ojos. No podía reconocerlo… no podía…
Crucé la puerta de casa mientras ella seguía hablando.
—Deja de esconderte en todas las excusas que has estado construyendo durante todos estos años. Tienes razón en muchas cosas. El amor no es eterno, pero a veces sí lo es para unos pocos afortunados. Tampoco es la panacea de todo lo bueno, porque el ser humano a veces se equivoca. Pero el amor es lo que me ha traído hasta ti esta noche. He cogido el coche y te he buscado por todas partes. Eso hace el amor. Nos hace mejores. Sin él seríamos seres incompletos.
—¿Estoy enamorada?
—Sí, Emma. Y no pasa nada.
—Pero él… y esa chica…
—¿Esa mujer con la que estaba en el bar la conoces?
—Es la bailarina del local donde me llevó en nuestra primera cita.
—Sé que a lo mejor no tiene nada que ver, pero el otro día te vi hablando con Ray. ¿Sabes algo? ¿Viste algo?
No se esperaba mis palabras y lo supe por cómo apartó enseguida su mirada de la mía. Se llevó el pelo detrás de la oreja y, tras debatirse internamente, empezó a hablar:
—Te lo iba a contar, pero pasaban los días y no quería precipitarme. No quería arriesgar lo que tenías con Ray por suposiciones.
—¿Qué estás diciendo, Mónica?
Si mi mundo parecía haberse caído en pedazos cuando vi a Ray con esa mujer, ahora sentía que la oscuridad me absorbía con sus tentáculos.
—Lo vi con una mujer hace un par de semanas. No sabía qué hacer. Pensé en contártelo, pero después creí que lo mejor era hablar con él primero. Quizás no era nada…
—Mónica, ¿de qué estás hablando? —salté interrumpiéndola, incapaz de creer lo que estaba escuchando.
—Lo hice porque creí que sería lo mejor para ti…
—¡Lo mejor para mí era que mi mejor amiga hubiese venido a mí cuando vio aquello y me lo hubiera contado todo!
Estaba alterada. Mi voz había ido subiendo de tono con cada palabra que salía de mi boca.
—Necesito que te vayas. Necesito estar sola. No puedo lidiar con todo esto a la vez.
—Tienes que saber la verdad.
—No necesito saber nada ahora mismo. Lo único que necesito es que te vayas de aquí. Necesito pensar… necesito…
—No lo haré. No me iré hasta decirte lo que Ray me dijo.
—Entonces lo haré yo.
Todavía llevaba puesto el abrigo cuando agarré el pomo de la puerta dispuesta a salir de allí en ese mismo instante.
—No puedes irte —dijo agarrando mi brazo.
—Sí que puedo.
—Es solo una amiga. Solo eso, una amiga.
Me quedé parada frente a la puerta mirándola.
—Si hubieses hablado conmigo cuando lo viste con aquella mujer, sabrías que él llama «amigas» a todas sus conquistas. Él mismo me lo dijo el día de nuestra primera cita. No me sorprendería saber que así me llama a mí también delante de todo el mundo.
Sintiendo la fuerza del viento contra mi cuerpo, caminaba con las pocas fuerzas que me quedaban.
De camino a casa de mi padre, llegué hasta nuestra pizzería favorita en Harlem y recordé a mi madre cruzando la calle. Su rostro dibujaba una sonrisa e iluminaba con ella un día soleado. Mi padre agarraba mi mano cuando ella se acercó a nosotros y me dijo:
—Hola, mi niña. Qué grande estás ya.
Pasó sus manos por mi rostro, dibujándolo con una gracia y un amor desconocido para mí. Sus manos estaban calientes.
—Estás hecha toda una mujercita.
—¿Lysa?
—¿Por qué siempre me llamas por mi nombre de pila? ¿Quién soy yo? Quiero escucharte decirlo.
Me quedé mirándola. Su voz, aunque seria, siempre mantenía esa calidez que nunca la abandonaba y, en cuanto abrí la boca, pude intuir la sonrisa que ya se dibujaba en su rostro.
—Eres… mamá.
—Eso me gusta más.
Me apretujó contra ella. Fue tan fuerte aquel abrazo que sentí su corazón contra el mío.
Cuando se separó de mí, se levantó y empezó a difuminarse como aquel recuerdo que ni siquiera sabía si era real.
—Mamá… ¿dónde vas, mamá? —empecé a decir cuando vi que se alejaba de mi lado.
—A ningún sitio, mi niña. Yo siempre estaré contigo, en tu corazón. No lo olvides nunca.
Me había quedado parada viéndola cruzar esta misma calle que ahora tenía delante. Aquel día era nevado; este era otro día. Un día en el que ella ya no estaba aquí. Un día en el que ya no sabía si aquello que acababa de ver y sentir como si acabara de pasar había sido real o solo un profundo deseo de que todo hubiese sido diferente. De que aquel día hubiese agarrado su mano y le hubiese impedido marcharse de nuestro lado.
—Emma… por Dios, ¿qué haces aquí parada con la tormenta que está cayendo?
—He visto a mamá. Estaba aquí conmigo. Me decía que nunca se iría.
Mi padre me cubrió con su paraguas y me agarró del brazo, empujándome hasta casa.
Cuando llegamos, me quitó el abrigo y me trajo enseguida una toalla con la que se apresuró a secarme el rostro y el pelo. Esta vez sus palabras sonaron duras y graves cuando me obligó a cambiarme. Lo hice. Fui hasta mi cuarto y removí mis cosas en el armario hasta encontrar el pijama.
Gerber estaba en la cocina preparando una taza de té caliente.
—Toma esto, te sentará bien —dijo poniendo entre mis manos una taza caliente de té. Después se sirvió otra y nos sentamos en el sofá.
No dije nada y él tampoco. Solo sorbí un poco de té.
—¿Quieres hablar de lo que ha pasado?
¿Qué le iba a decir…? ¿Que Ray me había engañado desde el principio y que mi mejor amiga lo sabía y no me lo había dicho? ¿Que estaba… estaba… enamorada de Ray?
—El amor no sirve para nada, Gerber. Ves lo que soy. Soy una mujer rota. Soy una mujer que sufre. Por eso no quería enamorarme. Porque no quiero ser como tú. El amor de película no existe… No existen los «felices para siempre». Mamá nos abandonó hace veinte años, Gerber, veinte años, y tú sigues ahí, como si nada hubiese ocurrido. Como si en cualquier momento ella fuera a cruzar esa puerta. Como cuando era pequeña y me prometías todas las noches antes de dormirme que volvería. ¡Me engañaste! Y lo hiciste porque tú necesitabas creerlo.
Mi cara volvía a estar mojada, y esta vez no era culpa de la lluvia.
Él se levantó. Trató de abrazarme, pero me aparté.
—Deja de ocultar la verdad. Ella no nos quería. No me quería, Gerber. No puedo… no puedo más.
—Ella te amaba con todo su corazón. Ella volvió para verte antes de dejarnos. Y ahora, después de tanto tiempo, sé por qué lo hizo. Y es hora de que tú también lo sepas.
Me dio la espalda y fue hasta el mueble que se escondía tras el sofá. Se agachó y, tras unos segundos, sacó un vinilo y volvió con él hasta el sofá.
—¿Recuerdas este vinilo?
—Claro que lo recuerdo. Es tu vinilo favorito.
Lo tendió hacia mí.
—Hay algo en su interior.
Lo cogí. El corazón me palpitaba a mil por hora.
Introduje la mano en su interior y saqué un sobre blanco que ya amarilleaba por algunas zonas.
Fijé mi vista en él y saqué la carta que había en su interior y leí:
Deciros adiós es, con diferencia, lo más duro que haré en esta vida. Se siente como si mi corazón se quedara en esta carta, y así lo debéis sentir vosotros, mis únicos amores: Gerber y mi Emma. Mi mejor creación. Mi deseo a las estrellas cumplido.
Esta carta no es un adiós, porque solo te despides de alguien cuando lo olvidas para siempre. Y eso nunca ocurrirá con nosotros, porque el amor nunca olvida.
Gerber, cuídala y no permitas que crezca odiándome o pensando que no la quería. Dile que nunca me marché y nunca lo haré. Porque cuando me vaya de aquí, allá donde esté será a vuestro lado, aunque no podáis verme.
Gerber, mi amor, tú tampoco me olvides. Recuérdame en estas canciones que rememoran nuestro amor. Enséñale a Emma que el amor es la única fuerza que lo mueve todo y nos hace mejores. Recuérdale que sin él no somos nada.
Os amaré cuando ya no esté porque esa soy yo. Yo soy lo que siento por vosotros. Gerber y mi Emma, mis dos amores. Nunca me olvidéis y así nunca moriré.
Lysa Revol
GW
Una lágrima mojó mi rostro cuando terminé de leerla.
—Ella no te abandonó. Ella nunca se fue de nuestro lado.
Lo miré y, sin poder contener todo lo que sentía, me abalancé sobre él y lo abracé. Me rodeó con sus brazos, abrazándome con fuerza. Escuché su llanto como el mío que se entrecortaba cuando dije:
—Ella no nos abandonó.
Mi llanto encontró en sus palabras calma y refugio y, tras unos segundos, nos separamos del abrazo.
Cogió la carta que todavía agarraba con fuerza en mi mano. Con cuidado la dobló y la metió de nuevo en el sobre. Su tesoro, el recuerdo del que me había hablado el día de Acción de Gracias. Lo introdujo perfectamente en el interior de la cubierta del vinilo y pude sentir cómo, con cada gesto, era como si ella estuviera allí con nosotros.
Cuando estuvo a salvo, entonces volvió su mirada a la mía y dijo:
—Llevaba luchando contra esa maldita enfermedad tanto tiempo —dijo con rabia en su voz—. Tanto, que habíamos aprendido a convivir con ella. Luchó, me amó y luego te amó a ti cuando te tuvimos.
»Su mayor sacrificio fue dejarnos para que no viéramos cómo su corazón se apagaba poco a poco. Ahora sé que lo hizo todo por nosotros. Para que la recordáramos como lo que era: una mujer fuerte, valiente y que no conocía otra palabra que no fuera el amor. Ella era todo eso. Ella no era su enfermedad.
—¿Por qué me dejaste pensar que nos había abandonado?
—Yo nunca he tenido el corazón de tu madre. Durante mucho tiempo la odié por abandonarnos. No fue hasta hace unos años, que encontré esta carta y entendí por qué actuó así.
»Cada vez que te decía que volvería solo era una forma de convencerme a mí mismo de que lo haría, porque estaba muerto de miedo de que no lo hiciera.
»Yo creo en el amor, pero sobre todo creo en el amor que sentía por ella. Sabía que tu madre no podía haberse ido sin un motivo de peso que la moviera a hacerlo. Aprendí a llenar mi vida y la tuya de ese sentimiento del que ella tanto hablaba y que a veces yo no llegaba a entender de la forma en que ella lo hacía.
»Cuando encontré la carta solo fue una confirmación de lo que imaginaba desde hacía años. Su carta está llena de ese amor que podías sentir cuando estabas con ella.
—¿Y por qué hoy?
—Hoy eres capaz de entender de lo que te estoy hablando. Solo una persona que conoce el amor de la forma en que tú lo haces ahora puede entender lo que tu madre hizo. El amor no es como tú dices. Es mucho mejor, porque es más complicado, porque deja huella en el alma. Porque si es de verdad, ese amor nunca se olvida. Y ese, hija mía, ese sí es un amor de película.
© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 36
—¿Por qué no te quedas a pasar la noche? Es tarde y tu ropa todavía está mojada. Pondremos tu película favorita.
—¿De qué tienes miedo, Gerber?
Sus pies por fin se quedaron quietos. Los había estado moviendo nervioso, pero no dijo nada.
—He pasado veinte años de mi vida pensando que mi madre nos había abandonado y odiándola por ello. Tú pudiste cambiar eso y decidiste no hacerlo.
»Y no solo es eso. Esta noche he descubierto que para Ray no soy más que una conquista. Que, además, Monica se inventó en mi cara que Ray había estado a punto de ser atropellado para no contarme la verdad. Ha tenido semanas para contármelo y decidió no hacerlo…¿Por qué todo el mundo cree que sabe lo que es mejor para mí?
Su boca se entreabrió para decir algo pero lo corté:
—Debo reconocer que tus palabras han sido muy convincentes. Lo de las películas ha estado genial, incluso el discurso sobre mamá y por qué no me contaste la verdad antes. Y hubiese sido todavía mejor si no lo hubieses preparado después de la llamada de Monica. He visto su llamada en tu móvil.
Me levanté y fui hasta la entrada, donde colgaba mi abrigo del perchero.
—Emma, ella me llamó porque estaba…
—Preocupada… ¿es eso, no? Por una vez en tu vida, dejar que sepa la verdad y actúe conforme a mis sentimientos.
Abrí la puerta y pude escuchar sus pasos a mi espalda.
—Al menos ponte tu ropa, vas en pijama.
—No, está bien. Ya ha dejado de llover.
La sudadera del pijama y el abrigo me resguardaban del frío. Me calcé las botas y salí de casa.
Me siguió hasta abajo y lo perdí de vista cuando se dio cuenta de que sus gritos no impedirían que me marchara.
Caminé con cada palabra de mi madre resonando en mi cabeza como la banda sonora de una vida que nunca había sentido mía. El amor era algo que siempre había despreciado. Ese sentimiento al que todo el mundo rendía pleitesía y que, sin embargo, al leer sus palabras, sentí latiendo también dentro de mí.
Su corazón había dejado de latir y el mío hizo lo mismo durante un segundo aquella mañana en la que, con solo siete años y después de meses sin ella, entendí que no volvería. Y entonces decidí olvidarla. Porque si dejaba de quererla, si el amor no existía, entonces tampoco existiría el dolor que me había acompañado hasta ese momento.
¿Cuántas horas, días, semanas y meses pasé deseando que llegara ese momento que me había prometido mi padre? Ese en el que mi madre entraría por la puerta de casa o me recogería del colegio, besaría mi mejilla y me abrazaría.
Me enfrenté a la verdad que llevaba tanto tiempo rechazando. No odiaba a mi madre, odiaba la idea de que no me amara. Pero saber que todo lo que ella había hecho era por amor, eso lo cambiaba todo.
El sol empezaba a abrirse paso entre los edificios de Nueva York y la ciudad despertaba lentamente después de la tormenta de anoche. Eran las siete de la mañana y me sentía agotada, pero también con la mente llena de respuestas.
Vi cómo el rocío de la planta trepadora de mi edificio caía hacia abajo formando un pequeño charco. En cuanto subí las escaleras me vi reflejada en él. Mis pintas eran espantosas. Mi pelo estaba encrespado por la lluvia; el rímel había creado surcos bajo mis ojos, efecto de la lluvia y de mis lágrimas.
Con esa bienvenida, respiré hondo y entré en el interior del edificio.
Cada escalón me pesaba más que el anterior, no solo por el agotamiento de una noche sin dormir, sino por el miedo a encontrarme con Monica al llegar a casa. Quizás por eso no reparé en la figura sentada contra la pared, junto a mi puerta, envuelta en una oscuridad que apenas me permitía distinguir su rostro.
Pero mis pasos lo alertaron. Se incorporó de inmediato y yo me detuve en seco al final de la escalera. Mi cuerpo se quedó inmóvil; mi corazón, en cambio, ya lo había reconocido incluso antes de que mis ojos pudieran verlo con claridad.
Se acercó a mí, dejándose descubrir por la luz que entraba desde la calle. Tenía el pelo alborotado, la camisa y los pantalones arrugados. El abrigo, aún con restos de agua, goteaba con cada movimiento que hizo al incorporarse.
Me miró. Ojos negros, tempestuosos, sin control sobre nada.
Pasé a su lado y me paré frente a él.
No sabía qué decir.
—Hola, Emma.
Asentí nerviosa y dije:
—Hola.
—Tienes que saber que la mujer que me acompañaba anoche no significa nada para mí. La conozco desde hace muchos años. Solo somos amigos.
Vi sinceridad en sus ojos y a pesar de ello, no pude evitar decir:
—Entiendo que para ti todo esto es un juego. Es quien eres y no tienes que justificarte. Ya está todo aclarado.
Saqué las llaves de mi bolso. Iba a abrir la puerta cuando dijo:
—Te quiero, Emma. No tengo elección.
Todavía le daba la espalda.
—Eso se lo dices a t…
Antes de que pudiera girarme del todo, calló mis labios y aquella palabra quedó atrapada en su beso. Inarticulada y, en su lugar, inundada por otro significado. Este sabía a impaciencia, a deseo, a miedo, pero, sobre todo, sabía a verdad. Quise apartarlo de mi lado, pero intuyó que lo iba a hacer y rodeó mi cintura, atrayéndome más hacia él. No podía escapar de este sentimiento. No podía escapar de él y de lo que sentía.
Lo dejé entrar en mi casa, en mi vida, y más importante, en mi corazón. Rompiéndome en mil pedazos para volver a reconstruirme.
Porque cada herida no es un recuerdo del daño que te han hecho, sino de la fuerza interior que te ha permitido sobreponerte.
Descubrir la verdad aquella noche me liberó, pero también me enfrentó a una realidad aterradora: ¿Quién es Emma?
Ya no soy la mujer que era hace tres meses y estoy segura de que en unos años no seré la persona que soy ahora. Porque lo mágico de la vida no es solo arriesgarlo todo por amor, sino atreverte a caer al vacío cuando las cosas no salen como tú querías.
Por eso cada momento a su lado, como los de aquella mañana, fueron únicos. Porque mientras la vieja Emma se iba deshaciendo de creencias e ideas que había construido a lo largo de su vida, la nueva se abría paso con cada beso y cada caricia.
Su mirada alimentaba la construcción de ese nuevo yo. Más fuerte, más valiente y sobre todo, absolutamente convencido de que el amor es la fuerza que lo mueve todo. De que el amor es la energía más pura y generosa que existe.
Me costaba respirar de tanta felicidad. Nunca me había sentido así.
La complicidad en la cama con alguien a quien quieres es más placentera que el sexo. Porque hay miradas que quitan el aliento. Conversaciones donde expones quién eres ante esa persona y descubres que sois muy parecidos. Hay lucha de almohadas improvisada. Un café compartido mientras os miráis, a veces tímidos, por esta intimidad nueva, pero perfecta.
Cuando desperté, su cuerpo estaba pegado al mío. Tenía el rostro apoyado en mi hombro y su brazo izquierdo me rodeaba, como si temiera que volviera a irme.
La luz del sol se filtraba por la cortina dibujando estelas en el suelo. Se sentía como un renacer en todos los sentidos.
Al tratar de levantarme, Ray lo notó y me atrajo a su lado.
—Umm… ¿dónde vas, Emma? No irás a dejarme por Mike, ¿verdad?
Me giré y vi cómo se dibujaba una sonrisa juguetona en sus labios, con retazos de sueño en su rostro.
—Debes saber una cosa, Ray… —Hice una pausa dramática mientras lo miraba y después continué—. He pasado estas últimas semanas pensando en él… en su cuerpo… en cómo me abraza y cómo me besa. En su mirada, que no he podido borrar de mi mente desde que me encontró en aquel ascensor. Y solo puedo decir una cosa: es complicado competir con alguien así.
Una sonrisa de felicidad cruzó su rostro.
—Así que te gusta cómo besa ese hombre del ascensor. Me lo vas a tener que presentar. Tengo que dejarle claras algunas cosas.
—Sí… ¿cuáles?
—La primera, lover… es darle la enhorabuena por haber detenido aquel ascensor. ¿Te imaginas? Qué desgraciado sería de no haberlo hecho.
»Y lo segundo que le diré es que no deje de hacerte sonreír, porque tu sonrisa le despierta el alma. Ya, ya sé que suena muy cursi, pero es la verdad.
Se incorporó en la cama y pasando algunos mechones por detrás de mi oreja, sin dejar de mirarme a los ojos dijo:
—Mi padre una vez me dijo que lo más importante en la vida no es el dinero, ni la fama, ni el estatus, sino las personas que te acompañan en ella. Ahora que te he conocido sé que llevaba razón. Hay personas que roban tu aliento solo con el simple hecho de mirarlas. Tú eres esa persona para mí, Emma.
Una lágrima dibujó mis mejillas y Ray la recogió con su dedo.
—La abrazaré y le daré besos hasta que sienta que este hombre que está aquí ahora mismo a su lado es solo suyo.
—¿Sabes qué le diré yo? —dije recomponiéndome.
Se paró de rodillas en la cama y sin dejar de mirarme esperó a que hablara:
—Que los ojos son el espejo del alma y cuando me miras veo una versión de mí que no conocía. Ahora ya sabes por qué me gusta mirarte tanto. A ver si te pensabas que era porque estás cañón.
Ambos empezamos a reírnos.
Al final acabamos con él tumbado en mi regazo, mientras yo acariciaba su mano que había dejado apoyada en mi vientre. Fue entonces cuando decidió contarme lo ocurrido con Monica la mañana que los encontré juntos.
—Monica nos vio a Gia, la bailarina que viste anoche, y a mí en un bar hace un par de semanas. Estaba hablándole de ti y de que estaba perdiendo el control.
»Me siguió hasta mi casa y justo en la entrada me increpó. Estaba cabreadísima.
Para entonces, Ray se había levantado de la cama y escenificó lo ocurrido.
—Lo primero que pensé fue que sería alguna «amiga» con la que no había terminado muy bien. Entonces me explicó que era tu mejor amiga. Le conté lo mismo que te acabo de contar a ti ahora. Que Gia era solo una amiga.
—Y cuando os vi aquel día hablando ¿de qué iba todo eso?
—Quería sorprenderte en la cita y le pedí ayuda.
No lo podía creer. Había imaginado tantas historias en mi cabeza después de mi discusión con Monica.
Me llevé las manos a la cara. La había fastidiado pero bien.
—No sé lo que le dijiste, pero sé cuánto te quiere. Cuando habla de ti se le ilumina la mirada. Así que sea lo que sea, ella te perdonará.
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© 2026 ElNombredelAmor AnaIsabelCasteloSánchez
Capítulo 37
Era domingo. Habían pasado dos días desde que encontrara la carta de mi madre. Dos días en los que había descubierto más sobre mí misma de lo que pudiera imaginar.
Estaba enamorada y ahora ya no temía reconocerlo en alto. Pasé todo el día junto a Ray hasta que cayó la noche y se marchó. Nos contamos la verdad sobre cómo nos sentíamos. Fuimos sinceros y descubrimos cuánto nos parecíamos en realidad. Ambos teníamos miedo a enamorarnos. Eso había llevado a Ray a acudir a su mejor amiga Gia para tratar de encontrar respuestas, igual que yo las había encontrado en la carta de mi madre, con aquellas palabras que después de tanto tiempo me permitieron entender el amor y conocer a mi madre.
Creía que podía vivir sin ella si vivía sin el amor. En realidad, esa era otra mentira. Ella estaba presente en mi vida más de lo que pudiera imaginar, porque sin quererlo había construido mi mundo a partir de ese sentimiento de abandono.
Tan pronto terminé de arreglarme y de tomarme el café, llamé un taxi. Nevaba esa mañana en Nueva York y lo hacía por primera vez este año. Levanté la vista al cielo viendo cómo los copos caían.
¿Cómo sabía dónde tenía que ir?
No estaba segura, pero las dos letras que había junto a su firma al final de la carta me dieron una pista: GW.
Primero pensé que podían tratarse de iniciales de algún nombre, quizá de algún familiar. Pero sabía que era improbable. Mi padre me había contado hace muchos años que mi madre no tenía hermanos y que sus padres habían fallecido.
Lo siguiente que pensé fue que quizá fueran las letras de algún lugar que quería que encontrara.
—Ya hemos llegado. —La voz del taxista me sacó de mis pensamientos.
Caminé hasta la entrada, mirando cada rincón para no perder detalle, y fue la voz del guarda la que me sacó de mis cavilaciones.
—Bienvenida al cementerio de Green-Wood. ¿En qué puedo ayudarla?
—Buenos días —respondí amable—. Estoy buscando a una persona que falleció hace unos años.
El hombre hizo un gesto para que lo siguiera y eso hice. Antes, me entregó un mapa del lugar y me fue contando algunas cosas sobre el cementerio.
—Ha hecho bien en preguntarme. Mucha gente entra pensando que podrá manejarse en su interior, pero cuando llevan un buen rato ahí dentro se dan cuenta de su error. Este cementerio no es precisamente pequeño.
Asentí y él sonrió.
—Hemos llegado.
Me abrió la puerta, dejándome pasar delante de él.
—Dígame, ¿a quién visita?
Me aparté la bufanda para que se me escuchara con claridad.
—Su nombre es Lysa Steinberg.
El hombre empezó a teclear. Me quedé esperando, impaciente.
Tras unos minutos de incertidumbre, señaló la pantalla y dijo:
—Aquí está: Lysa Steinberg, nacida en 1969 y fallecida en 2001.
Me miró y yo asentí, temblorosa.
—Si me permite, puedo acompañarla hasta su tumba.
El hombre seguía hablando, pero yo solo atendía a mis pasos, que se hundían cada vez más en la nieve. Al cabo de unos minutos, y al ver que éramos de los primeros visitantes del día, señaló la tumba a unos metros y se marchó.
La tumba, en lo alto de una colina, estaba cubierta de nieve y apenas dejaba ver su nombre. Me agaché y la limpié.
—Lysa Revol Steinberg.
«Nunca me olvidéis y así nunca moriré», rezaba la inscripción bajo su nombre.
Las lágrimas que había estado conteniendo desde que salí de casa me inundaron por completo.
Cuando logré tranquilizarme, pasé de nuevo los dedos por su nombre.
—Mamá, perdóname por haber pensado que no me querías y que me habías abandonado. Por haber dejado de amar como tú lo hacías.
»No pude aceptar durante meses que te hubieras marchado. Y no sabía qué hacer con todo aquello que sentía. Así que te escondí en lo más profundo de mi interior y convertí mi amor en odio, porque así sería más fácil para mí olvidarte y olvidar el dolor. Pero nunca lo logré.
»Me he rendido al amor y ahora lo siento latir tan fuerte en mi pecho. Lo siento cuando pienso en ti y en papá. Lo siento en tus palabras, que no han dejado de repetirse en mi mente estos últimos días, y lo siento cuando me mira Ray.
Al apoyar la mano sentí algo debajo de la nieve. La aparté y vi que se trataba de un ramo de flores.
Me levanté y miré hacia atrás. Mi padre estaba allí, emocionado.
Se acercó y cogió mi mano. Ambos nos quedamos delante de ella.
—Siempre te querremos, Lysa —dijo mi padre, retirándose las lágrimas—. Porque no entendemos la vida de otra manera. Tú nos guías y nos enseñas que lo mejor de nosotros no está en la razón, sino en el corazón. Gracias por enseñarnos a amar de verdad.
Después de la visita al cementerio pasé horas con mi padre recordando a mi madre. Historias que me había negado a escuchar hacía mucho tiempo y de las que ahora quería conocer cada detalle.
Hubo risas, lágrimas de felicidad, fotos por todos lados de los tres. Música, mucha música que nos recordaba a ella.
Esa alegría se vio interrumpida por una llamada. Miré la pantalla del móvil: era Nadia. Me levanté para no molestar y fui hacia el pasillo que daba a mi habitación.
—Qué bien saber que todavía sigues viva.
—Dice la persona que lleva sin aparecer por casa tres días.
—Umm, vale, ahí me has pillado. La culpa es de Albert… pero bueno, no me líes. ¿Qué es eso de que no te hablas ahora con Monica? ¿Estamos locos?
Probablemente Monica habría hablado con Mia cuando la llamó para saber si me había encontrado, y esta se lo contó a Nadia, con quien pasaba la mitad del día hablando por teléfono.
—No pasó nada —dije tratando de minimizarlo.
—¿Cómo que no pasó nada, Emma? Monica está destrozada. Solo intentó ayudarte con Ray. No quiso arruinarlo todo por simples conjeturas, ¿entiendes?
Tenía razón. No quería retrasarlo más tiempo.
Me despedí de Nadia y volví al salón, donde mi padre, antes de que dijera nada, entendió que tenía que marcharme.
Antes de que saliera por la puerta, dijo:
—No he conocido a nadie, además de tu madre y yo, que te quiera como lo hace Monica. Ella te quiere de verdad y solo quiere lo mejor para ti. Por eso me llamó el otro día.
Lo sé.
—Todo saldrá bien.
Esa frase me detuvo antes de abrir la puerta. La misma que siempre me decía Monica cuando me quedaba paralizada o cuando algo me angustiaba.
Me giré y dije:
—Lo arreglaré, papá.
Con esas últimas palabras crucé la puerta.
Logré parar un taxi en la avenida Lenox.
Conforme nos acercábamos, pensé en lo que ella me diría si estuviera en mi lugar. Aunque era una tontería, porque ella nunca sería tan impulsiva ni saldría corriendo sin escucharme.
Encontré en esa pregunta la respuesta a mi comportamiento. Y desde ese momento solo deseé tenerla delante cuanto antes para enmendarlo.
Mi mirada se quedó fija en el camino que me acercaba a mi destino.
Louis y ella se habían mudado al SoHo tras su boda.
Bajé del taxi y miré alrededor. La nieve se amontonaba a los lados de la acera. Me acerqué al portal del edificio y, cuando estaba a punto de tocar el timbre, la puerta se abrió y salió un vecino. Entré directamente y subí hasta el quinto piso.
Notaba el sudor de la carrera en la frente, que me aparté cuando llamé a su puerta.
Oí unos pasos tranquilos acercarse. Tras unos segundos frente a la puerta, probablemente comprobando quién era, la abrió y enseguida pude intuir en sus facciones lo que había dicho Nadia. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos de haber llorado. Estaba arreglada: llevaba unos pantalones negros chinos ajustados a la cadera y un jersey blanco con ribetes azules. Su pelo castaño lo llevaba recogido de forma desenfadada, pero elegante.
Sonreí nerviosa al verla. Ella esbozó una media sonrisa, pero enseguida volvió a ponerse seria.
—Monica, siento no haberme dado cuenta antes de lo imbécil que estaba siendo contigo. No solo por lo ocurrido hace dos noches, sino por haber dejado pasar el tiempo sin hablarnos como solíamos hacerlo. Poco a poco nos fuimos distanciando porque una parte de mí no había aceptado del todo que te casarás y te fueras de casa.
»Sé que fue egoísta y no estuvo bien. Tú siempre has estado conmigo en cada momento que te he necesitado. Pero sobre todo cuando mi madre se fue y me agarré a ti como a un clavo ardiendo. Eras mi refugio.
—Emma…
—Espera, Monica. Necesito soltar esto ahora o no sé si podré hacerlo más tarde. Después de nuestra discusión descubrí algo: mi madre no nos abandonó —dije, rompiéndome ante ella—. Estaba muy enferma, por eso se marchó. No quería que la recordáramos así. Quería que la recordáramos como la mujer fuerte que siempre fue. Cuando supe la verdad me di cuenta que había estado ocultando todo mi dolor bajo miles de excusas y mentiras. Y en ellas tú estabas muy presente, Monica. Porque eres una de las personas a las que más quiero, y cuando quiero así, me da miedo. Y entonces lo escondo detrás de la indiferencia o el rechazo.
Estaba emocionada. Sus lágrimas caían sin control y, tras un silencio, cruzó el umbral y me abrazó.
—Te he echado mucho de menos, Emma. No vuelvas a alejarte así. Mi vida está incompleta sin ti.
—No lo haré —dije abrazándola con fuerza.
Había pasado una semana desde el descubrimiento de la carta, mi reconciliación con Ray y con Monica. Una semana complicada, pero que me había traído lo que de alguna forma había estado buscando durante todo este tiempo: respuestas.
Ya no estaba preocupada por mi futuro. Ahora había encontrado las fuerzas para afrontar lo que tenía que hacer.
Nada había salido como lo había planeado hace tres meses. Hace tres meses no planeaba enamorarme y mucho menos descubrir la verdad sobre mi madre.
Y ahora iba a tomar una de las decisiones más difíciles.
Raul, el hombre de seguridad me saludó como siempre al entrar al edificio.
Al llegar a la séptima planta me enfrenté al estrecho pasillo con un objetivo en mente: llegar sana y salva hasta el otro lado, donde se encontraba el despacho de Jenna y Drake.
Regateé a derecha e izquierda, maniobré con mi bolso para evitar choques que podían acabar con los papeles de Martin en el suelo, e imaginé lo que le costaría volver a ordenarlos. Entonces vi mi objetivo a solo unos metros. A través del cristal ya podía ver a Jenna y Drake discutiendo sobre algo. Toqué la puerta dos veces y, pocos segundos después, me encontré con el rostro sonriente de Drake.
—Pasa… pasa… no sabíamos cuánto tardarías en llegar. Fuimos a tu mesa y Lilian nos dijo que hoy te retrasarías. Tenemos algo muy importante que contarte. Todo el mundo está impresionado con tu último artículo y la gente quiere más.
—Emma, Drake y yo hemos estado pensando en alargar la sección un tiempo más, pero esta vez con otro nombre. ¿Qué te parece, «Los secretos del amor», por Emma Revol?
Ambos se quedaron mirándome, esperando mi respuesta. Seguían tan emocionados como la primera vez, y también me di cuenta de que era la primera vez que aquel templo del horror ya no me lo parecía tanto. El color rosa, aquellas frases de película y…
—¿Ese cuadro?
—Sois Ray y tú. ¿Recuerdas la primera entrevista? Está entre las fotos que os hicieron al terminar —dijo Jenna.
Se suponía que íbamos a hacer la entrevista por separado, pero cuando llegó mi turno aún no había terminado, y Margot me invitó a unirme.
Era una sucesión de fotos y miradas que viajaban entre él y yo.
Me fijé más abajo y leí:
—«No podemos elegir cómo ni cuándo sucede, solo lo sabemos- Lysa Revol».
—Es la cita del artículo —dijo Jenna, pasando su brazo alrededor de mis hombros —. Hemos redescubierto el amor con tu historia, y cuando lo leímos no pudimos evitarlo. Espero que no te moleste.
Miré a Jenna, cuyo voz, por alguna extraña razón, ya no me molestaba. Ni tampoco lo hacían estas fotos ni la cita.
—A mi madre le habría encantado.
—Eso le dije a Drake cuando me dijo que deberíamos consultarte primero.
—Bueno, ¿qué dices, Emma? ¿Aceptas ser la estrella del portal de amor más conocido de América? —preguntó Drake.
Me quedé un segundo delante de las fotos y después volví la mirada hacia ellos.
—Estos meses han sido increíbles, y lo han sido gracias a vosotros que me disteis esta oportunidad. Nunca podré estar más agradecida, aunque en un principio os odiara por haberme puesto en esta situación.
Ambos rieron.
—Pero ahora estoy lista para perseguir mis sueños como periodista de investigación.
A ambos se les iluminó la mirada, aunque la sonrisa se les desdibujó un poco.
—¿No hay nada que podamos hacer para convencerte? ¿Quizá repintar las paredes de este despacho? Ya sabemos que lo odias, y yo empiezo a estar cansada de este color rosa. ¿Tú no, Drake?
Mis ojos se humedecieron y solté una carcajada por aquel comentario inesperado.
—Ya no me disgustan tanto —reconocí.
Cuando salí de allí fui hasta mi mesa y encontré a una sonriente Lilian.
—Jenna y Drake quieren hablar contigo.
Ella se levantó nerviosa de su sitio.
—¿Te han dicho qué querían?
—Ni idea.
Cuando salimos juntas al pasillo, le deseé suerte y ella, nerviosa, me despidió con una sonrisa.
Me quedé observándola mientras entraba en el despacho y, segundos más tarde, cruzaba la puerta.
Una oportunidad que cambió mi vida, espero que también cambie la tuya, Lilian.
Llegué hasta los ascensores nerviosa. Acababa de renunciar a un aumento de sueldo y a la seguridad de un trabajo al que ya le tenía tomada la medida para aventurarme a algo completamente nuevo y desconocido. A un mundo que todavía no conocía, pero del que estaba deseando formar parte.
Al entrar en el ascensor fui hasta el fondo. Todavía quedaban siete plantas por bajar y mucha gente por subir, pero lo único seguro era que su mirada me encontró entre toda la gente.
– El Nombre del Amor –
POR EMMA REVOL 20 DE DICIEMBRE
Y aquí os traigo el final. Después de tres meses de citas a través del portal de amor de YouLoveMe y un reto: encontrar el amor. Para alguien como yo, que no creía en él, debo reconocer que ha sido toda una aventura.
Me metí en todo este lío, primero por mis jefes, Jenna y Drake, que creían que alguien como yo podía encontrar el amor. Pero luego fueron mis amigas, su forma de animarme y de sacarme de mi zona de confort, lo que hizo que aceptara el reto como si fuera pan comido.
Así fue como, tras llegar agotada de la boda de mi mejor amiga, Monica, acabé escribiendo su nombre en el final del artículo. Ray Donovan se había cruzado en mi vida esa misma semana de la forma más inesperada, en un ascensor.
En ese momento supe que tenía que mantenerme alejada de él. Pero no pude hacerlo por mucho tiempo, y fue su ramo de flores inesperado el que me dio el último empujón para atreverme a tener una cita con él.
Lo que pasó en esa cita y en las citas que le siguieron ya lo conocéis. Ahora dejadme que os cuente algo que todavía no sabéis de mí:
Mi madre, Lysa Revol Steinberg, murió cuando yo cumplí la edad de siete años, y esto es algo que no supe hasta hace una semana. He pasado dos décadas pensando que mi madre me había abandonado, preguntándome por el sentido del amor y buscando alguna forma de suprimir aquel dolor que sentía cada vez que pensaba en ella. Son muchos años. Años en los que construí un fuerte en mi corazón, rodeado de miles de ideas, de excusas, algunas más ciertas que otras, pero sobre todo de la creencia de que el amor era igual a sufrimiento y, por tanto, algo negativo. Había sentido tanto amor de mis padres, y de pronto todo se desvaneció, dejando un vacío donde el dolor empañaba los recuerdos de mi madre.
Recientemente hallé las respuestas en un recuerdo olvidado en el interior de un vinilo que mi padre escuchaba siempre con mi madre y que había dejado de hacerlo tras su marcha.
Tras leer su carta sentí cómo todas las piezas encajaban en aquella oscuridad en la que había estado envuelta tras el abandono de mi madre. Y me di cuenta de que el amor no se podía olvidar cuando era de verdad.
Después de todo esto, estaréis deseando saber qué ocurrió con Ray Donovan. Estaréis deseando saber si he encontrado el amor y si él también lo ha hecho.
«No tengo elección», fue lo que respondió cuando le pregunté por qué acepto salir conmigo en la primera cita.
Pero también fueron sus palabras cuando confesó lo siguiente:
«—Mi padre una vez me dijo que lo más importante en la vida no es el dinero, ni la fama, ni el estatus, sino las personas que te acompañan en ella. Ahora que te he conocido sé que llevaba razón. Hay personas que roban tu aliento solo con el simple hecho de mirarlas. Tú eres esa persona para mi, Emma».
Hoy, amigos, sé las respuestas porque las siento en mi interior cada vez que posa sus ojos sobre los míos. Es una mirada que te invita a atreverte, a ser libre. Que te invita a no poner límites.
No, no tenemos elección. Y ahora lo sé, porque yo, Emma Revol, estoy absoluta y completamente enamorada de Ray Donovan.
Gracias por haber compartido esta aventura conmigo. Os deseo que el amor entre en vuestra vida como lo hizo en la mía: de forma inesperada y sobrecogedora, y que abráis vuestro corazón, porque cuando superéis el miedo, entonces no habrá límites a vuestra felicidad.
Ups… me olvidaba de una cosa. La gran pregunta: ¿cuál es el nombre del amor?
El mío solo tiene uno, y vive en su mirada, que sin hablarme, me impulsa a convertirme en la mejor versión de mí misma.
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